Amistad en Cristo - Carlos Aracil Orts

Preguntas y Respuestas

Antropogía bíblica

¿Cuál es la naturaleza del ser humano?

 
Versión: 10-09- 2019

 

Capítulo 3

 

¿Es el ser humano un compuesto de espíritu, alma y cuerpo?

 

Carlos Aracil Orts

3. ¿Es el ser humano un compuesto de espíritu, alma y cuerpo?

Si el hombre, pues, es un ser unitario, ¿cómo entender que la Biblia se refiera a todo nuestro ser como formado o compuesto de “espíritu, alma y cuerpo” (1 Ts. 5:23)?

Para poder comprender esta aparente contradicción, primero de todo, debemos saber cuál es la condición del hombre antes de su conversión a Dios. Y, para ello, sería conveniente retrotraernos a los orígenes, y comprobar que la desobediencia del hombre a Dios fue un pecado de rebeldía, que tuvo como consecuencia su separación de Dios, lo que significó, en primer lugar, su muerte espiritual, lo que, con el tiempo, causó su muerte física (Gn. 2:17; 3:19; cf. Ro. 5;12; 1 Co. 15:21; Ef. 2:1).

Romanos 5:12: Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.

Efesios 2:1-10: Y él [Dios] os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, (2) en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, (3) entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás.  (4)  Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, (5) aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos),  (6)  y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús, (7) para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús.

Estos textos de arriba, nos revelan que el ser humano, desde que nace hasta su conversión a Dios, está muerto espiritualmente, y necesita recibir la vida espiritual que Dios le da cuando acepta a Cristo como su Redentor y Salvador.

Así como el primer ser humano, al morir espiritualmente, perdió la comunión con Dios, y se guiaba solo por los deseos de su “carne”, así mismo sucede con todos sus descendientes. Como veremos más abajo, todos nacemos siendo solo “carne”, porque esa es nuestra condición cuando estamos separados de, y en rebeldía contra, Dios; lo que supone que, desde entonces, fuimos gobernados por nuestra alma, que sigue “los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos” (Ef. 2:3).

¿En qué consistió esa muerte espiritual que sufrió el primer hombre?

Evidentemente, al rebelarse el hombre contra Dios, no solo le hizo perder su comunión con Él, sino que también su naturaleza humana quedó afectada, porque perdió su naturaleza espiritual, que no es otra cosa que la imagen de Dios con la que fue creado, lo que trataré de probar más abajo.

Dios creó al hombre de una forma distinta a los demás seres vivos, pues fue una creación especial: Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. (27) Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. (28) Y los bendijo Dios…” (Génesis 1:26-28).

Viene muy a propósito la siguiente cita extraída del libro El dualismo en la Antropología de la cristiandad, cuyo autor, don Enrique Dussel, es doctor en filosofía, teólogo e historiador:

“En el relato del Génesis 2, 6-7, Adán es formado de la tierra (apò tês gês); es un hombre psíquico, anímico, animal (eis psyjèn). Mientras que en el Génesis 1. 26-27, se habla de la creación del hombre como imagen de Dios (eikóna Theoû). Este segundo era para Filón la "idea" primordial del hombre, para los cristianos era el primitivo Adán que habiendo perdido dicha imagen debía esperar un redentor para recuperar la semejanza divina (amoíosin).” (8)

Obsérvese que estos textos de Génesis 1:26-27, enfatizan dos aspectos, cualidades o características – “a imagen” y “a semejanza” de Dios–, que el ser humano poseía antes de la caída en el pecado, y que se distinguen perfectamente en Génesis 1:26. Pero, el primer aspecto de los descritos, “imagen de Dios”, es muy enfatizado, al ser reiterado dos veces consecutivas en el versículo 27; de lo que se puede inferir su importancia.

El hombre, como “alma viviente”, sigue teniendo la semejanza a –pero no la imagen de– Su Creador, porque es aún un ser con una conciencia moral, que le permite distinguir entre lo bueno y lo malo; es capaz de amar, aunque sea egoístamente, y su alma dispone de una voluntad libre, porque no está coaccionada, aunque sí inclinada al mal. Sin embargo, dispone de todas las facultades afectivas e intelectuales en su mente,  entendimiento que le capacita para pensar, razonar lógicamente, reconocerse a sí mismo, o tener  consciencia de sí, crear e imaginar, etc. En todo eso consiste la semejanza del ser humano a Dios.

Puesto que, el hombre, ha perdido su espiritualidad, que le capacitaba para la comunión con Dios, no tendrá vida espiritual, ni podrá tener paz, ni gozo verdadero, hasta que Dios no vuelva a crear en él la Imagen de Cristo, que, a su vez, es la Imagen de Dios (2 Co. 4:4; Col. 1:15; Heb. 1:3). Leamos los textos citados:

1 Corintios 2:14: Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente.

2 Corintios 4:4: en los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios.

Colosenses 1:12-17: con gozo dando gracias al Padre que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz; (13) el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo, (14) en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados. (15) El es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. (16)  Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. (17) Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten;

Hebreos 1:1-3: Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, (2) en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo; (3) el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas.

Romanos 8:29: Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos.

Comprobemos en los textos citados, primero, que Cristo es la “Imagen de Dios”, y, en segundo lugar, que el propósito de Dios es transformar al “hombre natural” (1 Co. 2:14)  a la Imagen de Cristo (Ro. 8:29), para convertirlo en el “nuevo hombre” (Ef. 4:24; Col. 3:10) , de la nueva creación en Cristo, que sustituye al “viejo hombre” (Ro.6:6; Ef. 4:22; Col. 3:5) de la antigua creación que proviene de Adán.

Como decía en el párrafo anterior, para que el “hombre natural” (1 Co. 2:14)  se convierta en un hombre espiritual, es necesario que Dios cree en él la “Imagen de Cristo”, lo que solo es posible mediante el nuevo nacimiento por el Espíritu Santo. Y para eso Dios envió a Su Hijo, la imagen de Dios, que también es el Hijo del Hombre, para que todos los hombres que quieran la salvación y la vida eterna, sean semejantes a Su Hijo, Jesucristo. Es, pues, importante que leamos los textos de más abajo, porque especifican no solo la necesidad de nuestra colaboración o cooperación para recibir la Imagen de Cristo en nuestras vidas, sino que también concretan su significado; lo que sin duda nos ayudará a que Dios conforme la imagen de Su Hijo en nosotros.

Colosenses 3:5-10: Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría;  (6)  cosas por las cuales la ira de Dios viene sobre los hijos de desobediencia, (7)  en las cuales vosotros también anduvisteis en otro tiempo cuando vivíais en ellas. (8) Pero ahora dejad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, blasfemia, palabras deshonestas de vuestra boca. (9) No mintáis los unos a los otros, habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos, (10) y revestido del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno.

Notemos que, aunque Dios es el que crea en nosotros Su imagen a partir de la de Su Hijo, esto no se hace sin nuestro consentimiento y nuestra activa colaboración con Él. Por eso se nos insta a que hagamos morir todo lo negativo que procede de lo terrenal, la “carne”. Cuando nos convertimos a Cristo, Dios, por Su Espíritu Santo, nos da el poder de “despojarnos del viejo hombre” y  “revestirnos del nuevo”, que ya es “conforme a la imagen del que lo creó [Dios].

Por tanto, Dios crea la imagen de Su Hijo, en todo nacido de nuevo, de forma parcial y potencial, no es una obra totalmente acabada, porque eso significaría someter o coaccionar la voluntad del creyente. Es decir, Dios ha transformado y capacitado al creyente para conseguir ese objetivo, liberando su voluntad de la esclavitud del pecado. Sin embargo, Dios no determina al creyente, sino que le permite que diariamente ejercite su voluntad, tomando sus propias decisiones y elecciones para la consecución de ese fin, en armonía con el Espíritu Santo que mora en aquél. La obra del creyente es, pues, hacer morir al "viejo hombre" y a las obras de la carne, hasta que el "nuevo hombre creado" según Cristo llegue a la plenitud de un verdadero hombre espiritual.

Leamos ahora unos pasajes paralelos que nos ayudan a complementar la visión de cuál es el propósito de Dios para el hombre, y cómo Él lo implanta en todos los seres humanos de buena voluntad.

Efesios 4:20-32: Mas vosotros no habéis aprendido así a Cristo, (21) si en verdad le habéis oído, y habéis sido por él enseñados, conforme a la verdad que está en Jesús. (22) En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, (23) y renovaos en el espíritu de vuestra mente, (24) y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad. (25) Por lo cual, desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo; porque somos miembros los unos de los otros.  (26)  Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo, (27) ni deis lugar al diablo. (28) El que hurtaba, no hurte más, sino trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga qué compartir con el que padece necesidad. (29) Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes. (30) Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención. (31) Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. (32)  Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.

La victoria sobre todo lo negativo que se describe en los interesantes textos de arriba, es lo que caracteriza al hombre espiritual, en el que mora el Espíritu Santo (1 Co. 3:16; 6:19-20), que le dará Su poder y le capacitará, si él ejerce su voluntad, en armonía con la del Espíritu, para “[despojarse] del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, (23) y [renovarse] en el espíritu de [su] mente, (24) y [vestirse] del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad” (Ef. 4:22-24).

Aunque el nuevo nacimiento del ser humano –cuyo significado es que Dios le ha dado la fe en Su Hijo y el poder sobre el pecado, y que ha venido a morar en la criatura el Espíritu Santo– se produce en un instante, análogamente a su nacimiento físico, también desde ese mismo momento, debe empezar el crecimiento espiritual, “renovando o transformando su entendimiento” (Ro. 12:1,2) –o “el espíritu de nuestra mente”– “hasta el conocimiento pleno” (Col. 3:10).

Romanos 12:1-2: Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. (2)  No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.

Con la idea preconcebida que todos poseemos, procedente de nuestra cultura y filosofía griega, enseguida, nosotros pensamos que, el apóstol Pablo, en los versículos de arriba (Ro. 12:1), se está refiriendo solo a una parte del ser humano, que es el cuerpo. Sin embargo, en la antropología bíblica, el cuerpo designa al ser humano total, porque no existe cuerpo humano sin vida, porque ya no sería un cuerpo, sino un cadáver. Esto se confirma en el versículo dos, cuando él nos exhorta a “transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento” (v.2). El “entendimiento” no es una función del “cuerpo” según nuestros conceptos filosófico y cultural, sino del “alma”, entendida desde esa idea preconcebida. Notemos, además, que el Apóstol se dirige a “hermanos”, es decir, personas ya convertidas a Cristo, nacidas de nuevo por el Espíritu Santo, seres espirituales.

Aunque debemos dejar claro que esta condición o naturaleza espiritual no es una obra humana, sino obra de Dios, absolutamente un don de Su gracia. Sin embargo, a partir de esa condición, ya recibida por gracia, es cuando se nos pide que colaboremos con Dios: “que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional” (Ro. 12:1); y esto consiste en la “renovación de vuestro entendimiento”. Y, solo entonces, cuando obedecemos a Dios voluntariamente y colaboramos con Él, “comprobaremos cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta”. (Ro. 12:2).

Añado a continuación unos textos para corroborar la idea de que Dios tiene el propósito de crear en el ser humano la Imagen de Cristo, a fin de hacerle apto para Su Reino Celestial:

2 Corintios 3:16-18: Pero cuando se conviertan al Señor, el velo se quitará. (17)  Porque el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad.  (18) Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor.

Colosenses 3:10: y revestido del nuevo [hombre], el cual conforme a la imagen del que lo creó [a imagen de Dios] se va renovando hasta el conocimiento pleno.

Por tanto, podemos deducir de los pasajes bíblicos anteriores que el ser humano necesita recobrar esa imagen de Dios, que tuvo el primer hombre antes de caer en el pecado; y, el único modo que Dios ha establecido es por medio de revestirse de la imagen de Jesucristo (véase Ro. 8:29; 1 Co. 15:49; 2 Co. 3:16-18; Col. 3:10; Ef. 4:24.). Leamos estos textos y tratemos de aplicarlos a nuestras vidas, si de verdad deseamos la paz ahora mismo, aquí en este mundo, y disfrutar o gozar de la vida eterna en el futuro.

Romanos 8:29: Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos.

Como todos nacemos siendo “almas vivientes”, es decir, sin esa “imagen de Su Hijo”, que representa la naturaleza espiritual perdida a causa del pecado original, somos solo “carne” ante los ojos de Dios (Gn. 6:3), y el objetivo o propósito de Él es la transformación de nuestras vidas, para obtener esa semejanza con Cristo y convertirnos en seres espirituales. Pero, observemos que ello, aunque se consigue por gracia, pues es un don gratuito de Dios, precisa de nuestro asentimiento y colaboración, como antes comprobamos, pero que ahora reitero; porque solo comprendiendo bien la Palabra de Dios, podremos obedecerla. Vuelvo, pues a citar los textos de Romanos 12:1-2, para que meditemos y profundicemos en ellos.

Romanos 12:1-2: Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. (2)  No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.

Se nos insta a que presentemos nuestros “cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios”; –no olvidemos que “cuerpo” es la persona entera, la totalidad del ser humano, no una parte del mismo–; pues bien, este sacrificio, consiste, en que si somos de Cristo hemos de crucificar “la carne con sus pasiones y deseos” (Gá. 5:24) –recordemos que la “carne” es el hombre natural o anímico, que todos somos desde el nacimiento físico– ; y se nos reitera, una y otra vez: “Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne” (Gá. 5:16). “Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu. (6) Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz. (7) Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden; (8) y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios” (Ro. 8:5-8).

Es decir, se nos exhorta –puesto que Dios ya nos ha concedido, con el nuevo nacimiento, la naturaleza espiritual– a colaborar con Él, a realizar nuestra parte, ejerciendo nuestra voluntad, para adquirir, día a día, la imagen de Cristo, que es asemejarse a la naturaleza espiritual que Él tiene como Hijo del Hombre, y que nos proporciona mediante el poder de Su Espíritu Santo. Esto es lo que significa transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento” (Ro. 12:2), que es la parte que a nosotros nos corresponde hacer. Y, si obedecemos, el resultado será que Dios nos transformará en seres espirituales.

Veremos a continuación unos textos importantes, que son claves para entender el proceso de espiritualización del hombre natural.

1 Corintios 15:45-50: Así también está escrito: Fue hecho el primer hombre Adán alma viviente; el postrer Adán, espíritu vivificante. (46) Mas lo espiritual no es primero, sino lo animal; luego lo espiritual. (47) El primer hombre es de la tierra, terrenal; el segundo hombre, que es el Señor, es del cielo. (48) Cual el terrenal, tales también los terrenales; y cual el celestial, tales también los celestiales.  (49)  Y así como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial.  (50)  Pero esto digo, hermanos: que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción.

Observemos que el postrer Adán es nuestro Señor Jesucristo. Y, en los textos de arriba, se está contrastando al “primer hombre caído”, terrenal, “alma viviente”, con “el segundo hombre, que es el Señor”, celestial, “espíritu vivificante”, porque Él es capaz de proporcionar la vida espiritual a los hombres caídos. ¿Qué significa para nosotros todo esto? ¿En qué afecta a nuestras vidas? En el versículo 49, se nos da la respuesta y la esencia del plan de salvación de Dios para la humanidad, que consistió en enviar a Su Hijo Jesucristo –el Hijo del Hombre, “espíritu vivificante”, es decir, el que da la vida espiritual al hombre– para que “así como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial” (1 Co. 15:49).

Viene muy a colación transcribir aquí unos párrafos extraídos del libro citado antes, El dualismo en la Antropología de la cristiandad, porque complementan,  corroboran y aclaran lo escrito antes:

“[…] El Dios vivo, en absoluto transcendente, asume la condición humana radicalmente, e instaura un nuevo orden. Este nuevo orden interpersonal no desdobla al hombre dualmente como el "cuerpo-alma" de los griegos, sino que irrumpe en la historia permitiéndole a ésta tener un doble destino. El hombre es uno, la situación del hombre es doble: o dentro de la Nueva Alianza con Dios, o fuera de ella. No se trata de dos elementos al interior de la individualidad antropológica, sino de dos categorías: totalidad (carne), alteridad (Palabra, Espíritu).” (9)

“[…] El primer hombre (prôtos ánthropos), Adán, fue hecho alma viviente (psyjén); el último Adán es un espíritu vivificante (pneûma). Pero no es lo espiritual primero, sino lo psíquico primero y después lo espiritual. “El primer hombre, nacido de la tierra, es terrestre; el segundo hombre (deúteros) viene del cielo [...]. Y así como nos hemos revestido de la imagen del terrestre, nos es necesario revestimos también de la imagen del celeste (tén eikóna tôu epouraníou).  

[…] “En primer lugar, Pablo nos habla de los dos órdenes que hemos indicado más arriba. El "cuerpo-psíquico" no expresa, de ninguna manera, un cuerpo y un alma, sino una totalidad viviente (sôma traduciría en este caso a "carne" o basar). Esto se puede probar porque "cuerpo-espiritual" no puede indicar un dualismo de cuerpo-espíritu, ya que dicha dialéctica entre cuerpo y espíritu nunca se ha dado ni entre los judíos ni entre los griegos. Lo que quiere significar "cuerpo-espiritual" es la totalidad biológica, viviente o carnal del hombre elevada al orden de Espíritu, lo que después se llamará la gracia. Hay un orden de lo meramente viviente y mortal; hay otro orden de lo espiritual, sobrenatural y definitivo.” (10)

 “[…] Adán es un hombre terrestre, el primer hombre. Jesucristo, en cambio, es el hombre celeste, que viene después y que otorga el Espíritu (que los hebreos llamaban ruaj). Con este Espíritu hay vida nueva y resurrección. Ese Espíritu que se da gratuitamente a los hombres los hace entrar en el Reino de Dios. No hay dualismo entre cuerpo y alma, sino que hay dos órdenes o categorías: el reino del hombre terrestre o carnal; el reino de Dios, reino celeste o espiritual. El primero es mortal, el segundo definitivo mediante la resurrección.

“El Verbo se hizo carne" significa entonces que Dios mismo se reveló a sí mismo irrumpiendo en la totalidad de la historia del hombre, como historia de la carne, y transformándola en historia del espíritu o Reino de Dios […].” (11)

“[…] Adán es un hombre terrestre, carnal, psíquico, del que procedemos todos los hombres. Este Adán ha sido infiel y ha perdido la "imagen de Dios." […].

El "hijo del hombre", Jesús de Nazaret, es el hombre celeste el nuevo Adán, el segundo Adán, el hombre espiritual. Este hombre es la imagen de Dios resucitada, más aún, es el que permite a todos los hombres ser partícipes de la semejanza con Dios. Nos decía Pablo en el texto citado: "Así como nos hemos revestido de la imagen del (hombre) terrestre, así nos es necesario revestirnos también de la imagen del celeste", que es imagen de Dios (véase 1 Co. 15:12-48) […]” (12)  

“Según la comprensión del hombre estudiada, el hombre no es "imagen de Dios" por naturaleza, sino por gratuita participación […]

[…] Para el Nuevo Testamento, en cambio, el hombre obtiene por Jesucristo la semejanza de Dios y se transforma en imagen por el don sobrenatural del Espíritu. Se trata de una nueva condición. No existe entonces dualismo entre alma y cuerpo, sino bipolaridad entre el hombre terrestre y espiritual; entre el hombre descendiente del pecado de Adán y el hombre resucitado como imagen de Dios […].

 […] El orden humano, finito, descendiente del Adán pecador puede perder el ser imagen de Dios por el uso de su libertad. Esta antropología es constitutivamente histórica. Se habla de un primer y segundo Adán, de un haber sido antes imagen y devenir después hombre camal, se explica la venida en el tiempo del lógos eterno y la resurrección final de la humanidad […]” (13)

“[…]  El hombre carnal es primero, pero sólo el hombre espiritual tiene definitiva salvación.” (14)

Por consiguiente, a partir de su caída, el primer ser humano pierde la imagen de Dios con la que fue creado –e igualmente todos sus descendientes nacen así, con la misma naturaleza caída y carnal–. Y al perder su condición espiritual, queda reducido a lo que el apóstol Pablo denomina el “hombre natural”, que “no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente” (1  Co. 2:14).

Ahora sería interesante averiguar el sentido de la palabra original griega que se ha traducido por “natural” (gr.: psuchikos: ψυχικός) (15), calificativo que san Pablo le da al hombre no nacido de nuevo en 1 Corintios 2:14; lo que en otros lugares, la misma Palabra de Dios denomina “carne”; para ello recurrimos al Comentario bíblico Mundo Hispano:

“El adjetivo “natural” se deriva del vocablo griego “alma” (psique G5590). Esta palabra, desde su contexto hebreo, se refiere al principio vital en el hombre. Parece ser “alma” (en el sentido hebreo) el resultado de la combinación de “carne” (basar G1320) y “espíritu” (ruach G7308).

“Sin la presencia de “espíritu” (respiración, aire) no hay “alma” o vida. Para la mentalidad hebrea, el origen del espíritu es Dios mismo. Es lo que imparte vida al hombre inerte y es don de Dios (ver Gn. 2:7). Sin espíritu en el hombre sólo queda un cadáver. Es obvio que la mentalidad hebrea (de la que estaba imbuido el Apóstol) es muy distinta a la griega que contraponía el “alma” con el “cuerpo”. En este texto Pablo afirma que el hombre natural es aquel que depende de su propio espíritu y no del Espíritu de Dios. Esto, en efecto, hace imposible que el hombre natural comprenda las cosas del Espíritu. Las ve sólo como locura y conceptos. Sin que el hombre permita que el Espíritu Santo lo oriente, no hay forma de que pueda entender el mensaje evangélico. Esto nos dice también que por muy elocuente que sea el predicador del evangelio, si el oyente no permite al Espíritu Santo obrar, no puede haber una verdadera comprensión o aceptación del evangelio. Esto es así porque la sabiduría del Espíritu es la palabra de la cruz de Cristo”. (16)

Este Comentario, de alguna manera, viene a confirmar que el ser humano tiene vida física y psíquica mientras permanece el aliento o espíritu de vida de Dios en él; pero no tendrá vida espiritual hasta que sea resucitado espiritualmente, es decir, nacido de nuevo; o, lo que es lo mismo, regenerado su ser entero, por la acción poderosa del Espíritu Santo (Jn. 3:3,5-6; cf. Tito 3:4-7).

Juan 3:3, 5, 6: Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios […] (5)  Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. (6)  Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es.

Tito 3:4-7: Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres, (5) nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo, (6)  el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador, (7) para que justificados por su gracia, viniésemos a ser herederos conforme a la esperanza de la vida eterna.

Por tanto, el “hombre natural” debe ser regenerado por el Espíritu Santo para que pueda tener la vida espiritual, que es la única que le capacita para entrar en el Reino de Dios, y recibir la vida eterna.

La regeneración espiritual es la salvación que Dios ha prometido a todo el que quiera ser heredero de la vida eterna; porque sin esa resurrección o nuevo nacimiento nadie entrará en el Reino de Dios. El “hombre natural” es, pues, el alma humana –vida física y psíquica–, o sea, la persona que aún no ha sido resucitada por el Espíritu Santo (Ef. 2:5-6); o lo que es mismo, no “ha nacido de nuevo” (Jn. 3:3); y  Jesucristo dijo: “el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios” (Jn. 3:5).

Sin embargo, nuestro Señor Jesucristo, en este fundamental diálogo que sostuvo con un maestro judío llamado Nicodemo, después de desvelarle esa verdad esencial, le reveló otra verdad no menos importante: “Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es” (Juan 3:6). Lo que sin duda significa, o es equivalente a, que “Lo que es nacido de la carne es carnal, y lo que es nacido del Espíritu es espiritual” (17). Es decir, mientras el ser humano no sea regenerado por el Espíritu Santo, su cuerpo –que también representa a la totalidad del hombre– no podrá ser templo de Aquel, es decir, no será habitado por el Espíritu Santo; y, por tanto, seguirá siendo solo “carne”.

Esta es la obra que Dios realiza en todos los que anhelan heredar la vida eterna –nadie es inmortal, ni tiene inmortalidad alguna, hasta que Dios no le glorifique en el día de la resurrección (Lc. 14:14: “…te será recompensado en la resurrección de los justos”)–. Y, para eso, son “justificados por su gracia”, mediante la fe en Cristo, como su Salvador (Ro. 5:1-2), y solo entonces, vienen “a ser herederos conforme a la esperanza de la vida eterna” (Tito 3:7).

Romanos 5:1-2: Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo;  (2)  por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios.

Por tanto, para que podamos alcanzar esa vida eterna en Su reino, “que la carne y la sangre no pueden heredar, ni la corrupción hereda la incorrupción” (1 Co. 15:50), Dios tiene que efectuar, en aquellos que son dignos de Su elección, lo que prometió en Su Palabra: Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. (27) Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra” (Ezequiel 36:26-27).

El alma humana es guiada por el Espíritu Santo, cuando el creyente es engendrado por Dios, nace de nuevo “del agua y del Espíritu” (Jn. 1:12-13; cf. 3:3,5,6). Esto es lo que le hace hijo de Dios (Ro. 8:14), y deja, por tanto, de ser solo “carne”.

Juan 1:12-13: Mas a todos los que le [a Jesús] recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; (13) los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.

Juan 3:3,5,6: Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios. […](5) Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. (6) Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es.

Romanos 8:14: Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios.

Gálatas 4:6-7: Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre!  (7)  Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero de Dios por medio de Cristo.

El corazón del ser humano, que es equivalente a la vida psíquica del alma, es todo lo que forma nuestro psiquismo, es decir, nuestros pensamientos, razonamientos, sentimientos y voluntad. Todo eso será renovado, y ya no tendremos ese corazón duro como la piedra, que es incapaz de tener misericordia con el prójimo y de amarle como a sí mismo. Entonces, seremos incapaces de mentir y pensar con malicia y maldad. Nuestra vida será transparente y santa, porque Dios habrá hecho nacer de nuevo al hombre natural, y vendrá a morar en él Su Santo Espíritu. Y Dios habitará en nuestro cuerpo, mediante Su Espíritu, y seremos templo de Dios, el Espíritu Santo,  como prueban los siguientes textos:

1 Corintios 3:16: ¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?

1 Corintios 6:19-20: ¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros,) el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros?  (20)  Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios.

Por todo lo que antecede, a la pregunta, que nos formulábamos arriba –¿cómo entender que la Biblia se refiera a todo nuestro ser como formado o compuesto de “espíritu, alma y cuerpo” (1 Ts. 5:23)?–, respondemos que el hombre es un ser unitario, porque el “hombre natural” es un alma viviente o “cuerpo psíquico”; y, en absoluto, un compuesto de cuerpo y alma en el sentido griego. En cambio, en el nuevo orden en Cristo, cuando el “hombre natural” nace de nuevo, por la obra poderosa del Espíritu Santo, es transformado en el “nuevo hombre” u hombre espiritual. Y esto significa que, desde el momento que el “hombre natural” adquiere su naturaleza espiritual, ya es, a la vez, totalmente espíritu, totalmente alma, y totalmente cuerpo. Es decir, sigue siendo un “alma viviente” a la que se le ha añadido la “imagen de Cristo”, convirtiéndose entonces en un hombre espiritual, manteniendo su unidad antropológica que siempre tuvo, pero añadiendo a la naturaleza carnal, la naturaleza espiritual de este nuevo orden; y, por eso, su cuerpo –la totalidad del ser humano– se convierte en templo del Espíritu Santo.

A fin de reafirmar y confirmar lo que antecede, cito unos párrafos extraídos del libro La muerte, ¿tabú del siglo XXI?, cuyo autor es un sacerdote católico, licenciado en Teología, Profesor de Estado, Orientador Profesional y Psicólogo. Este autor viene a corroborar  –lógicamente, con otras palabras– exactamente lo expresado arriba. Comprobémoslo:

“En la mística cristiana, el hombre psíquico o carnal está llamado a ser hombre espiritual por medio de una transformación ontológica, fruto del trabajo conjunto del hombre y de Dios (1 Cor 2, 14; Jn 3; 2 Cor 5, 17)” (18).

 “‘Creo en la resurrección de los muertos’ significa, pues, que el hombre tiene un futuro personal después de la muerte, que nos ha sido prometido y dado gratuitamente por Dios: participar en la vida divina. Para integrarse en la participación de la vida divina, que es espiritual, debe sufrir una transformación que hace morir “el hombre viejo” y permite nacer al hombre nuevo. A esta transformación podemos también llamarla “resurrección.” (19)

 “Esta transformación radical, a nivel del ser, auténtico nuevo renacimiento, en el fondo es el paso del orden físico, biológico y psicológico a un orden diferente que llamamos espiritual, divino. Esta nueva realidad del hombre es presentada en forma abundante a lo largo de todos los textos del Nuevo Testamento (Jn 1, 12; 3; 1 Cor 2, 14; 1 Cor 3, 1-3; 1 Cor 13, 9-13; 1 Cor 15, 45- 51; Rom 6, 3-6; Rom 7, 22-23; Rom 8, 5-9, etc). (20)

“El apóstol Pablo usa dos palabras para designar el cuerpo: “soma” (cuerpo) y “sarx” (carne). El cuerpo puede estar dominado por la carne debido a la ley, al pecado, y a la muerte. Pero también el cuerpo puede estar sometido al espíritu (Gál 5; Jn 3, 6; Rom 8, 6-8).

Cuerpo, carne en el lenguaje de Pablo significa simplemente lo humano sin la gracia de Dios; designa a Juan, María, etc. sin la vida en el Espíritu (Jn 6, 63; Gál. 5, 17-23; Rom 8). El cuerpo humano, Juan, María, etc. es quien experimenta el paso de la muerte a la vida. Por muerte, en este caso, se puede entender tanto la muerte física, como la no participación en la vida del Espíritu” (21).

“Digamos, una vez más, que, en el cristianismo, el hombre es un animal capaz de pasar del orden psicosomático al orden espiritual. El espíritu es un don; es participación gratuita de Dios.

El espíritu es lo que hace capaz al hombre de entrar en diálogo con Dios, sin confusión personal ni pérdida de identidad. Es lo que hace al hombre capaz de entender y comprender lo que el espíritu de Dios le dice. La fe, la esperanza y la caridad, como virtudes teologales, pertenecen al orden espiritual y entregan el mismo sentir, actuar y pensar de Dios.

El paso del orden natural al orden sobrenatural es una transformación que, en el hombre, se realiza a modo de proceso y constituye la experiencia mística de cada cual. Este nuevo nacimiento, crecimiento y maduración en el Espíritu se inicia en el Bautismo y se continúa a través de toda la vida por la oración, la participación en los sacramentos, el servicio a los hermanos, el trabajo de cada día, etc.” (22)

“Comienza una vida nueva... Por gracia, Dios llega al hombre, establece en él su morada. Esa participación gratuita de Dios en un ser humano es lo que llamamos “espíritu”. Este hombre renacido mira, siente y actúa en la perspectiva de Dios. La creación entera es percibida en armonía; la vida personal es acogida como regalo y tarea; la humanidad es cuidada como una familia que reconociendo al mismo Padre camina solidariamente hacia la Tierra Nueva. “Lo que ojo nunca vio, ni oído oyó, ni hombre alguno ha imaginado, lo que Dios ha preparado para los que lo aman”, lo revela Dios por medio del espíritu (Is 64, 4; 52, 15).” (23)

 “El hombre sin el espíritu, el hombre que es sólo humano, simplemente psiquismo no acepta fácilmente lo que proviene del espíritu de Dios, le parece una locura, y no puede captarlo porque necesita para ello criterios espirituales (1 Cor 2,14).
[…]
En el cristianismo, la vida espiritual es el término normal del hombre en desarrollo, en formación. Ese hombre espiritual, que nace en el Bautismo, termina en la participación definitiva de la realidad de Dios [...]” (24).

 

 

Quedo a su disposición para lo que pueda servirle.

Afectuosamente en Cristo

 

Carlos Aracil Orts
www.amistadencristo.com

 

Si deseas hacer algún comentario a este estudio, puedes dirigirlo a la siguiente dirección de correo electrónico: carlosortsgmail.com

 

 

Índice

 

¿Cuál es la naturaleza del ser humano?

2. El ser humano en la antropología bíblica

3. ¿Es el ser humano un compuesto de espíritu-alma-cuerpo?

4. Significado del vocablo "carne" en la Biblia

5. Cómo vivir cristianamente

6. ¿Cuál es la diferencia entre alma y espíritu?

7. ¿Qué es el alma humana?

8. ¿Qué es el espíritu humano?

9. Solo hay vida eterna en Cristo

10. Conclusión

 

 

 

 

 


Referencias bibliográficas

*Las referencias bíblicas están tomadas de la versión Reina Valera de 1960 de la Biblia, salvo cuando se indique expresamente otra versión. Las negrillas y los subrayados realizados al texto bíblico son nuestros.

Abreviaturas frecuentemente empleadas:

AT = Antiguo Testamento

NT = Nuevo Testamento

AP = Antiguo Pacto

NP = Nuevo Pacto

Las abreviaturas de los libros de la Biblia corresponden con las empleadas en la versión de la Biblia de Reina-Valera, 1960 (RV, 1960)

pp, pc, pú referidas a un versículo bíblico representan "parte primera, central o última del mismo ".

Abreviaturas empleadas para diversas traducciones de la Biblia:

NBJ: Nueva Biblia de Jerusalén, 1998.

BTX: Biblia Textual

Jünemann: Sagrada Biblia-Versión de la LXX al español por Guillermo Jüneman

N-C: Sagrada Biblia- Nacar  Colunga-1994

JER 2001: *Biblia de Jerusalén, 3ª Edición 2001

BLA95, BL95: Biblia Latinoamericana, 1995

BNP: La Biblia de Nuestro Pueblo

NVI 1999: Nueva Versión Internacional 1999

Bibliografía citada

(8) Dussel, Enrique, El dualismo en la Antropología de la cristiandad, Editorial Guadalupe, Buenos Aires, 1974, p. 47. http://bibliotecavirtual.clacso.org.ar/clacso/otros/20120130111139/ANTROPOLOGIA.pdf

(9) Ibíd. P. 45-46.

(10) Ibíd. P. 46.

(11) Ibíd. P. 47.

(12) Ibíd. P. 49.

(13) Ibíd. P. 50.

(14) Ibíd. P. 51

(15) Strong’s Hebrew and Greek Dictionaries (G5591).

(16) Douglas, J.D. y Tenney, Merrill C., Diccionario bíblico, Editorial Mundo Hispano, 2003.

(17) Bonnet, L. y Schroeder, A., Comentario del Nuevo Testamento, Tomo IV, Pág. 111; Editorial Evangélica Bautista (Buenos Aires), 1952.

(18) Aguirre Rodríguez, Juan, La muerte, ¿tabú del siglo XXI?, p. 13, Ediciones Paulinas, La Florida (Stgo.), Chile, 8/1988,

(19) Ibíd. P. 33

(20) Ibíd. P. 35-36

(21) Ibíd. P. 37

(22) Ibíd. P. 40

(23) Ibíd. P. 40-41

(24) Ibíd. P. 41

 

 

 

 

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