Amistad en Cristo - Carlos Aracil Orts

Preguntas y Respuestas

Antropogía bíblica

¿Cuál es la naturaleza del ser humano?

 
Versión: 10-09- 2019

 

 

Capítulo 10

 

Conclusión

 

Carlos Aracil Orts

 

10. Conclusión

Llegado a este último punto del presente estudio, con poco más de 80 páginas escritas hasta aquí, me pregunto si habrá algún lector tan paciente y aplicado, y que le gusten estos temas, que haya sido capaz de leer hasta esta conclusión.

Soy consciente que, como me suele pasar últimamente, quizá me haya extendido más de la cuenta; pero, en cualquier caso, recomiendo que nadie deje de leer la conclusión de ningún estudio, y puedo afirmar que, la presente conclusión, es especialmente importante, como para no pasarla por alto.

Por otro lado, temas relacionados con este estudio, los he tratado abundantemente en esta web. Ver la lista de artículos en Referencias bibliográficas. (**)

Analicemos a continuación, algunos pasajes importantes del Nuevo Testamento, en los que aparece la palabra “espíritu”, a fin de discernir su significado, en diversos contextos, como, por ejemplo, los siguientes:

“Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil” (Mateo 26:41).

Jesús pronunció estas palabras en el Getsemaní, después que celebró la última Cena, y anunciara su inminente muerte y resurrección, y la negación de Pedro. Y estando allí, “tomó consigo a Pedro, a Jacobo y Juan [los hijos de Zebedeo], y comenzó a entristecerse y angustiarse. Y les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí y velad.” (Mr. 14:33-34). Jesús fue un poco más adelante y oró, y “Vino luego a sus discípulos” (v.40), pero “los halló durmiendo”, y les amonestó por no haber sido ellos capaces de velar con Él, ni una “hora”. Es en ese momento cuando les dirige esas palabras llenas de comprensión y compasión: “Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil” (Mt. 26:41).

¿Por qué se durmieron Pedro, Jacobo y Juan, y no fueron capaces de solidarizarse con la terrible angustia por la que atravesaba Su Maestro, y fueron sordos a su petición de acompañarle en la oración?

Jesús les comprendió perfectamente, porque les dijo: “el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil”. Los tres discípulos fueron los mismos que contemplaron la gloria de Jesús en el monte de la transfiguración (Mt. 17:1-8). El mismo apóstol Pedro, mucho después, relata este acontecimiento diciendo “que vieron con sus propios ojos su majestad” [la de Cristo transfigurado en gloria] (2 P. 1:16-18). Aunque sus discípulos eran hombres espirituales, al parecer, el espíritu, que representaba la vida espiritual de ellos, aún no había alcanzado la plenitud suficiente, para lograr dominar las necesidades o deseos de la “carne”; porque no fueron capaces de acompañarle en su angustia ni un momento.

Esta experiencia que sufrieron los tres discípulos citados, me recuerda a la que tuvo el apóstol Pablo: “Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer está en mí, pero no el hacerlo” (Ro. 7:18). Los discípulos que acompañaron a Jesús, seguro que su “espíritu” estaba dispuesto a obedecerle, y velar y orar, pero todavía confiaban más en su “carne”, es decir, en sus fuerzas naturales, que en el poder del Espíritu Santo, que posiblemente aún no habían recibido en plenitud.

Los textos que voy a comentar y analizar ahora, son importantísimos, porque se refieren a la oración que elevó Jesucristo al Padre, instantes antes de Su muerte en la cruz.

“Entonces Jesús, clamando a gran voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y habiendo dicho esto, expiró” (Lucas 23:46).

Y no está demás que comparemos la versión del evangelista Lucas con las versiones de los otros tres evangelistas:

Mateo 27:50: Mas Jesús, habiendo otra vez clamado a gran voz, entregó el espíritu.

Marcos 15:39: Y el centurión que estaba frente a él, viendo que después de clamar había expirado así, dijo: Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios.

Juan 19:30: Cuando Jesús hubo tomado el vinagre, dijo: Consumado es. Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu.

La oración de Jesús instantes antes de morir fue muy parecida a la que expresó Esteban, el primer mártir cristiano: “Y apedreaban a Esteban, mientras él invocaba y decía: Señor Jesús, recibe mi espíritu (Hch. 7:59).

Hechos 7:59-60: Y apedreaban a Esteban, mientras él invocaba y decía: Señor Jesús, recibe mi espíritu. (60) Y puesto de rodillas, clamó a gran voz: Señor, no les tomes en cuenta este pecado. Y habiendo dicho esto, durmió.

Notemos que la única diferencia fundamental entre la oración de Jesús y la de Esteban consiste en que Aquel la dirige al Padre, y, en cambio, Esteban invoca a su “Señor Jesús”; lo que representa una prueba más de la divinidad de Cristo, porque solo Dios puede ser Señor de la vida y de la muerte: “…también el Hijo a los que quiere da vida” (Jn. 5:21). Por tanto, el significado, de encomendar o entregar a Dios el espíritu, que deduzcamos para la oración de Jesús, será el mismo que el de la invocación de Esteban: “Señor Jesús, recibe mi espíritu”.

Al averiguar cuál fue el “espíritu” que entregó Jesús al Padre, sabremos también el significado de la invocación al Señor Jesús, que hizo Esteban, instantes antes de morir.

¿Qué significa, pues, la oración de Jesús: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”?

Antes de responder esta pregunta, es necesario que averigüemos, en qué se diferencia Jesús, como Hijo del Hombre, de cualquier otro hombre. La Biblia nos revela que Jesucristo fue semejante en todo a los demás hombres, excepto en el pecado (Jn, 8:46; 2  Co. 5:21; Heb. 4:15; 7:26; 1 P. 1:19; 1 Jn. 3:5; etc.). A diferencia de los demás seres humanos, Él nació sin pecado original, y aunque “fue tentado en todo según nuestra semejanza” (Heb. 4:15), nunca cometió pecado. Para respaldar esta aseveración, cualidad o carácter único del Jesucristo–Hombre, transcribo solo los tres pasajes siguientes:

2 Corintios 5:21: Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.

Hebreos 4:15: Porque no tenemos un sumo sacerdote [se refiere a Cristo] que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado.

1 Juan 3:5: Y sabéis que él [Cristo] apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en él.

Aunque Jesucristo fue “nacido de mujer” (Gá. 4:4; cf. Lc. 1:30-35) como el resto de seres humanos, lo que nació de María, fue engendrado del Espíritu Santo (Mt. 1:20-21). Comprobémoslo:

Mateo 1:20-21: Y pensando él en esto, he aquí un ángel del Señor le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es. (21) Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.

Lucas 1:30-35: Entonces el ángel le dijo: María, no temas, porque has hallado gracia delante de Dios. (31) Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS. (32) Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; (33) y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin. (34)  Entonces María dijo al ángel: ¿Cómo será esto? pues no conozco varón. (35) Respondiendo el ángel, le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios.

Gálatas 4:4-7: Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, (5) para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos. (6) Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre!  (7)  Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero de Dios por medio de Cristo.

La única causa por la que Jesús nació sin pecado original, es decir, sin las tendencias egoístas y pecaminosas de la “carne”, solo está en que fue engendrado por el Espíritu Santo, que le infundió la “imagen de Dios” (Col. 1:15; Heb. 1:3), que había perdido el primer hombre.

Colosenses 1:15-16: Él [Cristo] es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. (16) Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él.

Hebreos 1:1-3: Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, (2)  en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo; (3) el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas.

Y aquel Verbo –que “era en el principio con Dios” (Jn. 1:2), “y el Verbo era Dios” (Jn. 1:1)– fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad” (Juan 1:14).

Cuando decimos que “el Verbo se hizo carne”, podemos caer en el concepto de la filosofía y cultura griegas, y entender que el Hijo de Dios tomó solo el “cuerpo”, pero esto sería totalmente erróneo. Porque, como ya comprobamos en lo que antecede, la “carne” de la que fue hecho el Verbo o Palabra de Dios, no se refiere al cuerpo humano sino al ser humano entero.  A propósito viene bien citar del libro El dualismo en la antropología de la cristiandad.

[…] "carne". No significa, de ninguna manera, "cuerpo" (sôma) como para los griegos. En efecto, "cuerpo" en el Nuevo Testamento tiende a indicar el cadáver (que en hebreo se decía gufáh) (Mt. 14:12; 5:29). Tampoco "carne" se opone al "alma" (psyjé) en el sentido griego, porque "alma" en el Nuevo Testamento significa más bien "vida" (Ap. 16:3; Mt. 2:19-20). "Carne" (sárx) que viene del hebreo basar indica la totalidad del hombre, como por ejemplo cuando se dice: "Ningún hombre (oúk pasa sárx) tendrá la vida salva" (Mateo 24, 22). Se trata de indicar dos órdenes o categorías: el orden divino del cual la Dabar o Palabra divina es la revelación; el orden humano o la totalidad que se nombra sintética y simbólicamente con el término carne. En este sentido, la antropología de Juan es idéntica a la de Pablo. Consideremos este fundamental texto cristológico "[Jesucristo poseyendo] la forma divina (morfêtheoû), no pretendió guardar celosamente el rango de igual a Dios, sino que se anonadó (ekénosen) a sí mismo, hasta tomar la condición de siervo (doúlon) deviniendo semejante (omoiómati) a los hombres (anthrópon)" (Fil. 2:6-7). (72)

“[…] El Dios vivo, en absoluto transcendente, asume la condición humana radicalmente, e instaura un nuevo orden. Este nuevo orden interpersonal no desdobla al hombre dualmente como el "cuerpo-alma" de los griegos, sino que irrumpe en la historia permitiéndole a ésta tener un doble destino. El hombre es uno, la situación del hombre es doble: o dentro de la Nueva Alianza con Dios, o fuera de ella. No se trata de dos elementos al interior de la individualidad antropológica, sino de dos categorías: totalidad (carne), alteridad (Palabra, Espíritu).

 […} El primer hombre (prôtos ánthropos), Adán, fue hecho alma viviente (psyjén); el último Adán es un espíritu vivificante (pneûma). Pero no es lo espiritual primero, sino lo psíquico primero y después lo espiritual. El primer hombre, nacido de la tierra, es terrestre; el segundo hombre (deúteros) viene del cielo [...]. Y así como nos hemos revestido de la imagen del terrestre, nos es necesario revestimos también de la imagen del celeste (tén eikóna tôu epouraníou)" (1 Co. 15:44-49).

En primer lugar, Pablo nos habla de los dos órdenes que hemos indicado más arriba. El "cuerpo-psíquico" no expresa, de ninguna manera, un cuerpo y un alma, sino una totalidad viviente (sôma traduciría en este caso a "carne" o basar). Esto se puede probar porque "cuerpo-espiritual" no puede indicar un dualismo de cuerpo-espíritu, ya que dicha dialéctica entre cuerpo y espíritu nunca se ha dado ni entre los judíos ni entre los griegos. Lo que quiere significar "cuerpo-espiritual" es la totalidad biológica, viviente o carnal del hombre elevada al orden de Espíritu, lo que después se llamará la gracia. Hay un orden de lo meramente viviente y mortal; hay otro orden de lo espiritual, sobrenatural y definitivo.” (73)

“[…] Adán es un hombre terrestre, el primer hombre. Jesucristo, en cambio, es el hombre celeste, que viene después y que otorga el Espíritu (que los hebreos llamaban ruaj). Con este Espíritu hay vida nueva y resurrección. Ese Espíritu que se da gratuitamente a los hombres los hace entrar en el Reino de Dios. No hay dualismo entre cuerpo y alma, sino que hay dos órdenes o categorías: el reino del hombre terrestre o carnal; el reino de Dios, reino celeste o espiritual. El primero es mortal, el segundo definitivo mediante la resurrección.

El Verbo se hizo carne" significa entonces que Dios mismo se reveló a sí mismo irrumpiendo en la totalidad de la historia del hombre, como historia de la carne, y transformándola en historia del espíritu o Reino de Dios.” (74)

“El 'hijo del hombre', Jesús de Nazaret, es el hombre celeste el nuevo Adán, el segundo Adán, el hombre espiritual. Este hombre es la imagen de Dios resucitada, más aún, es el que permite a todos los hombres ser partícipes de la semejanza con Dios. Nos decía Pablo en el texto citado: "Así como hemos revestido la imagen del (hombre) terrestre, así nos es necesario revestimos también de la imagen del celeste", que es imagen de Dios.” (75)

“El hombre es considerado una creatura divina, constituido en el ser desde su origen radical e individualmente. El hombre es primeramente carne, la totalidad, que comprende en algunos casos explícitamente el cuerpo y el alma griega, y vida (usándose frecuentemente la palabra psyjés para expresar dicha noción). El espíritu en cambio constituye otro orden, el de la nueva Alianza: la alteridad. El orden de la carne, indivisible, ha sido originado como procedente del "primer Adán", padre de los hombres, que son corruptibles. El orden del espíritu ha sido constituido por el "segundo Adán", Jesucristo, el que resucitando inaugura el estado definitivo del hombre. Por ello la doctrina que cuidadosamente se enseña no es la de la inmortalidad del alma, tentación de un cierto dualismo y que por ello es dejada un tanto en la sombra, sino la de la resurrección del muerto, afirmación de la unidad del hombre.” (76)

“Como puede verse esta antropología se va constituyendo en sus elementos esenciales dentro del horizonte de la historia. Hay un "primer Adán", individuo de donde procede la especie humana (no se trata de una doctrina de la individuación de la especie, sino de la especificación del individuo); después viene la plenitud de los tiempos en que irrumpe en la historia el "segundo Adán" y constituye el orden del espíritu, que, por su parte, abre la posibilidad de la resurrección futura o escatológica.” (77)

¿Por qué Dios, el Verbo, “fue hecho carne”?

Esto fue necesario, porque Jesucristo debía vencer donde la humanidad había fracasado. Y para que esa victoria fuera efectiva, real y creíble, era imprescindible que ocurriera sobre el propio terreno donde había surgido el pecado, la muerte y al diablo. Solo de este modo, el Hijo de Dios, que es a la vez el Hijo del Hombre, podía llevar, sobre sí mismo, nuestros pecados en la cruz (Heb. 9:28; 1 P. 2:24), para poder realizar la expiación de los mismos, y poder rescatar y redimir a la perdida humanidad.

Hebreos 9:28: así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan.

1 Pedro 2:24: [Cristo] quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados.

Porque solo de esta manera pudo Cristo adquirir el derecho de rescatarnos y redimirnos y llevarnos al Padre, y darnos a conocer Su Imagen, y, por medio de Su Espíritu, transformarnos, con el nuevo nacimiento, en Su misma imagen (Ro. 8:29). Veamos ahora la explicación que da la Palabra de Dios:

Hebreos 2:14-18:  Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él {Jesucristo] también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, (15) y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre. (16) Porque ciertamente no socorrió a los ángeles, sino que socorrió a la descendencia de Abraham. (17) Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo.  (18) Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados.

Hebreos 5:7-9: Y Cristo, en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente. (8) Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia; (9) y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen;

¿Qué clase de “carne” fue la de Jesucristo? ¿Fue exactamente idéntica a la de cualquier ser humano?

Ya hemos visto que la Palabra de Dios afirma que Cristo “debía ser en todo semejante a sus hermanos” (Heb. 2:17). “Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él {Jesucristo] también participó de lo mismo” (Heb. 2:14). Para que Cristo pudiera redimirnos del pecado, primero, Él no podía ser “carne” pecaminosa, ni cometer pecado alguno en toda su vida, porque de no ser así, Él mismo hubiera necesitado un salvador para satisfacer la justicia que Dios exige; y, segundo, tenía que morir por nuestros pecados  (1 Co. 15:3), satisfaciendo la pena de muerte que corresponde a cada pecador, entregando Su vida en sustitución de la de los pecadores. Por eso, por nosotros [Dios] lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él (2 Co. 5:21).

Por tanto, Jesucristo era “carne” –en el sentido de ser humano total–, por cuanto participó de la misma “carne y sangre” que sus hermanos; es decir, su carne era idéntica a la de cualquier ser humano, en lo que a la sustancia material de su cuerpo se refiere. Sin embargo, la Palabra de Dios tiene mucho cuidado en que distingamos entre la ”carne”, de la que está hecha la humanidad pecadora, en el sentido del ser humano completo, y  la “carne” de la que fue hecho Jesucristo, cuando tomó “cuerpo” –no en el sentido griego– de la virgen María.

A este respecto, cito el siguiente pasaje, que algunos interpretan inadecuadamente: “Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne;  (4)  para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu” (Romanos 8:3-4).

Obsérvese, el delicado matiz del apóstol Pablo para expresar que la “carne” que tomó el Verbo, Hijo de Dios, es “semejante a la carne de pecado”, que es común a toda la humanidad, pero no idéntica, porque “la carne” de Jesús no heredó el pecado original, porque nació en santidad, engendrado con la imagen de Dios. Esto queda confirmado, porque el Ángel Gabriel le dijo a la Virgen María que el Santo Ser que nacerá será llamado Hijo de Dios” (Lc. 1:35). Cristo es, pues, Hijo de Dios doblemente, en Su naturaleza humana, porque fue engendrado por el Espíritu Santo, recibiendo la Imagen del Padre; y, en Su naturaleza divina, por haber sido engendrado eternamente por Dios Padre.

La mayoría de los cristianos siempre hemos entendido que en Jesucristo hay dos naturalezas, la humana y la divina; pero no dos personas, sino solo una Persona: Dios Hijo, la segunda Persona de la Divinidad. Es decir, en Cristo no puede haber un “Yo” humano y un “Yo” divino, sino que Él es un único “Yo soy” (Jn. 8:58; cf. Éx. 3:14), el Ser que es por sí mismo, increado. Existen en el NT muchos textos que lo confirman y no dejan lugar a dudas, citamos, por ejemplo, los siguientes:

Lucas 10:22 (cf. Mt. 11:27): Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; ni quién es el Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar.

Solo Dios, Ser infinito, puede conocerse a Sí mismo. Si Jesucristo fuera una persona humana, como tal “Yo humano”, sería incapaz de conocer al Ser Divino, pero Jesucristo es la Palabra de Dios –el Verbo– que se hizo “carne”, y “habitó entre nosotros”: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. (2) Este era en el principio con Dios. (3)  Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. (4)  En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. […] (14)  Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad” (Jn. 1:1-4,14).

Veamos más pasajes que demuestran que el Jesús-Hombre es la misma Persona que Dios, el Hijo, segunda Persona de la Divinidad.

Juan 1:18: A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer.

Juan 5:26: Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo;

Juan 8:58: Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy.

Juan 14:9-11: Jesús le dijo: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos el Padre?  (10)  ¿No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en mí? Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras. (11) Creedme que yo soy en el Padre, y el Padre en mí; de otra manera, creedme por las mismas obras.

Juan 16:15: Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso dije que tomará de lo mío, y os lo hará saber.

Sin embargo, existe casi total acuerdo que en Cristo hay dos voluntades –la del Hombre y la del Verbo–, porque si Él dispusiera de una sola voluntad la de Dios, entonces Su vida no sería meritoria, porque no podría decidir más que en un sentido, el de la voluntad de Dios. Y sería caer en una de las muchas herejías que ha habido en la historia del cristianismo, como el monofisismo, que defiende que Jesús solo tenía una naturaleza, la divina.

Al respecto, transcribo un párrafo extraído del libro Introducción a la historia de las religiones, del Dr. Antonio Bentué, Profesor de la Pontificia Universidad Católica de Chile:

“[…] Luego vinieron los problemas sobre la relación entre humanidad y divinidad en la persona de Jesús que dividió a los teólogos entre “monofisitas”, liderados por Eutiques, quienes consideraban que Jesús sólo tenía una naturaleza (mono-fisis), la divina, negando que fuera un hombre real, sino sólo “aparente” (docetismo); mientras que, por el otro lado, había los “nestorianos”, liderados por Nestorio, quienes consideraban que Jesús era sólo de naturaleza humana y no era realmente persona divina, en la línea de la anterior herejía arriana. Para enfrentar esta discusión se reunieron dos grandes Concilios Ecuménicos en el siglo quinto: Éfeso (431), que definió la personalidad divina de Jesús desde el primer instante de su concepción, lo cual implicaba también el dogma mariológico de la “maternidad divina” de María (“theotokos”), y luego el Concilio de Calcedonia (451) que definió la doble naturaleza de la única persona divina de Jesús: la naturaleza divina propia de la persona del Verbo encarnado, contra los nestorianos, y que Nicea había definido ya como eternamente “engendrado por el Padre y consubstancial a El”, y la naturaleza humana propia de su humanidad real y no sólo aparente, contra los "docetismos" monofisitas.” (78)

La unión hipostática de las dos naturalezas en una Persona Divina es un misterio, que está actualmente fuera de nuestro alcance.

Después de este largo inciso, que creo que era necesario, abordamos de nuevo, la respuesta a la pregunta que nos ocupa:

Queremos saber a qué se refiere Cristo con “mi espíritu”, cuando, poco antes de morir en la cruz, oró, “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu(Lc. 23:46), que en las versiones paralelas de los Evangelios de Mateo y Juan, se relata simplemente, que “entregó el espíritu” (Mt. 27:50; cf. Jn. 19:30), y el Evangelio de Marcos se limita a describir el hecho de la muerte de Jesús, con las palabras: “había expirado” (Mr. 15:39). Lo comparábamos con la invocación semejante del protomártir Esteban que instantes antes de morir apedreado por los fariseos, dijo,  Señor Jesús, recibe mi espíritu (Hch. 7:59).

¿El espíritu que salió de Jesucristo y de Esteban, al instante de morir, es algo así como el alma inmortal de la filosofía y cultura griegas, una entidad que al separarse del cuerpo, sigue viviendo en otra dimensión, con consciencia propia?

Si lo que hemos venido sosteniendo en el presente estudio, es cierto, si realmente el hombre es un ser unitario, entonces, también es una realidad que el ser humano no está compuesto de partes que sean susceptibles de separarse, puesto que él es “carne” –un cuerpo psíquico– indivisible en partes. Pero aun, en el supuesto de que una parte –el espíritu o el alma– pudiera separarse del cuerpo, en absoluto podría ocurrir que la citada “parte” formara una entidad autónoma e independiente capaz de tener vida propia consciente y sobrevivir a la muerte del cuerpo, y, tampoco podría ser inmortal, porque solo Dios es inmortal (1 Ti. 6:16).

1 Timoteo 6:15,16: […] el bienaventurado y solo Soberano, Rey de reyes, y Señor de señores, (16) el único que tiene inmortalidad, que habita en luz inaccesible; a quien ninguno de los hombres ha visto ni puede ver, al cual sea la honra y el imperio sempiterno. Amén.

En todos estos pasajes, a los que me estoy refiriendo (Mt. 27:50; Lc. 23:46, Hch. 7:59; etc.) la palabra usada en el original idioma griego es pneuma, que se ha traducido correctamente por “espíritu”. Por tanto, es un tremendo error referirse al “alma” (gr.: psiché) cuando la Palabra de Dios habla del “espíritu” (gr.: pneuma), con la intención de poder respaldar la extendida y falsa creencia de que “el alma puede vivir separadamente del cuerpo”.

¿Qué significado tiene, pues, el “espíritu”, en los textos analizados?

Se trata del “aliento de vida” (Gn. 2:7),  o “espíritu de vida” (Gn.6:17; 7:15,22; cf. Jn. 6:63; Ap. 11:11), que, como ya estudiamos, es el poder, energía o fuente de vida, que solo el Creador puede dar. Obsérvese que no es el alma lo que proporciona vida al cuerpo sino el “espíritu” o “aliento de vida”, que es la energía creadora de vida que solo Dios posee, mediante la cual ha dado vida también al resto de los seres vivientes terrestres.

Sin embargo, en el nuevo orden en Cristo, el ser humano pasa de ser solo “carne” – “hombre natural” o “cuerpo psíquico”–, a  “espíritu”, en contraposición a “carne”, que es su estado primigenio, que representa al hombre adámico, antes de la conversión a Dios. Es decir, en Cristo, el ser humano adquiere la cualidad de “espíritu”, u “hombre espiritual”.

Por tanto, en los contextos citados, ambos “espíritus” –el de Jesús, encomendado al Padre, al instante de morir, así como el espíritu de Esteban, que, en las mismas circunstancias, pide que sea recibido por el Señor Jesús– pueden representar la totalidad de sus respectivos seres humanos; es decir, sus respectivas identidades, lo que han llegado a ser en el transcurso de sus vidas, por las que, tanto el Señor Jesús como Esteban, ruegan, –el primero al Padre, y el segundo al propio Señor Jesús– para que sean guardadas en depósito (2 Ti. 1:12), o preservadas por Su infinito poder en Su seno, hasta el día de la resurrección. Recordemos el texto, ya citado en lo que antecede, que apoya esa interpretación:

2 Timoteo 1:12: Por lo cual asimismo padezco esto; pero no me avergüenzo, porque yo sé a quién he creído, y estoy seguro que [Dios] es poderoso para guardar mi depósito para aquel día.

En el texto anterior, el apóstol Pablo expresa que su seguridad está puesta en Dios, porque Él guardará su “depósito para aquel día”. ¿A qué depósito se refiere? Notemos que, en primer lugar, su esperanza y seguridad está puesta en Dios, porque ese depósito solo lo puede guardar Él. Y, en segundo lugar, su depósito ha de ser guardado por Dios “para aquel día”. ¿Podemos intuir de qué día se trata? Sin duda, Pablo se refiere al día de la resurrección, en la segunda venida de nuestro Señor Jesús. Veamos uno de los textos que lo prueba:

2 Timoteo 4: 7, 8: He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. (8) Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida.

Con estas premisas, no es difícil inferir que el “depósito”, en este contexto, al que se refiere el Apóstol, no puede ser otra cosa que su vida entera, su identidad o totalidad de su ser, todo lo que él ha llegado a ser en su existencia terrena. Dios, pues, guarda en ese depósito, toda la esencia de lo que fue Pablo –su “espíritu”, en el sentido de su ser entero espiritual, u hombre espiritual–; y lógicamente, por extensión, Dios guarda también el de todos los seres humanos. Él no puede olvidar nada porque Su memoria es infinita, como Ser infinito que es. Además, todos los que se salvan están inscritos en el “libro de la vida” (Ap. 3:5; 13:8; 21:27), del que ya se habló anteriormente.

De ahí, que Esteban ore al Señor Jesús para que reciba su “espíritu” (Hch. 7:59), es decir, su ser espiritual entero; porque su esperanza, como la de todos creyentes, está puesta en la resurrección al fin del mundo (1 Co. 15:35-55; 1 Ts. 4:13-18), cuando será restablecida y recreada, su vida o identidad, en cuerpo espiritual, a la semejanza del cuerpo espiritual con el que resucitó Jesucristo (1 Co. 15:20,42,45), al tercer día. Es, pues, este gran acontecimiento histórico, la garantía de resurrección de todos los creyentes; y puesto que Cristo resucitado es las primicias de los salvos (1 Co. 15:20), también éstos recibirán cuerpos espirituales semejantes al suyo, en el día de la resurrección.

1 Corintios 15:20: Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho.

Observemos, que aunque Jesús resucitó al tercer día, y, por tanto, solo interrumpió su vida durante unas pocas horas, para el caso es lo mismo, puesto que Jesús es un hombre como lo fue Esteban, y Su vida quedó en manos de Dios hasta su resurrección al tercer día. Por eso Él dijo, “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc.23:46), o como lo relatan Mateo y Juan: “entregó el espíritu”.

Comprobemos en los siguientes textos, que nuestra única esperanza está en la resurrección en el día de la venida gloriosa de nuestro Señor Jesús (véase 1 Ts. 4:13-18; cf. 1 Co. 15:23-55).

1 Tesalonicenses 4:13-18: Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza. (14) Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él. (15) Por lo cual os decimos esto en palabra del Señor: que nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor, no precederemos a los que durmieron. (16) Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. (17) Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor. (18) Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras.

1 Corintios 15:39-53: No toda carne es la misma carne, sino que una carne es la de los hombres, otra carne la de las bestias, otra la de los peces, y otra la de las aves. (40) Y hay cuerpos celestiales, y cuerpos terrenales; pero una es la gloria de los celestiales, y otra la de los terrenales. (41) Una es la gloria del sol, otra la gloria de la luna, y otra la gloria de las estrellas, pues una estrella es diferente de otra en gloria. (42) Así también es la resurrección de los muertos. Se siembra en corrupción, resucitará en incorrupción. (43) Se siembra en deshonra, resucitará en gloria; se siembra en debilidad, resucitará en poder. (44) Se siembra cuerpo animal, resucitará cuerpo espiritual. Hay cuerpo animal, y hay cuerpo espiritual.  (45)  Así también está escrito: Fue hecho el primer hombre Adán alma viviente; el postrer Adán, espíritu vivificante. (46) Mas lo espiritual no es primero, sino lo animal; luego lo espiritual. (47) El primer hombre es de la tierra, terrenal; el segundo hombre, que es el Señor, es del cielo. (48) Cual el terrenal, tales también los terrenales; y cual el celestial, tales también los celestiales.  (49)  Y así como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial.  (50)  Pero esto digo, hermanos: que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción.  (51)  He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados,  (52)  en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados. (53) Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad.

Notemos que la vida después de la muerte solo será posible mediante la resurrección de los muertos (no de los cuerpos), que inauguró Jesucristo, al tercer día de su muerte, como primicias de todos los seres humanos, que la alcanzarán, si han creído en Él (1 Co. 15:13-14).

1 Corintios 15:13-14: Porque si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó. (14) Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe.

1 Corintios 15:15-19: Y somos hallados falsos testigos de Dios; porque hemos testificado de Dios que él resucitó a Cristo, al cual no resucitó, si en verdad los muertos no resucitan. (16) Porque si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó; (17) y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados. (18)  Entonces también los que durmieron en Cristo perecieron.  (19)  Si en esta vida solamente esperamos en Cristo, somos los más dignos de conmiseración de todos los hombres.

Fijémonos que son los “muertos” –seres humanos o personas muertos–, los que resucitarán, no solo sus cuerpos, como dicen muchos. La recreación en la resurrección es de la totalidad del ser humano, pero Dios infunde en los resucitados los caracteres y personalidades adquiridas en su vida terrenal. Esta es nuestra fe, y nuestra única esperanza está en la resurrección de Cristo: “Se siembra cuerpo animal, resucitará cuerpo espiritual. […] Y así como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial” (1 Co. 15:44,49). Reiteramos que el sentido bíblico de “cuerpo animal” o “cuerpo espiritual” no es el de la filosofía y cultura griegas, sino que, el Apóstol, se está refiriendo al ser humano como una totalidad. La vida eterna solo existe mediante Cristo y Su resurrección.

Sin embargo, no puedo acabar este estudio o librito, sin antes responder a unas últimas objeciones que algunos lectores me han solido plantear, que están estrechamente relacionadas, con todo lo que antecede, y sirven para complementar y, a la vez, concluir lo que iba a ser un artículo más, y ha terminado siendo un libro de poco más de cien páginas, dependiendo del tamaño del papel y de la letra en que se vaya a formatear.

En lo que sigue, pues, responderé brevemente a las preguntas que fueron el principal objetivo del presente estudio bíblico.

¿Está el hombre formado por espíritu, alma y cuerpo, como dice la Biblia?

El ser humano no está compuesto de partes separables, que puedan tener vida propia de forma independiente; es decir, él no es el resultado de la unión de dos sustancias o entidades heterogéneas, como son cuerpo y alma, en el sentido de la filosofía y cultura griegas; y mucho menos podría estar formado por tres sustancias tan distintas como serían espíritu, alma y cuerpo, consideradas, también, estas tres entidades desde el pensamiento y concepto helenísticos.

Como se probó en lo que antecede, el ser humano es un cuerpo vivo o alma viviente, es una unidad psicosomática, llamada “carne” en la Biblia (Gn. 6:3; Jn. 3:6; Ro: 8:5; etc.), y que designa al “hombre natural” (1 Co. 2:14; etc.), también llamado psíquico o anímico; y él es así desde que nace hasta que se convierte a Dios, mediante la regeneración producida por el Espíritu Santo; lo que le transforma en el hombre o ser humano espiritual (Jn. 3:3; Tito 3:4-5), u hombre nuevo de la nueva creación (Ef. 4:22-30; cf. Col. 3:1-14), siendo su cuerpo templo del Espíritu Santo (1 Co. 3:16; 6:19; 2 Co. 6:16 ) en el que mora Dios, y vive Cristo en él (Gá. 2:20).

Antes de seguir, veamos, ahora, unos párrafos, que vienen a colación, y que corresponden a los dos autores diferentes que he venido citando hasta aquí, y que interpretan la Biblia de la misma manera, la cual, este servidor, también comparte con ellos:

“[…] Adán es un hombre terrestre, carnal, psíquico, del que procedemos todos los hombres. Este Adán ha sido infiel y ha perdido la "imagen de Dios." […] (Enrique Dussel) (79)

“[…]  El hombre carnal es primero, pero sólo el hombre espiritual tiene definitiva salvación.” (Enrique Dussel) (80)

“Según la enseñanza bíblica, el alma no es una parte del ser humano, por el contrario, designa simplemente al hombre entero, incluido el cuerpo. Así el término alma designa la vida humana o al hombre vivo: “Quien quiera ganar su alma la perderá; pero quien pierda su alma por causa mía, la hallará” (Mt 16, 25). (Juan Aguirre) (81)

Así lo confirmó Jesucristo cuando, lapidariamente, dijo: “Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es” (Jn. 3:6), que viene a significar que “Lo que nace de la carne es carnal; y lo que nace del Espíritu es espiritual”. Es decir, cuando se produce la regeneración del ser humano –su nuevo nacimiento por el Espíritu Santo–, la totalidad del hombre es transformada en espíritu, no que Dios infunda un espíritu en su carne o mente, al modo de la filosofía griega. Y a partir de ese momento, Dios le pide que se santifique por completo, todo su ser: “espíritu, alma y cuerpo”, y que “sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesús” (1 Ts. 5:23).

Tengamos en cuenta que, antes de la conversión, el hombre era un cuerpo psíquico o “carne”, pero al recibir el nuevo nacimiento, como “nueva criatura” en Cristo (2 Co. 5:17) adquiere su condición o naturaleza espiritual, y recibe la vida espiritual; pero hasta su muerte física no puede dejar de ser “carne”, o cuerpo psíquico, porque esa es la naturaleza que obtuvo en su nacimiento físico. De ahí que el apóstol Pablo nos exhorte de la siguiente manera: “Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él.  (10) Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado, mas el espíritu vive a causa de la justicia” (Ro. 8:9-10).

¿Qué quiere decir Pablo, cuando dice que el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado, mas el espíritu vive a causa de la justicia (Ro. 8:9-10)?

En primer lugar, para entender la Palabra de Dios, necesitamos despojarnos de la concepción filosófica griega –común en nuestra cultura y tradición– del ser humano, que lo considera formado de cuerpo y alma; porque si no lo hacemos así, nunca vamos a entender la Biblia, ni al Apóstol.

Cuando Pablo nos dice que “si Cristo está en vosotros, el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado, mas el espíritu vive...”, no se está refiriendo al cuerpo humano de la concepción griega, sino al “cuerpo” de la antropología bíblica. Y desde esta perspectiva, “el cuerpo” no es una parte del hombre, sino que es el hombre mismo, el “hombre viejo”, es decir, la “carne”. Pero ¿realmente  nuestro cuerpo está muerto a causa del pecado? La afirmación de Pablo será una realidad en nuestras vidas si verdaderamente Cristo vive en nosotros por Su Espíritu; porque entonces podremos decir junto al Apóstol, “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó así mismo por mí” (Gá. 2:20).

Así pues, creer en Cristo supone “que hemos muerto al pecado” (Ro. 6:2) es decir, ya no vive mi yo carnal, el “hombre viejo” (Ef. 4:22,24; cf. Col. 3:3,5,9-10), que era pecaminoso, porque ahora “Cristo vive en mí” (Gá. 2:20); porque, ahora, mi cuerpo es templo del Espíritu Santo (1 Co. 3:16; 6:19), lo que me ha convertido en hombre espiritual, la “nueva criatura” en Cristo (2 Co. 5:17).

Todo esto es posible porque “Cristo murió por nuestros pecados” (1 Co. 15:2) en una cruz. Sin embargo, para que el “morir al pecado” o “despojarse del viejo hombre” (Ef. 4:22; cf. Col. 3:9) se hagan realidad en nuestras vidas, es preciso que seamos “plantados juntamente con Cristo en la semejanza de su muerte, [para que] así también lo seremos en la de su resurrección” (Ro. 6:5); “se siembra cuerpo animal [o psíquico], resucitará cuerpo espiritual” (1 Co. 15:44).  Aunque estos textos se refieren especialmente a la resurrección del día de la segunda venida de Cristo, se aplican también a la transformación que se experimenta cuando se pasa de ser cuerpo psíquico a cuerpo espiritual, pues es también una verdadera resurrección espiritual o nuevo nacimiento.

¿Cómo se consigue, pues, esa resurrección espiritual del “hombre natural” (1 Co. 2:14) –que es “carne” o “cuerpo psíquico” – que le convierte, o transforma, en “nuevo hombre” (Ef. 4:24) –hombre espiritual, “nueva criatura” en Cristo (2 Co. 5:17)? ¿Cómo pasamos de la teoría a la práctica en la vida cotidiana?

En primer lugar, cuando el Espíritu Santo nos convence “de pecado, de justicia y de juicio” (Jn. 16:9), –es decir, que somos pecadores y reos de juicio de condenación, por lo que necesitamos revestirnos de la justicia que Dios otorga al creyente en Cristo (Ro. 3:21-26; cf. 2 Co. 5:21)–, no debemos endurecer nuestros corazones, sino obedecer a la Palabra de Dios que nos exhorta: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo. (39) Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare” (Hch. 2:38-39).

En segundo lugar, debemos vivir en esa fe en Cristo, en su obra salvadora y redentora, y siendo coherentes con ella, trataremos siempre de ejercitar nuestra voluntad actuando de acuerdo a la Palabra de Dios: “sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él [Cristo], para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado. (7) Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado. (8) Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él” (Ro. 6:6-8).

Debemos entender bien que, “para que el cuerpo del pecado sea destruido”, –reitero que Pablo no se está refiriendo al cuerpo de la filosofía griega, sino al hombre viejo pecaminoso, al ser humano carnal–, cuando creímos en Cristo, “nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con Él”; y al ejercitar diariamente esa fe, haremos morir o anular a nuestro viejo hombre –“el cuerpo de pecado”–.

Observemos que el Apóstol no está diciendo que debemos ser crucificados con Cristo, sino que, por Su muerte en la cruz, que es un hecho pasado, obtenemos el perdón de los pecados, la justificación ante Dios, y con ello la vida eterna. Y esto es posible, porque, cuando Cristo fue crucificado, todos los pecadores que, Dios, en Su presciencia, sabía que serían salvos, fueron –sus cuerpos de pecado, legalmente– crucificados con Cristo: “Porque el amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron; (15) y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos. (16) De manera que nosotros de aquí en adelante a nadie conocemos según la carne; y aun si a Cristo conocimos según la carne, ya no lo conocemos así. (17) De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas(2 Corintios 5:14-17). 

Aunque Dios, “de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas” (Stgo. 1:18), y, además, “es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Fil. 2:13), Él no hará nada sin nuestro tácito consentimiento, y nunca coaccionará, ni impondrá Su voluntad soberana, de tal manera que coarte nuestro libre albedrío. Por eso la Palabra de Dios –que conjuga perfectamente la soberanía de Dios con la libertad humana– nos exhorta: “ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor” (Fil. 2:12) 11); y, “Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro. (12) No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que lo obedezcáis en sus concupiscencias; (13) ni tampoco presentéis vuestros miembros al pecado como instrumentos de iniquidad, sino presentaos vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia” (Ro. 6:11-13).

Con el nuevo nacimiento, la “carne” deja de ser esclava del pecado, porque el hombre nuevo –como hijo de Dios– es guiado por el Espíritu Santo (Ro. 8:14). Pero esa guía permite nuestra libre elección entre las distintas opciones que la vida nos presenta, y nunca nos coacciona; por eso debemos dar siempre gracias a Dios, que aunque erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados; (18) y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia” (Ro. 6:17-18). Es decir, seguiremos venciendo a las tendencias de la carne, mientras permanezcamos fieles al Evangelio de la Gracia de Dios, a Cristo, al que “fuimos entregados”, porque así lo quisimos.

Porque ahora tenemos libertad de pecar y no pecar, pero se nos exhorta a seguir el camino de la santificación, al que todos hemos sido llamados: “Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna. (23) Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Ro. 6:22-23). Y se nos vuelve a advertir: “porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis” (Ro. 8:13), y nuevamente: “Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. (17) Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis” (Gálatas 5:16-17). Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos. (25) Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu” Gálatas 5:24,25).

Ciertamente, Cristo obtuvo la victoria sobre el pecado, la muerte, y el diablo, y nos apropiamos de Su victoria, mediante la fe en Él. Y desde ese momento, ya somos una nueva criatura en Cristo, es decir, el hombre viejo ha muerto, y ha nacido el hombre nuevo, porque nuestro “viejo hombre fue crucificado juntamente con Cristo, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado. (7) Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado. (8) Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él” (Ro. 6:6-8).

Sin embargo, todo eso fue la obra de Dios en nuestras vidas, y ahora, es cuando empieza nuestra colaboración con Dios, ejerciendo diariamente esa voluntad libre, que corresponde al hombre espiritual guiado por el Espíritu de Dios. Y esto se consigue obedeciendo a la palabra de Dios y al Espíritu Santo. Por eso se nos exhorta a: despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, (23) y renovaos en el espíritu de vuestra mente, (24) y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad. (Ef. 4:22-24; cf. Col. 3:).

Esta debe ser nuestra obra diaria en colaboración con Dios. Pero sería bueno leer los textos citados en su contexto, y meditar en ellos, porque son muy clarificadores y señalan el camino de santidad de todo cristiano verdadero. Leámoslos:

Efesios 4:17-32  Esto, pues, digo y requiero en el Señor: que ya no andéis como los otros gentiles, que andan en la vanidad de su mente, (18) teniendo el entendimiento entenebrecido, ajenos de la vida de Dios por la ignorancia que en ellos hay, por la dureza de su corazón; (19) los cuales, después que perdieron toda sensibilidad, se entregaron a la lascivia para cometer con avidez toda clase de impureza. (20) Mas vosotros no habéis aprendido así a Cristo,  (21)  si en verdad le habéis oído, y habéis sido por él enseñados, conforme a la verdad que está en Jesús.  (22)  En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos,  (23)  y renovaos en el espíritu de vuestra mente,  (24)  y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad. (25)  Por lo cual, desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo; porque somos miembros los unos de los otros.  (26)  Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo,  (27)  ni deis lugar al diablo.  (28)  El que hurtaba, no hurte más, sino trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga qué compartir con el que padece necesidad.  (29)  Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes.  (30)  Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención.  (31)  Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia.  (32)  Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.

Volviendo a la pregunta inicial, ¿qué quiere decir el apóstol Pablo cuando hace una oración para que el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo” (1 Ts. 5:23)?

¿Está quizá Pablo afirmando que “todo vuestro ser”, se compone de “espíritu, alma y cuerpo” al modo de la filosofía y cultura griegas?

En absoluto, porque sería contrario a las Sagradas Escrituras y al pensamiento del Apóstol, que es hebreo o judío de pura cepa, “circuncidado al octavo día, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de hebreos; en cuanto a la ley, fariseo; (6) en cuanto a celo, perseguidor de la iglesia; en cuanto a la justicia que es en la ley, irreprensible. (7) Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo” (Fil. 3:5-7).

¿Cómo explicamos, pues, su oración de arriba –“todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo–”?

¿Quizá Pablo se ha dejado influenciar por la filosofía griega?

Eso sería imposible para el apóstol Pablo, por su condición de “hebreo de hebreos” (Fil. 3:5). Queda, pues, solo una explicación sencilla, si nos despojamos del peso y tremenda influencia de la cultura y tradición que nos han ofuscado durante tanto tiempo: san Pablo está dirigiéndose al creyente, cuyo ser total es cuerpo psíquico, o sea “carne” –esto es lo que tiene en común con el inconverso–, pero aquel se diferencia de éste, en que ha nacido de nuevo por el Espíritu Santo, ha sido transformado en “nueva criatura” (2 Co.5:17), en “nuevo hombre” (Ef. 4:24; cf. Col. 3:10), ser humano espiritual, “hecho conforme a la imagen del que lo creó” (Col. 3:9).

Por consiguiente, el ser humano no tiene un espíritu o un alma a la manera griega, sino que todo él, es un alma viviente, y cuando se convierte a Cristo es transformado por el nuevo nacimiento en un espíritu viviente, o nuevo hombre en Cristo. Recordemos las palabras de Cristo: “Lo que es nacido de la carne, carne es; y  lo que es nacido del Espíritu, espíritu es” (Jn. 3:6).

A este respecto, es necesario no olvidar que el plan de Dios de salvación consiste en recrearnos a “la imagen de Su Hijo” (Ro. 8:29; cf. 2 Co. 3:18). Pues bien, todo el ser del creyente –espíritu, alma y cuerpo– es el “nuevo hombre”, “conforme a la imagen del que lo creó”, pero no deja de ser por ello, también cuerpo psíquico, por tanto,  “la nueva criatura” en Cristo, recreada a la imagen del Hijo de Dios, tiene que ser santificada por entero, y guardada irreprensible hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo, en sus tres dimensiones, las dos por el nacimiento físico –cuerpo psíquico– y la espiritual por el nuevo nacimiento.

Por tanto, una vez que Dios, “de Su voluntad, nos hizo nacer por la Palabra de verdad” (Stgo. 1:18; cf. 1 P. 1:23), es, entonces, cuando recibimos la vida espiritual, que libera a nuestra voluntad de la esclavitud del pecado (Ro. 6:16-18,22); de ahí, que ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna” (Ro. 6:22). Es decir, la obra que correspondía solo a Dios ya terminó cuando nos dio el nuevo nacimiento, o sea, cuando recibimos la vida espiritual; pero, a partir de ese momento empieza nuestro camino de santidad –para dar como fruto nuestra “santificación”–, mediante nuestra obra de cooperación o colaboración con Él. Y nuestro obrar debe consistir en proseguir diariamente en el estudio y la obediencia de Su Palabra: “Por lo cual, desechando toda inmundicia y abundancia de malicia, recibid con mansedumbre la palabra implantada, la cual puede salvar vuestras almas” (Stgo 1:21); teniendo como objetivo “la vida eterna”.

 “Nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con Cristo, para que el cuerpo de pecado sea destruido [o anulado], a fin de que no sirvamos más al pecado” (Ro. 6:6). Esto fue esencialmente obra de Dios, pero una vez recibida en nosotros la vida espiritual por el Espíritu Santo, empieza nuestra carrera como cristianos, que implica ejercer diariamente nuestra voluntad liberada, para “hacer morir lo terrenal” (Col. 3:5); que consiste en “despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, (23) y renovaos en el espíritu de vuestra mente, (24) y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad” (Ef. 4:22-24; cf. Col. 3:9).

Debemos poder decir, como san Pablo, “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gá. 2:20). Pero sigamos reflexionando con los siguientes textos del mismo Apóstol:

Colosenses 3:1-25: Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. (2) Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. (3) Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. (4) Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria (5) Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría;  (6)  cosas por las cuales la ira de Dios viene sobre los hijos de desobediencia,  (7)  en las cuales vosotros también anduvisteis en otro tiempo cuando vivíais en ellas.  (8)  Pero ahora dejad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, blasfemia, palabras deshonestas de vuestra boca.  (9)  No mintáis los unos a los otros, habiéndoos despojado del viejo hombre(B) con sus hechos,  (lo)  y revestido del nuevo,(C) el cual conforme a la imagen del que lo creó(D) se va renovando hasta el conocimiento pleno,  (11)  donde no hay griego ni judío, circuncisión ni incircuncisión, bárbaro ni escita, siervo ni libre, sino que Cristo es el todo, y en todos.  (12)  Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia;  (13)  soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros) si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros. (14) Y sobre todas estas cosas vestíos de amor, que es el vínculo perfecto. (15) Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones, a la que asimismo fuisteis llamados en un solo cuerpo; y sed agradecidos. (16) La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría, cantando con gracia en vuestros corazones al Señor con salmos e himnos y cánticos espirituales. (17) Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él.

El Apóstol sigue exhortándonos a que comprobemos si obramos en armonía con nuestra creencia: “Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. (2) Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. (3) Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. (4) Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria” (Col. 3:1-4). Es decir, si verdaderamente obramos como cristianos, tenemos que “hacer morir lo terrenal” (Col. 3:5), buscar “las cosas de arriba”, y ser conscientes que “nuestro viejo hombre ya fue crucificado juntamente con Cristo” (Ro. 6:6). Por tanto, “hemos muerto, y vuestra/nuestra vida está escondida con Cristo en Dios” (Col. 3:3); pero también hemos resucitado con Cristo. Si mi vida está en Cristo, también puedo decir: “Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia” (Fil. 1:21).

Se trata solo de vivir en coherencia con nuestra fe y en armonía con la guía del Espíritu Santo, porque Dios ya nos da Su poder para vencer diariamente si se lo pedimos. Para llevar a la práctica todo lo que hemos aprendido es necesario que leamos una y otra vez los textos citados arriba, y dejarnos persuadir de la Palabra de Dios, mediante el poder del Espíritu Santo.

Si así lo hacemos, es decir, si vivimos en obediencia y coherencia a la Palabra de Dios, podremos decir lo mismo que el apóstol Pablo: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gá. 2:20). Porque entonces “ya no vivo yo” –el hombre viejo, la “carne”– sino que “vive Cristo en mí” carne, porque ahora “somos templo del Dios viviente” (2 Co. 6:16; cf. 1 Co. 6:9-20). “Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios” (1 Co. 6:19-20)

1 Corintios 6:19-20: ¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros?  (20) Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios.

Por todo esto debemos ser agradecidos a Dios: “Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús” (1 Ts. 5:18).

2 Tesalonicenses 2:13-17: Pero nosotros debemos dar siempre gracias a Dios respecto a vosotros, hermanos amados por el Señor, de que Dios os haya escogido desde el principio para salvación, mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad, (14) a lo cual os llamó mediante nuestro evangelio, para alcanzar la gloria de nuestro Señor Jesucristo. (15) Así que, hermanos, estad firmes, y retened la doctrina que habéis aprendido, sea por palabra, o por carta nuestra. (16) Y el mismo Jesucristo Señor nuestro, y Dios nuestro Padre, el cual nos amó y nos dio consolación eterna y buena esperanza por gracia, (17) conforte vuestros corazones, y os confirme en toda buena palabra y obra.

 

Esperando haberme hecho entender, quedo a disposición del lector para lo que pueda servirle.

Afectuosamente en Cristo

 

Carlos Aracil Orts
www.amistadencristo.com

 

Si deseas hacer algún comentario a este estudio, puedes dirigirlo a la siguiente dirección de correo electrónico: carlosortsgmail.com

 

 

Índice

 

¿Cuál es la naturaleza del ser humano?

2. El ser humano en la antropología bíblica

3. ¿Es el ser humano un compuesto de espíritu-alma-cuerpo?

4. Significado del vocablo "carne" en la Biblia

5. Cómo vivir cristianamente

6. ¿Cuál es la diferencia entre alma y espírtu?

7. ¿Qué es el alma humana?

8. ¿Qué es el espíritu humano?

9. Solo hay vida eterna en Cristo

10. Conclusión

 

 

 

 

 


Referencias bibliográficas

*Las referencias bíblicas están tomadas de la versión Reina Valera de 1960 de la Biblia, salvo cuando se indique expresamente otra versión. Las negrillas y los subrayados realizados al texto bíblico son nuestros.

Abreviaturas frecuentemente empleadas:

AT = Antiguo Testamento

NT = Nuevo Testamento

AP = Antiguo Pacto

NP = Nuevo Pacto

Las abreviaturas de los libros de la Biblia corresponden con las empleadas en la versión de la Biblia de Reina-Valera, 1960 (RV, 1960)

pp, pc, pú referidas a un versículo bíblico representan "parte primera, central o última del mismo ".

Abreviaturas empleadas para diversas traducciones de la Biblia:

NBJ: Nueva Biblia de Jerusalén, 1998.

BTX: Biblia Textual

Jünemann: Sagrada Biblia-Versión de la LXX al español por Guillermo Jüneman

N-C: Sagrada Biblia- Nacar  Colunga-1994

JER 2001: *Biblia de Jerusalén, 3ª Edición 2001

BLA95, BL95: Biblia Latinoamericana, 1995

BNP: La Biblia de Nuestro Pueblo

NVI 1999: Nueva Versión Internacional 1999

Bibliografía citada

(72) Ibíd. P. 45

(73) Ibíd. P. 45-46

(74) Ibíd. P. 47

(75) Ibíd. P. 49

(76) Ibíd. P. 58

(77) Ibíd. P. 58-59

(78) Bentué, Antonio, Introducción a la historia de las religiones, Proyecto Fondedoc 2002, p.194

(79) Dussel, Enrique, El dualismo en la Antropología de la cristiandad, Editorial Guadalupe, Buenos Aires, 1974, p. 49.
http://bibliotecavirtual.clacso.org.ar/clacso/otros/20120130111139/ANTROPOLOGIA.pdf

(80) Ibíd. P. 51

(81) Aguirre Rodríguez, Juan, La muerte, ¿tabú del siglo XXI?, p.37, Ediciones Paulinas, La Florida (Stgo.), Chile, 8/1988,

 

 

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