Amistad en Cristo - Carlos Aracil Orts

Preguntas y Respuestas

Las profecías de Daniel

Capítulo VII

7. La Profecía de las setenta semanas

 
Versión: 11-06- 2021

 

Carlos Aracil Orts

7. La Profecía de las setenta semanas *

La respuesta de Dios, a la oración de Daniel, es inmediata: “Aún estaba hablando y orando, y confesando mi pecado y el pecado de mi pueblo Israel, y derramaba mi ruego delante de Jehová mi Dios por el monte santo de mi Dios; (21) aún estaba hablando en oración, cuando el varón Gabriel, a quien había visto en la visión al principio, volando con presteza, vino a mí como a la hora del sacrificio de la tarde. (22) Y me hizo entender, y habló conmigo, diciendo: Daniel, ahora he salido para darte sabiduría y entendimiento. (23) Al principio de tus ruegos fue dada la orden, y yo he venido para enseñártela, porque tú eres muy amado. Entiende, pues, la orden, y entiende la visión.” (Dn. 9:20-23).

Por lo tanto, la orden a la se refiere el ángel Gabriel, fue dada en el 538/537 a.C., y tiene que ser necesariamente la que emitió oficialmente el rey Ciro, poco después, en el año 536 a.C., a la que se refiere también el escriba y sacerdote Esdras en su libro (Esdras 1:1-4). A continuación doy los argumentos que tratan de probarlo.

Primero, Daniel se refiere al “varón Gabriel, a quien había visto en la visión al principio” (Dn. 9:21). Gabriel sin duda es un ser sobrenatural o espiritual; en la actualidad, los que no están familiarizados con la Biblia, dirían que es un “extraterrestre”. En la Palabra de Dios, en concreto, en el Evangelio de San Lucas, Gabriel aparece varias veces y se identifica como un ángel de Dios, “un ángel del Señor” (Lc. 1:11). Él se presenta a sí mismo cuando responde al sacerdote Zacarías, con las siguientes palabras: “Yo soy Gabriel, que estoy delante de Dios; y he sido enviado a hablarte, y darte estas buenas nuevas” (Lc. 1:19). La Sagrada Escritura nos describe a los ángeles como espíritus ministradores, enviados para servicio a favor de los que serán herederos de la salvación” (Heb. 1:14). Los ángeles, cuando quieren ser vistos, suelen tomar la forma humana –por eso Daniel le describe como “el varón Gabriel”–, porque nosotros no somos capaces de ver a los espíritus, si estos no se materializan de alguna manera.

Segundo, Daniel menciona que conocía a Gabriel porque le “había visto en la visión al principio” (Dn. 9:21); caben dos posibilidades: 1) Daniel se refiere a la  visión que tuvo cuando conoció a Gabriel por primera vez, la cual relata en el capítulo 8, en el que recibe su visita: “Y oí una voz de hombre entre las riberas del Ulai, que gritó y dijo: Gabriel, enseña a éste la visión.” (Dn. 8:16). O bien, 2) cuando Daniel dice que “había visto en la visión al principio” a Gabriel, no se está refiriendo a la visión de la profecía anterior que se produjo hacía ya unos catorce años, sino que él se refiere a que en esta ocasión, durante su oración, el vio venir a Gabriel, es decir tuvo la visión del ángel Gabriel que volaba hacia él. En mi opinión parece más lógico interpretar que Daniel, al ver al ángel Gabriel en esta segunda ocasión quiere dar a entender que ya le conocía porque le “había visto en la visión al principio”; es decir, “al principio” se referiría a la visión anterior de hace catorce años, y que, por tanto, le conocía desde que le vio en la primera visón.

En cualquier caso, entiendo que esto no afecta a la interpretación de esta profecía de las setenta semanas, excepto para algunos que han pretendido encontrar una relación entre esta profecía y la anterior, considerando que las setenta semanas de años de esta profecía forma parte de un periodo mucho mayor que son los “dos mil trescientas tardes y mañanas” (Dn. 8:14), dato que pertenece a la profecía anterior; pero, para conseguir que exista dicha relación, ellos interpretan que los “dos mil trescientas tardes y mañanas” representan proféticamente dos mil trescientos años, y entienden que ambas profecías de años comienzan en la misma fecha, es decir, la fecha que revela el ángel Gabriel en esta profecía, que es desde la salida de la orden para restaurar y edificar a Jerusalén hasta el Mesías Príncipe, habrá siete semanas, y sesenta y dos semanas; se volverá a edificar la plaza y el muro en tiempos angustiosos” (Dn. 9:25).

Más abajo se demostrará que esa orden para las repatriación siguiente de los judíos, no se corresponde con la orden dada por el rey Ciro en el 536 a.C., sino la que fue dada en el año séptimo del rey Artajerjes de Persia (458 a.C.) (Esd. 7:1-26), para realizar este objetivo preciso de “restaurar y edificar a Jerusalén  [..] y edificar la plaza y el muro en tiempos angustiosos” (Dn. 9:25).

Aunque estamos de acuerdo con esta fecha de arranque de la profecía de las setenta semanas de años, rechazamos totalmente la interpretación de que esta profecía tenga alguna relación con la profecía de las “2.300 tardes y mañanas” registrada en Daniel 8:14, por ser incongruente, retorcida y artificiosa, por las siguientes razones: en primer lugar, no tiene sentido retrotraerse a una visión anterior, que Daniel había tenido hacía catorce años antes respecto a la que estamos estudiando ahora, porque son profecías independientes que no tienen relación alguna entre sí; en segundo lugar, porque convierte los dos mil trescientos días en años, sin que el contexto lo permita; y en tercer lugar, porque los adventistas fuerzan a que, ambos periodos de tiempo, tengan el mismo origen, a fin de que las setenta semanas de años –o sea, 490 años– sea el lapso de tiempo comprendido en el periodo más largo de dos mil trescientos días-años.

Era necesario hacer esta aclaración para refutar uno de los errores doctrinales más importantes de la Iglesia adventista del séptimo día que, basada en esta equivocada interpretación, sostiene que Jesucristo entró al Lugar Santísimo del Santuario Celestial en el año 1844 d.C., a fin de realizar un “juicio investigador”; ésta es la misma fecha a la que llegaron los pioneros del adventismo, con William Miller a la cabeza, quienes proclamaban que la segunda venida de Cristo se produciría en dicho año 1844 d.C.

Aclarado este punto, vamos a seguir analizando todo lo que, en esta ocasión, el ángel Gabriel le reveló a Daniel: Y me hizo entender, y habló conmigo, diciendo: Daniel, ahora he salido para darte sabiduría y entendimiento. (23) Al principio de tus ruegos fue dada la orden, y yo he venido para enseñártela, porque tú eres muy amado. Entiende, pues, la orden, y entiende la visión” (Dn. 9:22). Luego “la orden” que fue dada tiene alguna relación con la respuesta de Dios a los “ruegos” de Daniel. La parte final del versículo citado arriba, nos dice que el ángel se dispone a hacer entender a Daniel “la orden y la visión”. Esta visión es nueva y aún pertenece al futuro; sería completamente absurdo pensar que Gabriel iba ahora (año 538 a.C.), después de pasar catorce años, a explicar a Daniel la visión que tuvo entonces (año 552 a.C.) y que está relatada en el capítulo ocho anterior.

Ahora, pues, es lógico que nos preguntemos ¿a qué “orden” y a qué “visión” se refería Gabriel? Porque tanto la “orden” como la “visión” deberían tener, en principio alguna relación con la oración fervorosa de Daniel, en la que pedía a Dios que tuviera misericordia de su pueblo, que había casi desaparecido como tal, porque sus ciudades estaban arruinadas, especialmente la ciudad santa Jerusalén y su Templo; además, muchas de sus gentes seguían cautivas en Babilonia, y todos, empezando por Daniel, esperaban el pronto cumplimiento de los setenta años en que los cautivos serian liberados. Y Daniel necesitaba saber cuándo el rey de Babilonia haría un decreto o una orden concediendo permiso para que todos los judíos desterrados en Babilonia, que lo deseasen, pudieran regresar a sus ciudades nativas de Judea, y así poder empezar la reconstrucción de las ciudades, especialmente la “Casa de Dios”, el Templo, que era  el centro de su fe en, y culto a, Dios, y de esta manera normalizar su vida religiosa y comunión con Él.

Hace unos meses, en una conversación telefónica que mantuve con un amigo, que también es un entusiasta de las profecías de Daniel, perspicazmente me dijo que la declaración de Gabriel –“Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad” (Dn. 9:24)– era, en primer lugar, la respuesta de Dios a la oración de Daniel, porque este periodo de tiempo de setenta semanas (490 días), o lo que es lo mismo, un año y, aproximadamente, su tercera parte, se refería al tiempo que faltaba para que Ciro rey de Persia anunciase la orden o el decreto de liberación del pueblo judío cautivo en Babilonia, para que se cumpliese la palabra de Jehová por boca de Jeremías, hasta que la tierra hubo gozado de reposo; porque todo el tiempo de su asolamiento reposó, hasta que los setenta años fueron cumplidos”. (2 Crónicas 36:21; cf. Esd. 1:1-4). De esta manera, el ángel Gabriel tranquilizó a Daniel acerca del cumplimento de la promesa de Dios, informándole además, de la fecha exacta de la promulgación del decreto de Ciro. Ahora veamos cuándo se produce la orden citada y en qué términos.

El decreto de Ciro

En el primer año de Ciro rey de Persia, para que se cumpliese la palabra de Jehová por boca de Jeremías, despertó Jehová el espíritu de Ciro rey de Persia, el cual hizo pregonar de palabra y también por escrito por todo su reino, diciendo: (2) Así ha dicho Ciro rey de Persia: Jehová el Dios de los cielos me ha dado todos los reinos de la tierra, y me ha mandado que le edifique casa en Jerusalén, (cf. Is. 44:28) que está en Judá. (3) Quien haya entre vosotros de su pueblo, sea Dios con él, y suba a Jerusalén que está en Judá, y edifique la casa a Jehová Dios de Israel (él es el Dios), la cual está en Jerusalén. (4) Y a todo el que haya quedado, en cualquier lugar donde more, ayúdenle los hombres de su lugar con plata, oro, bienes y ganados, además de ofrendas voluntarias para la casa de Dios, la cual está en Jerusalén.” (Esd. 1.1-4).

Lo primero es preguntarnos ¿a qué año de nuestra historia corresponde “el primer año de Ciro rey de Persia”?

El primer año de Darío el Medo fue el 538 a.C., según fuentes históricas como hemos mostrado en lo que antecede; hemos de suponer que murió, con mucha probabilidad, en ese mismo año o en el siguiente 537 a.C.; y al ser el rey Ciro de Persia corregente con Darío, quedó desde ese momento al frente de todo el Imperio Persa, como único gobernante, asumiendo todas las funciones de la jurisdicción de su antecesor; puesto que Darío ya no es citado en el libro de Daniel más allá de su primer año de reinado, hemos de entender que murió como más tarde en el año 537 a.C., y, en dicho caso, este habría sido el año de ascenso al trono de Ciro para Daniel, y el primer año de Ciro, sería el 536 a.C., fecha en que éste proclama el decreto u orden de liberación de los cautivos de Babilonia.

Fácilmente se puede encajar el periodo de tiempo de setenta semanas –o lo que es lo mismo, 590 días, o un año más su tercera parte– como el lapso de tiempo que faltaba, desde que el ángel visitó a Daniel, hacia el último trimestre del año 538 a.C., hasta la promulgación de la orden o decreto de Ciro, en alguno de los tres primeros meses del año 536 a.C.

El ángel Gabriel ya ha respondido a una parte del ruego e inquietud de Daniel, porque, acaba de hacerle  saber que la liberación de su pueblo es inminente; y  los datos históricos nos prueban que se cumpliría con el decreto del primer año del reinado de Ciro, cuando pasaran setenta semanas literales. Este decreto de Ciro (año 536 a.C.) es solo la orden de liberación de los cautivos de Babilonia, que puso fin a los setenta años de destierro del pueblo judío en Babilonia, dando cumplimiento a la profecía que Dios dio por medio de Jeremías, y cuando dio comienzo la primera repatriación de los judíos de Babilonia.

Debemos ser conscientes de que este acontecimiento de la liberación del pueblo judío de la cautividad en Babilonia en el año 536 a.C., es el cumplimiento de la profecía de los setenta años del profeta Jeremías (Jer. 25:11; 29:10; 2 Cr. 36:21); y que esto no ocurre por casualidad, sino que Dios ha actuado sobre los poderes terrenales, en este caso, influyó sobre el rey persa Ciro (Is. 44:28), en el momento adecuado, para que él diera esa “orden” de liberar al pueblo judío, con el tiempo suficiente para que se cumplieran con precisión matemática los setenta años la profecía de Jeremías. Pues bien, a esa primera “orden” hace referencia el ángel Gabriel, cuando le dice a Daniel como respuesta a su oración del año 538/537 a.C.: Al principio de tus ruegos fue dada la orden, y yo he venido para enseñártela, porque tú eres muy amado. Entiende, pues, la orden, y entiende la visión.” (Dn. 9:20-23). El ángel Gabriel, por mandato de Dios, fue el que convenció al rey persa Ciro, para que promulgara, a su debido tiempo, el decreto de liberación del pueblo judío cautivo en Babilonia: “Al principio de tus ruegos fue dada la orden”;  ésta es la primera orden que fue dada coincidiendo con la oración de Daniel; y que Ciro  promulgaría, a efectos oficiales, unos meses más tarde de la intervención de Gabriel, en el año 536 a.C.

Nuestro Dios, aunque no seamos conscientes, controla y dirige y reina sobre los soberanos y gobernantes de las naciones, pero sin suprimir su libre albedrío, porque Él es “Rey de reyes y Señor de señores” (1 Ti. 6:15; Ap. 19:16). Comprobémoslo leyendo, por ejemplo, los siguientes pocos pero sustanciosos textos del propio libro de Daniel, y también del profeta Isaías, que tengamos en cuenta que predicó y escribió su libro, aproximadamente, desde el año 745 a.C. al 685 a.C.:

Isaías 44:24-28: Así dice Jehová, tu Redentor, que te formó desde el vientre: Yo Jehová, que lo hago todo, que extiendo solo los cielos, que extiendo la tierra por mí mismo; (25) que deshago las señales de los adivinos, y enloquezco a los agoreros; que hago volver atrás a los sabios, y desvanezco su sabiduría.(B) (26) Yo, el que despierta la palabra de su siervo, y cumple el consejo de sus mensajeros; que dice a Jerusalén: Serás habitada; y a las ciudades de Judá: Reconstruidas serán, y sus ruinas reedificaré; (27) que dice a las profundidades: Secaos, y tus ríos haré secar; (28) que dice de Ciro: Es mi pastor, y cumplirá todo lo que yo quiero,(C) al decir a Jerusalén: Serás edificada; y al templo: Serás fundado.

Daniel 2:20-22: Y Daniel habló y dijo: Sea bendito el nombre de Dios de siglos en siglos, porque suyos son el poder y la sabiduría. (21) El muda los tiempos y las edades; quita reyes, y pone reyes; da la sabiduría a los sabios, y la ciencia a los entendidos. (22) El revela lo profundo y lo escondido; conoce lo que está en tinieblas, y con él mora la luz.

Sin embargo, el periodo de las setenta semanas proféticas, o setenta semanas de años no se empieza a contar desde el decreto del primer año del reinado de Ciro en el año 536 a.C., por las razones que explicaré más abajo. Esta profecía tan abarcante, que Gabriel va a mostrar, enseñar y explicar a Daniel a continuación, condensa, en pocas palabras, acontecimientos  muy importantes que en el futuro iban a suceder y que afectarían  profundamente a su pueblo, y no solo a él, sino también a toda la humanidad.

Como hemos visto, la consideración de las setenta semanas como literales solo tenía como objeto informar a Daniel del próximo e inminente cumplimiento de la profecía del profeta Jeremías, de los setenta años de cautividad de los judíos en Babilonia y de su liberación, que se produciría cuando fuera promulgada la orden citada de Ciro en el año 536 a.C.; pero realmente lo importante y lo que contiene la profecía de las setenta semanas años no da comienzo, inmediatamente, en esa nueva etapa de restauración y reconstrucción tanto física como espiritual; porque, primeramente, al pueblo judío que sale de Babilonia para establecerse en Palestina no le es dado una autonomía de gobierno por Ciro, sino solo permiso para que reconstruyan sus casas, y, especialmente,  la “Casa de Dios”, el Templo: Así ha dicho Ciro rey de Persia: Jehová el Dios de los cielos me ha dado todos los reinos de la tierra, y me ha mandado que le edifique casa en Jerusalén,(cf. Is. 44:28) que está en Judá. (3) Quien haya entre vosotros de su pueblo, sea Dios con él, y suba a Jerusalén que está en Judá, y edifique la casa a Jehová Dios de Israel (él es el Dios), la cual está en Jerusalén.” (Esd. 1:2). Es curioso y muy interesante que un rey pagano como sería Ciro, hable en esos términos de Dios y de “Su Casa”

Primero de todo, debemos saber que “en el libro de Esdras se registran tres decretos referentes a la repatriación de los judíos: El primero en el primer año de Ciro, alrededor del 537 a. C. (Esd. 1: 1-4); el segundo durante el reinado de Darío I, poco después del 520 (Esd. 6: 1-12); el tercero en el 7° año de Artajerjes, 458/457 a. C.” (Esd. 7: 1-26). (CBA, t. 4) (47)

Ahora es necesario preguntarse: ¿Cuál es la orden o decreto que determina la fecha de inicio del periodo de tiempo de las setenta semanas proféticas o semanas de años?

Averiguar cuál es el decreto o la orden de estos reyes que da inicio a la profecía de las setenta semanas de años, es relativamente sencillo, si no vamos con ideas fijas preconcebidas, y nos limitamos a interpretar el contexto de la profecía. Vamos pues a analizar dicho contexto y dejar que fluya por sí misma la interpretación ante el claro significado de los versículos importantes de esta profecía del libro de Daniel de la Biblia.
Si el pueblo judío había aprendido la lección, ahora se iniciaría sobre todo un tiempo de regeneración espiritual, una vuelta a Dios; que la presciencia y providencia de Dios anticipa mediante el anuncio de Su Ángel de los acontecimientos que ocurrirán durante esas setenta semanas de años.

Sabemos que estas semanas no pueden ser literales, primero, porque se registran en un contexto profético, y, segundo, porque es un uso simbólico, que proviene de la forma de contar el tiempo para cumplir la ley del jubileo que Dios mandó a Su pueblo: “Y contarás siete semanas de años, siete veces siete años, de modo que los días de las siete semanas de años vendrán a serte cuarenta y nueve años (9) Entonces harás tocar fuertemente la trompeta en el mes séptimo a los diez días del mes; el día de la expiación haréis tocar la trompeta por toda vuestra tierra. (10) Y santificaréis el año cincuenta, y pregonaréis libertad en la tierra a todos sus moradores; ese año os será de jubileo, y volveréis cada uno a vuestra posesión, y cada cual volverá a su familia. (Lv. 25:8-10).

Dios había ordenado a Su pueblo que el año cincuenta, que era el siguiente a las  “siete semanas de años, siete veces siete años”, fuera un año especial, en el que se debería dar libertad a los esclavos, condonar todas las deudas, devolución de las tierras, que habían sido compradas o desahuciadas, a sus originales propietarios; etc. Esta ley del jubileo de las siete semanas de años es símbolo de la liberación y restauración, en primer lugar del pueblo judío, y en segundo lugar de toda la humanidad, que se produciría con la encarnación, vida, muerte y resurrección de Cristo, pues por Él recibimos los creyentes la regeneración espiritual y, por tanto, la libertad de la esclavitud del pecado.

Veamos ahora el resto de las palabras que el ángel Gabriel le dirige a Daniel, que contienen la profecía de las setenta semanas.

“Entiende, pues, la orden, y entiende la visión. (24) Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad, para terminar la prevaricación, y poner fin al pecado, y expiar la iniquidad, para traer la justicia perdurable, y sellar la visión y la profecía, y ungir al Santo de los santos. (25) Sabe, pues, y entiende, que desde la salida de la orden para restaurar y edificar a Jerusalén hasta el Mesías Príncipe, habrá siete semanas, y sesenta y dos semanas; se volverá a edificar la plaza y el muro en tiempos angustiosos. (26) Y después de las sesenta y dos semanas se quitará la vida al Mesías, mas no por sí; y el pueblo de un príncipe que ha de venir destruirá la ciudad y el santuario; y su fin será con inundación, y hasta el fin de la guerra durarán las devastaciones. (27) Y por otra semana confirmará el pacto con muchos; a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda. Después con la muchedumbre de las abominaciones vendrá el desolador, hasta que venga la consumación, y lo que está determinado se derrame sobre el desolador” (Dn. 9:23-27).

Vamos ahora a analizar cada una de las predicciones anunciadas por Gabriel que ocurrirían en estas setenta semanas de años, y que afectarían esencialmente al pueblo judío.  Él se refiere en primer lugar a sucesos futuros de tipo espiritual, que son el objetivo de regeneración para el pueblo judío, y también para todo ser humano, pero, en segundo lugar, también él predice acontecimientos físicos como “se volverá a edificar la plaza y el muro en tiempos angustiosos”. Circunstancia que analizaremos más adelante, porque es esencial para determinar bajo qué orden o decreto existieron estas condiciones, lo que nos permitirá averiguar el tiempo en que se emitirá la orden.

"Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad, para terminar la prevaricación, y poner fin al pecado, y expiar la iniquidad, para traer la justicia perdurable, y sellar la visión y la profecía, y ungir al Santo de los santos.” (Dn. 9:24).

A) “terminar la prevaricación”.Prevaricar es cometer consciente y voluntariamente una acción injusta. Es también delinquir conscientemente de forma leve. Lo que Dios condena tajantemente es toda acción hecha con malicia, aunque se pueda considerar leve o “venial”. Ningún cristiano o auténtico creyente en Dios cometerá a sabiendas y con toda consciencia un acto inmoral de cualquier tipo y de cualquier gravedad. Por eso, para que haya comunión con Dios es necesario terminar con toda prevaricación.

B) “poner fin al pecado”. Pecado lleva implícito un concepto más amplio que prevaricación. Prevaricar es pecado. No estar voluntariamente en comunión con Dios es pecado. Transgredir la ley de Dios es pecado. No amar a Dios y al prójimo es pecado. Los seres humanos desde que nacemos hasta que somos regenerados por Dios somos esclavos del pecado; es decir, la naturaleza humana es pecaminosa y pecadora; aunque tenemos libre albedrío, nuestra voluntad no convertida por Dios nos lleva a pecar, porque surge del corazón del hombre que no ha experimentado el nuevo nacimiento en Cristo Jesús. “Porque Él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt. 1:21); porque habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas” (Heb. 1:3).

Juan 8:34-36: Jesús les respondió: De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado. (35) Y el esclavo no queda en la casa para siempre; el hijo sí queda para siempre. (36) Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres.

Hebreos 1:1-3: Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, (2) en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo; (3) el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas,

C) “expiar la iniquidad”. Solo se puede expiar la iniquidad con la muerte; “Porque la paga del pecado es muerte, mas la dadiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús” (Ro. 6:23). Solo Cristo que es divino y humano a la vez puede expiar nuestros pecados y de estar manera reconciliarnos con Dios; porque “Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras” (1 Co. 15:3) Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo (Heb. 2:17). Debemos morir al pecado, puesto “que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él [Cristo], para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado” (Ro. 6:6); para que, de esta manera, seamos resucitados a vida nueva (Ro. 6:4).

Efesios 2:4-6 Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, (5) aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (la vida nueva, la vida espiritual) (por gracia sois salvos), (6) y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús.

Romanos 5:8-11: Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. (9) Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira. (10) Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida. (11) Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en Dios por el Señor nuestro Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación.

1 Juan 2:1-2: Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. (2) Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo.

Gálatas 2:16: sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley, por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado.

D) “para traer la justicia perdurable”.

La justicia no puede venir de los hombres sino solo de Dios. Ninguna obra humana es capaz de alcanzar “la justicia de Dios” (Ro. 3:22), porque solo se obtiene por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él” (Ro. 3:22); por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, (24) siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, (25) a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, (26) con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús.” (Ro. 3:23-26).

E) “sellar la visión y la profecía, y ungir al Santo de los santos”.

El sellamiento de la visión y la profecía significa la autentificación, o confirmación de las mismas, porque solo Dios, el único que conoce el futuro, puede darlo a conocer mediante sus profetas. El nacimiento, vida, muerte y resurrección del Mesías fueron los acontecimientos más grandes de la historia del mundo, que se cumplieron con todo detalle, según estaban predichos en la Biblia, cuando “el Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad” (Jn. 1:14). E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne, Justificado en el Espíritu, Visto de los ángeles,  Predicado a los gentiles,  Creído en el mundo,  Recibido arriba en gloria” (1 Ti. 3:16).

El “Santo de los santos”, sin duda, designa a Jesucristo, “el Ungido del Señor” (Lc. 2:26). La culminación de esta profecía de las setenta semanas de años no tendría todo el sentido sino se cumpliera al final de la misma el ungimiento del Santo de los santos, que es Cristo Jesús; además, todo el Nuevo Testamento, que es el cumplimiento del Antiguo Testamento, sella la visión y la profecía, porque en aquel se registra el ungimiento del Santo de los santos; y esto sucedió históricamente en el Bautismo de Jesús (año 26 d.C.), y lo podemos  comprobar en los siguientes textos:

Mateo 3:16-17: Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él. (17) Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia.

Lucas 4:14-21: Y Jesús volvió en el poder del Espíritu a Galilea, y se difundió su fama por toda la tierra de alrededor. (15) Y enseñaba en las sinagogas de ellos, y era glorificado por todos. (16) Vino a Nazaret, donde se había criado; y en el día de reposo[a] entró en la sinagoga, conforme a su costumbre, y se levantó a leer. (17) Y se le dio el libro del profeta Isaías; y habiendo abierto el libro, halló el lugar donde estaba escrito: (18) El Espíritu del Señor está sobre mí, Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres;  Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón;  A pregonar libertad a los cautivos,  Y vista a los ciegos; A poner en libertad a los oprimidos; (19) A predicar el año agradable del Señor. (20) Y enrollando el libro, lo dio al ministro, y se sentó; y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él. (21) Y comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros.

Hechos 4:27-28: Porque verdaderamente se unieron en esta ciudad contra tu santo Hijo Jesús, a quien ungiste, Herodes y Poncio Pilato, con los gentiles y el pueblo de Israel, (28) para hacer cuanto tu mano y tu consejo habían antes determinado que sucediera.

F) “Sabe, pues, y entiende, que desde la salida de la orden para restaurar y edificar a Jerusalén hasta el Mesías Príncipe, habrá siete semanas, y sesenta y dos semanas; se volverá a edificar la plaza y el muro en tiempos angustiosos.”(Dn. 9:25).

En este periodo de tiempo, de cuatrocientos noventa años (70 semanas de años es igual a 70 x 7 = 490 días-años), se deben poder cumplir todos los acontecimientos registrados en el texto anterior; de ahí que si no fijamos correctamente la fecha de arranque, o inicio de este periodo de tiempo, esta profecía no nos conducirá a parte alguna, es decir, carecería de sentido. De ahí la esencial y fundamental importancia de determinar la fecha exacta de su comienzo. Este texto citado arriba es muy importante y clave para fijar el comienzo de la profecía de las setenta semanas de años, por los siguientes argumentos:

Primero, en este versículo el ángel Gabriel anuncia que se promulgará otra “orden”, que es distinta de la orden citada en Daniel 9:23, en primer lugar, porque la primera orden fue la que emitió Ciro en el primer año de su reinado (536 a.C.), que ya cumplió su cometido, que fue permitir la primera repatriación de los judíos y la reconstrucción del Templo o “Casa de Dios”. Y, en segundo, lugar, porque ahora Gabriel se refiere a “la orden para restaurar y edificar a Jerusalén”, por tanto, no puede referirse a la misma que citó el ángel Gabriel al principio, coincidiendo con el ruego de Daniel, porque esta orden o nuevo decreto aún no se ha promulgado, pues corresponde al futuro respecto del tiempo en que Daniel hizo su famosa oración con la que se inicia el capítulo 9 (año 538/537 a.C.), y será la que establecerá las condiciones para que se pueda cumplir su objetivo principal de “restaurar y edificar a Jerusalén”.

La orden o decreto que el rey Artajerjes promulgó en su séptimo año de reinado, que es nuestro histórico año del 458 a.C., es la fecha de inicio del periodo de tiempo de las setenta semanas proféticas o semanas de años.

Recordemos que con la primera orden, penosamente se pudo lograr sus objetivos, excepto permitir una primera repatriación de judíos a Palestina, y finalizar la reconstrucción del Templo, hacia el 515 a.C. (Esd. 6:14,15),  a pesar de los muchos impedimentos que pusieron los enemigos del pueblo de Dios, en tiempos del decreto de Darío I (c. 520 a.C.).

El tercer decreto u orden fue el dado por el rey Artajerjes en el séptimo año de su reinado (Esd. 7:6-13) (458 a.C.), como se puede ver a continuación: En el séptimo año del rey Artajerjes” (v. 7:7), Por mí es dada orden que todo aquel en mi reino, del pueblo de Israel y de sus sacerdotes y levitas, que quiera ir contigo a Jerusalén, vaya” (Esd. 7:13). Identificamos a este decreto como el que fija la fecha de inicio de esta profecía por varios motivos que veremos más abajo, porque con él se cumplen las predicciones del ángel Gabriel, empezando por las de tipo físico como la siguiente: se volverá a edificar la plaza y el muro en tiempos angustiosos.” (Dn. 9:25).

Recordemos que entre el primer decreto, el de Ciro, y el tercer decreto de Artajerjes, existió también el decreto dado por Darío I Histapes (no confundir con Darío de Media), que fue dado poco después del 520 a.C. (Esd. 6:1-12). Pero esta orden consistió simplemente en volver a conceder el permiso a los judíos de seguir reconstruyendo el Templo, cuyas obras habían sido paradas por los enemigos del pueblo de Dios de Palestina: Dejad que se haga la obra de esa casa de Dios; que el gobernador de los judíos y sus ancianos reedifiquen esa casa de Dios en su lugar. (8) Y por mí es dada orden de lo que habéis de hacer con esos ancianos de los judíos, para reedificar esa casa de Dios […] (12) Y el Dios que hizo habitar allí su nombre, destruya a todo rey y pueblo que pusiere su mano para cambiar o destruir esa casa de Dios, la cual está en Jerusalén. Yo Darío he dado el decreto; sea cumplido prontamente.” (Esd. 6:7-8,12).

Claramente esta orden no puede ser la que menciona Gabriel (Dn. 9:25), porque se trata de una simple confirmación y aceptación del decreto dado por Ciro en 536 a.C.  Se puede ver todo el contexto de la orden de Darío I, si se desea, en Esdras 6:1-22.

Segundo, Gabriel, además, en solo una línea de texto, nos da otro detalle muy importante que es suficiente para identificar el tiempo en que se emitiría esta segunda orden: se volverá a edificar la plaza y el muro en tiempos angustiosos” (Dn. 9:25 pu.). Como hemos visto en lo que antecede, mediante la orden del primer año del reinado de Ciro (536 a.C.), y la que vino después, la orden de Darío I (520 a.C.) solo se pudo conseguir la reconstrucción del Templo.

Sin embargo, la reconstrucción de los muros de la ciudad de Jerusalén no empezó a acometerse hasta el tiempo de Nehemías, que aún residía en Babilonia, y estaba como sirviente del rey Artajerjes: “Sucedió en el mes de Nisán, en el año veinte del rey Artajerjes, [año 444 a.C.] que estando ya el vino delante de él, tomé el vino y lo serví al rey. Y como yo no había estado antes triste en su presencia, (2) me dijo el rey: ¿Por qué está triste tu rostro? pues no estás enfermo. No es esto sino quebranto de corazón. Entonces temí en gran manera. (3) Y dije al rey: Para siempre viva el rey. ¿Cómo no estará triste mi rostro, cuando la ciudad, casa de los sepulcros de mis padres, está desierta, y sus puertas consumidas por el fuego? (Neh. 2:1-3).

Nehemías se había puesto muy triste cuando, tres meses antes, cuando recibió noticias de los judíos repatriados en Jerusalén, que le dijeron: “El remanente, los que quedaron de la cautividad, allí en la provincia, están en gran mal y afrenta, y el muro de Jerusalén derribado, y sus puertas quemadas a fuego (Neh. 1:3). Por eso, Nehemías pidió al rey: “envíame a Judá, a la ciudad de los sepulcros de mis padres, y la reedificaré”. (Neh. 2:6).

Artajerjes se lo concedió, y Nehemías nos relata: “Llegué, pues, a Jerusalén, y después de estar allí tres días,… “Les dije, pues: Vosotros veis el mal en que estamos, que Jerusalén está desierta, y sus puertas consumidas por el fuego; venid, y edifiquemos el muro de Jerusalén, y no estemos más en oprobio” (Neh. 2:11,17).

Lo que el ángel Gabriel dijo a Daniel –se volverá a edificar la plaza y el muro en tiempos angustiosos” (Dn. 9:25 pu.), se cumplió con todo detalle en tiempos de Nehemías, a partir de su viaje a Jerusalén, en el año vigésimo del reinado de Artajerjes (Año 444 a.C.). La reconstrucción del muro de Jerusalén se realizó en unas condiciones realmente “angustiosas”, porque los enemigos de Israel intentaron por todos los medios de impedir su reedificación.

Nehemías repartió el trabajo de reedificación del muro entre los habitantes de Jerusalén, formando varios equipos con ellos, y asignándoles a cada uno de los equipos, tramos distintos del muro que perímetraba la ciudad de Jerusalén; pero sus enemigos no estarían cruzados de brazos, sino que se opondrían  utilizando toda la violencia de que fueron capaces: “Pero aconteció que oyendo Sanbalat y Tobías, y los árabes, los amonitas y los de Asdod, que los muros de Jerusalén eran reparados, porque ya los portillos comenzaban a ser cerrados, se encolerizaron mucho; (8) y conspiraron todos a una para venir a atacar a Jerusalén y hacerle daño. (9) Entonces oramos a nuestro Dios, y por causa de ellos pusimos guarda contra ellos de día y de noche” (Neh. 4:7-9).

El ángel Gabriel no pudo ser más exacto y explícito de lo que fue al describir las circunstancias que sucederían durante el cumplimiento de la orden futura pues realmentese volvería “a edificar la plaza y el muro en tiempos angustiosos.”(Dn. 9:25). Los que edificaban el muro estaban cada vez más debilitados, porque algunos tenían que hacer “guardia contra sus enemigos de día y de noche” (Neh. 4:9), y todos tenían que hacer frente a sus enemigos que intentaban “entrar en Jerusalén para matar a los constructores del muro, para hacer cesar la obra” (Neh. 4:10-11). Nehemías tuvo que organizar a su gente de manera que sus hombres “con una mano trabajaban en la obra, y en la otra tenían la espada” (Neh. 4:17 p.ú.); “Desde aquel día la mitad de mis siervos trabajaba en la obra, y la otra mitad tenía lanzas, escudos, arcos y corazas; y detrás de ellos estaban los jefes de toda la casa de Judá. (17) Los que edificaban en el muro, los que acarreaban, y los que cargaban, con una mano trabajaban en la obra, y en la otra tenían la espada. (18) Porque los que edificaban, cada uno tenía su espada ceñida a sus lomos, y así edificaban; y el que tocaba la trompeta estaba junto a mí” (Neh. 4:16-18).

En lo que antecede, he expuesto los argumentos que nos han llevado a identificar la fecha fundamental de inicio o arranque de la profecía de las setenta semanas de años, que necesariamente debe coincidir con la fecha de la emisión de la orden dada por el rey Artajerjes, en el séptimo año de su reinado, que se corresponde a nuestro año histórico del 458 a.C.

Volvemos ahora a las palabras del ángel Gabriel registradas en el libro de Daniel (9:25), porque necesitamos comprobar si arrancando la profecía de las setenta semanas desde el año 458 a.C., y sumándole sesenta y nueve semanas de años, como predice el ángel Gabriel, nos lleva al acontecimiento más importante de la historia de la humanidad que fue el inicio del ministerio del Mesías Príncipe.

G) “…desde la salida de la orden para restaurar y edificar a Jerusalén hasta el Mesías Príncipe, habrá siete semanas, y sesenta y dos semanas”(Dn. 9:25).

“Siete semanas, y sesenta y dos semanas”

“La forma natural de calcular estas semanas es considerarlas como consecutivas, es decir que las 62 semanas comienzan al finalizar las 7 semanas. Estas divisiones componen las 70 semanas, mencionadas en el vers. 24 de esta manera: 7 + 62 + 1 = 70. Respecto a la última semana, ver com. vers. 27.” (CBA, t.4. p. 879) (48)

Puesto que ahora sabemos con precisión y con seguridad que la profecía de las setenta semanas de años cuenta o arranca a partir de año 458/457 a.C., basta con sumar a dicha fecha los años equivalentes a las sesenta y nueve semanas primeras (69 x 7= 483 años), para obtener la fecha histórica del comienzo del ministerio del Mesías Príncipe, o lo que es lo mismo, la fecha cuando se produjo el bautismo de Jesucristo en el Jordán por Juan el Bautista (Mt. 3:13-17; Mr. 1:9-11; Lc. 3:1-3,16, 21-22).

Lucas 3:21-22: Aconteció que cuando todo el pueblo se bautizaba, también Jesús fue bautizado; y orando, el cielo se abrió, (22) y descendió el Espíritu Santo sobre él en forma corporal, como paloma, y vino una voz del cielo que decía: Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia.

El Evangelista Lucas proporciona datos históricos muy precisos acerca del año del Bautismo de nuestro Señor Jesús: En el año decimoquinto del imperio de Tiberio César, siendo gobernador de Judea Poncio Pilato, y Herodes tetrarca de Galilea, y su hermano Felipe tetrarca de Iturea y de la provincia de Traconite, y Lisanias tetrarca de Abilinia, (2) y siendo sumos sacerdotes Anás y Caifás, vino palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto. (3) Y él fue por toda la región contigua al Jordán, predicando el bautismo del arrepentimiento para perdón de pecados (Lc. 3:1-3). Entonces si “Jesús mismo al comenzar su ministerio era como de treinta años,” (Lucas 3:23 p.p), y Herodes I el grande murió en marzo-abril del año 4 a. C., necesariamente Jesús debía tener al iniciar su ministerio unos 30 años de edad.

Para realizar correctamente este cálculo, debemos tener en cuenta que no existe el año cero; y que “En 532 d.C., Dionisio el Exiguo, un monje de origen sirio que vivía en un convento de Roma, matemático y teólogo, tras profundos estudios de la Biblia y de las fuentes históricas, llegó a la conclusión de que Jesucristo había nacido el 25 de diciembre del año 754 a.u.c. (ab urbe condita), y propuso que dicho año fuera llamado 1 a.D. (anno Domini), es decir, el año 1 del Señor.”; y, algunos siglos más tarde, se convino en que, “el año 753 a.u.c., pasara a ser el año 1 antes de Cristo, en siglas 1 a.C., tras el cual venía el año […] el año 1 d.C. (año 1 después de Cristo). El año cero no existe (uv.es). (49)

“Para terminar, al respecto de la teoría de Dionisio el Exiguo diremos que no es imposible que Jesucristo naciera el 25 de diciembre del año 754 a.u.c. (o 1 d.C.), pero, desde luego, no pudo ser así según la Biblia, pues ésta dice que Jesucristo nació durante el reinado de Herodes, el cual murió en el año 750 a.u.c. (4 a.C.) Por otra parte, Jesucristo murió el año 30 d.C., luego, si aceptamos la tradición de que murió a los 33 años, su nacimiento debió de producirse precisamente en 4 a.C. Ahora bien, del mismo modo que no importa si Rómulo fundó o no Roma el año 1 a.u.c., el hecho de que Jesucristo haya nacido o no el año 1 d.C. tampoco tiene ninguna relevancia” . El año cero no existe (uv.es). (50)

Cito a continuación del Comentario Bíblico adventista, y añado la fecha del año 458 a.C., a la del 457 a.C. considerada en el mismo, porque otras fuentes históricas la dan como más exacta.

“Comenzando en el otoño (septiembre-octubre) del 458/457 a. C., cuando entró en vigencia el decreto [de Artajerjes], las 69 semanas proféticas, o 483 años, llegan hasta el bautismo de Jesús en el año 26/27 d. C. Se ha de notar que si se hubieran computado los 483 años comenzando del principio del 458/457 a. C., se hubieran extendido hasta el final del año 26/27 d. C., porque el período de 483 años requiere 458/457 años a. C. completos más 25/26 años d. C. completos. Puesto que el período comenzó muchos meses después del comienzo de 458/457 a. C., habría de terminar el mismo número de meses después del fin del 25/26 d. C., es decir el año 26/27. Esto se debe a que los historiadores (a diferencia de los astrónomos) nunca cuentan un año cero (ver t. 1, p. 187). Algunos se han preguntado cómo Cristo pudo haber comenzado su obra en 26/27 d. C. cuando el registro dice que tenía alrededor de 30 años cuando comenzó su ministerio público (Luc. 3: 23). Esto se debe a que cuando se calculó por primera vez la era cristiana, hubo un error de unos cuatro años. Es evidente que Cristo no nació en el año 1 d. C. puesto que cuando nació todavía vivía Herodes el Grande, y Herodes murió en el año 4 a. C. (Mat. 2: 13-20). CBA, t.4. p. 879 (51)

Cito ahora del libro Jesús de Nazaret (Un Personaje histórico), de Pedro de Felipe del Rey (Pág. 69). (52)

“Para determinar la fecha histórica del bautismo de Jesús, tenemos lo siguiente:

Hasta aquí se ha podido comprobar el cumplimiento preciso de la profecía de las setenta semanas de años. Pero la profecía sigue:

H) “Y después de las sesenta y dos semanas se quitará la vida al Mesías, mas no por sí;  (Dn. 9:26 p.p).

Las partes en que está dividida la profecía (7+ 62 + 1) indican también las distintas fases que delimitan los eventos proféticos. En las siete semanas primeras (7 x 7 =49 años), se comienza a “edificar la plaza y el muro en tiempos angustiosos” (Dn. 9:25), pero esta tarea de reconstrucción no termina aquí, pues hay que tener en cuenta que Nehemías dice que “la ciudad, casa de los sepulcros de mis padres, está desierta” (Neh. 2:5); y le pidió a Artajerjes que le enviara a Jerusalén para reedificarla (Neh. 2:5). Si a estas siete semanas le sumamos sesenta y dos semanas (v. 25), tenemos sesenta y nueve semanas hasta el bautismo de Jesús o inicio de su ministerio (69 x 7 = 483 años). Lo que nos llevaría al año 26/27 d. C. cuando Jesús inició su ministerio, que acabó a los tres años y medio –es decir, justo a la mitad de la semana septuagésima (a la mitad de la semana 70) –, cuando Jesucristo, el Mesías, fue crucificado: “a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda” (Dn. 9:27).

Observemos quedespués de las sesenta y dos semanas se quitará la vida al Mesías (Dn. 9:26 pp) va más allá del bautismo de Jesús; toda esta profecía, es una predicción asombrosa que le fue dada a Daniel por medio del ángel Gabriel, en el año 538 a.C., que los datos históricos han confirmado como verdadera hasta en sus menores detalles. Por tanto, los judíos, si hubieran creído la Palabra de Dios, no habrían sido decepcionados esperando a un Mesías glorioso que les conduciría a la victoria de sus enemigos; pues el Antiguo Testamento ya predecía que el Mesías había de morir violentamente; “mas no por sí”, aunque esta expresión es de sentido impreciso, puede significar la singularidad de la muerte del Mesías, y que Él iba a morir por todos los seres humanos, a fin de darles la vida eterna. Al respecto, la versión de la Biblia de Jerusalén de 1998 traduce “sin culpa” (NBJ, 1998), en lugar de “mas no por sí”.  

En cualquier caso, nadie puede ser engañado o decepcionado, porque la misión del Mesías, o sea el Siervo de Jehová, también estaba ya perfectamente profetizada, muchos cientos de años antes del nacimiento de Jesús, en el libro de Isaías (aprox. 750-690 a.C.). Recomendamos leer los capítulos 52 y 53, especialmente este último. No obstante, no podemos dejar de transcribir aquí unos pocos versos que demuestran con que precisión el maravilloso plan de salvación, de la rebelde humanidad, decretado por Dios antes de la fundación del mundo, se cumpliría infaliblemente con el nacimiento,  vida y muerte de Jesucristo, en el tiempo señalado por el profeta Daniel.

Isaías 53: 5-12: Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados. 6 Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros. 7 Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca. 8 Por cárcel y por juicio fue quitado; y su generación, ¿quién la contará? Porque fue cortado de la tierra de los vivientes, y por la rebelión de mi pueblo fue herido. 9 Y se dispuso con los impíos su sepultura, mas con los ricos fue en su muerte; aunque nunca hizo maldad, ni hubo engaño en su boca. 10 Con todo eso, Jehová quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento. Cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado, verá linaje, vivirá por largos días, y la voluntad de Jehová será en su mano prosperada. 11 Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho; por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos. 12 Por tanto, yo le daré parte con los grandes, y con los fuertes repartirá despojos; por cuanto derramó su vida hasta la muerte, y fue contado con los pecadores, habiendo él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores.

Cuando comprobamos que Jesucristo satisface plenamente todo lo predicho sobre Él y su obra fundamental de salvación de los seres humanos, y que cumple hasta los más pequeños detalles profetizados por los profetas de Dios, nuestra fe se afianza y aumenta nuestra seguridad en la salvación, porque vemos por nosotros mismos que Dios no miente, y todo lo que ha prometido se cumple.

La misión de Jesucristo de redimir y rescatar a la doliente y pecadora humanidad, al cargar sobre sí mismo nuestros pecados, fue perfectamente cumplida con su muerte expiatoria en la cruz, con lo que se efectuó o se consumó la justicia de Dios (Véase Juan 19:30; Romanos 3:22-26). Desde ese momento, todos podemos acogernos a la gracia de Dios, creyendo que en Jesús somos perdonados, o sea, justificados, obteniendo el derecho a la vida eterna: “Porque la paga del pecado es muerte, más la dádiva [el regalo] de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.” (Romanos 6:23).

De aquí, que el apóstol Pedro diga que no fuimos rescatados “...con cosas corruptibles, como oro y plata, (19) sino con la sangre preciosa de Cristo, como un cordero sin mancha y sin contaminación,(20) ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros.”  (1ª Pedro 1:18 p.ú-20).

1ª Juan 3:5: Y sabéis que Él [Cristo] apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en Él.

Acabamos de analizar solo la primera parte del versículo 26; ahora transcribo el resto del mismo, para proceder igualmente a interpretarlo:

I) “y el pueblo de un príncipe que ha de venir destruirá la ciudad y el santuario; y su fin será con inundación, y hasta el fin de la guerra durarán las devastaciones”(Dn. 9:26 p.u.).

Hasta este versículo, el ángel Gabriel nos proyectó la visión de lo que ocurriría al final de las sesenta y nueve semanas de años, desde el 458 a.C., hasta el bautismo del Mesías, en el año 26 a.C., e incluso nos predijo Su muerte, que en el versículo 27, nos concreta que ocurriría a la mitad de la semana 70, lo que veremos con detalle más abajo. Ahora esperaríamos que terminara la profecía de las setenta semanas de años, describiendo los sucesos que ocurrirían en dicha semana, relacionados con la muerte del Mesías. Sin embargo, él hace como un paréntesis de manera que interrumpe el relato cronológico de los sucesos de la semana septuagésima, que termina en el año 33 d.C., y se proyecta a lo que sucedería unos treinta y siete años más tarde, es decir, el año 70 d.C.

En 70 d:C., […] Vespasiano había enviado a su hijo Tito de regreso a Judea, donde no tardó en reducir de nuevo a los zelotes y en mayo puso sitio a Jerusalén. Poco a poco sus murallas fueron siendo destruidas, a la vez que el hambre y las enfermedades hacían su efecto entre los sitiados. El 28 de agosto fue tomado y destruido el segundo Templo. No obstante, todavía resistían algunas ciudades de Judea. Los cristianos de Jerusalén interpretaron los desastres que veían a su alrededor como presagios del inminente fin del mundo que había anunciado Jesucristo, y obraron según las instrucciones que éste había dado:

Según esto, cuando veáis que está establecida en el lugar santo la abominación desoladora que predijo el profeta Daniel (quien lea esto, nótelo bien), en aquel trance, los que moran en Judea, huyan a los montes. (Mt. XXIV, 15-16)

En efecto, los cristianos huyeron a los montes y no participaron en la defensa de Jerusalén, por lo que desde ese momento los judíos los tuvieron por partidarios de Roma y rompieron todo vínculo con ellos. Esto supuso la muerte definitiva del cristianismo de san Pedro. Ya no hubo más cristianos que se consideraran judíos. Por otra parte, a medida que los cristianos se daban cuenta de que el fin del mundo que esperaban no parecía llegar nunca, empezaron a llegar a la conclusión de que las palabras proféticas de Jesús se referían simbólicamente a la destrucción de Jerusalén. Esto reforzó la doctrina de san Pablo, que conminaba a los cristianos a llevar una vida normal, en contra de las enseñanzas de Jesús y los apóstoles, que invitaban a abandonarlo todo y vivir del aire hasta el fin de los tiempos. 70 - 100 (uv.es) (53)

Sabemos que los sucesos descritos en el texto que estamos analizando,  afectarían fundamentalmente al pueblo de Israel, aunque por extensión también a toda la humanidad; porque el ángel Gabriel así se lo dijo a Daniel: “Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad, para terminar la prevaricación, y poner fin al pecado, y expiar la iniquidad, para traer la justicia perdurable, y sellar la visión y la profecía, y ungir al Santo de los santos” (Dn. 9:24). Por tanto, la ciudad y su Santuario, que serían destruidos, se identifican fácilmente con Jerusalén y su Templo. Los datos históricos nos prueban que todo ello ocurrió en el año 70 d.C., cuando los soldados romanos, al mando del general Tito –“el pueblo de un príncipe que ha de venir” – sitiaron, arrasaron y quemaron todo lo que quisieron.

A propósito, también Jesucristo se refirió a esta profecía (véanse Mt. 24:15-22; Mr. 13:14-20; Lc. 21:20-24), porque Él mismo predijo a sus discípulos la destrucción del templo, cuando éstos le mostraban, con admiración, el esplendor y la magnificencia del gran edificio del Templo, con todas sus dependencias, su rico contenido, y su gran significado religioso para los judíos, fue entonces cuando les dijo: “¿Veis todo esto? De cierto os digo, que no quedará aquí piedra sobre piedra, que no sea derribada” (Mt. 24:2). Además, Jesús, poco después de hacerles esta sorprendente predicción, se refiere de forma más explícita, precisamente a la profecía de Daniel de las setenta semanas de años, que estamos analizando ahora, lo que nos confirma más si cabe la inspiración, tanto del AT como del NT, que se complementan perfectamente. Comprobémoslo:

Mateo 24:15-22: Por tanto, cuando veáis en el lugar santo la abominación desoladora de que habló el profeta Daniel (cf. Dn. 9:27) (el que lee, entienda), (16) entonces los que estén en Judea, huyan a los montes. (17) El que esté en la azotea, no descienda para tomar algo de su casa; (18) y el que esté en el campo, no vuelva atrás para tomar su capa.(cf. Lc. 17:31) (19) Mas ¡ay de las que estén encintas, y de las que críen en aquellos días! (20) Orad, pues, que vuestra huida no sea en invierno ni en día de reposo; (21) porque habrá entonces gran tribulación,(cf. Dn. 12:1; Ap. 7:14) cual no la ha habido desde el principio del mundo hasta ahora, ni la habrá. (22) Y si aquellos días no fuesen acortados, nadie sería salvo; mas por causa de los escogidos, aquellos días serán acortados.

Marcos 13:14-20: Pero cuando veáis la abominación desoladora(C) de que habló el profeta Daniel, puesta donde no debe estar (el que lee, entienda), entonces los que estén en Judea huyan a los montes. (15) El que esté en la azotea, no descienda a la casa, ni entre para tomar algo de su casa; (16) y el que esté en el campo, no vuelva atrás a tomar su capa.(D) (17) Mas ¡ay de las que estén encintas, y de las que críen en aquellos días! (18) Orad, pues, que vuestra huida no sea en invierno; (19) porque aquellos días serán de tribulación(E) cual nunca ha habido desde el principio de la creación que Dios creó, hasta este tiempo, ni la habrá. (20) Y si el Señor no hubiese acortado aquellos días, nadie sería salvo; mas por causa de los escogidos que él escogió, acortó aquellos días.

Observemos que Jesús, además de recordarles la profecía de Daniel, la  interpreta, para que nadie pueda equivocarse, y especialmente para prevenir a todos los cristianos, que vivieran ese acontecimiento tan terrible de asedio y destrucción de Jerusalén, pudieran escapar del asedio de Jerusalén, y así salvar sus vidas. Realmente los datos históricos que poseemos así nos confirman que sucedió; pues hacia el año 66 d.C., se produjo el primer asedio a la ciudad santa, pero hubo una circunstancia que hizo que se retiraran provisionalmente las tropas romanas, lo que permitió que, en ese lapso de tiempo, los que creyeron a Jesucristo salieron huyendo y pudieron salvar sus vidas.

“En 66 d.C., hubo disturbios en Cesarea, la ciudad de Judea donde el procurador tenía su cuartel general, así que los judíos fueron expulsados. La noticia llegó a Jerusalén junto con el rumor de que el procurador pretendía apropiarse de parte del tesoro del Templo, con lo que Jerusalén también se amotinó. En Jerusalén se encontraban Herodes Agripa y su hermana Berenice, quienes trataron de calmar a la población haciéndoles ver lo que significarían las represalias romanas si la rebelión seguía adelante, pero los zelotes dominaban la situación y eran fanáticos. Se apoderaron del Templo y luego de toda la ciudad. La guarnición romana fue expulsada. Una legión romana entró en Jerusalén, pero fue obligada a retirarse y, durante su retirada, un improvisado ejército judío logró forzarla a presentar batalla y la derrotó. Esto convenció a los judíos de que habían vuelto los tiempos de los Macabeos, y todo el país se alzó en armas. Se estableció en Jerusalén un gobierno rebelde y el país fue dividido en distritos militares. En Galilea quedó al mando un sacerdote llamado Josefo, que dos años antes había visitado Roma para pedir un mejor trato hacia los judíos, al tiempo que en Judea había tratado de aplacar a los sectores más radicales del judaísmo.
[…]
No obstante, el ejército romano tenía muchos otros hombres capaces, y Nerón envió a Judea a Tito Flavio Vespasiano. En tiempos de Claudio había estado al frente de una legión en Germania y luego se había distinguido en la invasión de Britania. En tiempos de Nerón había sido procónsul de África hasta este momento en que el emperador lo puso al frente de tres legiones, con las que se dirigió a Antioquía. Desde allí avanzó hacia el sur y tomó Galilea sin dificultad. Josefo se refugió en la ciudad de Jotapata, que cayó a las siete semanas de asedio, pero Josefo logró ganarse la confianza de Vespasiano y se unió a Herodes Agripa en su apoyo a los romanos. Luego Vespasiano fue recorriendo la costa de Judea sin encontrar mucha resistencia, pues los judíos peleaban en el interior... unos contra otros. Terminó venciendo el sector más extremista. 50 - 70 (uv.es) (54)

El evangelista San Lucas nos describe lo mismo pero nos lo traduce con otras palabras, de forma más asequible y meridianamente más clara para nosotros: “Pero cuando viereis a Jerusalén rodeada de ejércitos, sabed entonces que su destrucción ha llegado. (21) Entonces los que estén en Judea, huyan a los montes; y los que en medio de ella, váyanse; y los que estén en los campos, no entren en ella. (22) Porque estos son días de retribución,(B) para que se cumplan todas las cosas que están escritas. (23) Mas ¡ay de las que estén encintas, y de las que críen en aquellos días! porque habrá gran calamidad en la tierra, e ira sobre este pueblo. (24) Y caerán a filo de espada, y serán llevados cautivos a todas las naciones; y Jerusalén será hollada por los gentiles, hasta que los tiempos de los gentiles se cumplan” (Lc. 21:20-24).

De hecho los sucesos del año 70 d.C., están enmarcados dentro de una semana de años, pues empezaron con el sitio de Jerusalén el 66 d.C., y acabaron en el 73 d.C., siendo el año 70 d. C., la mitad de la semana cuando se cumplió también el cese definitivo de los sacrificios rituales judíos; esta vez no fue simbólica como la que sucedió al rasgarse el velo del Templo a la muerte de Jesús, sino de forma real e inapelable, sin remedio, porque el Templo desapareció, cumpliéndose la profecía de Jesús.

“En 73 d.C., Vespasiano y Tito asumieron el cargo de censor y realizaron una drástica reforma del Senado. […]

[…] Ese mismo año cayó el último foco de resistencia en Judea, la ciudad de Masada, en la costa occidental del mar Muerto. Cuando la entrada romana en la ciudad era inminente, sus habitantes, casi un millar de hombres, mujeres y niños, decidieron matarse antes que rendirse. Así terminó la rebelión judía. Herodes Agripa era cada vez más impopular entre los judíos, así que decidió trasladarse a Roma, donde vivía su hermana Berenice.” 50 - 70 (uv.es) (55)

El ángel Gabriel después de intercalar estos acontecimientos tan impactantes, porque suponían el fin de la religión judía, continúa presentándonos los sucesos que ocurrirían en la septuagésima y última semana de años:

J) “Y por otra semana confirmará el pacto con muchos; a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda. Después con la muchedumbre de las abominaciones vendrá el desolador, hasta que venga la consumación, y lo que está determinado se derrame sobre el desolador” (Dn. 9:27).

No parece que quepa alguna duda en identificar a qué semana se refiere este texto, pues ya se cumplieron las sesenta y nueve semanas con el bautismo del Mesías Príncipe (Dn. 9:25), luego esta “otra semana” es la que sigue a las anteriores, la semana septuagésima y última de las setenta semanas de años; no hay razones lógicas ni fundamentadas en la Biblia que permitan trasladar esta última semana de años –como hacen algunos creyentes evangélicos–  a un tiempo tan futuro como es la segunda venida en gloria de Jesucristo, para luego interpretar que los sucesos descritos en ella, se cumplirán siete años antes del fin del mundo; cuando realmente todos estos acontecimientos que se describen en esta última semana ya se han cumplido a plenitud durante el ministerio y muerte en la cruz de nuestro Señor Jesús.

Comprobemos ahora si es verdad que se han cumplido, si estos acontecimientos sucintamente descritos en el v. 27, tuvieron lugar históricamente.

Nuestro Señor Jesús, desde que inició su ministerio, cuando fue bautizado hacia el otoño del año 26 a.C., estuvo predicando el Evangelio del Reino, las Buenas Nuevas de salvación, desde esa fecha hasta el 14 de Nisán (7 de abril) del año 30 d.C., y transcurridos los tres años y medio de Su ministerio –“a la mitad de la semana” (Dn. 9:27) de años, la número setenta– fue entregado por el Sanedrín al gobernador Pilato, que ordenó que se le crucificara en ese mismo día; y cuando Jesús “entregó el espíritu”, “he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; y la tierra tembló, y las rocas se partieron;y se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron; (53) y saliendo de los sepulcros, después de la resurrección de él, vinieron a la santa ciudad, y aparecieron a muchos” (Mt. 27:50-53).

Cuando, en el instante en que Cristo expiró, “el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo”, se cumplió simbólicamente esta parte de la profecía de Daniel: a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda”, porque desde ese momento el Antiguo Pacto o Alianza de Dios con Israel fue abolido, y dejaban de ser necesarios los sacrificios rituales de animales, la Ley de Dios había sido cumplida, porque en Cristo, “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn. 1:29,36), todo pecado fue expiado, y Cristo Jesús, “siendo el resplandor de su gloria [de Dios], y la imagen misma de su sustancia [de Dios], y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas” (Heb. 1:3).

Con ello, Jesús cumplió la misión por la que fue enviado por el Padre: “el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (Mt. 20:28; cf. Mr. 10:45); y la víspera de su crucifixión, Él dijo: “Esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada” (Mr. 14:24; cf. Mt. 26:28; Lc.22:20). Pero con la muerte de Jesús no acabó la predicación del Evangelio eterno, sino que el día de Pentecostés empieza la etapa del Espíritu Santo y de Su Iglesia. Los apóstoles debían predicar en primer lugar a sus compatriotas judíos, y esto es lo que hicieron de una manera especial durante la segunda mitad de la semana de años, hasta que ellos rechazaron, de forma evidente, el mensaje de salvación cuando apedrearon a San Esteban: “Pero Esteban, lleno del Espíritu Santo, puestos los ojos en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús que estaba a la diestra de Dios, (56) y dijo: He aquí, veo los cielos abiertos, y al Hijo del Hombre que está a la diestra de Dios. (57) Entonces ellos, dando grandes voces, se taparon los oídos, y arremetieron a una contra él. (58) Y echándole fuera de la ciudad, le apedrearon; y los testigos pusieron sus ropas a los pies de un joven que se llamaba Saulo. (59) Y apedreaban a Esteban, mientras él invocaba y decía: Señor Jesús, recibe mi espíritu. (60) Y puesto de rodillas, clamó a gran voz: Señor, no les tomes en cuenta este pecado. Y habiendo dicho esto, durmió” (Hch. 7:55-60).

Cuando Esteban fue muerto por apedreamiento hacia el año 33 d.C., fue el final de la semana de años que empezó con el ministerio público de Jesús, en el año 26 d.C.; y con ello se cumplió la profecía de las setenta semanas de años: “por otra semana confirmará el pacto con muchos” (Dn. 9:27, pp); de esta manera el nuevo Pacto fue confirmado cuando muchos judíos se convirtieron a Cristo: Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil personas. (42) Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones. […]46) Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón, (47) alabando a Dios, y teniendo favor con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos” (Hech. 2:41-42, 46-47).

La parte final de este versículo (Dn. 9:27), que vamos a estudiar en lo que sigue, está fuera de las setenta semanas de años, porque es una descripción que enlaza perfectamente con el versículo anterior, donde se nos decía que “el pueblo de un príncipe que ha de venir destruirá la ciudad y el santuario; y su fin será con inundación, y hasta el fin de la guerra durarán las devastaciones” (Dn. 9:26). Ya vimos que este pueblo se refería a las tropas del Imperio Romano, y el príncipe era el general Tito, que al frente de las mismas, como la historia relata, asedió y destruyó Jerusalén y el Templo, en el año 70 d.C. Ahora, el final del texto citado (v.27), nos da más detalles al respecto:

“Después con la muchedumbre de las abominaciones vendrá el desolador, hasta que venga la consumación, y lo que está determinado se derrame sobre el desolador” (Dn. 9:27).

El pueblo judío rechazó la salvación que le ofrecía su Mesías, tan esperado, porque no lo reconoció, y no se conformó con eso sino que aborreció sobremanera a los cristianos, persiguiéndolos y matándolos, y fue endureciéndose hasta que la paciencia de Dios llegó al colmo, y permitió que “Después con la muchedumbre de las abominaciones, viniera “el desolador”; este “desolador” es el Imperio Romano que destruyó Jerusalén y su magnífico Templo, y mató a miles de judíos; pero este “desolador”, a su vez,   también le llegaría la hora de recibir lo que se  merecía.

Otra interpretación que no puedo compartir por ser totalmente digna de una película de ciencia-ficción:

Algunos creyentes se equivocan cuando interpretan que el sujeto de la frase, “por otra semana confirmará el pacto con muchos”,que se registra en la parte intermedia del versículo anterior, se refiere a “el pueblo de un príncipe” que vendría para destruir “la ciudad y el Santuario” (Dn. 9:26 pi); cuando realmente se refiere al Mesías Príncipe (v. 25 y 26). A partir de ahí, ellos trasladan la semana septuagésima a los siete años finales inmediatamente anteriores a la venida en gloria de nuestro Señor Jesús, y aseveran que para entonces habrá surgido el líder de un nuevo orden mundial, que establecerá su sede en Jerusalén, y que en esa futura “semana confirmará el pacto con muchos”, es decir, hará alianzas con todas los líderes mundiales, apoyará al Estado de Israel para que pueda terminar la construcción de un nuevo Templo que se proyecta o que Israel pretende construir en la actual explanada, donde se encuentra la mezquita de la Roca y en sustitución de la misma. Pero, “a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda”; esto ocurriría porque este dirigente mundial, sería poseído por el diablo, lo que le llevaría a provocar una nueva “abominación desoladora” en el recién nuevo Templo, que él mismo habría promovido su construcción. Todo lo cual ocasionaría una conflagración mundial: “el Armagedón”, dirigido por el Anticristo.

***

0. Índice de las profecías de Daniel *

 

1. Introducción a las profecías de Daniel

 

2. Calendario hebreo en la Biblia para computar los años y los meses

 

3. Contexto histórico durante el destierro del pueblo de Dios.

 

4. Una perspectiva del libro de Daniel

 

5. Un resumen de las principales profecías de Daniel


6. Prólogo de la Profecía de las setenta semanas

 

7. La Profecía de las setenta semanas

 

8. Conclusión al libro de las profecías de Daniel

 

 

Quedo a disposición del lector para lo que pueda servirle.

 

Afectuosamente en Cristo

 

Carlos Aracil Orts
www.amistadencristo.com

 

Si deseas hacer algún comentario a este estudio, puedes dirigirlo a la siguiente dirección de correo electrónico: carlosortsgmail.com

 

 

 

 

 


Referencias bibliográficas

*Las referencias bíblicas están tomadas de la versión Reina Valera de 1960 de la Biblia, salvo cuando se indique expresamente otra versión. Las negrillas y los subrayados realizados al texto bíblico son nuestros.

Abreviaturas frecuentemente empleadas:

AT = Antiguo Testamento

NT = Nuevo Testamento

AP = Antiguo Pacto

NP = Nuevo Pacto

Las abreviaturas de los libros de la Biblia corresponden con las empleadas en la versión de la Biblia de Reina-Valera, 1960 (RV, 1960)

pp, pc, pú referidas a un versículo bíblico representan "parte primera, central o última del mismo ".

Abreviaturas empleadas para diversas traducciones de la Biblia:

NBJ: Nueva Biblia de Jerusalén, 1998.

BTX: Biblia Textual

DHHe (D): versión Dios habla hoy con Deuterocanónicos

Jünemann: Sagrada Biblia-Versión de la LXX al español por Guillermo Jüneman

N-C: Sagrada Biblia- Nacar  Colunga-1994

JER 2001: *Biblia de Jerusalén, 3ª Edición 2001

BLA95, BL95: Biblia Latinoamericana, 1995

LBLA: La Biblia de las Américas

BNP: La Biblia de Nuestro Pueblo

NVI 1999: Nueva Versión Internacional 1999

LPD: El Libro del Pueblo de Dios, Levoratti y Trusso

SB-MN: . La Santa Biblia-Martín Nieto

SRV2004: Spanish Reina Valera 2004

Bibliografía citada

(1) Comentario bíblico Adventista Séptimo día. Tomo 2, Pág. 105. Publicaciones Interamericanas, 1984
(2) Comentario bíblico Adventista Séptimo día. Tomo 2, Pág. 113. Publicaciones Interamericanas, 1984
(3) Comentario bíblico Adventista Séptimo día. Tomo 2, Pág. 139. Publicaciones Interamericanas, 1984
(4) Comentario bíblico Adventista Séptimo día. Tomo 2, Pág. 139-140. Publicaciones Interamericanas, 1984
(5) Comentario bíblico Adventista Séptimo día. Tomo 2, Pág. 140. Publicaciones Interamericanas, 1984
(6) Comentario bíblico Adventista Séptimo día. Tomo 2, Pág. 140. Publicaciones Interamericanas, 1984
(7) Comentario bíblico Adventista Séptimo día. Tomo 2, Pág. 141-142. Publicaciones Interamericanas, 1984
(8) Comentario bíblico Adventista Séptimo día. Tomo 2, Pág. 164-165. Publicaciones Interamericanas, 1984
(9) Comentario bíblico Adventista Séptimo día. Tomo 2, Pág. 105-106. Publicaciones Interamericanas, 1984
(10) Comentario bíblico Adventista Séptimo día. Tomo 2, Pág. 103-108. Publicaciones Interamericanas, 1984
(11) Comentario bíblico Adventista Séptimo día. Tomo 3, Pág. 88. Publicaciones Interamericanas, 1984
(12) Comentario bíblico Adventista Séptimo día. Tomo 3, Pág. 89. Publicaciones Interamericanas, 1984
(13) Comentario bíblico Adventista Séptimo día. Tomo 3, Pág. 89. Publicaciones Interamericanas, 1984
(14) Comentario bíblico Adventista Séptimo día. Tomo 3, Pág. 86. Publicaciones Interamericanas, 1984
(15) Comentario bíblico Adventista Séptimo día. Tomo 3, Pág. 89-90. Publicaciones Interamericanas, 1984
(16)  Cid, Carlos y  Riu, Manuel. “Historia de las Religiones”. Pág. 309
(17)  Cid, Carlos y  Riu, Manuel. “Historia de las Religiones”. Pág. 309
(18)  Cid, Carlos y  Riu, Manuel. “Historia de las Religiones”. Pág. 311
(19) Comentario bíblico Adventista Séptimo día. Tomo 2, pág. 163-164. Publicaciones Interamericanas, 1984
(20) Comentario bíblico Adventista Séptimo día. Tomo 3, pág. 93. Publicaciones Interamericanas, 1984
(21)  Cid, Carlos y  Riu, Manuel. “Historia de las Religiones”. Pág. 312
(22) La Biblia Dios Habla Hoy (Notas) (DHHn) al texto del libro de  Daniel (1:21)
(23) Imperio Babilónico (2020). Recuperado de Historia Universal. https://mihistoriauniversal.com/edad-antigua/imperio-babilonico
(24) Nabonido, el último rey de Babilonia. https://historia.nationalgeographic.com.es/a/nabonido-ultimo-rey-babilonia_8189
(25) Ibid.
(26) Comentario bíblico Adventista Séptimo día. Tomo 3, pág. 93. Publicaciones Interamericanas, 1984
(27)  Cid, Carlos y  Riu, Manuel. “Historia de las Religiones”. Pág. 314
(28) Aracil Orts, Carlos. https://amistadencristo.com: ¿Es el Arcángel Miguel el que detiene al Anticristo?, El dragón, la bestia, los reinos mundiales y el Reino de Dios
(29) Imperio Babilónico (2020). Recuperado de Historia Universal. https://mihistoriauniversal.com/edad-antigua/imperio-babilonico
(30) Ibid.
(31) Nabonido, el último rey de Babilonia. https://historia.nationalgeographic.com.es/a/nabonido-ultimo-rey-babilonia_8189
(32) Imperio Babilónico (2020). Recuperado de Historia Universal. https://mihistoriauniversal.com/edad-antigua/imperio-babilonico
(33) Nabonido, el último rey de Babilonia. https://historia.nationalgeographic.com.es/a/nabonido-ultimo-rey-babilonia_8189
(34) Imperio Babilónico (2020). Recuperado de Historia Universal. https://mihistoriauniversal.com/edad-antigua/imperio-babilonico
(35) Comentario bíblico Adventista Séptimo día. Tomo 4, pág. 842. Publicaciones Interamericanas, 1984
(36) Ibid.
(37) Ibid. Pág. 843
(38) Ibid. Pág. 844
(39) Anderson Steven. Darío el medo: una solución a su identidad | TruthOnlyBible
(40) Alejandro Magno - Wikipedia, la enciclopedia libre
(41) Antíoco IV Epífanes - EcuRed
(42) Ibid.
(43) Biblia de Jerusalén (NBJ, 1998), pág. 609.  Editorial Desclée Brouwer, S.A., 1998, Bilbao.
(44) Ibid. pág. 658
(45) Aracil Orts, Carlos. https://amistadencristo.com: La profecía de los 2.300 días-años y el juicio investigador
(46) Imperio Babilónico (2020). Recuperado de Historia Universal. https://mihistoriauniversal.com/edad-antigua/imperio-babilonico
(47) Comentario bíblico Adventista Séptimo día. Tomo 4, págs. 878-879. Publicaciones Interamericanas, 1984
(48) Comentario bíblico Adventista Séptimo día. Tomo 4, págs. 879. Publicaciones Interamericanas, 1984
(49) Ivorra, Carlos. Profesor de la Universidad de Valencia. https://www.uv.es/ivorra/index.html: El año cero no existe (uv.es)
(50) Ibid.
(51) Comentario bíblico Adventista Séptimo día. Tomo 4, págs. 879. Publicaciones Interamericanas, 1984
(52) Felipe del Rey, Pedro de, 2000: Jesús de Nazaret  (Un Personaje histórico), pág. 69. Ediciones Garfisus, S.L. Sector Oficios,23;  28760 Tres Cantos (Madrid)
(53) Ivorra, Carlos. Profesor de la Universidad de Valencia.
(54) Ivorra, Carlos, Profesor de la Universidad de Valencia. https://www.uv.es/ivorra/Historia/Imperio_Romano/SigloIg.htm 50 - 70 (uv.es))
(55) Ibid.

 

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