Amistad en Cristo - Carlos Aracil Orts

Preguntas y Respuestas

Sobre la salvación (Soteriología)

 

¿Cuál es el destino de los cristianos?

Versión 01-06-2011

 

Carlos Aracil Orts

1.  Introducción*

Hola Enzo, te agradezco que me preguntes “¿Cuál es el destino de los cristianos?” pues es una cuestión muy importante que nos afecta a todos, y da pie para hablar un buen rato. No obstante voy a ver si soy capaz de responderte adecuadamente con no muchas palabras.

Primero de todo es conveniente aclarar que el cristiano no cree en la existencia de un destino individual o colectivo al que son arrastradas las personas por Dios o por fuerzas desconocidas de forma irremisible con independencia de las decisiones que cada uno tome a lo largo de su vida. Ese destino no está escrito en ninguna parte, y no se alcanza en contra de la voluntad de uno, sino que, por el contrario, se forja cada día con las acciones de la voluntad santificada por la gracia de Dios.

Veamos, en segundo lugar, las diversas acepciones que tiene el vocablo destino según el Diccionario de la Real Academia Española (RAE):

1. m. hado (fuerza desconocida que obra irresistiblemente sobre los dioses, los hombres y los sucesos.).
2. m. Encadenamiento de los sucesos considerado como necesario y fatal.
3. m. Circunstancia de serle favorable o adversa esta supuesta manera de ocurrir los sucesos a alguien o a algo.
4. m. Consignación, señalamiento o aplicación de una cosa o de un lugar para determinado fin.
5. m. empleo (ocupación).
6. m. Lugar o establecimiento en que alguien ejerce su empleo.
7. m. Meta, punto de llegada.

Desde nuestro punto de vista cristiano, y como ya hemos dicho, no creemos que exista un destino como hado o encadenamiento de los sucesos considerado como necesario y fatal, lo que corresponde a las acepciones uno y dos del RAE. Estas son reminiscencias antiguas de origen pagano.

A continuación, en el cuerpo de este estudio, veremos el enfoque cristiano del término  destino como meta o punto de llegada, el destino de la humanidad, el destino de los malvados, y por fin el destino de los cristianos.

2. Enfoque cristiano del término destino

Ante todo debemos saber qué sentido le estamos dando a la palabra “destino”, pues mucha gente se refiere a este término como el punto final del camino de la vida al cual se llega forzosamente con independencia de nuestra voluntad y de nuestras acciones, al que no podemos evitar llegar de ninguna de las maneras porque está escrito y predeterminado por Dios o por fuerzas poderosas que actúan en el mundo. Ese concepto no se corresponde con el enfoque cristiano que considera que los seres humanos, aunque condicionados por su naturaleza pecaminosa, son responsables de sus actos, de los cuales tendrán que rendir cuentas en el juicio final ante el Supremo gobernante del Universo, Dios. (Romanos 2:2;16 3:19; 5:16; 2ª Corintios 5:10;  Hebreos 9:27)

A este respecto, si que es cierto que la humanidad tiene un claro, evidente destino ratificado en toda su historia del que no podemos escapar, aunque a veces seamos capaces de demorarlo. Este es la muerte. Nadie ha escapado a ella ni escapará. No obstante, la Sagrada Escritura nos habla de dos personas, Enoc y Elías, que no gustaron la muerte (Hebreos 11:5; 2ª Reyes 2:11), y que los creyentes que vivan en la época de la segunda venida de Cristo en gloria, tampoco experimentarán la muerte porque en ese momento (los que vivamos) “seremos arrebatados juntamente con ellos (los que fueron resucitados para vida eterna) en las nubes para recibir al Señor en el aire…” (Véase 1ª Tesalonicenses 4:13-18).

Por lo tanto, existe un destino común a toda la humanidad que es la muerte primera de la que nadie escapa excepto las personas citadas anteriormente. Este destino no es ciego ni fatalista sino natural, y obedece a unas causas que la Palabra de Dios nos descubre: “como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.” (Romanos 5:12; 1ª Corintios 15:21-22). Esta muerte, aunque cierta, no es definitiva, pues queda la promesa de Dios de la resurrección de los muertos (1ª Corintios 15:20-24, 51-57) y de la vida eterna (Juan 6:40,47). Son, pues, las acciones malvadas de los hombres las que les ocasionan la muerte y no fuerzas desconocidas. Sin embargo, Dios no ha dejado abandonado y a su suerte al hombre, al destino que el mismo se ocasionó y del que es único responsable, sino que tomó nuestra naturaleza humana y con su muerte destruyó el imperio de la muerte (Hebreos 2:14-18), “Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre [Cristo] la resurrección de los muertos (1ª Corintios 15:21).

Hebreos 10:35-39 (Véase además Hebreos 6:17-20): No perdáis, pues, vuestra confianza, que tiene grande galardón; 36 porque os es necesaria la paciencia, para que habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengáis la promesa. 37 Porque aún un poquito, Y el que ha de venir vendrá, y no tardará. 38 Mas el justo vivirá por fe; Y si retrocediere, no agradará a mi alma. 39 Pero nosotros no somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para preservación del alma.

3. El destino de los malvados

Dios, en su infinita sabiduría y presciencia, ha establecido, que los seres humanos escojan a lo largo de esta vida a quien quieren obedecer o servir, si al pecado para muerte o al Evangelio para justicia y vida eterna (Romanos 6:16-23). Luego, aparte del destino común, existen otros dos destinos totalmente opuestos e incompatibles entre sí: la muerte segunda que es eterna en sus consecuencias, para los malvados (Apocalipsis 2:11; 20:14; 21:8), y la vida eterna para los santificados en Cristo Jesús. La elección de seguir por el camino del pecado, satisfaciendo los deseos de la carne (nuestra naturaleza no convertida al Señor) lleva indefectiblemente al primer destino citado. Por el contrario, la obediencia al Evangelio mediante la fe en Cristo, conduce a la vida eterna y al paraíso que Dios tiene reservado para los que le aman (Romanos 2:5-11).

Romanos 2: 5-11: “Pero por tu dureza y por tu corazón no arrepentido, atesoras para ti mismo ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios, 6 el cual pagará a cada uno conforme a sus obras: 7 vida eterna a los que, perseverando en bien hacer, buscan gloria y honra e inmortalidad, 8 pero ira y enojo a los que son contenciosos y no obedecen a la verdad, sino que obedecen a la injusticia; 9 tribulación y angustia sobre todo ser humano que hace lo malo, el judío primeramente y también el griego, 10 pero gloria y honra y paz a todo el que hace lo bueno, al judío primeramente y también al griego; 11 porque no hay acepción de personas para con Dios.”
Apocalipsis 2:11: “El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. El que venciere, no sufrirá daño de la segunda muerte.
Apocalipsis 20:14: “Y la muerte y el Hades fueron lanzados al lago de fuego. Esta es la muerte segunda. 15 Y el que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego.
Apocalipsis 21:8: “Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda.

4. El destino de los cristianos

El cristiano no cree en la existencia de fuerzas desconocidas que irremisiblemente le atraigan a un cierto, ciego y fatal destino al que necesariamente será arrastrado o conducido con independencia, o en contra, de su voluntad. Por el contrario, en su proceso de conversión llega a ser consciente que ha sido su propia voluntad carnal (inconversa) la que le aleja o separa de Dios por hacer las obras carnales (Gálatas 5:19-21) que se oponen a las del Espíritu (Gálatas 5:22-25).

Mientras uno no nazca de nuevo (Juan 3:5), muriendo el viejo hombre carnal (Col 3:4,5, Efesios 4:22-24) para convertirse en una nueva criatura en Cristo (2ª Corintios 5:17), de alguna manera será enemigo de Dios “Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden; (8) los que viven según la carne no pueden agradar a Dios” (Romanos 8:7,8).

Los seres humanos antes de convertirse a Cristo, son realmente esclavos del pecado porque su voluntad les lleva a cometerlo (Juan 8:34). Esta voluntad obra de forma natural siguiendo sus inclinaciones pecaminosas pero sin ser coaccionada por ninguna fuerza exterior. Por eso Jesús dijo: Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres. […] (36) Así que si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres” (Juan 8:31,32, 36). La persona más libre no es la que hace todo lo que le viene en gana sino aquella que por el Espíritu que ha recibido por gracia de Dios hace con su voluntad regenerada la voluntad de Dios.

Ahora podemos entender mejor a San Pablo, cuando afirma que si obedecemos al Evangelio o sea la Palabra de Dios que es la verdad (Juan 17:17) entonces somos libertados del pecado (liberados de la esclavitud del pecado) y hechos esclavos de la justicia que es en Cristo Jesús (Romanos 6:17).

Romanos 6: 16-23: ¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia? 17 Pero gracias a Dios, que aunque erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina [el Evangelio] a la cual fuisteis entregados; 18 y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia.19 Hablo como humano, por vuestra humana debilidad; que así como para iniquidad presentasteis vuestros miembros para servir a la inmundicia y a la iniquidad, así ahora para santificación presentad vuestros miembros para servir a la justicia. 20 Porque cuando erais esclavos del pecado, erais libres acerca de la justicia. 21 ¿Pero qué fruto teníais de aquellas cosas de las cuales ahora os avergonzáis? Porque el fin de ellas es muerte. 22 Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna. 23 Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.

El destino del cristiano –en su adecuada acepción de meta, punto de llegada– está predestinado por Dios, pero para alcanzarlo es necesario que reconozca su impotencia y se acoja a Su gracia, siguiendo el camino, la verdad y la vida que es Cristo (Juan 14:6), y viva de acuerdo, coherentemente y en obediencia a la Palabra de Dios. De esta manera, el cristiano será conducido a conseguir la santidad, sin la cual nadie verá al Señor (Hebreos 12:14). Es decir, nuestro carácter debe ser idóneo y adecuado para vivir en el Paraíso en compañía de un Dios tres veces santo. No obstante, los cristianos no confían en sus propias fuerzas, reconocen que por sí mismos no puede alcanzar ese objetivo. Por eso dice la Sagrada Escritura, el justo por la fe vivirá (Romanos 1:17). Su confianza está puesta en Dios que “los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su de su Hijo” (Romanos 8:28-30).

Romanos 8:28-30: Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados. 29 Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. 30 Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó.

Llegados a este punto podemos preguntarnos ¿Dónde se ubicará o estará el Paraíso de Dios para los salvos, en el algún lugar remoto del espacio al que llamamos Cielo o en el planeta Tierra? La Biblia habla de ambos sitios.

Por la afirmación de Jesús en el Evangelio de Juan podemos deducir que será en el Cielo:

Juan 14:2-6: “En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. 3 Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis. 4 Y sabéis a dónde voy, y sabéis el camino. 5 Le dijo Tomás: Señor, no sabemos a dónde vas; ¿cómo, pues, podemos saber el camino? 6 Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.”

Algunos creen que unos cristianos irán al Cielo y otros se quedarán en la Tierra, pero en mi opinión eso no tiene base bíblica, “porque no hay acepción de personas para con Dios” (Romanos 2:11).

Aunque en el siguiente texto, San Pablo está refiriéndose al cuerpo del ser humano, también cabe interpretar que nuestro futuro destino o morada eterna está en “los cielos”:

2ª Corintios 5:1: Porque sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo, se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos.

Luego tenemos el testimonio de la visión del apóstol Juan de Apocalipsis 21, que nos habla de un cielo nuevo y una tierra nueva, que no se parecerá a nuestro actual planeta:

Apocalipsis 21:1-4: “Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más. 2 Y yo Juan vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido. 3 Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios. 4 Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron.”

En la siguiente visión de este mismo capítulo Juan ve a “la esposa del Cordero”, la gran ciudad santa de Jerusalén, que descendía del cielo, que es descrita con todo lujo de detalles (Véase Apocalipsis 21:9-27).

Apocalipsis 21:22-27: Y no vi en ella templo; porque el Señor Dios Todopoderoso es el templo de ella, y el Cordero. 23 La ciudad no tiene necesidad de sol ni de luna que brillen en ella; porque la gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es su lumbrera. 24 Y las naciones que hubieren sido salvas andarán a la luz de ella; y los reyes de la tierra traerán su gloria y honor a ella. 25 Sus puertas nunca serán cerradas de día, pues allí no habrá noche. 26 Y llevarán la gloria y la honra de las naciones a ella. 27 No entrará en ella ninguna cosa inmunda, o que hace abominación y mentira, sino solamente los que están inscritos en el libro de la vida del Cordero.

En Apocalipsis 20:4 se habla de mártires (almas de los decapitados por causa del testimonio de Jesús) que “vivieron y reinaron con Cristo mil años”.

Más adelante, en Apocalipsis 20:7-10, cuando los mil años pasaron se narra un conflicto o batalla entre las naciones capitaneadas por Satanás que “rodearon el campamento de los santos y la ciudad amada; y de Dios descendió fuego del cielo, y los consumió.” (Apocalipsis 20:9). Todo esto parece evidente que sucede en la Tierra cuando se pone fin por parte de Dios a los malvados y al diablo que los engañaba (Apocalipsis 20:10). El “campamento de los santos” y “la ciudad amada” están en la Tierra. ¿Es la ciudad amada la nueva Jerusalén?

5. Conclusión

Lo importante que necesita saber el cristiano es que su destino es la salvación para vivir  eternamente con Dios el Padre y su Hijo Jesucristo en un Paraíso, ya sea ubicado en la Tierra o en el Cielo, o primero en el Cielo y luego trasladado a la Tierra. Lo esencial no es dónde viviremos sino el alcanzar la vida eterna, “y la santidad sin la cual nadie verá al Señor” (Hebreos 12:14).

Para no extraviarnos en nuestro deambular en esta tierra, es imprescindible saber a dónde vamos, y conocer el camino. Nadie podrá alegar ignorancia en el día del juicio final. Dios se ha revelado, se ha hecho carne en Jesucristo y nos ha mostrado el único camino que conduce a la salvación, el cual es Cristo:

Juan 14:6: Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.”

La evidencia nos dice que todos tenemos que morir algún día, pero este destino no es ciego ni fatalista sino natural, y obedece a unas causas que la Palabra de Dios nos descubre: “como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.” (Romanos 5:12; 1ª Corintios 15:21-22).

Notemos que la Palabra inspirada nos da dos causas de por qué los seres humanos tienen que gustar la primera muerte. La primera causa fue el primer pecado de Adán, pecado de rebeldía y menosprecio a Dios, del que no somos responsables, pero que heredamos; por este hombre entró la muerte en el mundo. Y la segunda razón que da el texto es que “la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.”.

Los seres humanos son impotentes para vencer al pecado y a la muerte. Si Dios no hubiera intervenido encarnándose en Cristo en un momento de la historia de este mundo, nuestro destino hubiese irremisiblemente la muerte y destrucción eterna, como lo prefigura el fin del mundo antediluviano. El pecado no puede ser vencido desde el exterior, por ninguna ley ni por ninguna acción que el hombre pudiera hacer. Fue necesario que Dios se involucrara en la persona de Cristo enviándolo al mundo para que “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él.” (2ª Corintios 5:21). Pero veamos también el siguiente texto que abunda en lo mismo:

Romanos 8:3-7: Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne; 4 para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. 5 Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu. 6 Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz. 7 Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden; 8 y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios.

Magistralmente, San Pablo describe el maravilloso Plan de salvación de Dios para la humanidad perdida. Si bien la condenación y la muerte vinieron por un hombre, Adán, ahora por otro hombre, Cristo, vienen la justicia y la vida eterna.

Romanos 5:15-19: Pero el don no fue como la transgresión; porque si por la transgresión de aquel uno murieron los muchos, abundaron mucho más para los muchos la gracia y el don de Dios por la gracia de un hombre, Jesucristo. 16 Y con el don no sucede como en el caso de aquel uno que pecó; porque ciertamente el juicio vino a causa de un solo pecado para condenación, pero el don vino a causa de muchas transgresiones para justificación. 17 Pues si por la transgresión de uno solo reinó la muerte, mucho más reinarán en vida por uno solo, Jesucristo, los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia. 8 Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida. 19 Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos.

 

Un fuerte abrazo

Bendiciones

 

Carlos Aracil Orts

www.amistadencristo.com

 

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*Las referencias bíblicas están tomadas de la versión Reina Valera de 1960 de la Biblia, salvo que se indique expresamente otra vesión. Las negrillas y los subrayados realizados al texto bíblico son nuestros.

 

 

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