Amistad en Cristo - Carlos Aracil Orts

Preguntas y Respuestas

Antropogía bíblica

¿Cuál es la naturaleza del ser humano?

 
Versión: 31-12- 2019

 

 

Apéndice 4

 

Objeciones a la mortalidad del alma

 

Carlos Aracil Orts

 

1. Objeciones a la doctrina bíblica de la mortalidad del ser humano entero

El autor, Juan Luis Ruiz de la Peña, en su obra Imagen de Dios, de la que hemos ido citando varios párrafos que han argumentado en pro de la unidad del ser humano y en contra del dualismo helénico – alma-cuerpo–, sorprende que sea él mismo el que nos plantee la siguiente objeción a la doctrina bíblica que sostiene que la muerte es el fin del hombre entero:

“Ahora bien, para poder hablar de resurrección del mismo sujeto personal de la existencia histórica tiene que haber en tal sujeto algo que sobreviva a la muerte, que actúe como nexo entre las dos formas de existencia (la histórica y la metahistórica), sin lo que no se daría, en rigor, resurrección, sino creación de la nada. De otro modo, si la muerte se entiende como aniquilación, en la que muere el hombre entero y muere enteramente, habría que barajar la idea, absurda desde el punto de vista metafísico, de que Dios crea dos veces a un mismo y único ser humano, del que, por otra parte, se dice que, en cuanto valor absoluto, es irrepetible. Nótese además que el crear por segunda vez a dicho ser implicaría no sólo replicar una determinada estructura ontológica singular, sino además introyectarle una completa dotación de recuerdos, vivencias, sentimientos, etc.; sólo así, en efecto, se obtendría el mismo yo humano. La inverosimilitud de esta operación es harto obvia”. p. 150 (183)

Analicemos si esos argumentos basados en nuestra miopía y limitación humanas tienen visos de ser reales aplicados al Dios omnipotente, el Todopoderoso (Ap. 1:8), Rey de reyes y Señor de señores (Ap. 20: 15-16). Para ello hagámonos preguntas acerca de si las varias dificultades que plantea en este denso párrafo, son problemas reales para Dios, o postulados que contradigan la lógica o la racionalidad humana.

Primero, ¿por qué, “para poder hablar de resurrección del mismo sujeto personal de la existencia histórica”, “tiene que haber en tal sujeto algo que sobreviva a la muerte, que actúe como nexo entre las dos formas de existencia (la histórica y la metahistórica), sin lo que no se daría, en rigor, resurrección, sino creación de la nada” (184)?

Segundo, ¿por qué si “muere el hombre entero y muere enteramente, habría que barajar la idea, absurda desde el punto de vista metafísico, de que Dios crea dos veces a un mismo y único ser humano” (185)?

Tercero, ¿Qué dificultad o problema tendría Dios por el hecho que “el crear por segunda vez a dicho ser implique no sólo replicar una determinada estructura ontológica singular, sino además introyectarle una completa dotación de recuerdos, vivencias, sentimientos, etc.; (186) [porque] sólo así, en efecto, se obtendría el mismo yo humano"? ¿Por qué “la inverosimilitud de esta operación es harto obvia” (187)?

Es decir, aquí se nos plantean varias cuestiones que precisamos responder:

1) ¿Qué es ese algo que sobrevive a la muerte del ser humano?

2) ¿Por qué sería “creación de la nada” considerar que Dios resucitará de la muerte al hombre entero, no solo una parte del mismo, porque si murió enteramente, lo lógico y normal es que no resucite solo su cuerpo, porque el ser humano es una totalidad no solo es cuerpo?

3) ¿Por qué el autor dice que es absurda la idea que Dios cree dos veces a un mismo y único ser humano, por el hecho que resucite al hombre entero muerto, no separado de su cuerpo?

4) ¿Qué dificultad para Dios representa, que en la segunda creación del hombre, es decir, la recreación que supone toda resurrección –que parte de alguien que existió, pero que dejó de ser–, "replique no sólo una determinada estructura ontológica singular, sino además le introyecte o infunda una completa dotación de recuerdos, vivencias, sentimientos, etc.; porque sólo así, en efecto, se obtendría el mismo yo humano"? ¿Es realmente esta operación inverosímil para Dios?

Vayamos, pues, a tratar de responder a las preguntas que nuestro autor nos ha suscitado:

1) ¿Qué es ese algo que sobrevive a la muerte del ser humano?

Necesitamos comprender bien el alcance de lo que se quiere significar con la frase: “tiene que haber en tal sujeto algo que sobreviva a la muerte, que actúe como nexo entre las dos formas de existencia (la histórica y la metahistórica)” (188).

¿Qué es ese “algo de tal sujeto que tiene que sobrevivir a la muerte, que actúe como nexo entre las dos formas de existencia (la histórica y la metahistórica)” (189)? ¿Es acaso, el alma del pensamiento helénico, el espíritu desencarnado del muerto, una entidad con vida consciente y autónoma? Si fuera esto lo que el autor quiere significar volveríamos al dualismo platónico tan denostado, por la mayoría de los eruditos y teólogos cristianos modernos e incluso por él mismo.

Quizá el autor no tuviera la intención de llegar tan lejos como ha llegado la tradición cristiana, que cree ciegamente en la inmortalidad de las almas, según el pensamiento griego. Pero, en cualquier caso, nuestra tarea es tratar de averiguar qué es ese “algo” o esencia que somos, y que Dios preserva de la muerte, hasta donde podamos, basándonos en la Palabra de Dios, la razón y el sentido común.

Para ello, vamos a analizar qué quiere expresar, el citado autor, con el verbo “sobrevivir”; porque ese “algo de tal sujeto”, digamos su esencial y característica identidad, puede perfectamente sobrevivir a la muerte sin que dicho individuo sea consciente de que “Alguien todopoderoso” haya grabado toda su esencia, la totalidad de su ser, en su infinita Memoria. Para que todo lo que hemos llegado a ser a lo largo de toda nuestra vida perviva, basta con que alguien capaz, con medios adecuados lo haya recogido y guardado de forma segura. Los seres humanos, limitados como somos, en el tiempo y en el espacio, sin embargo, hemos sido capaces de elaborar biografías completas de personajes históricos que han destacado en alguna rama del saber, o por sus méritos o valores humanos, etc.

Sin embargo, lo que Dios guarda de todos los seres humanos, es mucho más que las biografías de ellos; porque Él, en primer lugar, nos conoce a todos perfectamente desde la eternidad (Ro. 8:28-30; Ef. 1:4; 1 P. 1:2-5; cf. Hch. 2:22-23, 47; 4:27-28):

Romanos 8:28-30: Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados. (29) Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. (30) Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó.

Efesios 1:3-5: Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, (4) según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, (5) en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad,

1 Pedro 1:2-5: elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo: Gracia y paz os sean multiplicadas. (3) Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos, (4) para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros, (5) que sois guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero.

Notemos que Dios para elegir y predestinar a los que habían de ser salvos, los ha tenido que conocer antes de la fundación del mundo, o sea, antes que nacieran o llegaran a existir. A todos esos también los “hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos” (1 P. 1:3); porque “el que no naciere de nuevo, no puede ver, o entrar en, el Reino de Dios” (Jn. 3:3-6).

Juan 3:3-6: Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios. (4) Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer? (5) Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. (6) Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es.

Fijémonos que “la esperanza viva” (1 P. 1:3), la única esperanza del cristiano está puesta, no en la inmortalidad del alma, sino en “la resurrección de Jesucristo de los muertos” (1 P. 1:3), es decir, en la vida eterna que se obtiene con la resurrección del día postrero. Y esto solo será posible por “la resurrección de Jesucristo de los muertos”, por la cual igualmente todos los muertos en Cristo serán resucitados (1 Co. 15:21-23), para recibir “la herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible” (1 P. 1:4), que es la vida eterna, reservada en los cielos para vosotros, (5) que sois guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero” (1 P. 1:5). Pero, observemos que lo que seremos en la resurrección –esa "herencia incorruptible"–, 1) está "reservada en los cielos"; 2) somos guardados por “el poder de Dios mediante la fe”; 3) “la salvación ... está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero” (1 P. 1:5), o sea, el día de la venida gloriosa de Jesucristo.

En segundo lugar, también Dios sabe todo lo que hemos hecho a lo largo de la vida, y las metas que hemos alcanzado, ¿por qué, pues, Dios no podría recrear, en la resurrección, al ser humano histórico, sin necesidad de que el alma o espíritu desencarnado del hombre sobreviviera a la muerte, de manera consciente?

¿Por qué no creer lo que afirma la Biblia que nuestra “vida está escondida con Cristo en Dios” (Col. 3:4)?

Lo que sobrevive, pues, del ser humano es su “vida [que] está escondida con Cristo en Dios”, que no tiene nada que ver, o no se corresponde en absoluto, con espíritus desencarnados que conscientemente están viviendo con Dios en el cielo; sino que es simplemente nuestra vida, la esencia de todo lo que somos o hemos llegado a ser al final de nuestras vidas, lo que está en el cielo con Cristo. Es un registro completo de no solo lo que hemos llegado a ser, toda nuestra verdadera esencia que solo el Eterno conoce, sino también todos nuestros hechos, nuestra vidas enteras está guardadas y registradas por Dios en el Cielo. Por tanto, en ningún caso se tratará de una entidad consciente, hasta que Dios convierta esos “registros” o “imágenes” completas de lo que somos en una Nueva Creación mediante la resurrección en el día postrero.

¿Por qué no somos capaces de creer que “el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo” (Ef. 1:3), que por Su presciencia (1 P. 1:2), nos conoció (Ro. 8:29), –que “nos escogió en Cristo antes de la fundación del mundo, para que fuésemos hechos santos y sin mancha delante de Él” (Ef. 1:4), que “nos predestinó para que fuésemos hechos conformes a la imagen de Su Hijo” (Ro. 8:29)–, es también “poderoso para guardar mi/nuestro depósito para aquel día” (2 Ti. 1:12)?

Nuestro autor ha olvidado que Dios nos ha conocido desde, incluso, antes que estuviéramos en el vientre de nuestras madres, antes de haber sido engendrados. Además Él nos cuida a lo largo de toda nuestra vida terrena, nos da el nuevo nacimiento, convirtiéndonos en nuevos seres humanos.

¿Por qué no pueden creer Ruiz de la Peña y otros, que nuestra/“vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. (4) Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria” (Col 3:3)

2) ¿Por qué sería “creación de la nada” considerar que Dios resucitará de la muerte al hombre entero, no solo una parte del mismo; porque si murió enteramente, lo lógico y normal es que no resucite solo su cuerpo, sino el ser humano en su totalidad, y no solo resucite un “cuerpo sin alma”?

Tiene razón nuestro autor – Ruiz de la Peña–, cuando dice que la resurrección no es “creación desde la nada” (190); sino que, realmente, se trata de una nueva creación o recreación del hombre terrestre o histórico, que respeta totalmente su identidad, para ser plenamente fiel a la personalidad alcanzada por él mismo durante toda su vida. Es decir, en la resurrección, Dios no crea desde la nada, –y sería de un absurdo absoluto, que Él tomara el espíritu desencarnado del que murió, que supuestamente está con Él en el cielo, y lo infundiera en un cuerpo de la nueva creación, que va a ser recreado totalmente, para ser transformado en glorioso y espiritual–; sino que Él recrea la totalidad del hombre que está guardado en Cristo, en su memoria infinita.

Natural y lógicamente, cuando Dios resucite a los muertos, no creará seres humanos que nunca existieron; porque eso sí significaría “creación de la nada”; sino que Él recreará a todas las personas muertas, y también recreará y transformará a las que aún vivan en Su venida gloriosa (1 Co. 15:51-55; cf. 1 Ts. 4:13-18), reproduciendo en ellos, en ambos grupos –los muertos y los que vivan en la Parusía– todos sus rasgos de carácter y personalidad, todo lo que configure su identidad.

3) ¿Por qué el autor dice que es absurda la idea que Dios cree dos veces a un mismo y único ser humano, por el hecho que resucite al hombre entero muerto, y no solo su cuerpo?

En lo que antecede hemos visto que la resurrección de los muertos es realmente una Nueva Creación (Gá. 6:15; cf. 1 Co. 15:36-38,42-50), pero no “creación de la nada”; porque Dios no parte de cero, es decir, de “la nada”, sino que toma a la humanidad terrestre e histórica y, basándose en la imagen de Cristo que ella haya alcanzado, la transforma en una nueva humanidad; en donde el “viejo hombre” ya ha desaparecido por completo y es sustituido por el “nuevo hombre en Cristo”.

En esta vida terrestre, el ser humano nunca llega a alcanzar la imagen de Cristo a la perfección, porque nuestro viejo hombre, o ser carnal, no desaparece completamente. Por eso, Dios en la resurrección nos recreará enteramente, para que tengamos “la imagen del celestial” [Cristo] (1 Co. 15:49). Lo que no pudimos alcanzar más que parcialmente en esta vida terrestre, Él lo recreará hasta la perfección completa. Es decir, la imagen de Cristo que hayamos alcanzado en la vida terrestre es la que Dios completará y perfeccionará en la consumación de la “Nueva Creación” que es la que se produce en la resurrección; mediante la cual, pasaremos de criaturas imperfectas y corruptibles a criaturas perfectas incorruptibles y gloriosas.

Gálatas 6:15: Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale nada, ni la incircuncisión, sino una nueva creación.

1 Corintios 15:35-38: Pero dirá alguno: ¿Cómo resucitarán los muertos? ¿Con qué cuerpo vendrán? (36) Necio, lo que tú siembras no se vivifica, si no muere antes. (37) Y lo que siembras no es el cuerpo que ha de salir, sino el grano desnudo, ya sea de trigo o de otro grano; (38) pero Dios le da el cuerpo como él quiso, y a cada semilla su propio cuerpo. […] (42) Así también es la resurrección de los muertos. Se siembra en corrupción, resucitará en incorrupción. (43) Se siembra en deshonra, resucitará en gloria; se siembra en debilidad, resucitará en poder. (44) Se siembra cuerpo animal, resucitará cuerpo espiritual. Hay cuerpo animal, y hay cuerpo espiritual. (45) Así también está escrito: Fue hecho el primer hombre Adán alma viviente; el postrer Adán, espíritu vivificante. (46) Mas lo espiritual no es primero, sino lo animal; luego lo espiritual. (47) El primer hombre es de la tierra, terrenal; el segundo hombre, que es el Señor, es del cielo. (48) Cual el terrenal, tales también los terrenales; y cual el celestial, tales también los celestiales. (49) Y así como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial. (50) Pero esto digo, hermanos: que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción.

¿No es esto una nueva creación? ¿Por qué, pues, es absurda la idea que Dios cree dos veces a un mismo y único ser humano?

Dios crea al hombre, la primera vez, indirectamente, a través de sus padres terrenales. Es decir, crea la primera pareja humana de la que descendemos todos (Gn. 1:27-28; 5:3).

Podemos, pues, entender que Dios crea la primera pareja humana, y la dota de la capacidad procreadora, para que de aquella proceda toda la humanidad (Gn. 1:27-28; 5:3). Luego el resto de la humanidad es una creación indirecta, mediante segundas causas, a través de los descendientes de Adán y Eva. Sin embargo, los seres humanos cuando nacen físicamente aún no han sido “hechos conformes a la imagen del Hijo de Dios” (Ro. 8:29); por tanto, al que Dios resucita –en su venida gloriosa– no es al hombre natural, sino al que ha nacido de nuevo (Jn. 3:3-5), el que ha sido engendrado por el Espíritu Santo (Jn. 1:12-13), el “nuevo hombre” en Cristo (2 Co. 5:17; cf. Ez. 36:26; Ef. 4:24; Col. 3:10). Más adelante veremos cómo Dios crea al nuevo hombre partiendo del hombre natural.

Por tanto, Dios toma al hombre natural existente, y lo convierte en el “nuevo hombre”, u hombre espiritual, cuando le resucita, dándole la vida espiritual (Ef. 2:1-2,4-7). Pero no debemos confundir esta resurrección espiritual del hombre natural, con la resurrección física de la totalidad del hombre en el día del fin del mundo.

Efesios 2:1-2: Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, (2) en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia,

Efesios 2:4-7: Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, (5) aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), (6) y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús, (7) para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús.

Esta segunda intervención suya es fundamental para la salvación de la humanidad; pero su obra no se completa hasta la resurrección de los muertos en el día postrero.

En esto consiste el nuevo nacimiento, mediante el cual el ser carnal se convierte en ser espiritual (Jn. 3:3-5), el “nuevo hombre” en Cristo (2 Co. 5:17; cf. Ez. 36:26; Ef. 4:24; Col. 3:10); y todo ello porque ha sido engendrado y sellado por el Espíritu Santo (Jn. 1:12-13; cf. Ef. 1:13-14), y, desde ese momento, el Espíritu santo mora en el cristiano (1 Co. 6:19-20), y Dios le adopta como hijo (Gá. 4:5-7; cf. Ro. 8:13-17).

Sin embargo, la vida eterna –don de la salvación en Cristo–, que es la promesa que obtiene el creyente en Él, desde el mismo instante de su nuevo nacimiento, es lo que se espera con fe, y que se consumará, o se llevará a cabo, en la resurrección del día postrero,en el siglo venidero”. Así lo confirma un gran número de textos de la Biblia, como, por ejemplo, los siguientes que transcribo y comento abajo: (Mt. 19:28-30; cf. Mr. 10:29-31; Lc. 18:29-30):

Mateo 19:28-30: Y Jesús les dijo: De cierto os digo que en la regeneración, cuando el Hijo del Hombre se siente en el trono de su gloria, vosotros que me habéis seguido también os sentaréis sobre doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel. (29) Y cualquiera que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por mi nombre, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna. (30) Pero muchos primeros serán postreros, y postreros, primeros.

¿Dijo Jesús que los creyentes “heredarán la vida eterna” (Mt. 19:29) en este mundo? No, porque la vida eterna se hereda en la “regeneración”, que aquí significa “en la resurrección”. Ahora veamos los pasajes paralelos de los Evangelios de san Marcos y san Lucas, que lo confirman:

Marcos 10:29-31: Respondió Jesús y dijo: De cierto os digo que no hay ninguno que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por causa de mí y del evangelio, (30) que no reciba cien veces más ahora en este tiempo; casas, hermanos, hermanas, madres, hijos, y tierras, con persecuciones; y en el siglo venidero la vida eterna. (31) Pero muchos primeros serán postreros, y los postreros, primeros.

Lucas 18:29-30: Y él les dijo: De cierto os digo, que no hay nadie que haya dejado casa, o padres, o hermanos, o mujer, o hijos, por el reino de Dios, (30) que no haya de recibir mucho más en este tiempo, y en el siglo venidero la vida eterna.

No dejan lugar a dudas estos pasajes respecto a cuándo heredarán la vida eterna los creyentes. En el Evangelio de san Marcos: “en el siglo venidero la vida eterna” (Mr. 10:30); e igualmente lo confirma el Evangelio de san Lucas: “en el siglo venidero la vida eterna” (Lc. 18:30). Notemos que se distingue perfectamente entre “en este tiempo”, el terrestre, y “en el siglo venidero”, que será después de la resurrección del último día, en la Nueva Tierra y Nuevos Cielos (1 P. 3:13; cf. Ap. 21:1).

Sin embargo, recordemos que, como ya hicimos notar,  Jesucristo no nos libra de la muerte ordinaria, que la Biblia solo considera que es un estado inconsciente, en espera de la resurrección: “muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua” (Daniel 12:2). Esta muerte es producto del pecado original (Ro. 5:12; 1 Co. 15:21) es un estado pasajero hasta la resurrección del día postrero.

Romanos 5:12: Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.

1 Corintios 15:20-23: Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho. (21) Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos. (22) Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados. (23) Pero cada uno en su debido orden: Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo, en su venida.

Jesucristo obtuvo para los creyentes la vida eterna, al vencer a la muerte segunda, mediante su sacrificio expiatorio de su muerte en la cruz (Heb. 2:14-18; cf. Jn. 3:14-16); y esta vida eterna la recibirán, en el día de la resurrección, todos los que creen en Dios y en Jesucristo como Salvador y Redentor, y escuchan y obedecen Su Palabra.

Juan 3:14-16: Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, (15) para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. (16) Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.

Juan 5:24: De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida.

La vida eterna está completamente asociada a la resurrección del día postrero, como lo demuestran los siguientes textos; si no hubiera resurrección tampoco habría vida eterna:

Juan 6:39-40,44,47-48,50-51,54: Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero. (40) Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero. [..]. (44) Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero. […] (47) De cierto, de cierto os digo: El que cree en mí, tiene vida eterna. (48) Yo soy el pan de vida. […] (50) Este es el pan que desciende del cielo, para que el que de él come, no muera. (51) Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo. […] (54) El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero.

Juan 8:51-52: De cierto, de cierto os digo, que el que guarda mi palabra, nunca verá muerte. (52) Entonces los judíos le dijeron: Ahora conocemos que tienes demonio. Abraham murió, y los profetas; y tú dices: El que guarda mi palabra, nunca sufrirá muerte.

Juan 10:28-30: y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. (29) Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre. (30) Yo y el Padre uno somos.

Todos los creyentes, puesto que han sido salvados por Dios en Cristo, reciben la promesa de vida eterna en el Reino celestial; y esto será posible si participan de la primera resurrección, porque, desde ese momento, “la segunda muerte no tiene potestad sobre éstos, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con él mil años” (Ap. 20:6); ese es el motivo por el que Jesús les promete que “no perecerán jamás” (Jn. 10:28); también en otra ocasión, Jesús les reitera la misma verdad, pero con parecidas palabras: “el que guarda mi palabra, nunca verá muerte” (Jn. 8:51), o como bien interpretan sus oyentes judíos: “nunca sufrirá muerte” (Jn. 8:52). Sin duda esa muerte que nunca verá, o sufrirá, el que guarda la Palabra de Cristo, es la muerte segunda o eterna; porque evidentemente, todos los seres humanos verán o sufrirán la primera muerte o muerte ordinaria, excepto si llegan vivos al día de la venida gloriosa de nuestro Señor Jesucristo.

¿Significa esta promesa o anuncio de vida eterna, o de que “nunca verán muerte”, que los creyentes no pasarán por la muerte primera?

En absoluto. En lo que antecede hemos visto, que Jesucristo nos libra no de la muerte primera, sino de la muerte segunda, que es la muerte eterna.

Algunos van mucho más lejos y piensan que desde el momento en que el creyente es nacido de nuevo, recibe la vida eterna, y su alma de la filosofía griega se convierte en inmortal, y sin necesidad de pasar por un estado inconsciente pasajero, va directamente a vivir, con toda consciencia al Cielo. Sin embargo, esta creencia está en absoluta contradicción con la Palabra de Dios, como se ha podido comprobar en los textos aportados arriba, a los que añadimos algunos más a continuación:

Juan 12:25: El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará.

Observemos que el creyente es poseedor de la vida eterna como un depósito guardado en Dios para el día de la resurrección. Pero veamos los siguientes textos que deberían aclarar si aún queda alguna duda:

Tito 1:1-2: Pablo, siervo de Dios y apóstol de Jesucristo, conforme a la fe de los escogidos de Dios y el conocimiento de la verdad que es según la piedad, (2) en la esperanza de la vida eterna, la cual Dios, que no miente, prometió desde antes del principio de los siglos,

La vida eterna es la esperanza de todo creyente, pero no es aún una realidad consumada; puesto que no se experimentará hasta que entremos en el Reino celestial de Cristo.

1 Juan 1:2: (porque la vida fue manifestada, y la hemos visto, y testificamos, y os anunciamos la vida eterna, la cual estaba con el Padre, y se nos manifestó);

1 Juan 2:25: Y esta es la promesa que él nos hizo, la vida eterna.

Todo cristiano tiene la firme esperanza de la vida eterna, porque Dios así lo ha prometido, y Él no puede mentir. Además Cristo es la vida eterna (1 Jn. 1:2); nuestra mayor garantía y seguridad; “Dios nos ha dado vida eterna”; “y esta vida está en su Hijo”; porque “el que tiene al Hijo, tiene la vida” (1 J. 5:11-12). Él es “la esperanza puesta delante de nosotros. (19) La cual tenemos como segura y firme ancla del alma, y que penetra hasta dentro del velo, (20) donde Jesús entró por nosotros como precursor, hecho sumo sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec” (Heb. 6:18-20). Leamos los citados textos completos:

Hebreos 6:17-20: Por lo cual, queriendo Dios mostrar más abundantemente a los herederos de la promesa la inmutabilidad de su consejo, interpuso juramento; (18) para que por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta, tengamos un fortísimo consuelo los que hemos acudido para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros. (19) La cual tenemos como segura y firme ancla del alma, y que penetra hasta dentro del velo, (20) donde Jesús entró por nosotros como precursor, hecho sumo sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec.

1 Juan 5:11-12: Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo. (12) El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida.

4) ¿Por qué Dios no sería capaz de reproducir al nuevo hombre, en la resurrección, y “replicar una determinada estructura ontológica singular”, y “además introyectarle una completa dotación de recuerdos, vivencias, sentimientos, etc.; [porque} sólo así, en efecto, se obtendría el mismo yo humano (191)?

¿Qué dificultad representa para que, Dios, en la segunda creación del hombre, es decir, la recreación que supone toda resurrección –que parte de alguien que existió, pero que dejó de ser–, “replique no sólo una determinada estructura ontológica singular, sino además le introyecte o infunda una completa dotación de recuerdos, vivencias, sentimientos, etc.; [porque] sólo así, en efecto, se obtendría el mismo yo humano”? ¿Por qué “la inverosimilitud de esta operación es harto obvia? (192)

Ya vimos que estas objeciones son fruto de nuestras miopías y limitaciones humanas. Además mostramos que la resurrección realmente es una recreación del hombre nuevo, es decir, una Nueva Creación, que completa y lleva a la perfección la imagen de Cristo, que en la efímera vida terrestre no es posible alcanzar, por las lógicas limitaciones, imperfecciones genéticas heredadas con que nacemos, a lo que hay que añadir, los efectos de nuestros transgresiones o pecados, acumulados a lo largo de la vida, y la influencia mayormente maléfica del mundo que nos rodea. Tengamos en cuenta que el “nuevo hombre” en Cristo no sería perfecto si Dios no lo recreara en la resurrección, eliminando y purificando, entonces, todos los efectos malignos del pecado.

¿Qué sería más “difícil” para Dios, en la resurrección, “replicar” al ser humano entero, o, por el contrario, crear solo el cuerpo glorioso, a la semejanza del de Jesucristo resucitado, y luego tomar el yo espiritual del hombre que supuestamente habrá sobrevivido a la muerte, y estaría viviendo con Él en el cielo, y acto seguido infundir ese yo, o espíritu dentro de aquel “cuerpo espiritual” (1 Co. 15:44) que Dios habría previamente recreado sin el alma griega?

Recordemos que “lo que siembras no es el cuerpo que ha de salir, sino el grano desnudo, ya sea de trigo o de otro grano; (38) pero Dios le da el cuerpo como él quiso, y a cada semilla su propio cuerpo […] (42) Así también es la resurrección de los muertos. Se siembra en corrupción, resucitará en incorrupción. (43) Se siembra en deshonra, resucitará en gloria; se siembra en debilidad, resucitará en poder. (44) Se siembra cuerpo animal, resucitará cuerpo espiritual (1 Co. 15: 37-38, 42-44).

Cuando el apóstol Pablo nos revela que Dios, en “la resurrección de los muertos”, a la totalidad del hombre muerto, “le da el cuerpo como él quiso, resucitándole en cuerpo espiritual (1 Co. 15: 37-38, 42-44), pensamos, por influencia de la filosofía griega y tradición cristiana, que se está refiriendo solo a la parte material del hombre, y que Dios luego le infunde el alma que está viviendo conscientemente en el cielo. Esta es la consecuencia del gran error de creer como verdad que el ser humano sea un compuesto de carne –materia– y espíritu o alma del pensamiento griego, que ha asimilado y heredado la tradición cristiana. Esa tremenda influencia tan arraigada en toda nuestra cultura y educación, nos mediatiza de tal manera, que cuando Dios nos revela que en la resurrección seremos transformados en “cuerpos espirituales”, enseguida pensamos que se nos está hablando solo de la parte material del ser humano, y que Él, en una segunda fase o inmediatamente, infundirá en los mismos nuestros espíritus o almas griegas. Esa idea no es bíblica; porque ese cuerpo espiritual resucitado es el hombre entero, incluido su “yo” o “alma”; es la recreación del ser humano histórico, pero hecho perfecto, como corresponde  en la Nueva Creación.

Aclarado que san Pablo, cuando habla de que Dios “en la resurrección de los muertos resucitará en cuerpo espiritual”, se refiere al hombre entero histórico, y no a su cuerpo; es natural, lógico, y aun conveniente que nos preguntemos ¿cómo será el “cuerpo espiritual” que “resucitará” (1 Co. 15: 44)?

Se nos han revelado solo dos características del “cuerpo espiritual” que “resucitará”. Lo siguiente es todo lo que sabemos:

Primera: “así como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial” (1 Co. 15:49).

Segunda: “…la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción” (1 Co. 15:49).

Con respecto a la primera, se infiere que el “cuerpo espiritual” del ser humano resucitado será semejante al de Jesucristo resucitado. Y de la segunda característica, deducimos que no estaremos constituidos de la misma materia actual –carne y sangre–, porque éstas son corruptibles, y, como tales, “no pueden heredar el reino de Dios”, porque allí no podrá haber nada corruptible.

Sin embargo, Jesucristo cuando, después de resucitar, se apareció, de repente, a sus discípulos, éstos “espantados y atemorizados, pensaban que veían espíritu” (Lc. 24:37). Es decir, su aparición repentina, colocándose “en medio de ellos” (v.36), junto con una lógica transformación operada en Él, por su resurrección, les hizo pensar que el ser que tenían delante no era el mismo Jesucristo, o que no era real, sino solo una aparición fantasmagórica. “Pero él les dijo: ¿Por qué estáis turbados, y vienen a vuestro corazón estos pensamientos? (39) Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad, y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo. (40) Y diciendo esto, les mostró las manos y los pies.(41) Y como todavía ellos, de gozo, no lo creían, y estaban maravillados, les dijo: ¿Tenéis aquí algo de comer? (42) Entonces le dieron parte de un pez asado, y un panal de miel. (43) Y él lo tomó, y comió delante de ellos  (Lc. 24:38-40; cf. Jn. 21:4-14). Leamos también otro relato, el del apóstol Juan, en que Jesús se manifiesta a los apóstoles, por tercera vez:

Juan 21:4-14: Cuando ya iba amaneciendo, se presentó Jesús en la playa; mas los discípulos no sabían que era Jesús. (5) Y les dijo: Hijitos, ¿tenéis algo de comer? Le respondieron: No. (6) El les dijo: Echad la red a la derecha de la barca, y hallaréis. Entonces la echaron, y ya no la podían sacar, por la gran cantidad de peces. (7) Entonces aquel discípulo a quien Jesús amaba dijo a Pedro: ¡Es el Señor! Simón Pedro, cuando oyó que era el Señor, se ciñó la ropa (porque se había despojado de ella), y se echó al mar. (8) Y los otros discípulos vinieron con la barca, arrastrando la red de peces, pues no distaban de tierra sino como doscientos codos. (9) Al descender a tierra, vieron brasas puestas, y un pez encima de ellas, y pan. (10) Jesús les dijo: Traed de los peces que acabáis de pescar. (11) Subió Simón Pedro, y sacó la red a tierra, llena de grandes peces, ciento cincuenta y tres; y aun siendo tantos, la red no se rompió. (12) Les dijo Jesús: Venid, comed. Y ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: ¿Tú, quién eres? sabiendo que era el Señor. (13) Vino, pues, Jesús, y tomó el pan y les dio, y asimismo del pescado. (14) Esta era ya la tercera vez que Jesús se manifestaba a sus discípulos, después de haber resucitado de los muertos.

Si Jesucristo resucitado tenía manos y pies, en un cuerpo de carne y huesos, y lógicamente un rostro, para ser reconocido, y una boca por la que demostró que pudo comer “un pez asado, y un panal de miel” (Lc.24:43), ¿qué clase de materia conformaba aquel cuerpo espiritual que, como veremos más abajo, le permitió entrar en el aposento donde estaban reunidos los apóstoles, estando las puertas cerradas (véase Jn. 20:19, 26)?

Ciertamente, Jesucristo pudo ser resucitado con un cuerpo semejante al que tenía cuando murió en la cruz, a fin de que los discípulos pudieran reconocerle e identificarle fácil e inconfundiblemente por sus heridas. “Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo” (Jn.20:24) no hubiera creído sino hubiera visto las señales en el cuerpo de Jesús, porque él “no estaba con ellos cuando Jesús vino” (Jn. 20:24) la primera vez. La primera vez que Jesús se apareció a sus discípulos cuando estaban reunidos en un aposento, les pidió,“Mirad mis manos y mis pies” (Lc. 20:39), que yo mismo soy; palpad, y ved”. Y lo mismo nos relata el apóstol Juan: “cuando les hubo dicho esto, les mostró las manos y el costado” (Jn. 20:20). Su intención y objetivo claramente fue que reconocieran que era Él mismo, que había sido crucificado, muerto y resucitado. Es decir, lo primero que hizo Jesús es identificarse señalándoles sus marcas de haber sido crucificado. Por eso, cuando, a los ocho días siguientes, los apóstoles se reunieron de nuevo, Tomás – que en esta ocasión estaba con ellos– “les dijo: Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré” (Jn.20:25). 27).

Esta es la razón por la que, en la segunda ocasión, Jesús se dirige directamente a Tomás: “Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. (28) Entonces Tomás respondió y le dijo: ¡Señor mío, y Dios mío! (29) Jesús le dijo: Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron” (Jn. 20:27-29). Por tanto, si Jesucristo no hubiera mostrado sus heridas y llagas de su crucifixión, no solo no le habría creído Tomás, sino que tampoco el resto de sus discípulos; éstos ya habían visto sus marcas la primera vez cuando no estaba Tomás con ellos, y por eso fueron propicios a creer que aquella aparición era el mismo Jesús con el que habían convivido poco más de tres años.

Por lo que antecede, cabe pensar que Jesucristo resucitó en “un cuerpo de carne y hueso” – como corresponde a esta vida terrestre–, a fin de que todos pudieran identificarle sin lugar a dudas. Aunque no veo problema para Dios que Su “cuerpo de carne y hueso” fuera ya de una materia especial incorruptible, que mantenía el aspecto exterior; y más tarde Él sería “transformado” en cuerpo espiritual glorioso, “en un abrir y cerrar de ojos” (1 Co. 15:52), en el momento de su ascensión al cielo (Hch. 1:3,9,11).

Hechos 1:2-11: hasta el día en que [Jesús] fue recibido arriba, después de haber dado mandamientos por el Espíritu Santo a los apóstoles que había escogido; (3) a quienes también, después de haber padecido, se presentó vivo con muchas pruebas indubitables, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca del reino de Dios. (4) Y estando juntos, les mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre, la cual, les dijo, oísteis de mí. (5) Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo(C) dentro de no muchos días. (6) Entonces los que se habían reunido le preguntaron, diciendo: Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo? (7) Y les dijo: No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad; (8) pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra. (9) Y habiendo dicho estas cosas, viéndolo ellos, fue alzado, y le recibió una nube que le ocultó de sus ojos. (10) Y estando ellos con los ojos puestos en el cielo, entre tanto que él se iba, he aquí se pusieron junto a ellos dos varones con vestiduras blancas, (11) los cuales también les dijeron: Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo.

A esta aparición de Jesús resucitado, narrada por san Lucas, debemos añadir, para tener el cuadro completo de sus apariciones, las descritas por el apóstol Juan: “Cuando llegó la noche de aquel mismo día, el primero de la semana, estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos estaban reunidos por miedo de los judíos, vino Jesús, y puesto en medio, les dijo: Paz a vosotros. (20) Y cuando les hubo dicho esto, les mostró las manos y el costado. Y los discípulos se regocijaron viendo al Señor” (Juan 20:19-20).

En primer lugar, notemos cómo san Juan destaca, como haciendo hincapié, un detalle: estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos estaban reunidos por miedo de los judíos, vino Jesús, y puesto en medio” (Jn. 20:19). Es lógico y natural que, la habitación donde los discípulos estaban reunidos, tuviera la puerta cerrada, y con más motivo: “por miedo de los judíos”. Todos hubiéramos esperado que Jesús llamara a la puerta para que alguno de los discípulos le abriera, a continuación se identificara, y luego, una vez abierta la puerta, entrara normalmente. Sin embargo, no sucedió así. Y, el apóstol Juan, para que no pensáramos que hemos entendido mal, cuando ocho días más tarde –el siguiente domingo– vuelven a reunirse, el mismo hecho misterioso se repite: “Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro, y con ellos Tomás. Llegó Jesús, estando las puertas cerradas, y se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros” (Jn. 20:26).

Ese simple detalle que san Juan nos desvela, encierra un gran misterio, porque ¿cómo pudo entrar Jesús en ese recinto o local, que se supone, cerrado por cuatro paredes y un techo? Aunque no se nos dice si había ventanas, es de suponer que si las hubiera habido, también estarían cerradas. Observemos que Jesús no tuvo necesidad de llamar a la puerta para que le abrieran y así poder entrar, sino que se presentó directamente en medio de donde estaban reunidos los discípulos; y ocurrió de la misma manera en dos domingos consecutivos.

Solo dos posibilidades se me ocurren: 1) Jesús hizo un milagro por medio de Su poder divino; 2) la materia corporal de Jesús posee unas propiedades desconocidas hasta ahora, que le permitieron, primero, desplazarse a voluntad por el espacio sin límites de velocidad, y segundo, atravesar cualquier tipo de barreras por muy sólidas que fueren. Si esa aparición repentina de Jesús fue posible por el segundo supuesto, podríamos preguntarnos: ¿tendrán los cuerpos espirituales de los resucitados esas propiedades que les permitirán desplazarse por el espacio a cualquier velocidad que lo deseen, incluso igual o mayor que la velocidad de la luz, al tiempo de ser capaces de infiltrarse a través de cualquier obstáculo por muy sólido que sea?

Puesto que, al parecer, los ángeles, que son “espíritus ministradores, enviados para servicio a favor de los que serán herederos de la salvación” (Heb. 1:13,14), tienen esas facultades de forma natural, –es decir, por su misma naturaleza espiritual–, ¿por qué Dios no podría, si ese fuera su propósito, recrear al nuevo hombre en la resurrección, semejante al cuerpo resucitado de Jesucristo, que, aunque distinto de un ángel, no por eso sería inferior a éste?

Por cierto, en relación con la resurrección de los muertos, hay unos reveladores pasajes en el Evangelio de san Lucas, en los que Jesús nos desvela que los hijos de la resurrección serán “iguales a los ángeles”: “mas los que fueren tenidos por dignos de alcanzar aquel siglo y la resurrección de entre los muertos, ni se casan, ni se dan en casamiento. (36) Porque no pueden ya más morir, pues son iguales a los ángeles, y son hijos de Dios, al ser hijos de la resurrección” (Lc. 20:35-36).

No obstante, es cierto que también puede entenderse que los hijos de la resurrección serán “iguales a los ángeles” solo en el hecho de que “no pueden ya más morir; porque “Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección; la segunda muerte no tiene potestad sobre éstos, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con él mil años” (Ap. 20:6). Lo cual confirma una vez más que no existe inmortalidad del alma –del pensamiento griego– separada del cuerpo; porque la inmortalidad humana no existe, sino la vida eterna, que se inicia el día de la venida gloriosa de Cristo, cuando “los muertos serán resucitados incorruptibles […]  (53) Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad” (1 Co. 15:52-53).

Con relación al misterioso hecho, en el que incide especialmente el apóstol Juan, cuando nos relata, en dos ocasiones distintas, que “Llegó Jesús, estando las puertas cerradas, y se puso en medio” (Jn. 20:19,26), expresé arriba, las dos posibilidades que era capaz de imaginar: 1) Jesús hizo un milagro por medio de Su poder divino; 2) la materia corporal de Jesús posee unas propiedades desconocidas hasta ahora. Esto último debe ser cierto, si atendemos a lo que nos revela el apóstol Pablo: lo que siembras no es el cuerpo que ha de salir, sino el grano desnudo, ya sea de trigo o de otro grano; (38) pero Dios le da el cuerpo como él quiso, y a cada semilla su propio cuerpo. (39) No toda carne es la misma carne, sino que una carne es la de los hombres, otra carne la de las bestias, otra la de los peces, y otra la de las aves. (1 Co. 15:37-39). Jesucristo pudo también ser resucitado con  “carne y huesos” distintos al resto de los humanos, y ser posteriormente glorificado en el momento de Su ascensión al Cielo (Hch. 1:9). Puede también que las marcas en su cuerpo que le produjo la crucifixión, aunque cauterizadas, queden, a propósito, indeleblemente fijadas en su cuerpo, a fin de que jamás nadie olvide las consecuencias del pecado.

5) ¿Cómo crea Dios al nuevo hombre partiendo del hombre natural?

Dios resucita –en su venida gloriosa– no al hombre natural, sino al que ha nacido de nuevo (Jn. 3:3-5), el que ha sido engendrado por el Espíritu Santo (Jn. 1:12-13). Pero, además, es necesario que Dios complete y perfeccione en aquel día “la imagen del celestial” (1 Co. 15:49), que hayamos alcanzado en la vida terrestre; porque “La carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción” (1 Co. 15:50).

Ahora debemos limitarnos a recordar que solo los que reciben a Cristo son hechos hijos de Dios, es decir, engendrados por el Espíritu de Dios.

Juan 1:12-13: Mas a todos los que le recibieron [a Cristo], a los que creen en su nombre [Cristo], les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; (13) los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.

“Si alguno está en Cristo nueva criatura es” (2 Co. 5:17), y, por tanto, pertenece a la Nueva Creación, que se consumará en la resurrección del día postrero de la venida gloriosa del Salvador.

2 Corintios 5:17: De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.

En esta vida terrestre, Dios obra en el hombre natural, para transformar su duro corazón de piedra en corazón de carne, para convertir a los seres humanos carnales en seres espirituales, por medio de Su Palabra y de Su Espíritu.

Ezequiel 36:26-27: Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. (27) Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra.

En algún momento de nuestra vida terrestre, “Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, (5) aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), (6) y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús, (7) para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús” (Efesios 2:4-7). Es decir, Dios obra en nosotros proporcionándonos la vida en Cristo, que significa una resurrección espiritual, o nuevo nacimiento del Espíritu Santo, que hemos visto que se completará y perfeccionará en la resurrección física del día postrero.

Esta es la parte que le corresponde realizar a Dios; pero a partir de ese momento, somos responsables de nuestra decisión personal, en el crecimiento espiritual en Cristo: “Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna” (Ro. 6:22).

Efesios 4:22-24: En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, (23) y renovaos en el espíritu de vuestra mente, (24) y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad.

Esta es la razón por la que la Palabra de Dios insiste en: “despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, (23) y renovaos en el espíritu de vuestra mente, (24) y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad” (Ef. 4:22-24). Ese nuevo hombre creado por Dios no puede crecer en Cristo y en santidad si no colaboramos con Él diariamente, eligiendo siempre Su voluntad y, decidiendo obedecer Su Palabra.

Notemos como el apóstol Pablo insiste en que nos despojemos del hombre viejo, y nos revistamos del nuevo, que tiene la imagen de Dios. Esa, pues, debe ser nuestra tarea diaria; imitando a san Pablo: “prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús. [...] (17) Hermanos, sed imitadores de mí, y mirad a los que así se conducen según el ejemplo que tenéis en nosotros. (18) Porque por ahí andan muchos, de los cuales os dije muchas veces, y aun ahora lo digo llorando, que son enemigos de la cruz de Cristo; (19) el fin de los cuales será perdición, cuyo dios es el vientre, y cuya gloria es su vergüenza; que sólo piensan en lo terrenal. (20) Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; (21) el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria (Fil. 3:14,17-21)

Colosenses 3:9-11: No mintáis los unos a los otros, habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos, (10) y revestido del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno, (11) donde no hay griego ni judío, circuncisión ni incircuncisión, bárbaro ni escita, siervo ni libre, sino que Cristo es el todo, y en todos.

1 Corintios 15:50: Pero esto digo, hermanos: que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción.

Debemos reconocer que nos cuesta creer a Jesucristo cuando dijo: Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu espíritu es” (Jn 3:6); que significa simplemente algo que parece obvio pero que no lo es: “Lo que es nacido de la carne, es carnal; y lo que es nacido del Espíritu es espiritual”. Es decir, se nace bilógicamente ser humano carnal u “hombre natural” o “anímico” que “no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente” (1 Co. 2:14), que es nuestro “viejo hombre”, el cual cuando uno es nacido de nuevo por la Palabra de Dios y por Su Espíritu, “fue crucificado juntamente con Cristo” (Ro. 6:6), porque “si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con Él” (Ro. 6:8). “Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado, mas el espíritu vive a causa de la justicia” (Ro. 8:10).

En el último texto citado arriba, cuando san Pablo expresa “si Cristo está en vosotros, el cuerpo en verdad está muerto” (Romanos 8:10), la tradición cristiana e influencia helénica nos impide comprender que san Pablo no se refiere al “cuerpo sin alma” del pensamiento filosófico griego, sino al hombre entero, que necesita “hacer morir lo terrenal” –fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia”, etc. (Col. 3:5). Lo que el apóstol quiere que comprendamos es que si realmente Dios nos ha hecho “nuevas criaturas en Cristo”, ahora empieza realmente nuestra tarea, para que, ejerciendo nuestra voluntad en armonía con la de Dios, nos despojemos “del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, (23) y renovaos en el espíritu de vuestra mente, (24) y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad” (Ef. 4:22-24). Y todo esto es posible porque primero, Dios, “de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas” (Stgo. 1:18). Así también lo expresa el apóstol Pedro: “siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre” (1 Pedro 1:23).

 

Esperando haberme hecho entender, quedo a disposición del lector para lo que pueda servirle.

Afectuosamente en Cristo

 

Carlos Aracil Orts
www.amistadencristo.com

 

Si deseas hacer algún comentario a este estudio, puedes dirigirlo a la siguiente dirección de correo electrónico: carlosortsgmail.com

 

 

Índice

 

¿Cuál es la naturaleza del ser humano?

2. El ser humano en la antropología bíblica

3. ¿Es el ser humano un compuesto de espíritu-alma-cuerpo?

4. Significado del vocablo "carne" en la Biblia

5. Cómo vivir cristianamente

6. ¿Cuál es la diferencia entre alma y espíritu?

7. ¿Qué es el alma humana?

8. ¿Qué es el espíritu humano?

9. Solo hay vida eterna en Cristo

10. Conclusión


Apéndice 1

11. El insoluble problema filosófico de la unión cuerpo-alma


Apéndice 2

12. El origen del ser humano


Apéndice 3

13. Resurrección versus inmortalidad del alma


Apéndice 4

14. Objeciones a la mortalidad del alma

 

 

 

 

 


Referencias bibliográficas

*Las referencias bíblicas están tomadas de la versión Reina Valera de 1960 de la Biblia, salvo cuando se indique expresamente otra versión. Las negrillas y los subrayados realizados al texto bíblico son nuestros.

Abreviaturas frecuentemente empleadas:

AT = Antiguo Testamento

NT = Nuevo Testamento

AP = Antiguo Pacto

NP = Nuevo Pacto

Las abreviaturas de los libros de la Biblia corresponden con las empleadas en la versión de la Biblia de Reina-Valera, 1960 (RV, 1960)

pp, pc, pú referidas a un versículo bíblico representan "parte primera, central o última del mismo ".

Abreviaturas empleadas para diversas traducciones de la Biblia:

NBJ: Nueva Biblia de Jerusalén, 1998.

BTX: Biblia Textual

Jünemann: Sagrada Biblia-Versión de la LXX al español por Guillermo Jüneman

N-C: Sagrada Biblia- Nacar  Colunga-1994

JER 2001: *Biblia de Jerusalén, 3ª Edición 2001

BLA95, BL95: Biblia Latinoamericana, 1995

BNP: La Biblia de Nuestro Pueblo

NVI 1999: Nueva Versión Internacional 1999

Bibliografía citada

(183) Ruiz de la Peña, Juan Luis, Imagen de Dios (Antropología teológica fundamental), Sal Terrae, Tercera Edición, 1996, p.150

(184) Ibíd., p.150

(185) Ibíd., p.150

(186) Ibíd., p.150

(187) Ibíd., p.150

(188) Ibíd., p.150

(189) Ibíd., p.150

(190) Ibíd., p.150

(191) Ibíd., p.150

(192) Ibíd., p.150

 

 

 

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