Amistad en Cristo - Carlos Aracil Orts

Preguntas y Respuestas

Antropogía bíblica

¿Cuál es la naturaleza del ser humano?

 
Versión: 10-09- 2019

 

Tercera parte

 

Capítulo 9

 

Solo hay vida eterna en Cristo

 

Carlos Aracil Orts

 

9. Solo hay vida eterna en Cristo

¿Qué ocurre con el alma y el espíritu cuando muere la persona? ¿Hay alguna parte en el ser humano que sobreviva a la muerte?  

En lo que antecede, vimos que la Biblia distingue perfectamente entre alma y espíritu. Recordemos que eso se hizo evidente en muchos textos. Pero, ahora  bastará que, nuevamente, comparemos el texto de la creación del hombre de Génesis 2:7, con el de 1ª Corintios 15:45, para volver a confirmar que el ser humano no es una dualidad, resultado de la unión de cuerpo y alma, sino que es un “alma viviente”, que como hemos visto arriba se puede manifestar y  desarrollar en tres dimensiones: espiritual, psíquica y corporal.

Génesis 2:7 (RV 1960): Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente.

Génesis 2:7 (BTX): Entonces YHVH ’Elohim modeló al hombre de la tierra roja, e insufló en sus narices aliento de vida. Y el hombre llegó a ser alma viviente.

1 Corintios 15:45: Así también está escrito: Fue hecho el primer hombre Adán alma viviente; el postrer Adán, espíritu vivificante.

Además, se probó bíblicamente hasta la saciedad, que el ser humano no consta de partes separables, sino que es “carne”, un cuerpo viviente o psíquico indivisible, y cuando se convierte a Dios, es transformado en “nuevo hombre” o “nueva criatura” en Cristo (2 Co.5:17); pero sin dejar de ser una unidad psicosomática indivisible e inseparable, a la que se ha añadido la dimensión espiritual, que no es más que la imagen de Cristo (Ro. 8:29), que le convierte en un ser humano espiritual a Su semejanza. Y así como Cristo murió y resucitó, también el hombre muere y resucitará en el día de la segunda venida de nuestro Señor Jesucristo. Y esto es evidente en toda la Biblia, y para no cansar al lector, creo que bastará citar los siguientes textos:

1 Corintios 15:20-23: Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho. (21) Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos. (22)  Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados. (23)  Pero cada uno en su debido orden: Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo, en su venida.

Como el ser humano no está compuesto de partes separables, cuando una persona – un alma viviente– muere, muere toda ella, porque al exhalar el aliento o hálito de vida, desaparece la vida, y deja de haber un cuerpo vivo, para convertirse en un cadáver.

Citamos a continuación un párrafo extraído de un artículo de Internet cuyo autor, el padre jesuita Michel Souchon, no suscitará sospechas de sectarismo o particularismo.

“La palabra de Jesús puede servirnos de guía cuando dijo en la cruz: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu». Del mismo modo que Él entrega su vida, su néfesh (la muerte en la cruz «por nosotros los hombres y por nuestra salvación»), encomienda su espíritu, su rouah, a las manos de su Padre, abandonándose con confianza y esperanza. Si usted me pregunta qué quedará después de la muerte, me gustaría responder de manera provocadora: ¡nada! ¡No le quedará nada, ni cuerpo, ni alma, ni espíritu, ni conciencia! No espere que pueda salvar su vida sin perderla. Pero Dios, a quien encomienda su aliento, Dios, eso esperamos, acogerá en Sí la vida, el alma y el espíritu que usted habrá entregado en el servicio a los otros y encomendado con confianza a su tierna misericordia.” (padre Michel Souchon, jesuita) (63)

A continuación, respondo a una serie de preguntas u objeciones que muchos suelen plantear ante la extrañeza, sorpresa y descorazonamiento que les produce pensar que el ser humano no consta de partes separables –como había aprendido o le habían enseñado–, y que, por tanto, no puede existir ni un alma ni un espíritu humanos que, separados del cuerpo, puedan sobrevivir a la muerte.
 
Primera. ¿Dónde va el espíritu (heb: ruaj; gr.: pneuma) cuando uno muere según la Biblia?

Eclesiastés 12:7 nos dice: “y el polvo vuelva a la tierra, como era, y el espíritu vuelva a Dios que lo dio”.

En este versículo se sugieren dos cosas. La primera es evidente para todo el mundo, y nadie puede negar que “el polvo vuelva a la tierra”. Y la segunda, “el espíritu vuelva a Dios que lo dio”, se trata del “aliento de vida” (Gn. 2:7),  o “espíritu de vida” (Gn.6:17; 7:15,22; cf. Jn. 6:63; Ap. 11:11), que, como ya estudiamos, es el poder, energía o fuente de vida, que solo el Creador puede dar. Está claro que polvo se refiere a la “carne” –el ser humano entero– que al morir se descompone y al final se convierte en polvo (Génesis 3:19; véase también: Salmo 104:29; Daniel 12:2).

Génesis 3:19: Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás.

Salmos 104:29: Escondes tu rostro, se turban;  Les quitas el hálito, dejan de ser,
 Y vuelven al polvo.

Daniel 12:2: Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua.

Con textos, como los de arriba, cuyo significado es tan claro y evidente ¿cómo aún existen tantas personas que creen que el espíritu, o el alma, sobrevive a la muerte del cuerpo, porque piensan que es algo separable del cuerpo e inmortal?

Es importante que notemos que, los últimos tres pasajes, no afirman en absoluto que solo el cuerpo muerto o cadáver vuelve a la tierra y el aliento o espíritu va a Dios, como una entidad consciente que sobrevive a la muerte y que represente la identidad de la persona. No se trata, pues, del espíritu humano –al modo de la cultura tradicional de influencia griega–, sino del aliento de vida o espíritu que se exhala al morir, que pertenece a Dios y no al hombre.

La Biblia nunca habla de partes en el ser humano –porque esa visión, como ya dijimos, pertenece a la filosofía y cultura griegas–, sino que en todos los casos se refiere al ser humano entero. Analicemos cada uno los tres textos citados arriba:

Comentario a Génesis 3:19

El hombre entero es el que vuelve a la tierra, “porque de ella fuiste tomado”. Dios no le está diciendo al primer hombre, “tu cuerpo o tu cadáver se convertirá en polvo y volverás a la tierra, y tu espíritu, no te preocupes, porque volverá a mí”. No hay partes en la constitución del ser humano, todo él muere, cuando le llega la hora, y es enterrado, y se convierte en polvo con el tiempo. Porque creer que los seres humanos somos “chispas” separadas o desprendidas del Espíritu de Dios,  es una doctrina pagana y atea que se llama panteísmo.

Comentario a Salmos 104:29

Observemos, en primer lugar, que el salmista está dirigiéndose a Dios, cuando le dice; “Escondes tu rostro, se turban; Les quitas el hálito, dejan de ser, Y vuelven al polvo”. Y, en segundo lugar, démonos cuenta que se refiere a las criaturas de Dios, y no dice que sean sus cadáveres los que “vuelven al polvo”, sino que, cuando Él les quita el hálito, “dejan de ser”, es decir, dejan de existir o de tener vida, porque los cuerpos sin aliento de vida, son cadáveres; no “deja de ser” solo una parte de la criatura cuando muere, sino toda ella.

Si entendemos que ese “espíritu de vida” con el que Dios creó al ser humano, forma una parte del individuo, y, cuando éste muere, esa parte vuelve a Dios, convertida en la identidad de esa persona, y en una entidad o ser consciente, llegaríamos a la incongruencia de que todos, los que han muerto y continuamente mueren, están con Dios, independientemente de si han hecho el bien o el mal cuando estaban viviendo en el cuerpo. Además estaría en abierta contradicción con el resto de la Biblia.

No cabe, pues, otra posibilidad que la de entender el espíritu, en este contexto, como el hálito o aliento que proporciona la vida al ser humano y que es común a todas las criaturas. Al igual que todos estamos formados de la misma carne y sangre, así también todos tenemos el mismo tipo de energía vital que nos da la vida.

Segunda. Si cuando uno muere no sobrevive ni el alma ni el espíritu, ¿cómo se garantiza la supervivencia de nuestra identidad, es decir, todo lo que hemos llegado a ser a lo largo de nuestra vida?

La respuesta es muy sencilla: Dios, en su infinita memoria, mantiene perfecto registro de las identidades, y de todo lo que han llegado a ser todas las personas de la humanidad, desde el comienzo de su existencia hasta el fin del mundo. Por tanto, el psiquismo del individuo o persona, es decir, entendimiento, pensamientos, afectos, memoria, voluntad, etc., incluida su espiritualidad o grado de santificación –esto último en caso de que la persona hubiera alcanzado su conversión a Dios durante su vida terrenal, o sea, antes del momento de morir–, pues bien, nada de ello desaparece al morir, sino que ha sido guardado o registrado por Dios en Su memoria (véase 2 Ti. 1:12).

2 Timoteo 1:12: Por lo cual asimismo padezco esto; pero no me avergüenzo, porque yo sé a quién he creído, y estoy seguro que [Dios] es poderoso para guardar mi depósito para aquel día.

En “aquel día”, el de la venida gloriosa de Cristo, Dios recreará a todos los muertos infundiéndoles sus identidades, que fueron preservadas en el Ser infinito. En eso consiste precisamente la resurrección, y no en que Dios infunda los supuestos espíritus o almas humanos inmortales en los cuerpos. Porque Dios no resucita cuerpos y luego les infunde las almas. Dios resucita seres humanos, individuos, la totalidad de sus seres. No puede, por tanto, resucitar el cuerpo como una parte separada del alma, porque en él va incluido todo su ser, como se ha demostrado en este estudio, porque el hombre es un ser unitario, y no está formado por partes separables, como el alma, de la filosofía y cultura griegas.

Las Sagradas Escrituras siempre nos remiten a la esperanza de la resurrección como la única garantía de vida eterna de los cristianos (1 Co. 15:22-23).

1 Corintios 15:22-23: Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados. (23) Pero cada uno en su debido orden: Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo, en su venida.

Por tanto, en “aquel día”, a que se refiere Pablo, el día último, de la venida gloriosa de nuestro Señor, cuando ocurra la resurrección de los muertos, “en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados” (1 Co. 15:52), entonces recibiremos la vida eterna, en cuerpos espirituales perfectos, y, en ellos van incluidos nuestro psiquismo y nuestra espiritualidad.

Igualmente, fijémonos que, el Apóstol, se refiere a “los muertos”, los que “serán resucitados incorruptibles”, no sus cuerpos, porque no existe una parte separada –llamada alma o espíritu–, independiente del cuerpo que haya podido sobrevivir. Y por eso, Dios recrea la totalidad del ser humano, pero al transformarle en incorruptible le transmite o le infunde todos sus rasgos característicos de su identidad, psiquismo, espiritualidad y personalidad, adquiridos durante la vida terrena, cuyo depósito tiene Dios. Y Él, en ese día del final del mundo, transformará a los salvos en cuerpos espirituales perfectos, de manera que cada uno podrá reconocerse entre sí, los que en su vida terrestre se hubieran conocido.

Analicemos ahora otro texto muy importante que habla claramente que los muertos duermen en el polvo, no solo sus cuerpos, sino la totalidad de ser humano:

Daniel 12:2. “Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua”.

Este texto aún es más claro, si cabe, que los anteriores. ¿Quiénes son “los que duermen en el polvo de la tierra”, [que] “serán despertados, unos para vida eterna, y otros para para vergüenza y confusión perpetua”? La respuesta es evidente: “los que duermen en el polvo de la tierra” son todos los que han muerto. Notemos que no se habla de sus cuerpos ni de sus cadáveres, sino que Daniel se refiere a “ellos” –los individuos muertos–,“los que duermen en el polvo”. Unos –los salvos– recibirán la vida eterna, cuando sean despertados, en la resurrección del día final (véase 1 Co. 15:35-55; cf. 1 Ts. 5:13-18; Jn. 11:25; Hch. 24:15; 26:23), y otros –los injustos– serán resucitados, solo para juicio y condenación (Jn. 5:28-29).

Juan 5:28-29: No os maravilléis de esto; porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; (29) y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación.

Obsérvese que Jesús coincide en todo con la profecía de Daniel, porque habla también de dos resurrecciones una para vida eterna y otra para juicio o condenación; y semejantemente a Daniel, Jesús no se refirió a los cuerpos muertos, sino a los individuos muertos, porque no dijo “vendrá hora cuando todos los [cadáveres] que están en los sepulcros oirán su voz”, ya que “los que están en los sepulcros” se refiere a la totalidad del individuo, porque un cadáver no es más que materia inerte, pero representa a un individuo –con su nombre y apellidos e identidad personal– que murió.  

Hechos 24:15: teniendo esperanza en Dios, la cual ellos también abrigan, de que ha de haber resurrección de los muertos, así de justos como de injustos.

Conviene aquí hacer un inciso, para aclarar que la resurrección de los injustos no es realizada simultáneamente con la de los justos, sino al fin del Milenio (Ap. 20:5,6). Los siguientes textos, que presento a continuación, son los únicos, en toda la Biblia, que se refieren a cuándo serán resucitados los injustos, y se les nombra como, “El resto de los muertos [que] no volvieron a la vida hasta que se cumplieron los mil años” (Ap. 20:5). Leámoslo en su contexto:

Apocalipsis 20:4-6 (BLA95): También vi unos tronos, y sentados en ellos los que tienen poder para juzgar. Vi también las almas de aquellos a quienes les cortaron la cabeza por causa de las enseñanzas de Jesús y de la Palabra de Dios. Vi a todos los que no habían adorado a la bestia ni a su imagen, y no habían recibido su marca en la frente o en la mano. Volvieron a la vida y reinaron mil años con el Mesías. (5) Esta es la primera resurrección. El resto de los muertos no volvieron a la vida hasta que se cumplieron los mil años. (6)  ¡Feliz y santo es el que participa en la primera resurrección! La segunda muerte ya no tiene poder sobre ellos: serán sacerdotes de Dios y de su Mesías y reinarán con él mil años.  

Por otra parte, es evidente que los únicos textos explícitos que hablan de la resurrección de los muertos, que son 1 Corintios 15:35-55 y 1 Tesalonicenses 4:13-18, se refieren solo a la resurrección de los justos. Y esto último se deduce porque solo ellos han de ser transformados en incorruptibles a la semejanza de Cristo. No cabe duda, pues, que estos justos –resucitados en el día de la venida gloriosa de Cristo se corresponden con los que habla Apocalipsis 20:4, que Volvieron a la vida y reinaron mil años con el Mesías. (5) Esta es la primera resurrección”. Esta idea es confirmada cuando se refiere a ellos como incluidos en “la primera resurrección” (v5), y que por ello son considerados “bienaventurados” porque “la segunda muerte ya no tiene poder sobre ellos…” (v.6).

Por tanto, los que resucitarán al fin del Milenio, se corresponden a una segunda resurrección, que su único fin es el juicio condenatorio y la segunda muerte, como lo declaró Jesús que sucedería (Jn.5:28-29). Así se infiere lógicamente de los textos citados de Apocalipsis (20:4-6), especialmente el versículo 5: “El resto de los muertos no volvieron a la vida hasta que se cumplieron los mil años” (Ap. 20:5). Estos, pues, son los injustos resucitados al final del Milenio, que tienen como único destino final la segunda muerte (Ap.2:11; 20:6; 20:14; 21:8).

Como arriba vimos, la memoria infinita de Dios registra las vidas y personalidades de todos los seres humanos, con todos sus rasgos característicos y definitorios, y obras o acciones realizadas por ellos, a fin de garantizar que todos los resucitados recibirán, junto con sus identidades reconocibles en el día de la resurrección, también la recompensa que corresponde a los hechos realizados mientras vivían. Por eso, viene aquí al caso recordar que la Biblia también nos habla del “libro de la vida”, en el que están registrados los nombres de todos lo que han de ser o son salvos. En la Sagrada Escritura, “nombre”, significa, la identidad de esa persona –su yo–, lo que ha llegado a ser hasta el final de sus días.

Aunque bastaría con la infinita memoria de Dios para guardar los depósitos de toda la humanidad salva, Él, además, ha querido que, en ese “libro de la vida”, de “los vivientes y de los justos” (Éx. 32:32; Sal. 69:28), estén registradas las vidas de todos ellos, como una garantía adicional para sus criaturas.

Éxodo 32:32-33: que perdones ahora su pecado, y si no, ráeme ahora de tu libro que has escrito. (33) Y Jehová respondió a Moisés: Al que pecare contra mí, a éste raeré yo de mi libro.

Salmos 69:28: Sean raídos del libro de los vivientes, Y no sean escritos entre los justos.

Pero, además, la Biblia se refiere a otros “libros” –tampoco sabemos en qué formato se escriben– en los que Dios recoge y registra las acciones u obras de aquellos que van a juicio de condenación, y, posiblemente, los rasgos de sus vidas enteras. Especialmente registra sus obras o acciones malvadas; porque estos libros contienen las pruebas de cargo por las que serán juzgados todos los que no se hallen escritos en el libro de la vida (Ap. 20:15; cf. Dn. 7:10; Ap. 20:12).

Daniel 7:10: Un río de fuego procedía y salía de delante de él; millares de millares le servían, y millones de millones asistían delante de él; el Juez se sentó, y los libros fueron abiertos.

Apocalipsis 20:12: Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante Dios; y los libros fueron abiertos, y otro libro fue abierto, el cual es el libro de la vida; y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras.

Apocalipsis 20:15:  Y el que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego.

Notemos que en Daniel 7:10, se describe la visión profética que recibió Daniel, en la que se refleja una escena de juicio, cuyo Juez es Dios, y que empieza cuando “los libros fueron abiertos”. Lógicamente, esto ocurre al final de la historia de este mundo, y después del Milenio,  porque de no ser así no podrían ser juzgadas todas las generaciones humanas que han existido desde el principio de la creación del hombre hasta el fin del mundo. Esta escena de juicio que visionó Daniel –hace ahora unos 2600 años– es la misma que se le reveló al apóstol Juan, que se describe en Apocalipsis 20:11-15.

Apocalipsis 20:11-15: Y vi un gran trono blanco y al que estaba sentado en él, de delante del cual huyeron la tierra y el cielo, y ningún lugar se encontró para ellos.  (12) Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante Dios; y los libros fueron abiertos, y otro libro fue abierto, el cual es el libro de la vida; y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras. (13) Y el mar entregó los muertos que había en él; y la muerte y el Hades entregaron los muertos que había en ellos; y fueron juzgados cada uno según sus obras. (14) Y la muerte y el Hades fueron lanzados al lago de fuego. Esta es la muerte segunda. (15) Y el que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego.

Los libros que “fueron abiertos” son los que registran las vidas y acciones de los injustos, y ambas profecías designan a los que se pierden: “y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras” (Ap. 20:12). Este es el juicio final, ante el Gran Trono Blanco (Ap. 20:11), de todos los que se pierden.

Sin embargo, todos las personas que se salvan, no tienen parte en ese juicio, porque fueron inscritas en el “libro de la vida” (Ap. 3:5; 13:8; 21:27).

Apocalipsis 3:5: El que venciere será vestido de vestiduras blancas; y no borraré su nombre del libro de la vida, y confesaré su nombre delante de mi Padre, y delante de sus ángeles.

Apocalipsis 13:8: Y la adoraron todos los moradores de la tierra cuyos nombres no estaban escritos en el libro de la vida del Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo.

Apocalipsis 21:27: No entrará en ella [en la Nueva Jerusalén] ninguna cosa inmunda, o que hace abominación y mentira, sino solamente los que están inscritos en el libro de la vida del Cordero.

Nada tienen que temer los salvos, porque “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu” (Ro. 8:1); porque todos ellos, sin faltar ni uno,  están inscritos en el “libro de la vida del Cordero”, de “los vivientes y de los justos” (Éx. 32:32; Sal. 69:28), y también están registradas las vidas de todos ellos. Aunque, bastaría con la infinita memoria de Dios, para guardar los depósitos de toda la humanidad salva.

Hecho todo este excurso o digresión, para aquellos que piensan que si no hay alma o espíritu que sobreviva a la muerte de forma consciente, entonces no se garantizaría la supervivencia de nuestra identidad, es decir, de todo lo que hemos llegado a ser a lo largo de nuestra vida.

Tercera. ¿Quién es "la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos”? ¿Dónde están los espíritus de los justos hechos perfectos” (Hebreos 12:23).

Como siempre se debe hacer, un texto no se debe analizar sin tener en cuenta  su contexto. Situémoslo, pues, dentro de su contexto:

Hebreos 12:22-24: sino que os habéis acercado al monte de Sion, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial, a la compañía de muchos millares de ángeles,  (23) a la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos, a Dios el Juez de todos, a los espíritus de los justos hechos perfectos, (24) a Jesús el Mediador del nuevo pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel.

El autor del libro de Hebreos está exhortando a los cristianos para que sean conscientes del gran compromiso y responsabilidad que significa no ya pertenecer a la Iglesia invisible de Dios, sino simplemente acercarse a ella, que se simboliza por “la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la Celestial” (Heb. 12:22). Esta se corresponde con “la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos” (Heb. 12:23). Con ello se refiere a todos los creyentes, de todas las épocas que, por haber sido salvados, “están inscritos en los cielos”. Son todos los que tienen ciudadanía (Fil. 3:20) en la Jerusalén la Celestial. Como hemos podido comprobar en la respuesta a la anterior objeción, esta circunstancia solo representa que sus nombres están inscritos en el “libro de la vida del Cordero” (Ap.13:8; 20:12,15; etc.), pero en absoluto implica que los espíritus o las almas de los salvos estén viviendo en el Cielo, como se ha demostrado en lo que antecede.

Entendamos lo que el autor intenta transmitirnos. Él hace contraste entre la situación del Israel primitivo y el estado de la Iglesia invisible de Dios –todos los miembros que la conforman a nivel mundial–, entre el monte de Sinaí –el Antiguo Pacto de la Ley–, y el monte de Sion –el Nuevo Pacto en la sangre de Cristo, “que por muchos es derramada” (Mt. 26:28)–. Comprobemos que, en el Antiguo Pacto, Dios se manifestó a Moisés, en el monte Sinaí, a fin de entregarle las “Tablas del Pacto” –la Ley de los Diez mandamientos–, con un gran estruendo y solemnidad: “vinieron truenos y relámpagos, y espesa nube sobre el monte, y sonido de bocina muy fuerte; y se estremeció todo el pueblo que estaba en el campamento” (Éx. 19:16). El contraste estriba en que, antiguamente, Dios habló a su pueblo, por los profetas, pero “en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo” (Heb. 1:1-3); lo que debería hacer que la humanidad entera tuviera más respeto y temor, ante tal acercamiento del “Rey  de los siglos, invisible, al único y sabio Dios”; porque solo a Él corresponde el “honor y gloria por los siglos de los siglos” (1 Ti. 1:17); pero muchos permanecen indiferentes y ajenos a que “Dios fue manifestado en carne” (1 Ti. 1:16).

El escritor de Hebreos nos quiere decir, que si la revelación y manifestación de Dios, del pasado, causó tanto pavor y estremecimiento en todos los que se acercaban al Monte Sinaí, mucho más respeto deberíamos tener los cristianos, al acercarnos al “monte de Sion”, que representa Su Iglesia universal. Fundamentalmente significaría nuestro compromiso en dar testimonio de nuestra fe, en amarnos unos a otros, y en llevar una vida coherente con la misma, pues ahora estamos en la presencia de “Jesús el Mediador del nuevo pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel” (Heb. 12:24). O sea, ahora no tenemos excusa, porque sabemos que Cristo murió en la cruz, derramó Su sangre, entregó Su vida, por nuestros pecados.

De ahí que si ahora, “pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados, (27)  sino una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios. (28) El que viola la ley de Moisés, por el testimonio de dos o de tres testigos muere irremisiblemente.  (29)  ¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado, e hiciere afrenta al Espíritu de gracia?” (Hebreos 10:26-29).

¿Quiénes son, pues, “los espíritus de los justos hechos perfectos” (Heb. 12:23)?

Son todos aquellos que están inscritos en el libro de la vida del Cordero. Por tanto, se refiere tanto a los creyentes del Antiguo Pacto como del Nuevo Pacto. Pero en absoluto pueden ser espíritus desencarnados que están ya en el Cielo gozando en el Paraíso con Dios.

Se llega a esta conclusión, en primer lugar, porque, como dijimos en lo que antecede, ningún ser humano puede vivir en el Cielo, como espíritu puro, porque su naturaleza humana es unitaria y no consta de partes separables; solo los ángeles son naturalmente espíritus puros. En segundo lugar, porque los seres humanos muertos no vuelven a vivir hasta el día de la resurrección, en la venida gloriosa de nuestro Señor Jesucristo. Y, en tercer lugar, como un argumento más, la Palabra de Dios afirma que los famosos grandes héroes de la fe, aquellos que creyeron firmemente en las promesas de Dios, célebres por su confianza y fe en Dios, citados en el capítulo 11 del libro de Hebreos – Abel (v.4), Enoc (v.5), Noé (v.7), Abraham, Isaac y Jacob (v.8-10, 17-21), Sara (v.11), José (v.22), Moisés (v.23-29), Rahab la ramera (v.31), Gedeón, Barac, Sansón, Jefté, David, Samuel y los profetas (v.32)– “no recibieron lo prometido” (Hebreos 11:39).

Hebreos 11:39-40: Y todos éstos, aunque alcanzaron buen testimonio mediante la fe, no recibieron lo prometido; (40) proveyendo Dios alguna cosa mejor para nosotros, para que no fuesen ellos perfeccionados aparte de nosotros.

Si con lo que antecede, alguno no estuviera conforme, y quisiera seguir creyendo que los salvos están en el Paraíso o en el Cielo, viviendo solo como espíritus o almas desencarnados, no lea lo que sigue, porque se puede convencer que aquellos, citados arriba, que fueron vencedores y fieles en la fe, todavía “no recibieron lo prometido” (Heb. 11:13,39).

Cuarta. ¿Qué ocurrió con todos estos grandes en la fe del Antiguo Testamento? ¿Han alcanzado el Paraíso o la Ciudad Celestial “cuyo arquitecto y constructor es Dios” (Heb. 11:10)?

“Conforme a la fe murieron todos éstos sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándolo, y confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra. […] (16) Pero anhelaban una mejor [patria], esto es, celestial; por lo cual Dios no se avergüenza de llamarse Dios de ellos; porque les ha preparado una ciudad (Hebreos 11:13,16). 

Abraham también “esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios”  (Hebreos 11:10).

“Y todos éstos, aunque alcanzaron buen testimonio mediante la fe, no recibieron lo prometido” (Hebreos 11:39).

Sin embargo, para ser rigurosos no debemos olvidar que la Palabra de Dios nos habla de tres gloriosas excepciones en el Antiguo Testamento, que corresponden a Enoc, Elías  y Moisés; pues estos tres fueron al Cielo.

Respecto a este último, la Biblia registra claramente que “murió allí Moisés siervo de Jehová, en la tierra de Moab, conforme al dicho de Jehová. […] Era Moisés de edad de ciento veinte años cuando murió..." (Dt. 34:5,7). Sin embargo, el apóstol Judas nos da una indicio fundamental, cuando en su epístola registra que “el arcángel Miguel contendía con el diablo, disputando con él por el cuerpo de Moisés” (Judas 9).

Judas 1:9: Pero cuando el arcángel Miguel contendía con el diablo, disputando con él por el cuerpo de Moisés, no se atrevió a proferir juicio de maldición contra él, sino que dijo: El Señor te reprenda.

De aquí no es difícil deducir que el arcángel Miguel venció al diablo, rescatando el cuerpo de Moisés. Pero no vayamos a equivocarnos, porque el cuerpo no es su cadáver, que no sirve para nada pues no es otra cosa que polvo, sino que el cuerpo representa la totalidad del ser humano; y aquí significa su resurrección corporal gloriosa, porque sabemos “que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción” (1 Corintios 15:50).

Esto es difícil de entender a causa del pensamiento de la filosofía y cultura griegas, que sostiene que el ser humano es un compuesto de cuerpo y alma, y ese concepto ha contaminado la antropología bíblica, que preconiza la unidad del ser humano, como cuerpo o alma viviente, indistintamente, como se ha defendido en todo este estudio.

No sabemos cuándo Dios resucitó a Moisés, pero es evidente que fue antes de que Jesús se transfigurara en gloria cuando subió a “un monte alto”, acompañado de Pedro, Juan y Jacobo (Mt. 17:1-4; cf. Mr. 9: 1-9; Lc. 9:28-36), porque allí se presentaron “dos varones que hablaban con él [Jesús], los cuales eran Moisés y Elías; (31) quienes aparecieron rodeados de gloria, y hablaban de su partida, que iba Jesús a cumplir en Jerusalén. (32) Y Pedro y los que estaban con él estaban rendidos de sueño; mas permaneciendo despiertos, vieron la gloria de Jesús, y a los dos varones que estaban con él (Lc. 9:30-32).

Comparemos los textos citados en los Evangelios Sinópticos de san Mateo y san Lucas:

Mateo 17:1-3: Seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Jacobo y a Juan su hermano, y los llevó aparte a un monte alto;  (2)  y se transfiguró delante de ellos, y resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz.  (3)  Y he aquí les aparecieron Moisés y Elías, hablando con él.

Lucas 9:28-36: Aconteció como ocho días después de estas palabras, que tomó a Pedro, a Juan y a Jacobo, y subió al monte a orar.  (29)  Y entre tanto que oraba, la apariencia de su rostro se hizo otra, y su vestido blanco y resplandeciente.  (30)  Y he aquí dos varones que hablaban con él, los cuales eran Moisés y Elías;  (31)  quienes aparecieron rodeados de gloria, y hablaban de su partida, que iba Jesús a cumplir en Jerusalén.  (32)  Y Pedro y los que estaban con él estaban rendidos de sueño; mas permaneciendo despiertos, vieron la gloria de Jesús, y a los dos varones que estaban con él.  (33)  Y sucedió que apartándose ellos de él, Pedro dijo a Jesús: Maestro, bueno es para nosotros que estemos aquí; y hagamos tres enramadas, una para ti, una para Moisés, y una para Elías; no sabiendo lo que decía.  (34)  Mientras él decía esto, vino una nube que los cubrió; y tuvieron temor al entrar en la nube.  (35)  Y vino una voz desde la nube, que decía: Este es mi Hijo amado; a él oíd.  (36)  Y cuando cesó la voz, Jesús fue hallado solo; y ellos callaron, y por aquellos días no dijeron nada a nadie de lo que habían visto.

Nótese que no fueron las almas o espíritus de Moisés y Elías, los que aparecieron con Jesús transfigurado en ese monte, sino ellos mismos con cuerpos glorificados a la semejanza del de Cristo resucitado; así fue como Pedro, Juan y Jacobo “vieron la gloria de Jesús, y a los dos varones que estaban con él” (Lc. 9:32; cf. 2 P. 1:16-18). Seamos conscientes de que si hubieran sido los espíritus de Moisés y Elías, no hubieran podido ni siquiera ser vistos por nadie. Además ya hemos comprobado que Moisés había sido resucitado con un cuerpo glorioso. Y con respecto a Elías, las Sagradas Escrituras registran que nunca murió, sino que “subió al cielo en un torbellino” (2 R. 2:11), es decir, fue transformado en un instante en cuerpo incorruptible e inmortal, y arrebatado por Dios al Cielo, sin gustar la muerte. Veamos el versículo completo donde se registra.

2 Reyes 2:11: Y aconteció que yendo ellos y hablando, he aquí un carro de fuego con caballos de fuego apartó a los dos; y Elías subió al cielo en un torbellino.

El primer personaje que registra la Biblia, que fue “traspuesto para no ver muerte”, fue Enoc (Heb. 11:5 cf. Gn. 5:21-24).

Génesis 5:21-24: Vivió Enoc sesenta y cinco años, y engendró a Matusalén.  (22)  Y caminó Enoc con Dios, después que engendró a Matusalén, trescientos años, y engendró hijos e hijas. (23) Y fueron todos los días de Enoc trescientos sesenta y cinco años.  (24)  Caminó, pues, Enoc con Dios, y desapareció, porque le llevó Dios.

Este suceso extraordinario ha sido corroborado por el autor del libro de Hebreos: “Por la fe Enoc fue traspuesto para no ver muerte, y no fue hallado, porque lo traspuso Dios; y antes que fuese traspuesto, tuvo testimonio de haber agradado a Dios” (Hebreos 11:5).

Con Enoc completamos las tres excepciones: los únicos personajes Enoc, Elías y Moisés que, con cuerpos gloriosos a la semejanza del cuerpo de Jesús resucitado, están en el Cielo. Los dos primeros –Enoc y Elías– son prototipos de los santos vivos en la Parusía, que Jesús transformará en cuerpos gloriosos e inmortales; y el tercero –Moisés– prototipo de los santos muertos que serán resucitados en cuerpos incorruptibles e inmortales, en la Parusía del Señor Jesús en gloria.

En relación con la bendita esperanza que todo cristiano tiene en la resurrección de los muertos (véase 1 Corintios 15), no podemos dejar de citar aquí la resurrección de “muchos cuerpos de santos que habían dormido” (Mt. 27:51-53), que se produjo junto con la resurrección de Jesucristo, simultáneamente o poco después; porque Dios quiso darnos más evidencias de este maravilloso evento que sucederá cuando Cristo regrese en gloria, para que nadie desespere.   

Mateo 27:51-53: Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; y la tierra tembló, y las rocas se partieron;  (52)  y se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron;  (53)  y saliendo de los sepulcros, después de la resurrección de él [Cristo], vinieron a la santa ciudad, y aparecieron a muchos.

El alma es mortal (Ezequiel 18:4,20; Mateo 10:28; Hechos 2:34; 13:36; Romanos 6:23; 1ª Corintios 15:18, 32).

Ezequiel 18:4: He aquí que todas las almas son mías; como el alma del padre, así el alma del hijo es mía; el alma que pecare, esa morirá. (20) El alma que pecare, esa morirá; el hijo no llevará el pecado del padre, ni el padre llevará el pecado del hijo; la justicia del justo será sobre él, y la impiedad del impío será sobre él.

Hechos 2:34: Porque David no subió a los cielos; pero él mismo dice: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra,

Hechos 13:30-38: Mas Dios le levantó [a Cristo] de los muertos. (31) Y él se apareció durante muchos días a los que habían subido juntamente con él de Galilea a Jerusalén, los cuales ahora son sus testigos ante el pueblo. (32) Y nosotros también os anunciamos el evangelio de aquella promesa hecha a nuestros padres, (33) la cual Dios ha cumplido a los hijos de ellos, a nosotros, resucitando a Jesús; como está escrito también en el salmo segundo: Mi hijo eres tú, yo te he engendrado hoy. (34) Y en cuanto a que le levantó de los muertos para nunca más volver a corrupción, lo dijo así: Os daré las misericordias fieles de David. (35) Por eso dice también en otro salmo: No permitirás que tu Santo vea corrupción. (36) Porque a la verdad David, habiendo servido a su propia generación según la voluntad de Dios, durmió, y fue reunido con sus padres, y vio corrupción. (37) Mas aquel [Cristo] a quien Dios levantó, no vio corrupción. (38) Sabed, pues, esto, varones hermanos: que por medio de él se os anuncia perdón de pecados,

Romanos 6:23: Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.

1 Corintios 15:18,20: Entonces también los que durmieron en Cristo perecieron. (20) Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho.

1 Corintios 15:32: Si como hombre batallé en Efeso contra fieras, ¿qué me aprovecha? Si los muertos no resucitan, comamos y bebamos, porque mañana moriremos.

Todos los pasajes citados arriba añaden más pruebas al concepto bíblico, de que sin resurrección no hay vida después de la muerte. Dios es “el único que tiene inmortalidad” (1ª Timoteo 6: 15,16). La Palabra de Dios se refiere a la muerte segunda como el castigo final de Dios a los malvados, concepto que pretende mostrar la absoluta aniquilación o destrucción de todo vestigio de la vida o existencia de los malvados (Apocalipsis 2:11; 20:14; 21:8).

Apocalipsis 2:11: El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. El que venciere, no sufrirá daño de la segunda muerte.

Apocalipsis 20:14: Y la muerte y el Hades fueron lanzados al lago de fuego. Esta es la muerte segunda.

Apocalipsis 21:8: Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda.

También, en muchas ocasiones se utiliza el verbo “destruir” para significar la acción final que Dios opera con los impíos (Sal. 92:7; 1ª Co. 3:17; 2ª Ts. 2:8; Judas 5; Apoc. 11:18). Esto debería ser suficiente prueba de la mortalidad del alma o espíritu. Los textos citados hablan que Dios puede destruir –no solo el cuerpo sino también el alma– la totalidad del ser humano, en el infierno, que, como veremos más abajo, se trata de la gehenna, símbolo de la segunda muerte.

Salmos 92:7: Cuando brotan los impíos como la hierba, Y florecen todos los que hacen iniquidad, Es para ser destruidos eternamente.

1 Corintios 3:16-17: ¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? (17) Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es.

2 Tesalonicenses 2:8: Y entonces se manifestará aquel inicuo, a quien el Señor matará con el espíritu de su boca, y destruirá con el resplandor de su venida;

Judas 1:5: Mas quiero recordaros, ya que una vez lo habéis sabido, que el Señor, habiendo salvado al pueblo sacándolo de Egipto, después destruyó a los que no creyeron.

 Apocalipsis 11:17-18: diciendo: Te damos gracias, Señor Dios Todopoderoso, el que eres y que eras y que has de venir, porque has tomado tu gran poder, y has reinado. (18) Y se airaron las naciones, y tu ira ha venido, y el tiempo de juzgar a los muertos, y de dar el galardón a tus siervos los profetas, a los santos, y a los que temen tu nombre, a los pequeños y a los grandes, y de destruir a los que destruyen la tierra.

Mateo 10:28: Y no temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno.

El texto anterior (Mt. 10:28) merece una explicación, porque muchos han querido ver en él, la confirmación del dualismo cuerpo-alma de la cultura y tradición griega y pagana. Sin embargo, alma, como ya sabemos, es la totalidad del ser humano, es decir, la persona. En cambio, el cuerpo aquí representa la vida física y psíquica –la vida terrenal– que posee el ser humano, puesto que no existe cuerpo sin vida, porque si así fuera, ya no podríamos hablar de cuerpo sino de cadáver, que es materia inerte. 

Por tanto, a los humanos nos pueden matar el cuerpo que es temporal y terrestre, es decir, destruir nuestra vida humana, pero eso no significa ser destruidos para siempre, porque no pueden destruir la persona que somos, que pertenece a Dios, porque “nuestra/vuestra vida está escondida con Cristo en Dios” (Col. 3:3). De ahí que tengamos “esperanza en Dios, la cual ellos también abrigan, de que ha de haber resurrección de los muertos, así de justos como de injustos” (Hch. 24:15). Por consiguiente, todos los que mueren, ya sea por causas naturales, accidentes, etc., o asesinados, Dios les resucitará cuando corresponda, los justos en el día de la venida gloriosa de Cristo, y los injustos, después del Milenio, para juicio y destrucción eterna o muerte segunda.

Pero nadie puede negar, que Dios es el único que tiene la prerrogativa de decidir destruirnos por la eternidad, si así lo considera justo; o como dijo Jesús: “E irán éstos [los injustos] al castigo eterno, y los justos a la vida eterna” (Mt. 25:46); es decir, una destrucción que tiene consecuencias eternas, perdición para los injustos, porque ellos “sufrirán pena de eterna perdición” (2 Ts. 1:9). Por eso, el texto en cuestión dice, que solo Dios es el que “puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno” (Mt. 10:28). La palabra original, que se ha traducido por “infierno”, en el griego, es “gehenna”, que es el lugar donde, en las afueras de Jerusalén, se quemaba la basura de forma permanente, y representa a la “segunda muerta” o destrucción de consecuencias eternas.

Veamos la nota que la Biblia de las Américas (LBLA) inserta, como comentario al vocablo infierno, que aparece también en Mateo 5:22.

Infierno de fuego. El término infierno (gr.guéenna) se refería a un valle fuera de Jerusalén (heb., gue-hinnom,i.e., valle de Hinom), donde algunos de los reyes de Judá adoraban ídolos. Esta adoración incluía sacrificios humanos por fuego (2 Cr 28:3; 33:6; Jer 7:31; 32:35). Más tarde el valle se usaba como lugar para quemar basura, y se convirtió en un símbolo del lugar de castigo eterno, debido a los fuegos que ardían allí constantemente.” (64)

Su fuego casi permanente fue la razón de que se convirtiera en una figura de la segunda muerte –el castigo eterno–, que es “el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda” (Ap. 21:8; cf. Ap. 20:14). Aunque el apóstol Juan identifica el lago de fuego con la segunda muerte, ambos son símbolos del castigo eterno, perdición eterna, o destrucción eterna. Porque realmente no importa el medio que Dios use para castigar a los malvados, sino que su destino es el de “eterna perdición” (2 Ts. 1:9). Comprobemos que en  Apocalipsis 20:9, Dios ejecuta a todos los injustos, que fueron resucitados en la segunda resurrección, al final del Milenio, haciendo descender fuego del cielo sobe ellos. Leamos el texto que lo prueba:

 Apocalipsis 20:9: Y subieron sobre la anchura de la tierra [los que fueron resucitados al fin del Milenio], y rodearon el campamento de los santos y la ciudad amada; y de Dios descendió fuego del cielo, y los consumió” (Ap. 20:9).

La esperanza de los creyentes de la Biblia nunca estuvo puesta en la inmortalidad del alma, sino en la resurrección y en adquirir la ciudadanía celestial – Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo, (Filipense 3:20)–. Es, solo entonces, cuando Él venga en gloria en su segunda venida (1ª Ts. 4:13-18), que todos los salvos serán acogidos en las moradas celestiales que Cristo fue a preparar (Jn 14:1-3) para ellos.

Para terminar esta objeción, es interesante la siguiente cita del libro El dualismo en la antropología de la cristiandad:

 “R. Schnackenburg (Christliche Existenz nach dem Neuen Testament, Munich, 1967, pp. 13 ss.) se apoya en el texto de Mateo 10, 28, donde se habla de alma-cuerpo que pueden ser arrojados al infierno. ¿Sería dualismo? Se distinguen, es verdad, pero no se separan. Se afirma por otra parte la resurrección pero no la inmortalidad. Si no puede matarse el alma es porque nos es vedado (Mateo 6, 25), pero no por ser inmortal.” (65)

Quinta. ¿Qué quiere decir: “ni permitirás que tu Santo vea corrupción” (Hch. 2:27; 13:35)?

Significa que tanto el Seol como el Hades son lugares donde se corrompen los cuerpos de los seres humanos. Es lo mismo que ocurre en las sepulturas o tumbas. Un cadáver, a los pocos días después de ser enterrado, empieza a descomponerse, hasta convertirse en polvo con los años. Dios no permitió que esto le ocurriera al cuerpo de Jesús porque fue resucitado al tercer día de su muerte –Jesús murió un viernes antes de la puesta del sol, y resucitó el domingo de madrugada (66)–: “Porque no dejarás mi alma en el Hades, ni permitirás que tu Santo vea corrupción.” (Hechos 2: 27). Recordemos que el alma designa la totalidad dels er humano.

El apóstol Pedro, que en el texto anterior (Hch. 2:27) ha citado el Salmo 16:10 del rey David, lo explica magistralmente en los versos siguientes (Hechos 2: 29-35)

Hechos 2:29-35: Varones hermanos, se os puede decir libremente del patriarca David, que murió y fue sepultado, y su sepulcro está con nosotros hasta el día de hoy.  (30)  Pero siendo profeta, y sabiendo que con juramento Dios le había jurado que de su descendencia, en cuanto a la carne, levantaría al Cristo para que se sentase en su trono, (31) viéndolo antes, habló de la resurrección de Cristo, que su alma no fue dejada en el Hades, ni su carne vio corrupción.  (32) A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. (33)  Así que, exaltado por la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís. (34)  Porque David no subió a los cielos; pero él mismo dice: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra, (35) Hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies.

San Pedro explica el significado del Salmo 16:10; y por eso, se refiere de nuevo al Rey David que, aunque murió y fue sepultado, “siendo profeta”, por la revelación que Dios le dio, profetizó sobre  “la resurrección de Cristo, que su alma no sería dejada en el Hades, ni su carne vería corrupción” (Hch. 2:31); es decir, David tuvo la revelación del Salmo (16:10), que anticipaba lo que ocurriría más tarde al Mesías. Y san Pedro termina ratificando que, aunque el rey David fue profeta, murió y fue sepultado como todo el mundo, “…David no subió a los cielos;” (Hechos 2:34). Como profeta tuvo el privilegio de conocer que Cristo Jesús nacería, según la carne, de su descendencia (verso 30) y le fue revelado que Jesús sería resucitado, por lo que “su alma no fue dejada en el Hades, ni su carne vio corrupción” (Verso 31). Esto significa, pues, que solamente la resurrección evitó la corrupción del cuerpo de Jesús, al volver [Dios, el Espiritu Santo] a dar vida a su alma que había dejado de existir por tres días inclusivos.

Con relación a los dos últimos versículos – “… pero él mismo [David] dice: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra, (35) Hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies.” (Hch. 2:34-35:)–, son también citas del Salmo 110:1. Y en este salmo, el rey David relata que oyó al Señor –Jehová, Dios Padre– decir al “Señor” de David –que es Jesucristo–, que después de Su resurrección, Él [Cristo: “mi Señor”] ascendería al Trono Celestial para sentarse a la diestra de Dios Padre,“Hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies”. Cuando esa profecía se cumpla se producirá la venida gloriosa de nuestro Señor para arrebatar a los suyos al Cielo con Él. El apóstol Pablo se refiere también a ese suceso futuro del fin del mundo, y de la victoria final sobre el pecado, la muerte y el diablo. Lo podemos ver en los siguientes textos, que no viene al caso comentar, pero que son bastante explícitos por sí mismos:

1 Corintios 15:23-28: Pero cada uno en su debido orden: Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo, en su venida. (24) Luego el fin, cuando entregue el reino al Dios y Padre, cuando haya suprimido todo dominio, toda autoridad y potencia. (25) Porque preciso es que él reine hasta que haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies. (26) Y el postrer enemigo que será destruido es la muerte. (27) Porque todas las cosas las sujetó debajo de sus pies. Y cuando dice que todas las cosas han sido sujetadas a él, claramente se exceptúa aquel que sujetó a él todas las cosas. (28) Pero luego que todas las cosas le estén sujetas, entonces también el Hijo mismo se sujetará al que le sujetó a él todas las cosas, para que Dios sea todo en todos.

Sexta. “Cristo en nosotros es la esperanza de gloria” (Col. 1:27). Si con la muerte perdemos la comunión con Cristo perdemos la esperanza en la resurrección.

Colosenses 1:27: a quienes Dios quiso dar a conocer las riquezas de la gloria de este misterio entre los gentiles; que es Cristo en vosotros, la esperanza de gloria.

¿Por qué el creyente perdería la comunión con Cristo cuando muere? Al contrario, cuando uno muere siendo creyente, se supone que está en comunión con Dios, y cuando sea despertado en la resurrección, para él no ha habrá habido ninguna interrupción. Es como acostarse por la noche en plena unión con Cristo, y despertarse al día siguiente ¿Se ha perdido la comunión con Cristo por un periodo de inconsciencia más o menos largo?

Ni la muerte puede romper los lazos de amor y comunión que nos unen a Cristo (Romanos 8:38-39).

Además, la Palabra de Dios nos garantiza que ni la muerte puede romper los lazos de amor y comunión que nos unen a Cristo (Romanos 8:38-39).

Romanos 8:38-39: Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, (39) ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.

¿Por qué temer que la muerte nos haga perder la comunión y el amor de Cristo? ¿Por qué no ejercemos más fe en la Palabra y el poder de Dios?

Cristo ha vencido al pecado, el diablo y la muerte. Pero eso no significa que no vamos a sufrir la muerte temporal, salvo que Jesucristo aparezca en gloria antes de que muramos. En cualquier caso, la unión con Él no se interrumpe, pues “si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con Él” (Ro.6:8).

Romanos 6:8-9: Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él;  (9) sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él.

No importa el tiempo que pase hasta Su venida, durante el sueño de la muerte no tenemos consciencia de nada, y cuando seamos despertados por Él, no habrá habido separación alguna para nosotros. 

"Pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos, o que muramos, del Señor somos. Porque Cristo para esto murió y resucitó, y volvió a vivir, para ser Señor así de los muertos como de los que viven"  (Romanos 14:8-9).

Séptima. El apóstol Pablo da a entender que cuando se deja el cuerpo se está en la presencia del Señor (2ª Corintios 5:8).

2 Corintios 5:8: pero confiamos, y más quisiéramos estar ausentes del cuerpo, y presentes al Señor.

Aquí, el apóstol Pablo expresa su deseo de estar pronto con el Señor, como nos gustaría a todos los creyentes. Pero cuando expresa su deseo –“más quisiéramos estar ausentes del cuerpo, y presentes al Señor” (2 Co. 5:8)–,  es muy posible que él estuviera recordando la experiencia que tuvo catorce años atrás (2 Co. 12:2), cuando “fue arrebatado al Paraíso, donde oyó palabras inefables que no le es dado al hombre expresar” (2 Co. 12:4). Fue muy impresionante, impactante, emocionante, maravilloso, y algunos adjetivos más que se nos ocurran, lo que experimentó el Apóstol en aquella ocasión; aunque ninguno de esos calificativos podrá expresar “las palabras inefables” que él oyó. Comprobémoslo:

2 Corintios 12:1-4: Ciertamente no me conviene gloriarme; pero vendré a las visiones y a las revelaciones del Señor. (2) Conozco a un hombre en Cristo, que hace catorce años (si en el cuerpo, no lo sé; si fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe) fue arrebatado hasta el tercer cielo. (3) Y conozco al tal hombre (si en el cuerpo, o fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe), (4) que fue arrebatado al paraíso, donde oyó palabras inefables que no le es dado al hombre expresar.

Sin embargo, resulta, al menos, chocante, que el Apóstol, cuando visitó el Paraíso, solo se refiere a que allí “oyó palabras inefables”. Podemos suponer que no solamente oyó, sino que también visionó imágenes del Paraíso, situado en el tercer Cielo, el lugar donde habita el bienaventurado y solo Soberano, Rey de reyes, y Señor de señores, (16) el único que tiene inmortalidad, que habita en luz inaccesible; a quien ninguno de los hombres ha visto ni puede ver, al cual sea la honra y el imperio sempiterno. Amén” (1 Ti. 6:15-16).

En cualquier caso, que este servidor sepa, san Pablo nada nos ha relatado de esas “palabras inefables”, y mucho menos nos ha descrito imágenes del Paraíso, en el supuesto que Dios se las mostrase. Al parecer, fue una revelación que Dios consideró necesaria dársela en especial para él, a fin de fortalecer su ánimo y su fe, puesto que iba a enfrentar duras pruebas en su vida de apóstol, como las siguientes que nos relata: “…en trabajos más abundante; en azotes sin número; en cárceles más; en peligros de muerte muchas veces. (24) De los judíos cinco veces he recibido cuarenta azotes menos uno. (25) Tres veces he sido azotado con varas; una vez apedreado; tres veces he padecido naufragio; una noche y un día he estado como náufrago en alta mar; (26)  en caminos muchas veces; en peligros de ríos, peligros de ladrones, peligros de los de mi nación, peligros de los gentiles, peligros en la ciudad, peligros en el desierto, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos; (27)  en trabajo y fatiga, en muchos desvelos, en hambre y sed, en muchos ayunos, en frío y en desnudez; (28)  y además de otras cosas, lo que sobre mí se agolpa cada día, la preocupación por todas las iglesias”  (2 Co. 11:23-33; cf. 2 Co. 12:10; 2 Co. 4:8-11; etc.).

En absoluto podríamos dudar de sus palabras, que “fue arrebatado hasta el tercer cielo”, donde él ubica el “Paraíso” (2 Co.12:3,4); pero eso es todo lo que sabemos, porque él mismo ignora cómo fue arrebatado, “si en el cuerpo, o fuera del cuerpo”. Aunque la Biblia dice que “nada hay imposible para Dios” (Lc. 1:37), sabemos que hay cosas que Él no puede hacer, por muchos motivos, por ejemplo, transgredir sus propias leyes naturales y morales, y tampoco, realizaría cosas obviamente absurdas e ilógicas, del estilo de, p.e, hacer que un circulo sea un cuadrado, etc.

Por eso, ¿cómo haría Dios algo que va contra toda lógica, –en su primera hipótesis de que hubiera sido arrebatado “sin el cuerpo”– como sería dejar el cuerpo de Pablo en la Tierra, y, llevarse de él, sus sentidos y su cerebro para que pudiera ver, o, al menos, oír, y comprender todo lo que le iba a revelar?

¿Por qué iba Dios a realizar ese absurdo, cuando Él tiene infinitos recursos lógicos para revelar y alentar al Apóstol, de múltiples maneras? ¿Acaso Dios no ha utilizado, a lo largo de la historia humana, a sus profetas del AT, y les ha proporcionado todas las visiones proféticas necesarias para llevar a cabo Su Plan de salvación de la humanidad?  Y, sin necesidad de remontarse tan atrás, comprobemos que el apóstol Juan “estaba en el Espíritu en el día del Señor” (Ap.1:10), cuando empezó a recibir “la Revelación de Jesucristo, que Dios le dio, para manifestar a sus siervos las cosas que deben suceder pronto” (Ap.1:1).

Además, hoy día, la ciencia sabe que estimulando determinadas zonas del cerebro, las personas pueden experimentar un sinfín de sensaciones, pensamientos, emociones, incluso visiones. Los científicos aseguran que ciertas personas, que han pasado por estados de coma, en situaciones cercanas a la muerte, han experimentado, como una sensación de desdoblamiento, de estar fuera del cuerpo, pero esto es algo que solo ha podido ser visto directamente en su cerebro, no mediante ningún sentido exterior. Como, p.e., la visión del famoso túnel con una deslumbrante luz al final del mismo, y una sensación de inmenso gozo, etc., se deben a que el propio cerebro ha producido, ya por sí mismo o por medicamentos aplicados al paciente, una estimulación de su cerebro, que le ha hecho experimentar la sensación de que estaba fuera del cuerpo, y aun viéndose así mismo en la mesa del quirófano.

¿Acaso, pues, no podía Dios, en su poder infinito, haber transmitido a san Pablo todas esas “palabras inefables” e incluso las imágenes del Paraíso, que considerara necesarias para fortalecer al Apóstol, con solo estimular ciertas partes de su cerebro, que no puede sino conocer Dios?  

Por otra parte, ya fuera de la revelación bíblica, en cierto libro (67), y en algún artículo o vídeos de Internet, que leí o vi, hace unos tres años, recuerdo ahora que fueron tres vídeos en Youtube (68), en los que en algunos de ellos – especialmente, en el citado libro–, se describían una especie de los llamados “viajes astrales”. En concreto, en uno de los vídeos mencionados, se presentaba una entrevista a James Durhan, el cual declaraba que podemos visitar el Cielo, mientras vivimos en esta Tierra. De hecho, él afirmaba que ha ido varias veces allí, que se ha presentado ante el trono de Jesús, y, una de las veces,  recibió de Él dos piedras, que al asirlas en sus manos se derritieron, y sintió un fuego sobre ellas.

Durhan, además, explicaba, que él podía impartir, imponiendo sus manos sobre otras personas, la facultad citada de visitar el cielo, entre otras; y, adicionalmente, proporcionar a las personas la capacidad de curar una gran cantidad de enfermedades. El tal Durhan pretende que todos podemos hacer lo que él hizo, pero, en mi opinión, eso no pertenece al Evangelio de la Gracia de Dios. Es más, puede ser algo diabólico, porque puede tratarse de “un viaje astral”, que suelen practicar muchos espiritistas y algunos que forman parte de la llamada “New Age”.

No tiene en absoluto nada que ver con lo que, en el Nuevo Testamento, nos relata el apóstol Pablo, que “fue arrebatado al paraíso, donde oyó palabras inefables que no le es dado al hombre expresar” (2 Co. 12:4). No obstante, lo que experimentó Pablo, de alguna manera es comparable con estos viajes astrales que, al parecer, realizaron Durhan y otros muchos. Además, el caso de san Pablo es único en toda la Biblia; es una gracia que le quiso conceder Dios debido a los muchos vituperios y sufrimientos que el Apóstol tendría que sobrellevar, y, para que pudiera soportarlo; es decir, para así fortalecerle y darle ese ánimo, que le permitiera afrontar todos los peligros a los que se enfrentó y salir victorioso.

Con respecto a estos viajes astrales, desde mi perspectiva bíblica, creo que son peligrosos, y que con toda probabilidad se trata de otra artimaña del diablo, quien “engaña al mundo entero” (Ap. 12:9; cf. 1 P. 5:8; 1 Jn. 5:19). Pues esto de ir al cielo, es decir, trasladarse virtualmente por el espacio sideral, a la manera astral, –y curar enfermedades– lo hacen, también, muchas personas que no son cristianas, o que siendo cristianas se han dejado atrapar por esos “mensajeros celestiales demoniacos”, que se hacen pasar por los ángeles de Dios (2 Co. 11:13-15), pero que son demonios, que nos llevaran a nuestra ruina moral y física.

A propósito, en uno de estos vídeos, el personaje llamado Sid –que realiza las entrevistas a los que han experimentado esos supuestos viajes astrales– cuenta, que antes de su conversión a Cristo, llegó a sufrir una situación en la que se sentía como esclavizado por los “guías espirituales de la New Age”, pero que logró escapar de esos ángeles caídos que le poseían, al convertirse al cristianismo. Por eso la Biblia nos advierte sobre el peligro de las “huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” (Efesios 6:12); porque ellas se presentan como “ángeles de luz” (2 Co. 11:13-15), tratando siempre de imitar a Dios y a sus ángeles, a fin de engañar a la gente, que no cree en la Sagrada Escritura, o bien no atiende  a sus consejos y advertencias.

2 Corintios 11:13-15: Porque éstos son falsos apóstoles, obreros fraudulentos, que se disfrazan como apóstoles de Cristo. (14) Y no es maravilla, porque el mismo Satanás se disfraza como ángel de luz. (15) Así que, no es extraño si también sus ministros se disfrazan como ministros de justicia; cuyo fin será conforme a sus obras.

Resumiendo, la experiencia del apóstol Pablo fue totalmente auténtica; él experimentó realmente que Dios le había trasladado al Paraíso, que está en el tercer Cielo –situado más allá del primer cielo –el atmosférico–, y fuera de los confines del segundo cielo, que es el espacio sideral, pues el tercer cielo es donde está el trono de Dios y del Cordero (Ap. 22:1,3; cf, Ap. 4:2,4; 7:9,17).

Sin embargo, basándonos en que Dios nunca puede realizar un absurdo, es razonable deducir, que san Pablo “no fue arrebatado fuera del cuerpo”, para ser trasladado al tercer cielo. Es más, me atrevo a afirmar que, tampoco Dios  trasladaría allí, aunque lo pudiera hacer, a un ser humano completo, formado de carne y sangre –es decir, sin haber sido previamente transformado en cuerpo espiritual–, porque eso, de alguna manera, también sería transgredir Sus propias leyes naturales que Él creó y, también, contradecir Su Palabra. Porque, cuando conocemos un poco a Dios, sabemos que Él no utiliza su infinito poder para realizar acciones milagrosas, si puede resolver lo mismo, simplemente actuando ordinariamente sobre la naturaleza que ha creado; es decir, si Dios podía mostrarle a san Pablo el Paraíso y que escuchara todo lo que oyó, no tenía necesidad de trasladarle al tercer Cielo, sino que podía revelarle en visión todo ello sin ningún problema. Es muy cierto lo de un conocido dicho popular, que nos aconseja “no matar moscas a cañonazos”. No sería, pues, propio que nuestro Dios actuara sobrenaturalmente cuando puede hacer lo mismo de forma ordinaria.

No obstante, me parece que con lo dicho hasta aquí no está totalmente respondida la pregunta que lleva implícita la cabecera de esta objeción:

¿El apóstol Pablo da a entender, realmente, que cuando se deja el cuerpo se va a la presencia del Señor (2ª Corintios 5:8)?

Para poder entender correctamente el versículo citado de 2 Corintios: 5:8, es necesario que lo estudiemos en su contexto, es decir, los ocho primeros versículos del capítulo 5.

Analizaremos, en primer lugar, 2ª Corintios 5:1-8, pero también, en segundo lugar, otro pasaje en Filipenses 1: 20-25, que también se ha malinterpretado debido a las ideas preconcebidas de la cristiandad sobre la inmortalidad del alma, que proceden, como hemos visto, de la cultura y filosofía griegas. Pero, recordando que las diversas interpretaciones que se hagan de estas frases del apóstol Pablo, deberían estar siempre en armonía con todo el resto de la Biblia, y especialmente, con los pasajes de otras epístolas escritas por el mismo apóstol, como son 1ª Corintios 15 y 1ª Tesalonicenses 4:13-18.

Tanto en 1ª Corintios 15: 51-57 como en 1ª Tesalonicenses 4: 13-18, Pablo nos revela el misterio de la resurrección, explicándonos que en dicho evento la muerte y el sepulcro serán vencidos, dejarán de existir, y nuestro cuerpo mortal corruptible sería revestido de inmortalidad: “los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados” (1ª Corintios 15:52). Y en 1ª Tesalonicenses 4:13-18, explica que la resurrección tendrá lugar cuando Jesús aparezca por segunda vez en gloria. En ese momento se traen a la vida los que durmieron en Cristo, con un cuerpo incorruptible, y junto con los que en ese momento viven, son transformados con un cuerpo espiritual semejante al que tuvo Cristo cuando resucitó, y son arrebatados y trasladados al encuentro con Jesús.

Por supuesto, los no creyentes que vivan cuando venga Jesús, no son transformados sino que mueren porque no pueden soportar el resplandor de su gloria, y los muertos impíos “...no volvieron a vivir hasta que se cumplieron mil años...” (Apocalipsis 20:5). Al final de esos mil años se produce la resurrección de todos los malvados de todas las épocas, y cuando intentan cercar el campamento de los santos y la ciudad amada son destruidos por fuego (Apocalipsis 20:7-10). Por eso dice el apóstol Juan en Apocalipsis 20:6, “Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección; la segunda muerte no tiene potestad sobre éstos, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo y reinaran con él mil años.”

Por tanto, a la luz de toda la Biblia, y especialmente de los textos citados antes vamos a estudiar lo que nos está diciendo san Pablo en 2ª Corintios 5:1-9:

2 Corintios 5:1-9: Porque sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo, se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos. (2) Y por esto también gemimos, deseando ser revestidos de aquella nuestra habitación celestial; (3)  pues así seremos hallados vestidos, y no desnudos. (4) Porque asimismo los que estamos en este tabernáculo gemimos con angustia; porque no quisiéramos ser desnudados, sino revestidos, para que lo mortal sea absorbido por la vida.  (5)  Mas el que nos hizo para esto mismo es Dios, quien nos ha dado las arras del Espíritu. (6) Así que vivimos confiados siempre, y sabiendo que entre tanto que estamos en el cuerpo, estamos ausentes del Señor  (7)  (porque por fe andamos, no por vista);  (8)  pero confiamos, y más quisiéramos estar ausentes del cuerpo, y presentes al Señor. (9) Por tanto procuramos también, o ausentes o presentes, serle agradables.

Verso 1: Porque sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo, se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos.

¿Qué representa la morada terrestre?

Una lectura poco profunda nos podría dar la impresión de que el apóstol está presentando la morada celestial, una casa eterna en los cielos hecha por Dios, en contraste con la morada terrestre frágil y efímera. Sin embargo, Pablo llama al cuerpo de los seres humanos “nuestra morada terrestre”, y lo compara con un tabernáculo, tienda o carpa. Nuestra morada en este cuerpo de carne y huesos, es provisional en tanto que vivimos en este mundo, en peregrinación a la tierra prometida, como también es precario habitar en una tienda de campaña como las que el propio Pablo fabricaba.

¿En qué radicaba la esperanza de Pablo? ¿Cuál era su consuelo?

Pablo tenía la absoluta convicción de que, si su morada terrestre se deshiciera, es decir, si moría, su vida sería restaurada, mediante la resurrección, con un cuerpo espiritual (1ª Corintios 15:35-55). Este cuerpo ya no tendría la precariedad de una tienda como el cuerpo de la morada terrestre, sino que poseería la solidez y la eternidad de un edificio, de una casa no hecha de manos humanas sino por Dios mismo. En todo momento de su vida Pablo espera en la resurrección, en la segunda venida de Cristo, como la solución al problema de la muerte (Véase 2ª Timoteo 4:6,7; 2ª Corintios 1:9; 1ª Tesalonicenses 4: 13-18; Efesios 3: 20).

Verso 2:Y por esto también gemimos, deseando ser revestidos de aquella nuestra habitación celestial;”

 ¿Cuál es el gran deseo de Pablo?

“Deseando ser revestidos de aquella nuestra habitación celestial”, ¿acaso está Pablo diciendo que quiere ser liberado del cuerpo terrestre, lo que implicaría haber muerto previamente, y ser trasladado en espíritu al cielo?  Evidentemente, de ninguna manera, nadie, ni siquiera los que piensan que el espíritu tiene vida consciente al morir, puede hacer decir eso al versículo 2. Lo que él está afirmando es su inmenso deseo de que el cuerpo terrestre, lo mortal, se revista de inmortalidad (1ª Corintios 15:53), es decir, sea revestido de la “habitación celestial”, la morada eterna e inmortal.

Verso 3: “pues así seremos hallados vestidos, y no desnudos”.

¿Cuándo preferiría Pablo ser revestido de inmortalidad, después de muerto o mientras estuviese viviendo en la morada terrestre?

Sin duda, Pablo y creo que todos preferiríamos “ser hallados vestidos y no desnudos” cuando ese evento ocurra. “Vestidos”, pues, representa viviendo en el cuerpo mortal, y “desnudos” significa cuando el cuerpo terrestre se deshiciere. Él está expresando su deseo de que se produzca esa maravillosa transformación de su cuerpo mientras vive, como así lo confirman sus palabras en 1ª Tesalonicenses 4:17: “Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos [los muertos resucitados] en las nubes para recibir al Señor en el aire...”.

Verso 4: “Porque asimismo los que estamos en este tabernáculo gemimos con angustia; porque no quisiéramos ser desnudados, sino revestidos, para que lo mortal sea absorbido por la vida.”

¿Quiénes son los que están en este tabernáculo? Son todos aquellos que están viviendo y gimen porque la morada terrestre, el cuerpo mortal se desgasta, sufre, y tiene que deshacerse cuando uno muere, si Cristo no llega antes. Pero Pablo sigue insistiendo y expresando su gran anhelo de no “ser desnudado”, es decir, no quisiera gustar la muerte, sino que su cuerpo mortal fuera revestido por la vida. Se trata de la misma esperanza que presenta en 1ª Corintios 15:51, 53: “He aquí, os digo un misterio: no todos dormiremos; pero todos seremos transformados, 53 Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad.”

Verso 5: “Mas el que nos hizo para esto mismo es Dios, quien nos ha dado las arras del Espíritu.

Dios nos ha hecho para que tengamos vida eterna en Cristo Jesús. Las arras, es decir, la prenda, el pago anticipado, la garantía de que obtendremos esa vida, es el Espíritu Santo que se nos ha dado al aceptar el sacrificio expiatorio de Jesús por nuestros pecados. Las arras, son pues, el anticipo de la herencia eterna que tenemos asegurada al haber sido adoptados hijos de Dios: “En él [Cristo] también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para la alabanza de su gloria.” (Efesios 1:13, 14; véase además: Colosenses 1:12,13; Romanos 8:14-17).

Verso 6, 7: “Así que vivimos confiados siempre, y sabiendo que entre tanto que estamos en el cuerpo, estamos ausentes del Señor 7 (porque por fe andamos, no por vista);”

“Entre tanto que estamos en el cuerpo” significa estar vivo, pues cuando uno muere, deja de existir no solo su cuerpo sino la totalidad del ser humano. En la mentalidad hebrea, cuerpo es sinónimo de la totalidad del ser, no una parte como en la cultura griega. Pero la confianza de Pablo en las promesas del Señor es total. Él había visto y escuchado a Jesús en el camino a Damasco, y recibido los dones del Espíritu Santo de una forma especial, como correspondía a un apóstol de Jesús. Aunque Pablo, fue muy privilegiado con respecto a los creyentes de “a pie”, mientras estuviese en “el cuerpo” es decir, en este mundo, al igual que nosotros, tenía que caminar por fe no por vista, puesto que tampoco podía ver al Señor desde su morada terrestre.

Verso 8: “Pero confiamos, y más quisiéramos estar ausentes del cuerpo, y presentes al Señor.”

Nuevamente, Pablo expresa, además de su absoluta confianza en las promesas de Jesús, su reiterado deseo de estar con Cristo, sin conocer la muerte. Por eso dice “quisiéramos estar ausentes del cuerpo, y presentes al Señor”. Es la expresión del anhelo de todo cristiano, estar con Cristo, lo que no es compatible con el cuerpo corruptible de la morada terrestre. Ausente del cuerpo pero no “desnudado” sino “revestido de la habitación celeste”. Pablo está diciendo que preferiría ya no estar en el cuerpo, es decir, en este mundo, teniendo que sufrir en su propia carne tantas tribulaciones, diversas pruebas, aflicciones y enfermedades, etc., por Cristo. Querría estar ya con Él, pero sin pasar por la muerte.

¿Está deseando Pablo morirse, por tanto, ser desnudado, o sea desprendido del cuerpo terrestre, para ir en espíritu a la presencia del Señor?

La respuesta afirmativa a esta pregunta, no tiene base bíblica alguna, incluso contradice los propios deseos de Pablo afirmados en el verso 4: “...Porque no quisiéramos ser desnudados, sino revestidos, para que lo mortal sea absorbido por la vida”. Lo que él quiere, no es morirse e ir en espíritu a estar con el Señor, cosa que aunque lo desee sabe que no es posible, si no fuese antes revestido, y transformado, su cuerpo mortal en otro inmortal y espiritual. Si al morir, el espíritu, de forma consciente, fuera inmediatamente a gozar de la presencia del Señor, no se necesitaría antes ser revestido con un cuerpo inmortal, como afirma el mismo Pablo en 1ª Corintios 15, y 1ª Tesalonicenses 4:13-17.

¿Cómo se deben interpretar las palabras de Pablo “…teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor” (Fil. 1:23), a la luz de toda la Biblia?

Analicemos ahora el siguiente pasaje en que Pablo manifiesta de nuevo su deseo de estar con Cristo.

Filipenses 1:21-26: Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia.  (22)  Mas si el vivir en la carne resulta para mí en beneficio de la obra, no sé entonces qué escoger.  (23)  Porque de ambas cosas estoy puesto en estrecho, teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor;  (24)  pero quedar en la carne es más necesario por causa de vosotros.  (25)  Y confiado en esto, sé que quedaré, que aún permaneceré con todos vosotros, para vuestro provecho y gozo de la fe,  (26)  para que abunde vuestra gloria de mí en Cristo Jesús por mi presencia otra vez entre vosotros.

Verso 21,22: “Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia. (22) Mas si el vivir en la carne resulta para mí en beneficio de la obra, no sé entonces qué escoger.” 

Esta declaración demuestra que Pablo estaba entregado totalmente a la obra de Cristo. Estaba dispuesto a todo, a sufrir las mayores penalidades y a morir si fuese preciso si ello redundaba en una mayor extensión de la predicación del evangelio, y muchas más almas llevadas a Cristo. Él mismo lo expresa al final del versículo 20: “....Ahora también será magnificado Cristo en mi cuerpo, o por vida o por muerte”.

Por un lado, era consciente de cuán necesaria e importante era su misión (Ver v.25). Pablo había demostrado sobradamente que no se arredraba ante las penalidades, constantes persecuciones, peligros y azotes (Hechos 16:22, 23, 37; 2  Corintios 11:24-28, etc.).

Por otra parte, morir también representaba liberarse de todas esas pruebas, sufrimientos, dolores, que el experimentó por Cristo. Por tanto, si dependiera de él, elegir su destino, no sabría escoger lo que resultaría mejor para la gloria de su Señor. Puesto que su esperanza estaba puesta en Cristo, en la resurrección prometida para los creyentes, no temía la muerte.

Verso 23,24: “Porque de ambas cosas estoy puesto en estrecho, teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor; 24 pero quedar en la carne es más necesario por causa de vosotros.”

Como ya hemos visto Pablo se acomodaba a todo y a todos para ganar almas para Cristo. Creo que cualquier cristiano fiel y ferviente se identificaría con estas palabras de Pablo, teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor, y las haría suyas. En mi opinión, no pienso que Pablo deseara morirse, aunque, muchas veces, no le faltaron motivos para ello (ver versos anteriores). No obstante, su fervor, fe, entusiasmo y amor a Cristo hacía que no le importara entregar su vida si con ello glorificaba a su Maestro.

Sin duda, “estar con Cristo... es muchísimo mejor", significa, pues, el descanso completo de todos sus dolores, fatigas, sufrimientos, etc.

Otra explicación plausible sería que, Pablo, al expresar su deseo de partir y estar con Cristo, pensaría que le gustaría ser arrebatado como fue Elías, transformado en un abrir y cerrar de ojos, y convertido esto mortal en inmortal e incorruptible (1ª Corintios 15:51-56). Porque él sabía perfectamente “que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción” (1ª Corintios 15:50). Su deseo ferviente no lo convierte en una posibilidad real, si Dios quisiera podría ser traspuesto,  así como lo fue también Enoc: Por la fe Enoc fue traspuesto para no ver muerte, y no fue hallado, porque lo traspuso Dios; y antes que fuese traspuesto, tuvo testimonio de haber agradado a Dios" (Hebreos 11:5).

Probablemente sea éste el significado de la declaración de Pablo del versículo de Filipenses 1:23:“…teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor”. No obstante, su esperanza, a lo largo de todas sus epístolas, está puesta en el día de la resurrección, cuando venga Jesús por segunda vez en gloria con sus santos ángeles, como indican todos los textos estudiados, que más abajo volveré a citar.

Los textos de 2ª Corintios 5:8 y Filipenses 1:23, tomados aisladamente y leídos superficialmente nos pueden dar la impresión de que Pablo piensa que el cristiano al morir se reúne inmediatamente con Cristo. Esta interpretación estaría en total contradicción, con el contexto, las mismas epístolas de San Pablo y el resto de la Biblia. En cualquier caso, el apóstol no está hablando del alma ni del espíritu, y en ningún momento dice que su alma desencarnada va al cielo nada más morir, sino que expresa su ferviente deseo de reunirse con Cristo, lo que sólo se puede producir como él mismo ha explicado, revestido con un cuerpo incorruptible e inmortal, en la segunda venida de Nuestro Señor; lo que representa sólo un instante, desde que uno cae en el profundo sueño de la muerte hasta el momento de ser despertado.

Se trata, pues, de creer y aceptar lo que es más evidente en la Biblia, lo que reúne muchas pruebas. La verdad es una sola. No puede ser al mismo tiempo, una cosa y la contraria. Por otro lado, la creencia en que los espíritus o las almas de los muertos tienen vida eterna consciente, ha llevado a otros errores mucho más perniciosos como el que se produce en los fenómenos espiritistas donde la gente cree sinceramente que se está comunicando con los espíritus de sus familiares o conocidos fallecidos, cuando en realidad se trata de los espíritus malignos o demonios.

También es muy lamentable que debido a esta doctrina, la cristiandad en general crea que, el Dios de amor, en el que confiesan creer, tiene en sí mismo tal carácter que es capaz de condenar a los no salvos con un infierno eterno de torturas y tormentos.

Sin embargo, la cuestión que aquí se plantea es la siguiente:

¿Creía Pablo que al morir iba inmediatamente a la presencia de Cristo?

Si la muerte es un estado inconsciente, –el lapso de tiempo, variable de unos a otros en cuanto a tiempo real, que transcurre desde el momento en que se muere hasta el instante en que los muertos son despertados por la voz de Cristo en la resurrección (Daniel 12:2; Juan 5:28-29; 1ª Corintios 15; 1ª Tesalonicenses 4: 13-18, etc.)–, entonces, el tiempo no cuenta, puesto que en ese estado no se siente nada. El momento de morir y el de estar o encontrarse con Cristo, se experimenta como ir inmediatamente a su presencia.

¿Cuándo esperaba Pablo recibir la “corona de justicia” nada más morir o “en aquel día”, cuando el Señor venga?

2ª Corintios 1: 8-10: Porque hermanos, no queremos que ignoréis acerca de nuestra tribulación que nos sobrevino en Asia; pues fuimos abrumados sobremanera más allá de nuestras fuerzas, de tal modo que aun perdimos la esperanza de conservar la vida. 9 Pero tuvimos en nosotros mismos sentencia de muerte, para que no confiásemos en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos; 10 el cual nos libró, y nos libra, y en quien esperamos que aún nos librará, de tan gran muerte.

Filipenses 3:10,11: a fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte, 11 si en alguna manera llegase a la resurrección de entre los muertos.

2ª Timoteo 4:7, 8: He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida.

Por tanto, en “aquel día”, a que se refiere Pablo, el día último, de la venida gloriosa de nuestro Señor, cuando  ocurra la resurrección de los muertos, “en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados” (1 Co. 15:52). Igualmente, fijémonos que son “los muertos”, los que son resucitados incorruptibles, no sus cuerpos, porque no existe una parte separada del cuerpo que haya podido sobrevivir. Y por eso, Dios recrea la totalidad del ser humano, pero al transformarle en incorruptible le transmite o le infunde todos sus rasgos característicos de su identidad, psiquismo, espiritualidad y personalidad, adquiridos durante la vida terrena, cuyo depósito tiene Dios (2 Ti. 1:12). Y aunque Él, en ese día del final del mundo, todos los salvos serán transformados en seres espirituales perfectos, cada uno podrá reconocerse entre sí, los que en su vida terrestre se hubieran conocido.

2ª Timoteo 1:12: Por lo cual asimismo padezco esto; pero no me avergüenzo, porque yo sé a quien he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día.

¿A qué depósito se está refiriendo Pablo? Sin duda tiene que ser algo importante, pues sólo Dios es poderoso para guárdeselo. Posiblemente, se está refiriendo a su vida e identidad como persona, su carácter y personalidad que le identifican, que él ha construido durante toda su vida mientras estaba en el cuerpo, y cuyas obras están escritas en el libro de la vida del Cordero (Apocalipsis 21:27).

Hasta aquí la respuesta a esta objeción. Pasamos a la siguiente:

Octava. “Dios no es Dios de muertos, para Él todos viven” (Lucas 20:38).

Respecto a este texto, sería bueno ver un poco de contexto como el que sigue:

Lucas 20:36-38: Porque no pueden ya más morir, pues son iguales a los ángeles, y son hijos de Dios, al ser hijos de la resurrección. (37)  Pero en cuanto a que los muertos han de resucitar, aun Moisés lo enseñó en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor, Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob. (38)  Porque Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para él todos viven.

“No pueden ya más morir […] al ser hijos de la resurrección” (Lucas 20:36), luego antes de la resurrección no tenían la inmortalidad, y, por tanto, ningún tipo de vida consciente. “Dios no es Dios de muertos […] pues para Él todos viven”, significa que, aunque realmente estén muertos, algún día resucitarán, se les dará la vida de nuevo, por el poder del Dador de la vida, que es Cristo (Hechos 3:15). El versículo 37 es clave porque claramente indica que el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, personas evidentemente muertas, no es Dios de muertos, no por la  razón de que estuvieran sus espíritus vivos, sino porque los “muertos han de resucitar”; y la explicación de Cristo es irrefutable.

Además, naturalmente que para Dios todos viven, porque antes de que existiera vida en este mundo, el planeta Tierra, ya vivían en la mente de Dios todos los que habían de ser salvos y todos los hijos de perdición (Efesios 1:3-13; Romanos 8:28-39; 2ª Timoteo 1:9; 1ª Pedro 2:8; 2ª Pedro 2:9; Judas 4; etc.).

2ª Timoteo 1:9: quien nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos,

Por tanto, no se puede aportar el texto de Lucas 20:38 –“Dios no es Dios de muertos, para Él todos viven”– como prueba de la inmortalidad del alma; porque la Palabra de Dios no prueba en absoluto, con ese texto, la existencia de la vida fuera del cuerpo; por el contrario, apoya más la idea de la mortalidad del alma, y de que solo hay vida después de la resurrección.

A modo de conclusión de esta tercera parte

Para terminar, cito de nuevo del libro “el Dualismo en la antropología de la cristiandad”.

“[…] Jesús nunca dijo: "yo soy la inmortalidad" –como lo expresaba la antropología helénica– sino que exclamó: "Yo soy la resurrección y la vida" (Jn. 11:25), en consonancia con la antropología hebrea. Es decir, no se piensa en la inmortalidad del "alma" (alma que no tiene sentido para el pensamiento cristiano primitivo) sino en la resurrección del hombre. De la inmortalidad, o mejor de la supervivencia de algo del hombre después de la muerte, se dice poco y nada. La doctrina posterior de la inmortalidad del alma en el pensamiento cristiano, ciertamente, y sin por ello calificar el hecho, será de influencia helenística, particularmente platónica, donde el alma es considerada como una substancia inmortal y autónoma. En el Nuevo Testamento no hay nada de esto. Tomemos dos ejemplos opuestos. En el relato de la muerte de Lázaro (Jn. 11:1-44) tanto sus familiares como los discípulos y el mismo Jesucristo dan a Lázaro por muerto, y no se habla de ningún tipo de supervivencia, aunque no se la niega –lo que nos indica, al menos, su poca importancia–. Por el contrario, un Sócrates había exclamado: "Si vamos a la morada del Hades [...] ¡Cuánto no daría cualquiera de vosotros por estar en compañía de Orfeo, Museo, Hesíodo y Homero! Yo, por mi parte, morir quiero mil veces" (Apología de Sócrates, 41 b)”. (69)

“El griego enfrenta la muerte serenamente, ya que cree conocer la doctrina de la inmortalidad y liberación de su alma. En cambio, el hebreo o el cristiano primitivo ve a la muerte como fruto del pecado, como una muerte real, como un hecho que hace gemir, llorar, espantarse. Lloraba y se entristecía María, y el mismo Jesús lloraba ante su amigo Lázaro (Jn. 11:35,38). Nada se habla de su inmortalidad, sólo se recuerda que su cadáver "huele ya, porque es el cuarto día" (Jn. 11:39).

Aún más clara es la doctrina de la muerte en la actitud de Jesús ante la misma muerte. Se dice que "comenzó a sentir tristeza y angustia" (Mt. 26:37); exclamó ante el terror de la muerte: "si es posible, pase de mí este cáliz" (Mt. 26:37), y al fin: "¿Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado?" (Mt. 27:46; cf. Sal. 22; Is. 52:13-53:1-17). La muerte no es tomada como un simple pasaje de un mundo de aquí abajo, donde el alma estaba penando en un cuerpo, hacia un mundo de arriba, donde liberada el alma contemplaría lo divino en inefable felicidad. Todo lo contrario. La muerte es muerte. Si no hay resurrección todo no tiene sentido. Jesucristo vence con su muerte a la muerte, pero la experimenta en su radical anonadamiento. La esperanza de la resurrección no quita a la muerte su sentido profundo y dramático. Estamos ante una antropología radicalmente distinta a la indoeuropea o griega.

Para el Nuevo Testamento la resurrección de Jesucristo significa la instauración de una nueva situación histórica en la humanidad. Gracias a Él los hombres participan ahora de una "filiación adoptiva" de Dios (Ef. 1:5), y una Nueva Alianza sin fronteras (superando así el estrecho particularismo del nacionalismo judío) se propone a todos los hombres: "Pues la gracia de Dios (járis toû Theoû), fuente de salvación para todos los hombres (pâsin anthrópois) , se ha manifestado" (Tito 2:11). (70)

"Este universalismo no se limita a los sabios, a los ascetas, a los aristócratas o filósofos, a sólo el alma por la liberación del cuerpo, sino a todos los hombres, por muy miserable que sea su condición. Se trata de toda una antropología ya dada, integralmente, cuyas implicaciones los cristianos estaban todavía muy lejos de imaginar, pero que revolucionarán el ámbito entero de la historia universal.” (71)

 

 

Quedo a su disposición para lo que pueda servirle.

Afectuosamente en Cristo

 

Carlos Aracil Orts
www.amistadencristo.com

 

Si deseas hacer algún comentario a este estudio, puedes dirigirlo a la siguiente dirección de correo electrónico: carlosortsgmail.com

 

 

Índice

 

¿Cuál es la naturaleza del ser humano?

2. El ser humano en la antropología bíblica

3. ¿Es el ser humano un compuesto de espíritu-alma-cuerpo?

4. Significado del vocablo "carne" en la Biblia

5. Cómo vivir cristianamente

6. ¿Cuál es la diferencia entre alma y espíritu?

7. ¿Qué es el alma humana?

8. ¿Qué es el espíritu humano?

9. Solo hay vida eterna en Cristo

10. Conclusión

 

 

 

 

 


Referencias bibliográficas

*Las referencias bíblicas están tomadas de la versión Reina Valera de 1960 de la Biblia, salvo cuando se indique expresamente otra versión. Las negrillas y los subrayados realizados al texto bíblico son nuestros.

Abreviaturas frecuentemente empleadas:

AT = Antiguo Testamento

NT = Nuevo Testamento

AP = Antiguo Pacto

NP = Nuevo Pacto

Las abreviaturas de los libros de la Biblia corresponden con las empleadas en la versión de la Biblia de Reina-Valera, 1960 (RV, 1960)

pp, pc, pú referidas a un versículo bíblico representan "parte primera, central o última del mismo ".

Abreviaturas empleadas para diversas traducciones de la Biblia:

NBJ: Nueva Biblia de Jerusalén, 1998.

BTX: Biblia Textual

Jünemann: Sagrada Biblia-Versión de la LXX al español por Guillermo Jüneman

N-C: Sagrada Biblia- Nacar  Colunga-1994

JER 2001: *Biblia de Jerusalén, 3ª Edición 2001

BLA95, BL95: Biblia Latinoamericana, 1995

BNP: La Biblia de Nuestro Pueblo

NVI 1999: Nueva Versión Internacional 1999

Bibliografía citada

(63) Souchon, Michel (padre jesuita). ¿En qué se convierten el alma y el espíritu después de la muerte? <https://es.la-croix.com/glosario/en-que-se-convierten-el-alma-y-el-espiritu-despues-de-la-muerte>

(64) La Biblia de las Américas (LBLA), nota o comentario al vocablo “infierno” de Mateo 5:22.

(65) Dussel, Enrique, El dualismo en la Antropología de la cristiandad, Editorial Guadalupe, Buenos Aires, 1974, p. 51.
http://bibliotecavirtual.clacso.org.ar/clacso/otros/20120130111139/ANTROPOLOGIA.pdf

(66) Aracil, Orts, Carlos. Artículos relacionados con el día de la muerte de Jesucristo en https://amistadencristo.com

¿Qué día murió Jesucristo?
¿Hubo dos celebraciones de Pascua en el año de la muerte de Jesús?
Nacimiento-muerte de Jesús y la profecía de las setenta semanas de Daniel

(67) Aracil, Orts, Carlos, La verdad sobre el libro "Las leyes espirituales" de Vicent Guillem  <https://amistadencristo.com/respuestas/ la_verdad_sobre_las_leyes_espirituales.php>

(68) Vídeos vistos en Internet, experiencias fuera del cuerpo, en las siguientes URL de Youtbe consultadas en 01/2017:
https://www.youtube.com/watch?v=kjvepgZeuqg
https://www.youtube.com/watch?v=mR5C5vfspEM
https://www.youtube.com/watch?v=cYi2ugsQ3cs

(69) Dussel, Enrique, El dualismo en la Antropología de la cristiandad, Editorial Guadalupe, Buenos Aires, 1974, p. 47.
http://bibliotecavirtual.clacso.org.ar/clacso/otros/20120130111139/ANTROPOLOGIA.pdf

(70) Ibíd. P. 52

(71) Ibíd. P. 52-53

(**) Aracil, Orts, Carlos, <https://amistadencristo.com>. La tercera parte de este estudio –Solo hay vida eterna en Cristo–, contiene algunos párrafos extraídos de algunos de los siguientes artículos relacionados con el tema en cuestión:

Estudio 1. Sobre el estado de los muertos
1. Objeciones sobre el estado inconsciente de los muertos
2. Objeciones sobre el estado inconsciente de los muertos: El Rico y Lázaro.
3. Objeciones sobre el estado inconsciente de los muertos: el rey Saúl y la pitonisa de Endor
Cuando Jesucristo murió, ¿fue su espíritu al Hades a predicar a los espíritus encarcelados de los días de Noé?
¿Fue Jesús al paraíso el mismo día que murió en la cruz o fue al Hades?
¿Existe vida humana consciente fuera del cuerpo después de la muerte
¿Qué es el Infierno, el Seol o Hades y la segunda Muerte?
¿Los que mueren pasan a mejor vida?
¿Fue el espíritu de Jesús al Paraíso el día que murió en la cruz?
¿Quiénes son los “espíritus encarcelados”?
¿Es una parábola el relato de Jesús sobre el Rico y Lázaro?
¿Jesús mintió al buen ladrón en la cruz?
¿Es el alma humana inmortal?
Las tres dimensiones del ser humano: espíritu, alma y cuerpo
La verdad sobre las apariciones marianas y de espíritus de difuntos
¿Apoya la Biblia que hay vida consciente después de la muerte?
¿Viven los espíritus de los muertos en el Seol?
¿Existe un lugar en el fondo de la tierra de tormentos?
¿Están siendo torturados los malvados en el Hades?
¿Están los fieles muertos viviendo en el cielo?
¿Bajó Jesús al Hades cuando murió?
¿Dónde está el infierno?
¿Por qué se abrieron los sepulcros cuando Jesús murió?

¿Reinarán Cristo y sus santos un Milenio en la Tierra restaurada?

 

 

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