Amistad en Cristo - Carlos Aracil Orts

Preguntas y Respuestas

Comentario al Apocalipsis

1. La Revelación de Jesucristo

 
Versión: 01-04- 2022

 

Carlos Aracil Orts

Introducción*

Este primer capítulo viene a ser el prólogo del libro; y por eso el apóstol Juan nos da una vislumbre del contenido de Apocalipsis: “La revelación de Jesucristo, que Dios le dio, para manifestar a sus siervos las cosas que deben suceder pronto; y la declaró enviándola por medio de su ángel a su siervo Juan, (2) que ha dado testimonio de la palabra de Dios, y del testimonio de Jesucristo, y de todas las cosas que ha visto. (3) Bienaventurado el que lee, y los que oyen las palabras de esta profecía, y guardan las cosas en ella escritas; porque el tiempo está cerca.” (Ap. 1:1-3)

Como comprobamos en la introducción del presente estudio, la palabra “apocalipsis”, que procede del idioma griego, significa simplemente revelación o manifestación de acontecimientos que, por pertenecer al futuro, solo Dios –el Creador y sustentador de todo lo existente– conoce. Y Él decidió revelarlo a Juan, por medio de Jesucristo, enviándole, por un ángel, esas visiones del futuro, que se corresponden con las cosas que deben suceder pronto”,a fin de que los hijos de Dios, es decir, “sus siervos”, puedan beneficiarse de ellas para su salvación eterna; “Porque no hará nada Jehová el Señor, sin que revele su secreto a sus siervos los profetas” (Amós 3:7).

Por lo tanto, respecto a la proximidad de ese futuro, que parece deducirse de la expresión deben suceder pronto”, no supone necesariamente inmediatez, si lo interpretamos desde el punto de vista de la profecía bíblica; y para comprobarlo basta ver cuánta inminencia contienen las palabras de Jesucristo reveladas a Juan hace casi dos mil años: “¡He aquí, vengo pronto! Bienaventurado el que guarda las palabras de la profecía de este libro” (Ap. 22:7; cf. 22:12). El cumplimiento de Su promesa “vendré otra vez” (véase Jn. 14:1-3) es ciertísimo e infalible; y si en tiempos de Juan estaba cercana Su venida gloriosa, mucho más ahora en este siglo, en el que vemos las señales precursoras de Su pronto advenimiento, que Él mismo profetizó en el capítulo veinticuatro del Evangelio de San Mateo.

Contenido del capítulo 1: La Revelación de Jesucristo

“La revelación de Jesucristo, que Dios le dio, para manifestar a sus siervos las cosas que deben suceder pronto; y la declaró enviándola por medio de su ángel a su siervo Juan, (2) que ha dado testimonio de la palabra de Dios, y del testimonio de Jesucristo, y de todas las cosas que ha visto. (3) Bienaventurado el que lee, y los que oyen las palabras de esta profecía, y guardan las cosas en ella escritas; porque el tiempo está cerca. (4) Juan, a las siete iglesias que están en Asia: Gracia y paz a vosotros, del que es y que era y que ha de venir, y de los siete espíritus que están delante de su trono; (5) y de Jesucristo el testigo fiel, el primogénito de los muertos, y el soberano de los reyes de la tierra. Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre, (6) y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre; a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén. (7) He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá, y los que le traspasaron; y todos los linajes de la tierra harán lamentación por él. Sí, amén. (8) Yo soy el Alfa y la Omega, principio y fin, dice el Señor, el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso. (9) Yo Juan, vuestro hermano, y copartícipe vuestro en la tribulación, en el reino y en la paciencia de Jesucristo, estaba en la isla llamada Patmos, por causa de la palabra de Dios y el testimonio de Jesucristo. (10) Yo estaba en el Espíritu en el día del Señor, y oí detrás de mí una gran voz como de trompeta, (11) que decía: Yo soy el Alfa y la Omega, el primero y el último. Escribe en un libro lo que ves, y envíalo a las siete iglesias que están en Asia: a Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardis, Filadelfia y Laodicea. (12) Y me volví para ver la voz que hablaba conmigo; y vuelto, vi siete candeleros de oro, (13) y en medio de los siete candeleros, a uno semejante al Hijo del Hombre, vestido de una ropa que llegaba hasta los pies, y ceñido por el pecho con un cinto de oro. (14) Su cabeza y sus cabellos eran blancos como blanca lana, como nieve; sus ojos como llama de fuego; (15) y sus pies semejantes al bronce bruñido, refulgente como en un horno; y su voz como estruendo de muchas aguas. (16) Tenía en su diestra siete estrellas; de su boca salía una espada aguda de dos filos; y su rostro era como el sol cuando resplandece en su fuerza. (17) Cuando le vi, caí como muerto a sus pies. Y él puso su diestra sobre mí, diciéndome: No temas; yo soy el primero y el último; (18) y el que vivo, y estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades. (19) Escribe las cosas que has visto, y las que son, y las que han de ser después de estas. (20) El misterio de las siete estrellas que has visto en mi diestra, y de los siete candeleros de oro: las siete estrellas son los ángeles de las siete iglesias, y los siete candeleros que has visto, son las siete iglesias.” (Apocalipsis 1:1-20)

Comentario del capítulo 1: La Revelación de Jesucristo

A) Prólogo:

“La revelación de Jesucristo, que Dios le dio, para manifestar a sus siervos las cosas que deben suceder pronto; y la declaró enviándola por medio de su ángel a su siervo Juan, (2) que ha dado testimonio de la palabra de Dios, y del testimonio de Jesucristo, y de todas las cosas que ha visto. (3) Bienaventurado el que lee, y los que oyen las palabras de esta profecía, y guardan las cosas en ella escritas; porque el tiempo está cerca.” (1:1-3)

“La revelación de Jesucristo, que Dios le dio, para manifestar a sus siervos las cosas que deben suceder pronto; y la declaró enviándola por medio de su ángel a su siervo Juan”(1:1)

Como comprobamos en la introducción del presente estudio, la palabra “apocalipsis”, que procede del idioma griego, significa simplemente revelación o manifestación de acontecimientos que, por pertenecer al futuro, solo Dios –el Creador y sustentador de todo lo existente– conoce. Y Él decidió revelarlo a Juan, por medio de Jesucristo, enviándole, por un ángel, esas visiones del futuro, que se corresponden con las cosas que deben suceder pronto”,a fin de que los hijos de Dios, es decir, “sus siervos”, puedan beneficiarse de ellas para su salvación eterna; “Porque no hará nada Jehová el Señor, sin que revele su secreto a sus siervos los profetas” (Amós 3:7).

La mayor parte de las citadas visiones son todavía futuras respecto al momento en que Juan escribió el Apocalipsis, que, por todos los indicios aportados anteriormente, fue hacia el año 95 d.C., época final del gobierno del emperador romano Domiciano (81-96 d.C.), en la que se acentuó la persecución a los cristianos. Recordemos que los hechos históricos prueban que las persecuciones más encarnizadas y crueles a los cristianos, realizadas de forma sistemática y universal, estaban en el futuro de Juan, y se llevarían a cabo, después de su muerte, por los siguientes emperadores, empezando por Trajano (98-117 d.C.), al que le seguirían: Adriano (117-138 d.C), Maximino el Tracio (235-238), Decio (249-251), Valeriano (253-260 d.C.) y Diocleciano (284-305) (aciprensa.com) (52). No obstante, las profecías del Apocalipsis, es decir, sus predicciones proféticas del futuro, no terminan con la caída del Imperio Romano en el año 476 d.C., sino que se extienden durante toda la era cristiana hasta el Día de la segunda venida de Jesucristo y del fin del mundo, como fácilmente se puede deducir de una simple lectura.

Por lo tanto, respecto a la proximidad de ese futuro, que parece deducirse de la expresión deben suceder pronto”, no supone necesariamente inmediatez, si lo interpretamos desde el punto de vista de la profecía bíblica; y para comprobarlo basta ver cuánta inminencia contienen las palabras de Jesucristo reveladas a Juan hace casi dos mil años: “¡He aquí, vengo pronto! Bienaventurado el que guarda las palabras de la profecía de este libro” (Ap. 22:7; cf. 22:12). El cumplimiento de Su promesa “vendré otra vez” (véase Jn. 14:1-3) es ciertísimo e infalible; y si en tiempos de Juan estaba cercana Su venida gloriosa, mucho más ahora en este siglo, en el que vemos las señales precursoras de Su pronto advenimiento, que Él mismo profetizó en el capítulo veinticuatro del Evangelio de San Mateo.

Repito aquí la argumentación de Robert H. Mounce, citada anteriormente, porque me parece muy clarificadora y oportuna:

[…] En la perspectiva profética el fin es siempre inminente. El tiempo entendido como una secuencia cronológica es de importancia secundaria para la profecía. Esta valoración del tiempo es común a todo el Nuevo Testamento. Jesús enseñó que Dios vindicaría sin demora a sus elegidos (Lucas 18:8), y Pablo escribió a los Romanos que Dios aplastaría «pronto» a Satanás bajo sus pies (Romanos 16:20). (Mounce, p.84) (53)

B) La bienaventuranza

“[…] su siervo Juan, (2) que ha dado testimonio de la palabra de Dios, y del testimonio de Jesucristo, y de todas las cosas que ha visto. (3) Bienaventurado el que lee, y los que oyen las palabras de esta profecía, y guardan las cosas en ella escritas; porque el tiempo está cerca.” (Ap. 1:1-3)

El apóstol Juan, siervo de Dios, como todo buen hijo, ha dado tres testimonios, los dos primeros son generales, y todos los cristianos podemos y debemos darlos: el de la Palabra de Dios y el de Jesucristo, pero el tercer testimonio que da, que es también Palabra de Dios y de Su Hijo, corresponde específicamente a  “todas las cosas que ha visto”, es decir, “la Revelación de Jesucristo”, todas las visiones del futuro que recibió hacia el año 95 d.C., que no es más que todo lo que contiene el libro de Apocalipsis.

La bienaventuranza que sigue para los que leen u oyen las palabras de esta profecía”se producirá si “guardan”, es decir, no solo si creen en ella, sino si también cumplen con todo lo escrito y prescrito en dicha profecía. Lo que demuestra que dar crédito a dicha profecía y vivir de acuerdo a las enseñanzas de la misma, produce los mismos beneficios que se obtienen cuando se lee o estudia la Biblia y luego se vive en coherencia a toda la Palabra de Dios, obrando y conduciéndose en obediencia a sus mandamientos: “las Sagradas Escrituras […] te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús. (16) Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, (17) a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (2 Timoteo 3:15-17).

Ahora, que ciertamente Jesucristo viene pronto, es más acuciante si cabe acogerse a esta bienaventuranza, “porque el tiempo está cerca.” (Ap. 1:1-3): “¡He aquí, vengo pronto! Bienaventurado el que guarda las palabras de la profecía de este libro” (Ap. 22:7); la Palabra de Dios no se cansa en repetirlo e insistir: “He aquí yo vengo pronto, y mi galardón conmigo, para recompensar a cada uno según sea su obra” (Ap. 22:12).

El tema y propósito fundamentales del libro de Apocalipsis es anunciar la pronta venida de Jesucristo en gloria. El apóstol Juan lo anuncia ya en el prólogo, versículo 7: “He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá, y los que le traspasaron; y todos los linajes de la tierra harán lamentación por él. Sí, amén. (8) Yo soy el Alfa y la Omega, principio y fin, dice el Señor, el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso” (Ap. 1:7).

C) Salutaciones a las siete iglesias que están en Asia

“Juan, a las siete iglesias que están en Asia: Gracia y paz a vosotros, del que es y que era y que ha de venir, y de los siete espíritus que están delante de su trono; (5) y de Jesucristo el testigo fiel, el primogénito de los muertos, y el soberano de los reyes de la tierra. Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre, (6) y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre; a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén.” (Ap. 1:4-6)

En su libro Comentario al libro de Apocalipsis, Robert H. Mounce observa perspicazmente que

“El libro de Apocalipsis adquiere ahora la forma de una carta que comienza con una salutación normal (1:4) y se va desarrollando hasta llegar a la bendición [final del libro] de Apocalipsis 22:21. Difiere de otras cartas en que a la visión inicial (1:9-20) le siguen siete cartas bastante estilizadas y dirigidas a iglesias específicas de la provincia romana de Asia (2:1-3:22). De la repetida exhortación a cada una de estas comunidades, «El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias» (2:7, 11, 17, 29; 3:6, 13, 22: obsérvese el plural, «iglesias»), se deduce que el propósito de estas siete cartas es el progreso moral y espiritual de tales comunidades. Aparte del prólogo (1:1-3), el libro de Apocalipsis es una epístola de modo que sigue el formato habitual de estos documentos.” (Mounce) (54)
[…]
“La carta se dirige a las «siete iglesias de la provincia de Asia». Normalmente cuando en el Nuevo Testamento se menciona «Asia»  se alude a la provincia romana que ocupaba la totalidad de la parte occidental de Asia Menor y que se extendía hacia la meseta de Anatolia. (Mounce) (55)

En el versículo 9, último de esta sección, Juan nos dice que “estaba en la isla llamada Patmos, por causa de la Palabra de Dios y el testimonio de Jesucristo” (Ap. 1:9), y desde allí escribió el Apocalipsis, dirigiendo una salutación a las siete iglesias que están en Asia: Gracia y paz a vosotros, del que es y que era y que ha de venir, y de los siete espíritus que están delante de su trono; (5) y de Jesucristo el testigo fiel, el primogénito de los muertos, y el soberano de los reyes de la tierra” (Ap. 1:4,5).

Esta fórmula de salutación, que suele encabezar las epístolas evangélicas, tiene una parte común a las mismas; es la que contiene una oración que pide para los hermanos “gracia y paz”, y era usada con frecuencia por los apóstoles, San Pablo (Ro. 1:7; Gá. 1:3; Ef. 1:2; Col. 1:2; 1 Ts. 1:1; 2 Ts. 1:2; etc.) y San Pedro (1 P. 1:2; 2 P. 1:2), e incluso por el mismo apóstol Juan (2 Jn. 3).

2 Tesalonicenses 1:2: Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.

1 Pedro 1:2: elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo: Gracia y paz os sean multiplicadas.

2 Juan 1:3: Sea con vosotros gracia, misericordia y paz, de Dios Padre y del Señor Jesucristo, Hijo del Padre, en verdad y en amor.

En la mayoría de estas salutaciones los apóstoles nombran solo al Padre y al Hijo como fuentes de la citada bendición, excepto en la Primera Epístola de San Pedro, en la que aparecen las tres Personas de la Deidad. Sin embargo, el mero hecho de que no sea nombrado el Espíritu Santo, tercera Persona de la Deidad, no puede significar que realmente Él no participe igualmente en comunión con el Padre y con el Hijo. Además, esta salutación del Apocalipsis difiere de las Epístolas en la forma de designar a Dios el Padre de forma indirecta –“el que es y que era y que ha de venir”–, al Espíritu Santo, como  “los siete espíritus que están delante de su trono”–;  y, en tercer lugar, nombra a Jesucristo –que en la fórmula Trinitaria normalmente ocupa el segundo lugar–, con el objeto de seguir hablando de Él; porque, como se observa, empieza por aplicarle los tres títulos siguientes: “el testigo fiel, el primogénito de los muertos, y el soberano de los reyes de la tierra”. (1:4).

“La Gracia y la paz proceden de una triple fuente. En primer lugar, se menciona a aquel «que es y que era y que ha de venir». Esta paráfrasis del nombre de Dios (YHWH) surge de Éx 3:14-15 y subraya el hecho de que la eterna presencia de Dios abarca todo el tiempo. […] Puesto que lo finito no puede concebir lo eterno en términos que no sean temporales, Juan parafrasea el nombre divino de tal manera que hace recordar a sus lectores que Dios existe eternamente, no tiene principio ni fin. Tal recordatorio sería especialmente apropiado en un momento en que la Iglesia se encontraba bajo la sombra de una inminente persecución. Un futuro incierto requiere la presencia de Aquel que por virtud de su eterna existencia ejerce un control soberano sobre el curso de la Historia. De hecho, este recordatorio teológico es tan importante que la salutación convertida en doxología concluye repitiendo esta misma palabra, como si fuera Dios mismo quien hablara a su pueblo (v. 8: “Yo soy el Alfa y la Omega, principio y fin, dice el Señor, el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso.”) (R. H. Mounce p. 89-90) (56)

Notemos que el hecho de que gracia y paz” procedan, en grado de igualdad, del Padre, de los siete espíritus y del Hijo, nos impide interpretar a “los siete espíritus” como siete ángeles, porque eso equivaldría equiparar a las criaturas celestiales de Dios en pie de igualdad con la Divinidad, como capaces de proporcionar “gracia y paz” a los humanos, de la misma manera que solo Dios puede conceder. Resultaría una discordancia absoluta contraria a la fórmula Trinitaria bíblica que se registra en varios textos del Nuevo Testamento, como, por ejemplo, en la Primera Epístola de Pedro (1:2), y en la Segunda Epístola a los Corintios: La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos  vosotros. Amén” (2 Co. 13:13; cf. 1 P. 1:2).

Ahora viene a propósito enfatizar la importancia de las dos palabras clave de este saludo cristiano “gracia y paz”, porque recibir lo que éstas representan es conseguir, por un lado, la máxima felicidad posible en esta vida, y, por otro, la vida eterna en el futuro. La gracia es el favor, que no merecemos, que Dios nos concede para capacitarnos, por medio de la fe en Cristo, para vencer la esclavitud del pecado: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Ef. 2:8-9).

La paz es la consecuencia de recibir la gracia; por Gracia de Dios recibimos la fe en Cristo, siendo justificados por su sangre –es decir, declarados justos ante Dios por aceptar la justicia que Su Hijo obtuvo en la cruz–, y entonces nos reconciliamos con Dios (Ro. 5:6-11; cf. 2 Co. 5:17-21) y entramos en comunión con Él: “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo; (2) por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios” (Romanos 5:1-2).

Romanos 5:6,8-11: Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos. […] (8) Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. (9) Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira. (10) Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida. (11) Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en Dios por el Señor nuestro Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación.

2 Corintios 5:17-21: De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. (18) Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; (19) que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación. (20) Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios. (21) Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.

Observemos, además, que el apóstol Juan pronuncia la bendición o bienaventuranza a todos los lectores de su libro, como viniendo de la Santísima Trinidad –Dios el Padre, Dios el Hijo y Dios el Espíritu Santo–. Es decir, la bendición proviene, a la vez, de las tres Personas: en primer lugar, de Dios el Padre, representado o designado por “el que es y que era y que ha de venir”, alusión a Su eternidad (véase Éx. 3:14); en segundo lugar, de Dios el Espíritu Santo –simbolizado por los siete espíritus que están delante de su trono”, que posiblemente se refiere a la plenitud y cualidades del mismo, descritas en Isaías 11:12; y en tercer lugar, de forma muy especial, la bendición proviene también de Jesucristo, a quien, el Apóstol, nombra el último –cuando lo normal es que ocupe la segunda posición en la formula Trinitaria–, a fin de dedicarle una atención especial.

D) Jesucristo recibe tres principales títulos:

“Jesucristo el testigo fiel, el primogénito de los muertos, y el soberano de los reyes de la tierra.” (Ap. 1:5)

Juan, cuando nombra a Jesucristo en su salutación Trinitaria, le asigna tres principales títulos: “Jesucristo el testigo fiel, el primogénito de los muertos, y el soberano de los reyes de la tierra”.

La fórmula Trinitaria exigía el orden: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Pero en su salutación, Juan nombra a Jesús en tercer lugar, a fin de poder asignarle los citados títulos. Por tanto. la única razón de nombrar a Jesucristo –“el autor y consumador de la fe…que sufrió la cruz” (Heb. 12:2), y al que le debemos  nuestra salvación– en último lugar, es para poder, a continuación, describirle con los citados títulos y cualidades que le definen a Él mismo y a Su obra de salvación de la humanidad.

En el siguiente punto (E) presento una breve explicación del significado de los títulos que recibe nuestro Señor Jesucristo.

E) Breve explicación de los títulos que recibe nuestro Señor Jesucristo

Jesucristo es “el testigo fiel y verdadero” (Ap. 3:14) porque fue enviado por el Padre “para dar testimonio a la verdad” (Jn. 18:37; cf. Jn. 3:32-33); y aún más, “Él es el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por Él” (Jn. 14:6). Jesucristo declaró: “…porque las obras que el Padre me dio para que cumpliese, las mismas obras que yo hago, dan testimonio de mí, que el Padre me ha enviado. (37) También el Padre que me envió ha dado testimonio de mí. Nunca habéis oído su voz, ni habéis visto su aspecto, (38) ni tenéis su palabra morando en vosotros; porque a quien él envió, vosotros no creéis. (39) Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí” (Jn. 5:36-39; cf. Jn. 8:13-18); Jesús también dijo: “Pero cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, él dará testimonio acerca de mí. (27) Y vosotros daréis testimonio también, porque habéis estado conmigo desde el principio”. (Jn. 15:26-27).

"El primer elemento del título que se asigna a Jesús indica que es «el testigo fiel». Esta expresión se aplica en primer lugar a su papel como mediador de la revelación que recibió de Dios (Apoc 1:1; el «testimonio de estas cosas para las iglesias» al que se alude en 22:16). Sin embargo, también se refiere al propósito más amplio de su vida entendido como dar testimonio de la verdad de Dios (Juan 3:32-33; 18:37) con un acento especial en la muerte que experimentó como consecuencia de tal testimonio. La palabra griega que se traduce como testigo (martys), se ha incorporado al léxico español como «mártir», aludiendo a alguien que sufre la muerte por su lealtad a una causa. A lo largo del libro de Apocalipsis, esta palabra se relaciona con la sentencia de muerte que acaba provocando un testimonio fiel y constante (cf. 2:13; 11:3; 17:6). A los cristianos de Asia, próximos como estaban a entrar en un periodo de persecución, se les presenta a Jesús como el testigo fiel, el modelo de firmeza y fidelidad a la verdad de Dios (cf. 1 Tim 6:13: “Te mando delante de Dios, que da vida a todas las cosas, y de Jesucristo, que dio testimonio de la buena profesión delante de Poncio Pilato)." (R. H. Mounce, p. 92-93) (57)

Jesucristo recibe también el título de “el primogénito de los muertos”, no porque haya sido el primer ser humano en morir –“primogénito en la Biblia no es necesariamente el primer nacido de una familia sino el que le corresponde o recibe la heredad y la autoridad del padre (véase Gn. 27:19; Éx. 4:22; cf. Ro. 8:29; Heb. 12:23)–, sino porque “el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, (7) sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; (8) y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. (9) Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, (10) para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; (11) y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.(Fil. 2:6-11); y otra razón que nos aporta San Pablo es: “para que en todo tenga la preeminencia” (Col. 1:18), así como “es la imagen del Dios invisible”, y “el primogénito de toda creación” (Col 1:15).

“En segundo lugar, Jesús es «el primogénito de los muertos». Este título también aparece en Col 1:18, donde a Cristo se le declara Soberano de la Iglesia en virtud de su resurrección de los muertos. Lightfoot indica que las dos ideas principales de esta expresión son las de prioridad y soberanía y que en los contextos mesiánicos predomina esta última. La interpretación mesiánica surge del Salmo 89:27 donde, hablando de David (lo cual se extiende a sus descendientes y culmina en Jesús el Mesías) dice: «Yo también lo haré mi primogénito». Si dar un testimonio fiel ha de llevar al martirio, el creyente ha de recordar que Jesús, el mártir por excelencia, es el primogénito de los muertos. En tanto que Cristo resucitado, Jesús ejerce ahora un control soberano, y de igual modo también los fieles participarán en su reinado (Apoc 20:4-6)." (R. H. Mounce, p. 93) (58)

Jesucristo  es “el soberano de los reyes de la tierra”, porque Él es “Rey de reyes, y Señor de señores” (1 Ti. 6:15; cf. Ap. 19:16); y porque cuando Él venga en gloria, cuando “el séptimo ángel” toque “la trompeta”…declarará que “Los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos. (16) Y los veinticuatro ancianos que estaban sentados delante de Dios en sus tronos, se postraron sobre sus rostros, y adoraron a Dios, (17) diciendo: Te damos gracias, Señor Dios Todopoderoso, el que eres y que eras y que has de venir, porque has tomado tu gran poder, y has reinado. (18) Y se airaron las naciones, y tu ira ha venido, y el tiempo de juzgar a los muertos, y de dar el galardón a tus siervos los profetas, a los santos, y a los que temen tu nombre, a los pequeños y a los grandes, y de destruir a los que destruyen la tierra” (Apocalipsis 11:15-18).

"El texto del Salmo 89:27 es también la fuente del tercer elemento del título. Como primogénito de los muertos, Jesús se convierte en «el más excelso de los reyes de la tierra». Esta expresión mira hacia adelante, a su plena manifestación como Rey de reyes (Apoc 17:14; 19:16). Lo que el diablo le ofreció a cambio de su adoración («todos los reinos de este mundo y la gloria de ellos», Mt 4:8), Jesús lo consiguió por medio de su fiel obediencia hasta la muerte. Vindicado por la resurrección, se le reconocerá universalmente como supremo soberano en la consumación de la historia humana (cf. Fil 2:10-11). Este triple título pretende estimular y sustentar a los creyentes que están próximos a entrar en un periodo de intensa persecución por causa de su fe en Jesús. Les recuerda que Cristo ha recorrido antes 93 este camino, un camino a la victoria que ha quedado abierto por medio de su muerte." (R. H. Mounce, p. 93-94) (59)

F) “Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre" (1:5úp)

"Y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre; a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén.” (1:6)

Jesucristo nos amó hasta el extremo que entregó Su vida, para salvar a los pecadores, que somos todos los seres humanos, sin excepción: “Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos” (Jn. 15:13). Él derramó Su sangre en la cruz, obteniendo la justicia de Dios, que nos justifica cuando creemos en Él y obedecemos sus mandamientos (Jn. 15:12-14).

Juan 15:12-14: Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros, como yo os he amado. (13) Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos. (14) Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando.

Romanos 5:8-10: Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. (9) Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira. (10) Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida.

Ahora viene muy a propósito complementar lo anterior con la acertada y erudita explicación de Robert H. Mounce, (extraído de su libro Comentario al libro de Apocalipsis):

“La obra redentora del Hijo tiene una importancia central para el drama escatológico que está a punto de comenzar. Él es aquel que «nos ama y nos libertó de nuestros pecados con su sangre». […] El amor de Cristo hacia nosotros es una realidad constante que en su momento se expresó en el supremo acto redentor del Calvario. La sangre de Cristo fue el precio de la liberación de su pueblo. Algunas traducciones que siguen a la TR (Texto Recibido] vierten «lavó» en lugar de «libertó» probablemente lo hacen influidas por la preposición griega que normalmente se traduce por «en». No obstante, aquí se utiliza en el sentido hebreo que denota el pago de un precio y, por tanto, ha de traducirse «con» o «por». El interés de Juan en este punto no está en que «nuestros pecados» hayan sido lavados, sino en que la muerte de Cristo nos libra de la servidumbre y sufrimiento que estos nos acarreaban. El rescate que se pagó para redimir a los fieles fue la muerte expiatoria de Jesucristo (cf. 5:9).

Mediante su muerte Jesús constituyó un reino formado por sus seguidores. En el Monte Sinaí Dios había prometido que si el recién constituido pueblo judío obedecía su voz y guardaba sus mandamientos, haría de ellos «un reino de sacerdotes y una nación santa» (Éx 19:5-6; cf. Is 61:6). La iglesia primitiva se veía a sí misma como la verdadera sucesora de Israel y heredera, por tanto, de todas las bendiciones prometidas a sus predecesores espirituales (1 Ped 2:5, 9). Colectivamente la Iglesia es un «reino» (lo cual subraya el carácter real que ésta adquiere con la exaltación de Cristo como Soberano de los reyes de la tierra); individualmente, todos sus miembros son «sacerdotes» (lo cual pone de relieve su papel como siervos de Dios que se les confiere en virtud de la muerte expiatoria de Cristo).

La doxología concluye atribuyendo a Cristo la gloria y el dominio por siempre. En este contexto, «gloria» significa alabanza y honra, y «dominio» connota poder y fortaleza. Estas dos cosas se mencionan asimismo juntas en la doxología a Dios y al Cordero de Apoc. 5:13. Esta declaración representa tanto una confiada afirmación acerca del Cristo exaltado como una exhortación a considerarle de un modo acorde con esta dignidad. «Amén» es una transliteración de la palabra hebrea que significa «que así sea»." (Robert H. Mounce, p. 94-95) (60)

G) El tema principal de Apocalipsis es la Parusía gloriosa de Jesús

"He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá, y los que le traspasaron; y todos los linajes de la tierra harán lamentación por él. Sí, amén. (8) Yo soy el Alfa y la Omega, principio y fin, dice el Señor, el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso.” (Ap. 1:7-8).

El apóstol Juan que ha concentrado en unas pocas líneas la descripción, en primer lugar, de un buen número de títulos de nuestro Señor Jesucristo, como vimos arriba, en segundo lugar, nos ha presentado la esencia de Su obra de redención de la humanidad creyente, mediante su sangre derramada en la cruz del Calvario, es decir el Evangelio o Buenas Nuevas de salvación, a fin de hacer a todos los creyentes “reyes y sacerdotes para Dios, su Padre”; y, en tercer lugar, en el versículo 7 que sigue, en solo dos líneas, nos declara el tema de su libro:

La próxima venida de Jesús en gloria: “He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá, y los que le traspasaron(Ap. 1:.7 p.p.; cf. Zac. 12:10).

Cuandoel apóstol Juan anuncia que Jesucristo “Viene con las nubes”, alude, sin duda, a las propias palabras de Jesús que se registran en los Evangelios (Mt. 24:30; 26:64; Mr. 13:26; 14:62; Lc. 21:27), y probablemente también se refiere a la visión apocalíptica del profeta Daniel (Dn. 7:13-14).

Mateo 24:30: Entonces aparecerá la señal del Hijo del Hombre en el cielo; y entonces lamentarán todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo, con poder y gran gloria.

Mateo 26:64: Jesús le dijo: Tú lo has dicho; y además os digo, que desde ahora veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo.

Marcos 13:26: Entonces verán al Hijo del Hombre, que vendrá en las nubes con gran poder y gloria.

Daniel 7:13-14: Miraba yo en la visión de la noche, y he aquí con las nubes del cielo venía uno como un hijo de hombre, que vino hasta el Anciano de días, y le hicieron acercarse delante de él. (14) Y le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran; su dominio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido.

Este es el tema principal de su libro, anunciado en su primer capítulo y confirmado en el último capítulo de Apocalipsis: “He aquí yo vengo pronto, y mi galardón conmigo, para recompensar a cada uno según sea su obra” (Ap. 22:12); lo que conllevará, por un lado, dar la vida eterna a los santos, por medio de la resurrección, y por otro, el juicio y castigo eterno para los malvados, es decir, “todos los linajes de la tierra [los incrédulos y burladores] harán lamentación por él” (1:7úp).

"En la visión que tuvo Daniel de las cuatro bestias, el profeta vio a uno como un Hijo del Hombre que venía «con las nubes del cielo» (Dan 7:13). Zacarías profetizó que en el día del Señor los habitantes de Jerusalén «mirarán al que traspasaron» y «harán lamentación por Él» (Zac 12:10). Juan une estos dos temas proféticos y los adapta para describir la inminente venida del Cristo victorioso y la respuesta de un mundo hostil a la revelación de su soberanía universal. Este acontecimiento es tan inmediato y seguro que Juan puede anunciar: «He aquí, vengo pronto» (cf. 3:11; 22:7, 12, 20). Obsérvese que, igual que sucede con el personaje de Dan 7:13, viene con las nubes en lugar de «sobre» ellas o «en» ellas. Probablemente por ello no haya que entender las nubes como su medio de transporte (como en Sal 104:3)." (Robert H. Mounce, p. 95) (61)

“Todo ojo le verá”, “Porque como el relámpago que sale del oriente y se muestra hasta el occidente, así será también la venida del Hijo del Hombre” (Mt. 24:27). Será cuando los santos muertos resucitarán y junto con los salvos que vivan en ese Día, serán transformados en cuerpos espirituales y arrebatados al encuentro con el Señor Jesús (1 Co. 15:51-58; 1 Ts. 4:13-18; cf. Dn. 12:2:Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua”).

“Los que le traspasaron” no son solo los del Sanedrín que le condenaron, llevándole ante Pilato, para que fuese muerto en la cruz, sino que, en general, son todos los que le rechazaron.

"Cuando Él venga, su soberanía se manifestará claramente a todos, puesto que «todo ojo le verá». La cláusula siguiente («aun los que le traspasaron») es de carácter parentético. El cuarto Evangelio indica que cuando el soldado romano traspasó el costado de Jesús se cumplió el texto que dice, «MIRARÁN AL QUE TRASPASARON» (Juan 19:37 citando Zac 12:10).28 La referencia de Apocalipsis no se limita a este incidente o, como en Zac 12:10, a las tribus de Israel, sino que se extiende a cualquier persona de cualquier época que, por su negligente indiferencia hacia Jesús, se identifica con el acto de traspasarle.  Cuando venga, todas las tribus de la Tierra (no solo las doce tribus de Israel, sino también el mundo no cristiano representado en términos de divisiones étnicas) harán lamentación por Él. El lamento de Zac 12:10-12 lo era de arrepentimiento, pero el de Apocalipsis tiene que ver con el remordimiento que acompaña a la revelación del juicio de Dios que se producirá con la venida de Cristo (cf. 16:9, 11, 21).

La idea general del versículo es que cuando se produzca el inminente regreso de Cristo, los no creyentes se lamentarán por el juicio que les acarreará haberle rechazado. El último «Sí. Amén» combina las formas griegas y hebreas de afirmación (cf. «gracia y paz» en 1:4) y es una expresión de vigorosa aprobación." (Robert H. Mounce, p. 96) (62)

Todo lo que antecede escrito por Juan es ratificado y firmado por el Dios Eterno, Padre, Hijo y Espíritu Santo: Yo soy el Alfa y la Omega, principio y fin, dice el Señor, el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso. (Ap. 1:8). Porque esta descripción corresponde a los atributos de las tres Personas de la Trinidad: Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo.

"Es Dios mismo quien ahora habla dando respuesta a lo que se ha dicho acerca de Cristo y de su relación con los creyentes y con el mundo que no cree. Los únicos lugares en que Dios habla son aquí y en 21:5 ff. Él afirma ser «el Alfa y la Omega» (la primera y la última letras del alfabeto griego). En 21:6 este mismo título se amplía e interpreta mediante la expresión paralela, «el principio y el fin».30 Las letras Alfa y Omega representan a las hebreas Alef y Tau, que no solo se consideraban como la primera y la última del alfabeto, sino también como una representación de todas las letras comprendidas entre ellas.

De ahí que este título presente a Dios como el Señor Soberano de todo lo que sucede en la totalidad del devenir de la historia humana. Knox traduce: «Yo soy el Alfa y la Omega, el principio de todas las cosas y su fin».31 Por medio de estos títulos descriptivos, Dios no está revelando su carácter eterno para la edificación doctrinal de los creyentes, sino subrayando su eterna soberanía a fin de animar a los cristianos de Asia que están experimentando persecución por causa de su fe.

Como Señor Soberano es «el Todopoderoso».32 Aunque este título aparece ampliamente a lo largo de todo el Antiguo Testamento griego, únicamente lo encontramos doce veces en el Nuevo Testamento, y nueve de ellas tienen lugar en el libro de Apocalipsis ( 4:8; 11:17; 15:3; 16:7, 14; 19:6, 15; 21:22). En la LXX, el término Pantokrator traduce normalmente a la expresión hebrea «Yahveh Sebaot» y es el título favorito para Dios del autor del Apocalipsis.33 Igual que los demás títulos que aparecen en el versículo, también éste pretende estimular y apoyar a los creyentes en un momento de crisis. Se trata de una referencia a la supremacía de Dios sobre todas las cosas34 más que a la idea relacionada de la omnipotencia divina. En la última parte del versículo, la explicación representa algo que se afirma respecto a Dios y no sus propias palabras. El uso en 1:4 del triple título y de la tercera persona del singular, «y que era», apoya esta posición.

Lo que llama la atención del lector como anormal en esta salutación convertida en doxología (vv. 4-8) es que aquello que comienza como un saludo normal se transforma de inmediato en un himno de alabanza a Cristo. Aunque se menciona a Dios Padre en primer lugar, el acento pasa rápidamente a la obra redentora del Hijo, cuyo amor le llevó a comprar la libertad del pecado. Él es aquel que, por medio 97 de su muerte y resurrección, nos ha equipado para servir al Padre. Y es a Él a quien se atribuyen la gloria y el poder. Él es el que vendrá en las nubes de gloria, y de cuyo regreso triunfal dará testimonio toda la raza humana. Dios mismo, el eternamente existente, expresa su aprobación a la alabanza y adoración que se dirigen al Hijo. De modo que, la salutación/doxología prepara al lector para la exaltada visión que va a tener lugar a continuación." (Robert H. Mounce, p. 96-98) (63)

Como vimos arriba, la bendición procede también y especialmente “de Jesucristo el testigo fiel, el primogénito de los muertos, y el soberano de los reyes de la tierra”. (Ap. 1:5pp), porque Él es “el autor y consumador de la fe, el cual”… “sufrió la cruz” (Heb. 12:2), y al que le debemos nuestra salvación, porque entregó Su vida, derramando Su sangre en la cruz, obteniendo la justicia de Dios, que nos justifica cuando creemos en Él y obedecemos sus mandamientos.

H) Una visión del Hijo del Hombre

En esta primera visión que se registra en Apocalipsis 1:9-20, Juan ve una descripción simbólica de Jesucristo glorioso, que le ordena “Escribe en un libro lo que ves, y envíalo a las siete iglesias que están en Asia: a Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardis, Filadelfia y Laodicea” (1:11).

“Yo Juan, vuestro hermano, y copartícipe vuestro en la tribulación, en el reino y en la paciencia de Jesucristo, estaba en la isla llamada Patmos, por causa de la palabra de Dios y el testimonio de Jesucristo”. (1:9)

Juan fue desterrado por el emperador Domiciano a la isla de Patmos, “por causa de la palabra de Dios y el testimonio de Jesucristo”. Y, según registran algunos Padres de la Iglesia primitiva, fue exiliado a dicha isla, después del fallido intento de acabar con su vida cuando le introdujeron en una caldera de aceite hirviendo, de la que salió milagrosamente ileso, según recogen varias fuentes.

"[Juan]…Escribe a las iglesias como alguien que ha pagado el precio del exilio por su fidelidad en la proclamación de la Palabra de Dios. Entiende perfectamente las dificultades en las que se encuentran puesto que comparte con ellos (synkoinonos) la tribulación que acompaña a la fe cristiana. El término «hermano» era una expresión común entre los creyentes y refleja la estrecha relación que experimentaban como miembros del mismo cuerpo religioso." (Robert H. Mounce, p. 99-100) (64)
[…]
“Junto con el sufrimiento de la tribulación, Juan menciona el reino y la paciencia. «Reino» se refiere al próximo periodo de bendición mesiánica, y «paciencia» representa la activa resistencia que se requiere de los fieles. El orden en que aparecen estos tres elementos es instructivo. Puesto que el presente es un tiempo de sufrimiento, y el Reino un período de futura bienaventuranza, durante el periodo intermedio los creyentes han de ejercer la misma paciente resistencia que fue ejemplificada por Jesús.

El lugar del exilio de Juan era Patmos, una pequeña isla rocosa (de aproximadamente veinte kilómetros de largo por diez de ancho) situada en el Mar Egeo a unos setenta y cinco kilómetros al oeste de Mileto. Su escarpado terreno concuerda con la imaginería del Apocalipsis con sus frecuentes alusiones a rocas y montañas (6:15-16; 16:20). Además de su importancia para la navegación entre Éfeso y Roma, puede que Patmos fuera también un gran centro penitenciario al que las autoridades romanas enviaban los delincuentes. Juan dice que se encontraba en la isla de Patmos «por causa de la Palabra de Dios y del testimonio de Jesús». Al parecer, las autoridades de Asia habían interpretado su predicación como una forma de sedición y le habían confinado en la isla en un intento de inhibir el crecimiento de la iglesia primitiva.” (Mounce, p.100-101) (65)

“Yo estaba en el Espíritu en el día del Señor, y oí detrás de mí una gran voz como de trompeta, (11) que decía: Yo soy el Alfa y la Omega, el primero y el último. Escribe en un libro lo que ves, y envíalo a las siete iglesias que están en Asia: a Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardis, Filadelfia y Laodicea” (1:10-11).

Juan dice que estaba en el Espíritu en el día del Señor” cuando oyó detrás de él “una gran voz como de trompeta”. Esa voz –clara y potente “como de trompeta”– procedía de nuestro Señor Jesucristo, porque le decía Yo soy el Alfa y la Omega, el primero y el último”, cualidades del Eterno que solo corresponden a Dios; y, además, esa Persona que le habló era “uno semejante al Hijo del Hombre” (1:13), que, acto seguido, le ordenó que escribiera en el libro “lo que ves”, y que lo dirigiera a las siete iglesias de Asia.

La expresión estaba en el Espíritu” corresponde a un estado mental de comunión espiritual controlado por el Espíritu Santo, semejante a los experimentados por los apóstoles Pedro (Hch. 10:10; 11:5) y Pablo (Hch. 22:17; cf. 2 Co. 12:2-4). Ambos apóstoles describen que previo a la visión les “sobrevino un éxtasis” (Hch. 10:10; cf. 22:17). Además, Pedro nos narra que el “éxtasis” le ocurrió cuando Estaba…en la ciudad de Jope orando”, entonces  vio  “en éxtasis una visión” (Hch. 11:5).

“Caird sugiere que la visión de Juan fue estimulada por el edicto de Domiciano que insistía en la obligatoriedad de adorar al Emperador. Juan vio en tal edicto «el surgimiento de un nuevo totalitarismo que los cristianos estaban obligados a resistir y que, por tanto, iba a provocar una guerra a muerte entre la Iglesia y el Estado»." (Robert H. Mounce, p. 101) (66)

Juan añade que recibió la citada visión en el día del Señor”. En el mundo cristiano “el día del Señor” es “el primer día de la semana”, lo que conocemos como “domingo” en la lengua española. De ninguna manera podía Juan referirse al día sábado, porque Dios ordenó, exclusivamente a Su pueblo Israel en el Antiguo Testamento, que aquel día fuera el día preceptivo de descanso, al incluirlo como cuarto mandamiento en las tablas de piedra de Su Ley (Éx. 20:8-11; Dt. 5:12-15); pero, además, lo declaró señal del Pacto Antiguo (Éx. 31:12-17). Con la muerte y resurrección de Jesucristo el Nuevo Pacto sustituye al Antiguo (Heb. 8:13). De ahí en adelante, para los creyentes del Nuevo Pacto, el reposo sabático no está vigente, porque “Jesús  es hecho fiador de un mejor Pacto” (Heb. 7:22), “establecido sobre mejores promesas” (Heb. 8:6), y deja de ser un mandamiento, para ser solo símbolo del reposo que se experimenta al creer y aceptar a Cristo: “Pero los que hemos creído entramos en el reposo…” (Heb. 4:3; cf. 4:9-11; 8:13; etc.). Más de cuarenta años antes que Juan escribiera el Apocalipsis, ya la Iglesia primitiva había empezado a reunirse en domingo: El primer día de la semana, reunidos los discípulos para partir el pan, Pablo les enseñaba, habiendo de salir al día siguiente; y alargó el discurso hasta la medianoche” (Hechos 20:7; cf. 1 Co. 11:18,20; 16:2).

Con respecto a la otra posible interpretación de que “el Día del Señor” se refiera al “Día de Jehová/Yahveh” (Is. 2:12; 13:9; Zac. 14:1; Hch. 2:20; 1 Ts. 5:2: 2 P.3:10; etc.) –identificado como “día de la consumación cuando Cristo se manifestará y el juicio de Dios caerá sobre la raza humana” (Mounce, p. 102) (67)–, no parece lógico aceptar que Juan –para recibir las visiones apocalípticas– tuviera necesariamente que ser “trasladado por el Espíritu al futuro «Día de Yahveh»” (Mounce, p. 102) (68).

"Es muy probable que, en la literatura cristiana, ésta sea la primera referencia del Día del Señor como expresión técnica para hablar del primer día de la semana. Es el Día del Señor porque en el primer día de la semana Cristo resucitó victorioso del sepulcro. Puesto que el paganismo había apartado un día para honrar a su emperador (Sebaste), también los cristianos escogieron el primer día de la semana para honrar a Cristo (kyriake). El sentido del Día del Señor ha de entenderse en contraste con el Día del Emperador."   (Mounce, p. 102) (69).

Jesucristo ordena a Juan que escriba a las siete iglesias de Asia

Escribe en un libro lo que ves, y envíalo a las siete iglesias que están en Asia: a Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardis, Filadelfia y Laodicea” (1:11 úp).

Algunos Padres de la Iglesia primitiva atestiguan que Juan, cuando fue liberado de su exilio en Patmos en tiempos del emperador Nerva (96-98 d.C.), se estableció en Éfeso; porque como es natural y lógico, él regresaría a la ciudad en la que, según la Tradición, se había establecido pocos años antes de la destrucción de Jerusalén del año 70 d.C.

Ahora, dando por ciertos dichos testimonios registrados por los citados personajes históricos, debemos preguntarnos ¿por qué Jesucristo eligió específicamente a estas siete congregaciones, ubicadas en esas siete ciudades citadas, ni una más ni una menos, para que Juan les enviara el libro de Apocalipsis?

Una primera causa o razón pudo haberse debido a que, probablemente, “Juan había sido el pastor principal de las siete principales iglesias del Asia bíblica, conocida ahora por Turquía” (Apuntes curso) (70). Una segunda razón, porque “Las ciudades distaban entre sí de cincuenta a noventa kilómetros, y estaban situadas en una vía circular que se dirigía hacia el Norte a Pérgamo, viraba luego al Sudeste hacia Laodicea, y regresaba a su punto de partida en Éfeso recorriendo el valle del Menderes” (Mounce, p. 103) (71). Aunque “el orden en que se mencionan las iglesias es estrictamente geográfico” (Mounce, p. 103) (72), podría ser el mismo que siguiera Juan cuando las visitaba “desde su casa de Éfeso” (Apuntes Curso) (73), dado que la posición geográfica de las mismas, conforma un itinerario lógico en forma de semicírculo o herradura, que se inicia en Éfeso y termina en Laodicea, ciudad situada al final,  extremo opuesto del semicírculo citado.

No obstante, cuando analizamos los mensajes dados, en primera Persona, por Jesucristo, dirigidos a cada una de las citadas iglesias –registrados en los siguientes capítulos dos y tres del libro de Apocalipsis–, observamos que ellos contienen diagnósticos distintos del estado espiritual por el que atravesaba cada iglesia local. Al menos, nos resulta chocante o extraño que las iglesias o congregaciones –supuestamente todas ubicadas o existentes en el tiempo histórico de la época del final del ministerio del apóstol Juan (96-98 d.C), simultáneas en el tiempo y cercanas en el espacio– experimentaran una diversidad de problemas morales y doctrinales tan dispar, y que, por lo general,  parecían evolucionar, de forma creciente hacia un cristianismo más herético y menos fidedigno o verdadero.

Por eso, creo que Robert H. Mounce no acierta cuando declara con rotundidad: [las citadas siete iglesias de Asia] “No representan siete periodos sucesivos de la historia de la iglesia” (Mounce) (74). Sin embargo, coincido parcialmente con él, cuando argumenta lo siguiente: “Aunque las cartas se escriben a iglesias reales, existentes en el primer siglo, su mensaje es relevante para la iglesia universal, puesto que los puntos fuertes y débiles de estas siete comunidades son característicos de todas las iglesias a lo largo de la Historia” (Mounce) (75). Es cierto que, a lo largo de la vida de cada creyente, se puede atravesar por cada uno de los estados espirituales diagnosticados por Jesucristo en dichas iglesias; pero a nivel de comunidad eclesial  creo que, aunque puedan coexistir los siete estados, cada época, por lo general, se caracterizará por el estado espiritual más predominante sobre los otros, por su extensión o relevancia.

La Visión de Jesucristo –Uno semejante al Hijo del Hombre

Esta visión nos proporciona unos rasgos, por medio de símbolos, del Jesucristo que resucitó –con un cuerpo espiritual y glorioso al tercer día, en el año 30 d.C.–  de la muerte ignominiosa que recibió en la cruz a petición de los fariseos y gobernantes del Sanedrín y por orden del procurador romano Poncio Pilato.  Hemos de intentar comprender cuál es la intención del Espíritu Santo, al proporcionarnos este retrato personal del Hijo del Hombre, que se presenta en medio de “siete candeleros”. Él mismo nos revela, al final de este capítulo, que “los siete candeleros…son las siete iglesias” (1:20 úp).

“Y me volví para ver la voz que hablaba conmigo; y vuelto, vi siete candeleros de oro, (13) y en medio de los siete candeleros, a uno semejante al Hijo del Hombre, vestido de una ropa que llegaba hasta los pies, y ceñido por el pecho con un cinto de oro. (14) Su cabeza y sus cabellos eran blancos como blanca lana, como nieve; sus ojos como llama de fuego; (15) y sus pies semejantes al bronce bruñido, refulgente como en un horno; y su voz como estruendo de muchas aguas.” (1:12-15)

El simbolismo de los candeleros de oro proviene del Santuario Terrenal (véase Éx. 25:31-37; cf. Zac. 4:2), porque Dios ordenó a Moisés “Harás además un candelero de oro puro...” (Éx. 25:31), “con siete brazos: un brazo central y tres a cada lado” (Éx. 25:32,34). En la visión de Juan se trata de siete candeleros semejantes al que había en el Tabernáculo Terrenal citado, que representan a las siete iglesias de Asia. Es una figura muy adecuada para las iglesias, porque así como la función de los candeleros es iluminar o alumbrar, dar luz donde hay tinieblas u oscuridad, así también es la misión de las iglesias iluminar a un mundo que vive en tinieblas, alejado de Dios, en rebeldía contra Él, y ajenos a Sus planes de salvación de la humanidad. Por eso los cristianos deben ser la luz del mundo (Mt. 5:14; Ef. 5:8; 1 Ts. 5:5;), porque Jesucristo es la luz del mundo (Jn. 8:12; 12:46; Hch. 13:47; 1 Jn. 1:5; etc.).

Juan 3:19: Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.
Efesios 5:8: Porque en otro tiempo erais tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor; andad como hijos de luz.

1 Tesalonicenses 5:5: Porque todos vosotros sois hijos de luz e hijos del día; no somos de la noche ni de las tinieblas.

A este respecto R.H. Mounce corrobora que “El propósito de la Iglesia es ser portadora de la luz de la presencia de Dios en un mundo de tinieblas (Mt 5:14-16). Si deja de cumplir con esta tarea, su razón de ser habrá desaparecido (cf. Ap. 2:5)” (Mounce, p. 104) (76).

Mateo 5:14-16: Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. (15) Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa. (16) Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.

Apocalipsis 2:5: Recuerda, por tanto, de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras; pues si no, vendré pronto a ti, y quitaré tu candelero de su lugar, si no te hubieres arrepentido.

Jesucristo aparece, en la visión del Apóstol, en medio de los “candeleros”, es decir, de las iglesias, para mostrarnos que Él las protege y las dirige como Cabeza que es de la Iglesia (Col. 1:18), que es Su Cuerpo (1 Co. 12:27; cf. 6:15; 10:17); más aún intercede por toda Su Iglesia universal (Heb. 7:25; cf. 1 Ti. 2:5; 1 Jn. 2:1-2), “para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la Palabra” (Ef. 5:26).

Colosenses 1:18: y él [Cristo] es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia.
1 Timoteo 2:5-6: Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, (6) el cual se dio a sí mismo en rescate por todos, de lo cual se dio testimonio a su debido tiempo.

Hebreos 7:25: por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él [Cristo] se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos.

1 Juan 2:1-2: Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. (2) Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo.

A continuación, Juan describe a Jesucristo como “uno semejante al Hijo del Hombre, vestido de una ropa que llegaba hasta los pies, y ceñido por el pecho con un cinto de oro…” (1:13). Jesucristo mismo, durante Su ministerio terrenal, se identificó con el título de “Hijo del Hombre” en muchas ocasiones (Mt. 8:20;  9:6; Mr. 2:10; Lc. 5:24; 9:58; etc.), y probablemente se refirió a la mención que el profeta Daniel hace de Él (Dn. 7:13).

Su vestido de una ropa que llegaba hasta los pies, y ceñido por el pecho con un cinto de oro...” (1:12-15); representa Su función intercesora como Sumo Sacerdote que Jesucristo realiza en el “Lugar Santísimo del Santuario Celestial”; porque “Jesús es hecho fiador de un mejor Pacto” (Heb. 7:22); “Ahora bien, el punto principal de lo que venimos diciendo es que tenemos tal sumo sacerdote, el cual se sentó a la diestra del trono de la Majestad en los cielos, (2) ministro del santuario, y de aquel verdadero tabernáculo que levantó el Señor, y no el hombre. […] (6) Pero ahora tanto mejor ministerio es el suyo, cuanto es mediador de un mejor pacto, establecido sobre mejores promesas.” (Heb. 8:1-2, 6). “Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, (20) por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne, (21) y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, (22) acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura. (23) Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió.” (Heb. 10:19-23).

“Su cabeza y sus cabellos eran blancos como blanca lana, como nieve” (1:14pp); aquí Daniel, inspirado por el Espíritu, describe a Jesucristo con características coincidentes con, o semejantes a, las que el profeta Daniel describió de Dios el Padre en su libro: Estuve mirando hasta que fueron puestos tronos, y se sentó un Anciano de días, cuyo vestido era blanco como la nieve, y el pelo de su cabeza como lana limpia; su trono llama de fuego, y las ruedas del mismo, fuego ardiente. (10) Un río de fuego procedía y salía de delante de él; millares de millares le servían, y millones de millones asistían delante de él; el Juez se sentó, y los libros fueron abiertos. […] (13) Miraba yo en la visión de la noche, y he aquí con las nubes del cielo venía uno como un hijo de hombre, que vino hasta el Anciano de días, y le hicieron acercarse delante de él. (14) Y le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran; su dominio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido” (Dn. 7:9-10, 13-14). Aunque en ambos casos son representaciones simbólicas, seguramente, tanto Daniel como Juan, pretenden trasmitirnos la idea de eternidad que caracteriza a Dios; y, por otro lado, el Apóstol exalta al “Hijo del Hombre” al asignarle atributos semejantes a los de Dios Padre. Robert H. Mounce lo expresa de la siguiente manera:

“[…] En Daniel 7:9 se dice que el cabello del Anciano de Días era «como lana pura» y su vestidura «blanca como la nieve» Con una leve modificación (los cabellos de Cristo son «blancos como lana pura» y «como la nieve»; cf. Is 1:18) en el libro de Apocalipsis esta misma descripción se transfiere al Cristo exaltado. La atribución de los títulos y atributos de Dios a Cristo es una muestra de la exaltada cristología del libro de Apocalipsis. […] (Mounce, p.105) (77)

Podemos añadir, además, que el blanco inmaculado de sus cabellos, en la Biblia, es símbolo de pureza, de santidad, y de dignidad.

"[…] Las canas simbolizaban la sabiduría y la dignidad de la madurez, y hacían al anciano digno de ser honrado (Lev 19:32; Prov 16:31) […]." (Mounce, p. 106) (78)

La de descripción de Jesucristo que sigue a la anterior es que “sus ojos [eran] como llama de fuego” (1:14úp); lo que nos recuerda a la visión del profeta: “Y alcé mis ojos y miré, y he aquí un varón vestido de lino, y ceñidos sus lomos de oro de Ufaz. (6) Su cuerpo era como de berilo, y su rostro parecía un relámpago, y sus ojos como antorchas de fuego, y sus brazos y sus pies como de color de bronce bruñido, y el sonido de sus palabras como el estruendo de una multitud. (7) Y sólo yo, Daniel, vi aquella visión, y no la vieron los hombres que estaban conmigo, sino que se apoderó de ellos un gran temor, y huyeron y se escondieron.” (Daniel: 10:5-7).

“[…] Siguiendo con la descripción, se nos dice que sus ojos «eran como llama de fuego» (cf. Dan 10:6), un rasgo que se reitera en la carta a Tiatira (2:18) así como también en el relato del victorioso regreso del Mesías triunfante (19:12). Expresa el penetrante discernimiento de aquel que es Soberano, no solo sobre las siete iglesias sino también sobre el curso de la Historia.” (Mounce, p. 106) (79)

“Y sus pies semejantes al bronce bruñido, refulgente como en un horno; y su voz como estruendo de muchas aguas.” (1:12-15).

"[..] Los pies semejantes al bronce resplandeciente simbolizan fortaleza y estabilidad. Respecto a la voz de Cristo se dice que es «como el ruido de muchas aguas», lo cual sugiere el poder imponente de una gran catarata. La misma descripción se aplica a la voz de Dios en Ezequiel 43:2 y también a la gran multitud de Apocalipsis 19:6 (cf. 14:2)." (Mounce, p. 106) (80)

“Tenía en su diestra siete estrellas” (1:16 pp).

La interpretación la da el propio Jesucristo: “las siete estrellas son los ángeles de las siete iglesias” (1:20 pi)

[…] El que Cristo tenga en su diestra una dotación completa de estrellas indica su control soberano de las iglesias. Puede también significar protección (Jn 10:28: «nadie puede arrebatarlas de mi mano»). (Mounce, p. 107) (81)

“De su boca salía una espada aguda de dos filos” (1:16 pp).

Sin lugar a dudas, lo que representa el simbolismo de la figura de la espada aguda de dos filos lo indica con claridad la Santa Biblia en varios pasajes (véase Ef. 6:17; Heb. 4:12; cf. Ap. 19:15).

Efesios 6:17: Y tomad el yelmo de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios;

Hebreos 4:12: Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.

La Palabra de Dios en su conjunto, y específicamente Jesucristo y sus Buenas Nuevas de Salvación, nos juzgarán, o como declara el apóstol Pablo: “Dios juzgará por Jesucristo los secretos de los hombres, conforme a mi Evangelio” (Ro. 2:16); o bien, el propio Jesucristo: El que me rechaza, y no recibe mis palabras, tiene quien le juzgue; la palabra que he hablado, ella le juzgará en el día postrero”. (Jn. 12:48). Este último texto es muy instructivo si además lo leemos en su contexto:

Juan 12:44-50: Jesús clamó y dijo: El que cree en mí, no cree en mí, sino en el que me envió; (45) y el que me ve, ve al que me envió. (46) Yo, la luz, he venido al mundo, para que todo aquel que cree en mí no permanezca en tinieblas. (47) Al que oye mis palabras, y no las guarda, yo no le juzgo; porque no he venido a juzgar al mundo, sino a salvar al mundo. (48) El que me rechaza, y no recibe mis palabras, tiene quien le juzgue; la palabra que he hablado, ella le juzgará en el día postrero. (49) Porque yo no he hablado por mi propia cuenta; el Padre que me envió, él me dio mandamiento de lo que he de decir, y de lo que he de hablar. (50) Y sé que su mandamiento es vida eterna. Así pues, lo que yo hablo, lo hablo como el Padre me lo ha dicho.

Al respecto, R.H. Mounce comenta muy acertadamente lo siguiente:

"[…] En la carta a la iglesia de Pérgamo, Cristo advierte a los creyentes que si no se arrepienten peleará contra ellos con la «espada de [su] boca» (2:16; ver el comentario acerca de 2:12). El capítulo 19 describe el regreso de Cristo de cuya boca procede una afilada espada (19:15, 21). En estas ilustraciones la espada simboliza el irresistible poder del juicio de Dios. La palabra de Cristo llena de autoridad ha de entenderse en contraste con las fraudulentas demandas del culto imperial. La palabra de Cristo es la que en última instancia prevalecerá." (Mounce, p. 107) (82)

“Y su rostro era como el sol cuando resplandece en su fuerza”. (1:16 úp).

Este resplandor glorioso que desprendía Jesucristo, puede parecerse mucho al que Él mismo mostró a tres de sus más allegados discípulos, cuando, en una ocasión, “Jesús tomó a Pedro, a Jacobo y a Juan su hermano, y los llevó aparte a un monte alto; y se transfiguró delante de ellos, y resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz” (Mt. 17:1-6; Mr. 9:2-13; Lc. 9:28-36). Semejante gloria recibirán también “los justos [que] resplandecerán como el sol en el Reino de Su Padre. El que tiene oídos para oír oiga”. (Mt. 13:43; cf. Éx. 34:29).

Hago ahora un breve paréntesis para explicar otra experiencia similar que se registra en el Antiguo Testamento, y de la que se derivan interesantes conclusiones para nuestro diario vivir.

El rostro resplandeciente de Moisés

Viene a propósito referirse a lo que le ocurrió a Moisés en la segunda ocasión que se reunió con Dios en el monte Sinaí, para escribir las tablas de la ley. La primera vez: “volvió Moisés y descendió del monte, trayendo en su mano las dos tablas del testimonio, las tablas escritas por ambos lados; de uno y otro lado estaban escritas. (16) Y las tablas eran obra de Dios, y la escritura era escritura de Dios grabada sobre las tablas (Éxodo 32:15-16). Estas primeras tablas, que fueron obra de Dios, Moisés las arrojó, “y las quebró al pie del monte” (Éx. 32:18), indignado porque el pueblo de Israel había apostatado, haciéndose un becerro de oro (Éx. 32:19) para adorarle en lugar del Dios verdadero. Sin embargo, en la segunda ocasión, cuando Moisés convivió con Dios “cuarenta días y cuarenta noches”, para recibir, por segunda vez, las tablas de la ley, se le puso el rostro resplandeciente: “aconteció que descendiendo Moisés del monte Sinaí con las dos tablas del testimonio en su mano, al descender del monte, no sabía Moisés que la piel de su rostro resplandecía, después que hubo hablado con Dios (Éxodo 34:29).

Es necesario leer también el contexto para poder entender lo que el apóstol Pablo nos relata en su Segunda Epístola a los Corintios (3:1-18), que transcribiré más abajo. Primero veamos la experiencia de Moisés al recibir ese rostro resplandeciente cuando bajó del monte, de la reunión con Dios:

Éxodo 34:27-35: Y Jehová dijo a Moisés: Escribe tú estas palabras; porque conforme a estas palabras he hecho pacto contigo y con Israel. (28) Y él estuvo allí con Jehová cuarenta días y cuarenta noches; no comió pan, ni bebió agua; y escribió en tablas las palabras del pacto, los diez mandamientos. (29) Y aconteció que descendiendo Moisés del monte Sinaí con las dos tablas del testimonio en su mano, al descender del monte, no sabía Moisés que la piel de su rostro resplandecía, después que hubo hablado con Dios. (30) Y Aarón y todos los hijos de Israel miraron a Moisés, y he aquí la piel de su rostro era resplandeciente; y tuvieron miedo de acercarse a él. (31) Entonces Moisés los llamó; y Aarón y todos los príncipes de la congregación volvieron a él, y Moisés les habló. (32) Después se acercaron todos los hijos de Israel, a los cuales mandó todo lo que Jehová le había dicho en el monte Sinaí. (33) Y cuando acabó Moisés de hablar con ellos, puso un velo sobre su rostro. (34) Cuando venía Moisés delante de Jehová para hablar con él, se quitaba el velo hasta que salía; y saliendo, decía a los hijos de Israel lo que le era mandado. (35) Y al mirar los hijos de Israel el rostro de Moisés, veían que la piel de su rostro era resplandeciente; y volvía Moisés a poner el velo sobre su rostro, hasta que entraba a hablar con Dios.

Era conveniente conocer previamente los antecedentes para entender bien lo que registra San Pablo en su Segunda Epístola a los Corintios (3:2-18). Lo que sigue nos interesa a todos los cristianos, pero puede ser de utilidad especialmente para los adventistas del séptimo día, que continúan creyendo que para los cristianos sigue estando vigente la ley del reposo sabático, contenida en el cuarto mandamiento de las tablas de piedra anteriormente citadas:

2 Corintios 3:2-18: Nuestras cartas sois vosotros, escritas en nuestros corazones, conocidas y leídas por todos los hombres; (3) siendo manifiesto que sois carta de Cristo expedida por nosotros, escrita no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne del corazón. (4) Y tal confianza tenemos mediante Cristo para con Dios; (5) no que seamos competentes por nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra competencia proviene de Dios, (6) el cual asimismo nos hizo ministros competentes de un nuevo pacto, no de la letra, sino del espíritu; porque la letra mata, mas el espíritu vivifica. (7) Y si el ministerio de muerte grabado con letras en piedras fue con gloria, tanto que los hijos de Israel no pudieron fijar la vista en el rostro de Moisés a causa de la gloria de su rostro, la cual había de perecer, (8) ¿cómo no será más bien con gloria el ministerio del espíritu? (9) Porque si el ministerio de condenación fue con gloria, mucho más abundará en gloria el ministerio de justificación. (10) Porque aun lo que fue glorioso, no es glorioso en este respecto, en comparación con la gloria más eminente. (11) Porque si lo que perece tuvo gloria, mucho más glorioso será lo que permanece. (12) Así que, teniendo tal esperanza, usamos de mucha franqueza; (13) y no como Moisés, que ponía un velo sobre su rostro, para que los hijos de Israel no fijaran la vista en el fin de aquello que había de ser abolido. (14) Pero el entendimiento de ellos se embotó; porque hasta el día de hoy, cuando leen el antiguo pacto, les queda el mismo velo no descubierto, el cual por Cristo es quitado. (15) Y aun hasta el día de hoy, cuando se lee a Moisés, el velo está puesto sobre el corazón de ellos. (16) Pero cuando se conviertan al Señor, el velo se quitará. (17) Porque el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad. (18) Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor.

En resumen, los cristianos estamos bajo “un nuevo pacto, no de la letra, sino del espíritu; porque la letra mata, mas el espíritu vivifica” (2 Co. 3:6); la gloria del “ministerio de condenación” fue seguida de “la gloria del ministerio de justificación” (2 Co. 3:9)–que es la justicia ofrecida al pecador por la redención obtenida en Cristo–, “Porque si lo que perece –el Antiguo Pacto, “aquello que había de ser abolido” (2 Co. 2:13)– tuvo gloria, mucho más glorioso será lo que permanece (2 Co. 3:11). Es decir, perece el Antiguo Pacto y las leyes en las que se basaba, pero permanecen los principios de la ley moral, que son recogidos por Cristo en los Evangelios, ampliados y espiritualizados, y en las epístolas de Sus apóstoles. Pero no se recoge en ningún sitio la ley del reposo sabático, porque no se corresponde con ningún principio de la ley moral natural.

Hasta aquí la digresión sobre la gloria que recibió Moisés en su rostro resplandeciente, y la del Antiguo Pacto, en relación con el más glorioso Nuevo Pacto en Cristo.

“Cuando le vi, caí como muerto a sus pies.” (1:17-18)

La visión de la gloria del “Hijo del Hombre”, y su rostro que era “como el sol cuando resplandece en su fuerza” (1:16úp), impacta de tal manera al apóstol Juan, que cae postrado ante Él. Tengamos en cuenta que la criatura en su carne humana pecaminosa es insignificante y no puede sostenerse en pie ante la majestuosidad y santidad de Dios; Él le dijo a Moisés: “No podrás ver mi rostro; porque no me verá hombre, y vivirá” (Éx. 33:20; cf. 19:21); “porque nuestro Dios es fuego consumidor” (Heb. 12:29). Nuestra actitud ante Dios debe ser de extrema humildad, sumo respeto y adoración; e imitar a Moisés, que cuando “Jehová descendió en la nube” (Éx. 34:5),  Moisés “bajó la cabeza y adoró” (Éx. 34:8). La reacción del apóstol Juan, de caer “como muerto” a los pies de Jesucristo, fue similar a la del profeta Daniel cuando vio a “un varón vestido de lino, y ceñidos sus lomos de oro de Ufaz” (Dn. 10:5): “vi esta gran visión, y no quedó fuerza en mí, antes mi fuerza se cambió en desfallecimiento, y no tuve vigor alguno. (9) Pero oí el sonido de sus palabras; y al oír el sonido de sus palabras, caí sobre mi rostro en un profundo sueño, con mi rostro en tierra. (10) Y he aquí una mano me tocó, e hizo que me pusiese sobre mis rodillas y sobre las palmas de mis manos. (11) Y me dijo: Daniel, varón muy amado, está atento a las palabras que te hablaré, y ponte en pie; porque a ti he sido enviado ahora. Mientras hablaba esto conmigo, me puse en pie temblando.”  (Dn. 10:8-9).

“Y él [Jesucristo] puso su diestra sobre mí [Juan], diciéndome: No temas; yo soy el primero y el último; (18) y el que vivo, y estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades.

“Ahora Cristo pone su mano derecha sobre Juan y le dirige palabras de gran consuelo (cf. Dan 10:10). […] Al poner su diestra sobre Juan, Cristo le transmite poder y bendición. Es una mano que comisiona a Juan y que restaura toda su confianza preparándole para escuchar las palabras de consuelo y los mandamientos.” (Mounce, p. 108) (83).

“El visitante celestial habla, y sus palabras traen a la memoria del postrado vidente los días pasados cuando el mismo que ahora le habla había compartido como Jesús de Nazaret su ministerio terrenal con los doce. En más de una ocasión, Juan había escuchado las familiares palabras «no temáis», por ejemplo, cuando Jesús se acercó a los discípulos caminando sobre el agua (Mt 14:27) y cuando cayeron sobre sus rostros al oír la voz de Dios que les hablaba desde el cielo (Mt 17:7). No hay ninguna razón para el temor puesto que Aquel que habla es «el primero y el último». Este título es esencialmente el mismo que aquel con que Dios mismo se presenta en 1:8, «el Alfa y la Omega». En 22:13 ambos títulos quedan unidos por medio de un tercero, «el principio y el fin». En Isaías 44:6 Dios afirma: «Yo soy el primero y yo soy el último, y fuera de mí no hay Dios» (cf. Is 48:12). Este título subraya la absoluta soberanía de Dios. Por ello, en el libro de Apocalipsis, las palabras «no temas» proceden de un ser soberano. Ni siquiera la muerte puede ser causa de terror puesto que Él es aquel que vive tras haberla conquistado teniéndola ahora sujeta bajo su poder (v. 18)." (Mounce, p. 108-109) (84)

“Escribe las cosas que has visto, y las que son, y las que han de ser después de estas” (1:19).

El mandamiento de Jesucristo al Apóstol, de que escriba, se corresponde, aparentemente, en primer lugar, al pasado reciente –“las cosas que acaba de ver”, en segundo lugar, al presente de Juan –“las [cosas] que son”–, y en tercer lugar, al futuro, “las [cosas] que han de ser después de estas”. En esta interpretación, las primeras se referirían a la visión del “Hijo del Hombre” de los versículos 12 al 18; “las que son” corresponderían al estado de las iglesias de Asia citadas, que se describen en los capítulos dos y tres siguientes del libro de Apocalipsis; y “las que han de ser después de estas” son todas las visiones que contiene el libro desde el capítulo cuatro hasta el capítulo veintidós, donde finaliza. No obstante, R.H. Mounce parece estar en lo cierto cuando argumenta lo siguiente:

"Sin embargo, la verdadera división no es triple sino doble. La primera afirmación («Escribe, pues, las cosas que has visto») es la unidad esencial y se corresponde con el mandamiento anterior del v. 11 («Escribe en un libro lo que ves»). Las dos cláusulas relativas se refieren a las visiones que se desarrollarán en los siguientes capítulos. […] Así que habría que traducir: «Escribe, por tanto, las cosas que vas a ver, es decir, las cosas que son y las que están todavía en el futuro». Esta relación entre el presente y el futuro subyace en todo el libro de Apocalipsis. Reconoce que el gran drama del salón del trono de los capítulos 4 y 5, la visión de la mujer que da a luz a un hijo varón en el capítulo 12, y una buena parte del capítulo 17 pertenecen al pasado y al presente así como también al futuro. El libro de Apocalipsis es una revelación tanto de los grandes principios que en este momento actúan en el mundo como de la conclusión escatológica a la que éstos apuntan. Moffatt está en lo cierto cuando afirma que «el contenido de la visión... comprende lo que es y lo que ha de ser»." (Mounce, p. 109-110) (85)

“El misterio de las siete estrellas que has visto en mi diestra, y de los siete candeleros de oro: las siete estrellas son los ángeles de las siete iglesias, y los siete candeleros que has visto, son las siete iglesias.” (1:20)

Ahora el apóstol Juan recibe la explicación del propio Jesucristo de lo que significa la visión del “misterio de las siete estrellas” que Él sujetaba en su diestra. No había tal misterio, pues las siete estrellas no son literales sino simbólicas porque representan a “los ángeles de las siete iglesias”. Desde mi punto de vista, en este caso la palabra ángel no representa a un ser celestial sino que se está usando en su significado usual de “mensajero”. Coincido con la interpretación de R.H. Mounce que transcribo a continuación:

“[…] Al hacer frente a la persecución en un medio hostil, las iglesias han de ser conscientes de la presencia permanente de Cristo. Se dice que las siete estrellas son los ángeles de las siete iglesias. Respecto a lo que significan los ángeles, se han propuesto muchas explicaciones. Si representan a seres humanos (Mt 11:10 y otros versículos permitirían esta interpretación), podría tratarse de importantes dirigentes de las congregaciones locales o de delegados enviados a Patmos para que actuaran como portadores de las cartas. El uso de la palabra «ángel» en el libro de Apocalipsis (aparece unas 60 veces) favorece la interpretación de este término como aludiendo a seres celestiales. Podrían ser ángeles custodios (cf. Dan 10:13, 20-21; Mt 18:10; Hch 12:15) o quizá homólogos celestiales que llegaron a identificarse con la Iglesia. No obstante, la respuesta más satisfactoria es la que afirma que la referencia al ángel de la Iglesia es una manera de personificar el espíritu característico de la Iglesia. Esta interpretación cobra fuerza por el hecho de que las siete cartas se dirigen a ángeles distintos, un extraño fenómeno si se refiere a otra cosa que no sea la Iglesia puesto que el contenido de las cartas está obviamente pensado para la congregación como un todo.” (Mounce, p. 111) (86)

"Con esta impresionante visión y la comisión que ha recibido, Juan está ahora preparado para escribir las cosas que ha visto. Arrebatado en el Espíritu en el día del Señor, Juan estuvo ante el Cristo resucitado y glorificado, quien le mandó personalmente que escribiera a las siete iglesias. Tenía que compartir con ellas no solo esta visión inicial de «uno semejante al Hijo del Hombre», sino también las visiones posteriores que habrían de revelar las cosas que estaban próximas a suceder." (Mounce, p. 112) (87)

En los capítulos dos y tres siguientes, Jesucristo se dirige a cada una de “las siete iglesias que están en Asia” –“a Efeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardis, Filadelfia y Laodicea”–(1:11), de forma particular y específica, para, primero, diagnosticarle su estado espiritual, para acto seguido exhortarla o amonestarla o alabarla, según corresponda, y finalmente termina con una promesa o estímulo, y prescripción del remedio que precisa.

Si Dios lo permite y me sigue dando fuerzas, mi próximo estudio bíblico consistirá en comentar el  capítulo dos del libro del Apocalipsis de San Juan: 2. Los mensajes a las siete iglesias  (Parte 1)

 

Quedo a disposición del lector para lo que pueda servirle.

 

Afectuosamente en Cristo

 

Carlos Aracil Orts
www.amistadencristo.com

 

Si deseas hacer algún comentario a este estudio, puedes dirigirlo a la siguiente dirección de correo electrónico: carlosortsgmail.com

 

 

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Referencias bibliográficas

*Las referencias bíblicas están tomadas de la versión Reina Valera de 1960 de la Biblia, salvo cuando se indique expresamente otra versión. Las negrillas y los subrayados realizados al texto bíblico son nuestros.

Abreviaturas frecuentemente empleadas:

AT = Antiguo Testamento

NT = Nuevo Testamento

AP = Antiguo Pacto

NP = Nuevo Pacto

Las abreviaturas de los libros de la Biblia corresponden con las empleadas en la versión de la Biblia de Reina-Valera, 1960 (RV, 1960)

pp, pc, úp referidas a un versículo bíblico representan "parte primera, central o última del mismo ".

Abreviaturas empleadas para diversas traducciones de la Biblia:

NBJ: Nueva Biblia de Jerusalén, 1998.

BTX: Biblia Textual

DHHe (D): versión Dios habla hoy con Deuterocanónicos

Jünemann: Sagrada Biblia-Versión de la LXX al español por Guillermo Jüneman

N-C: Sagrada Biblia- Nacar  Colunga-1994

JER 2001: *Biblia de Jerusalén, 3ª Edición 2001

BLA95, BL95: Biblia Latinoamericana, 1995

LBLA: La Biblia de las Américas

BNP: La Biblia de Nuestro Pueblo

NVI 1999: Nueva Versión Internacional 1999

LPD: El Libro del Pueblo de Dios, Levoratti y Trusso

SB-MN: . La Santa Biblia-Martín Nieto

SRV2004: Spanish Reina Valera 2004

 

Bibliografía citada

 

(1) Strong, Diccionario griego español

(2) versión parafraseada del Apocalipsis extraída del Curso anónimo sobre Apocalipsis

(3) Ibíd.

(4) Relación de algunos de los diversos Comentarios bíblicos del Apocalipsis leídos

Shappley de Álamo, Homero,  APOCALIPSIS Análisis de las profecías y visiones, 2007

Taylor,  R. A. Apocalipsis: Un Comentario de Referencia, 20/06/1998

MacArthur, John, Comentario MacArthur del Nuevo Testamento: Apocalipsis, Editorial Portavoz, 2010.

Mounce, Robert H. Comentario al libro del Apocalipsis, Editorial Clie, 2007

Maxwell, C. Mervyn, Dios revela el futuro, el mensaje de Apocalipsis, t.2, Publicaciones Interamericanas, 1989

(5) Barclay, William, p. 5, 0283 Comentarios completos N.T. Apocalipsis C.T.C. 01-02-0283-14. Editorial CLIE, 1991

(6) Mounce H. Robert, en su libro Comentario al libro de Apocalipsis, p. 41,  Editorial Clie, 2007

(7) Apocalipsis - Wikipedia, la enciclopedia libre,

(8) Juan el Apóstol - Wikipedia, la enciclopedia libre

(9) Mounce H. Robert, en su libro Comentario al libro de Apocalipsis, p. 42,  Editorial Clie, 2007, 

(10) https://es.wikipedia.org/wiki/Apocalipsis

(11) Juan el Apóstol - Wikipedia, la enciclopedia libre

(12) Ibíd.

(13) Ibíd.

(14) Ibíd.

(15) Ibíd.

(16) Ibíd.

(17) Ibíd.

(18) Ibíd.

(19) Ibíd.

(20) Ibíd.

(21) Ibíd.

(22) Mounce H. Robert, en su libro Comentario al libro de Apocalipsis, p. 61-62,  Editorial Clie, 2007 

(23) Mounce H. Robert, en su libro Comentario al libro de Apocalipsis, p. 42,  Editorial Clie, 2007

(24) Persecución a cristianos en el Imperio romano - Wikipedia, la enciclopedia libre

(25) Ibíd.

(26) Ibíd.

(27) Goena, Fernando y Lasheras, Juan, Historia de la Iglesia - Edad Antigua (gecoas.com)

(28) Juan el Apóstol - Wikipedia, la enciclopedia libre

(29) Ibíd.

(30) Goena, Fernando y Lasheras, Juan, Historia de la Iglesia - Edad Antigua (gecoas.com)

(31) Juan el Apóstol - Wikipedia, la enciclopedia libre

(32) Ibíd.

(33) Mounce H. Robert, en su libro Comentario al libro de Apocalipsis, p. 53,  Editorial Clie, 2007

(34) Ibíd. 54-55

(35) Ibíd., p. 57-58

(36) Ibíd., p. 66

(37) Ibíd., p. 67

(38) Ibíd., p. 67

(39) Truman, Cliff, Comentario a Apocalipsis, p.25

(40) Ibíd., p. 25

(41) Ibíd., p. 25-26

(42) Apocalipsis - Wikipedia, la enciclopedia libre

(43) Mounce, H. Robert, en su libro Comentario al libro de Apocalipsis, p. 69,  Editorial Clie, 2007

(44) Ibíd., p. 69

(45) Truman, Cliff, Comentario a Apocalipsis, p.24

(46) Mounce, H. Robert, en su libro Comentario al libro de Apocalipsis, p. 83,  Editorial Clie, 2007

(47) Ibíd., p. 84

(48) Apuntes anónimos Curso sobre el libro de Apocalipsis.

(49) Ibíd.

(50) Truman, Cliff, Comentario a Apocalipsis, p.3

(51) Mounce H. Robert, en su libro Comentario al libro de Apocalipsis, p. 85,  Editorial Clie, 2007
(52) Emperadores romanos que buscaron destruir el cristianismo y fracasaron (aciprensa.com)Traducido y adaptado por Diego López Marina. Publicado originalmente en National Catholic Register.
(53) Mounce H. Robert, en su libro Comentario al libro de Apocalipsis, p. 84,  Editorial Clie, 2007

(54) Ibíd., p. 87-88

(55) Ibíd., p. 88

(56) Ibíd., p. 89-90

(57) Ibíd., p. 92-93

(58) Ibíd., p. 93

(59) Ibíd., p. 93-94

(60) Ibíd., p. 94-95

(61) Ibíd., p. 95

(62) Ibíd., p. 96

(63) Ibíd., p. 96-98

(64) Ibíd., p. 99-100

(65) Ibíd., p. 100-101

(66) Ibíd., p. 101

(67) Ibíd., p. 102

(68) Ibíd., p. 102

(69) Ibíd., p. 102

(70) Apuntes anónimos Curso sobre el libro de Apocalipsis

(71) Mounce H. Robert, en su libro Comentario al libro de Apocalipsis, p. 103,  Editorial Clie, 2007

(72) Ibíd., p. 103

(73) Apuntes Curso sobre el libro de Apocalipsis

(74) Mounce H. Robert, en su libro Comentario al libro de Apocalipsis, p. 102,  Editorial Clie, 2007

(75) Ibíd., p. 103

(76) Ibíd., p. 104

(77) Ibíd., p. 105

(78) Ibíd., p. 106

(79) Ibíd., p. 106

(80) Ibíd., p. 106

(81) Ibíd., p. 107

(82) Ibíd., p. 107

(83) Ibíd., p. 108

(84) Ibíd., p. 108-109

(85) Ibíd., p. 109-110

(86) Ibíd., p. 111

(87) Ibíd., p. 112

(88) Apuntes anónimos Curso sobre el libro de Apocalipsis

(89) Mounce H. Robert, en su libro Comentario al libro de Apocalipsis, p. 103,  Editorial Clie, 2007

(90) Ibíd., p. 103

(91) Apuntes anónimos Curso sobre el libro de Apocalipsis

(92) Mounce H. Robert, en su libro Comentario al libro de Apocalipsis, p. 103,  Editorial Clie, 2007

(93) Ibíd., p. 103

(94) Apuntes anónimos Curso sobre el libro de Apocalipsis

(95) Ibíd.

(96) Diccionario de la iglesia primitiva (p.124).  www. ElCristianismoPrimitivo.com. Compilado por Brian Gray y editado por Anthony Hurtado Este diccionario es obsequiado al dominio público. No tiene derechos reservados www. ElCristianismoPrimitivo.com

(97) García de Cortazar, José ángel y Ruiz de Aguirre, Universidad de Santander, Valdeon Baruque Julio, Universidad de Valladolid; Gran Historia Universal, tomo XI, p. 83, Ediciones Najera (S.A. de Promociones y Ediciones Club Internacional del Libro, Madrid)

(98) Diccionario bíblico (módulo e-Sword)

(99) Ibíd.

(100) Aracil, Orts, Carlos, <https://amistadencristo.com>.  ¿Reinarán Cristo y sus santos un Milenio en la Tierra restaurada?, … p.23-25

(101) Mounce, H. Robert, en su libro Comentario al libro de Apocalipsis, p. 543,  Editorial Clie, 2007

(102) Apuntes anónimos Curso sobre el libro de Apocalipsis

(103) Ibíd.

(104) Ibíd.

(105) Ibíd.

(106) Ibíd.

(107) Ibíd.

(108) Ibíd.

(109) Ibíd.

(110) Ibíd.

(111) Ibíd.

(112) Aracil, Orts, Carlos, <https://amistadencristo.com>.  El dragón, la bestia, los reinos mundiales y el Reino de Dios,  ¿Es el Arcángel Miguel el que detiene al Anticristo?

(113) Aracil, Orts, Carlos, <https://amistadencristo.com>.  El dragón, la bestia y el falso profeta

(114) Auge y disolución de la Unión Soviética (lavanguardia.com)

(115) http://es.wikipedia.org/wiki/Imperio_romano

(116) Aracil, Orts, Carlos, <https://amistadencristo.com>.  El dragón, la bestia, los reinos mundiales y el Reino de Dios,  

(117)  Bentué, Antonio,  Profesor de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Introducción a la Historia de las religiones (pág. 191).

(118) Ibíd., ps. 191-192.  (Extraído de  Aracil, Orts, Carlos,  ¿Es el Arcángel Miguel el que detiene al Anticristo?)

(119) Aracil, Orts, Carlos, <https://amistadencristo.com>.  El dragón, la bestia, y el falso profeta,

(120) Mounce H. Robert, en su libro Comentario al libro de Apocalipsis, p. 366-367,  Editorial Clie, 2007

(121) Ibíd., p. 369

(122) Ibíd., p. 387-388

(123) Ibíd., p. 410-411

(124) Ibíd., p. 413-414

(125) Ibíd., p. 411-412

(126) Ibíd., p. 411

(127) Ibíd., p. 415

(128) Ibíd., p. 416

(129) Bentué, Antonio,  Profesor de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Introducción a la Historia de las religiones (pág. 191-192).

(130) http://es.wikipedia.org/wiki/Sacro_Imperio_Romano_Germ%C3%A1nico

(131) Bentué, Antonio,  Profesor de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Introducción a la Historia de las religiones (pág. 191-192).

(132)  https://es.wikipedia.org/wiki/Napole%C3%B3n_Bonaparte

(133) https://es.wikipedia.org/wiki/Estados_Pontificios

(134) http://es.wikipedia.org/wiki/Sacro_Imperio_Romano_Germ%C3%A1nico

(135)https://es.wikipedia.org/wiki/Uni%C3%B3n_Sovi%C3%A9tica

(136) Ibíd.

(137) Dominación del mundo - Wikipedia, la enciclopedia libre

(138) https://nanopdf.com/download/los-estados-pontificios_pdf

(139) Biblioteca Nacional de España (bne.es)

(140) https://es.wikipedia.org/wiki/Estados_Pontificios

(141) https://es.wikipedia.org/wiki/Napole%C3%B3n_Bonaparte

(142) https://es.wikipedia.org/wiki/Estados_Pontificios

(143) Ibíd.

(144) Ibíd.

(145) Catecismo de la Iglesia Católica, 2121

(146) Aracil, Orts, Carlos,https://amistadencristo.com. El dragón, la bestia, y el falso profeta

(147) Mounce H. Robert, en su libro Comentario al libro de Apocalipsis, p. 534,  Editorial Clie, 2007

(148) Ibíd., p. 532

(149) Ibíd., p. 534

(150) Ibíd., p. 535

(151) Ibíd., p. 538

(152) Ibíd., p. 540-541

(153) Ibíd., p. 541

(154) Ibíd., p. 541-542

(155) Ibíd., p. 543

(156) Ibíd., p. 544

(157) Ibíd., p. 544

(158) Ibíd., p. 548

 

 

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