Amistad en Cristo - Carlos Aracil Orts

Preguntas y Respuestas

Soteriología

El pecado de Moisés, su vida, muerte y resurrección

 
Versión: 03-04- 2021

 

Carlos Aracil Orts

1. Introducción*

Por las circunstancias singulares que rodearon el nacimiento, vida, muerte y resurrección de Moisés, podríamos decir que él fue un prototipo de Jesucristo: “Porque Moisés dijo a los padres: El Señor vuestro Dios os levantará profeta de entre vuestros hermanos, como a mí; a él oiréis en todas las cosas que os hable; (23) y toda alma que no oiga a aquel profeta, será desarraigada del pueblo” (Hch. 3:22,23; cf. Dt. 18:15-16,19).

Hechos 3:22-26: Porque Moisés dijo a los padres: El Señor vuestro Dios os levantará profeta de entre vuestros hermanos, como a mí; a él oiréis en todas las cosas que os hable; (23) y toda alma que no oiga a aquel profeta, será desarraigada del pueblo. (24) Y todos los profetas desde Samuel en adelante, cuantos han hablado, también han anunciado estos días. (25) Vosotros sois los hijos de los profetas, y del pacto que Dios hizo con nuestros padres, diciendo a Abraham: En tu simiente serán benditas todas las familias de la tierra. (26) A vosotros primeramente, Dios, habiendo levantado a su Hijo, lo envió para que os bendijese, a fin de que cada uno se convierta de su maldad.

Notemos que en Hechos 3:26, el apóstol Pedro confirma que el profeta que levantará Dios, semejante a Moisés, es el mismo Jesucristo, el Hijo de Dios: “A vosotros primeramente, Dios, habiendo levantado a su Hijo, lo envió para que os bendijese, a fin de que cada uno se convierta de su maldad” (Hch. 3:26).

La cualidad que caracterizaba a Moisés, que le hacía semejante a Jesús, es la mansedumbre: “Y aquel varón Moisés era muy manso, más que todos los hombres que había sobre la tierra” (Nm. 12:3). Porque fue esto mismo lo que enseñó nuestro Señor: “llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallareis descanso para vuestras almas.” (Mt. 11:29; cf. Fil. 2:5-11).

Filipenses 2:5-11: Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, (6) el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, (7) sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; (8) y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. (9) Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, (10) para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; (11) y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.

Puesto que Jesús es “manso y humilde de corazón”, se nos exhorta a que seamos como Él: “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús” (Fil. 2:5). Estas cualidades son las esenciales que todo cristiano debería tener; además, porque “Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad” (Mt. 5:5). Por tanto, reconocemos por las palabras de Jesucristo, y por su propio ejemplo, que la mansedumbre y la humildad son las características más importantes de todo cristiano, y lo que nos hace idóneos para heredar la vida eterna.

Otras semejanzas de Moisés con Jesucristo

Primera, el Faraón intentó acabar con la vida de Moisés al poco de nacer, así como sucedió con Jesucristo cuando Herodes el Grande decretó la matanza de los niños de Belén (Mt. 2:16).

Moisés nació en Egipto, en tiempos peligrosos, porque el Faraón había decretado matar a todos los recién nacidos que fueran varones (Éx. 1:16); lo que nos recuerda la orden del rey Herodes, que “mandó matar a todos los niños menores de dos años que había en Belén y en todos sus alrededores” (Mt. 2:16), a fin de lograr matar entre ellos, a Jesús, el Hijo de Dios; pero, como sabemos, no lo pudo conseguir porque “un ángel del Señor apareció en sueños a José [el esposo de la virgen María], y dijo: Levántate, y toma al niño y a su madre, y huye a Egipto…porque acontecerá que Herodes buscará al niño para matarlo” (Mt. 2:13).

El relato registrado en el primer capítulo del libro del Éxodo nos da más detalles de la historia de Moisés.

Por la época que había nacido Moisés “se levantó sobre Egipto un nuevo rey que no conocía a José” (Éx. 1:8), y que enseguida empezó a oprimir a los de su pueblo con muchos tributos y a esclavizarlos con trabajos y tareas de “dura servidumbre” (Éx. 1:13-14); pero las gentes de Israel “cuanto más los oprimían, tanto más se multiplicaban y crecían, de manera que los egipcios temían a los hijos de Israel” (Éx. 1:12). Al comprobar el rey de Egipto que todas sus acciones contra ellos habían sido inútiles para que se redujera su población, ordenó, primeramente, a las parteras hebreas: “Cuando asistáis a las hebreas en sus partos, y veáis el sexo, si es hijo, matadlo; y si es hija, entonces que viva” (Éx. 1:16). “Pero las parteras temieron a Dios, y no hicieron como les mandó el rey de Egipto, sino que preservaron la vida a los niños” (Éxodo 1:17). Puesto que esta criminal estrategia tampoco le dio resultado, ideó otra tan vil como la anterior: “Entonces Faraón mandó a todo su pueblo, diciendo: Echad al río a todo hijo que nazca, y a toda hija preservad la vida” (Éxodo 1:22).

Segunda, la comunión y compañerismo de Moisés con Dios se parecían a los que tuvieron Jesucristo con Su Padre; porque Moisés hablaba a Dios “cara a cara, como habla cualquiera a su compañero” (Éx. 33:11; cf.  Nm. 14:14; Dt. 34:10).

Tercera, de forma semejante a como Jesús fue “mediador entre Dios y los hombres” (1 Ti. 2:5), asimismo lo fue Moisés, siendo el mediador entre Dios y su pueblo Israel. Así como Jesús fue el enviado del Padre para liberarnos de la esclavitud del pecado, así también, Moisés es enviado por Dios para liberar a su pueblo de la esclavitud de Egipto.
La obra de mediación de Moisés se inició cuando aceptó el llamamiento que Dios le hizo desde la zarza ardiente: “te enviaré a Faraón, para que saques de Egipto a mi pueblo, los hijos de Israel” (Éx. 3:10); luego, Moisés convenció a las gentes de su pueblo de que Dios le había hablado (Éx. 4:28-31), y representó a Dios y a su pueblo ante el Faraón, después de que Dios dijera “a Moisés: Mira, yo te he constituido dios para Faraón, y tu hermano Aarón será tu profeta” (Éxodo 7:1). A partir de entonces Moisés hizo todas las señales milagrosas y fue la mano de Dios para efectuar todas las plagas que Dios le mandó que enviara sobre el Faraón, a fin de que dejara salir de Egipto a Su pueblo. La primera señal que Dios ordenó a Moisés, fue que convirtiera su vara en una culebra, y cuando “los hechiceros de Egipto con sus encantamientos” convirtieron sus varas en culebras, “la vara de Aarón devoró las varas de ellos” (Éx. 7:11-12); pero “el corazón de Faraón se endureció, y no los escuchó, como Jehová había dicho” (Éx. 7:13).

A cada negativa del Faraón, Dios ordenaba a Moisés que volviera a pedir a aquel que permitiera “dejar ir al pueblo” (Éx. 7:14-17); esta petición iba acompañada con el anuncio de una plaga, que sería enviada sobre Egipto, si el Faraón no hacía caso a Dios. Así fueron enviadas diez plagas sucesivamente: 1ª) toda el agua de los ríos, arroyos, estanques, depósitos de aguas, etc., se convirtió en sangre (Éx. 7:14-25); 2ª) plaga de las ranas que cubrieron la tierra de Egipto (Éx. 8:1-15); 3ª) la plaga de los piojos (Éx. 8:16-19); 4ª) la plaga de las moscas (Éx. 8:20-33); 5ª) plaga por la que murió todo el ganado (Éx. 9:1-7); 6ª) la plaga de úlceras sobre hombres y bestias (Éx. 9:8-12); 7ª) la plaga del granizo: llovió granizo muy pesado y fuego que “hirió …todo lo que estaba en el campo, así hombres como bestias; asimismo destrozó el granizo toda la hierba del campo, y desgajó todos los árboles del país” (Éx. 9:13-35; 8ª); plaga de langostas (Éx. 10:1-20); 9ª) la plaga de tinieblas, por tres días (Éx. 10:21-29); 10ª) muerte de los primogénitos, tanto de los humanos como de todo primogénito de las bestias (Éx. 11:1-10; 12:12-13,22,23,29-36).

Debido a que el corazón del Faraón se fue endureciendo una y otra vez, a medida que las plagas caían sobre él y su pueblo, Dios no tuvo más remedio que anunciar a Moisés que enviaría una última plaga consistente en la muerte de los primogénitos: “Jehová dijo a Moisés: Una plaga traeré aún sobre Faraón y sobre Egipto, después de la cual él os dejará ir de aquí; y seguramente os echará de aquí del todo” (Éxodo 11:1).

Dios instituye el rito de la Pascua, para que su pueblo no olvidase nunca el día en que fue liberado de la esclavitud de Egipto.

Como Dios por su presciencia sabía que la liberación de Israel se iba producir en pocos días, preparó al pueblo con la institución del rito de la Pascua, a fin de que Israel nunca olvidara las grandes cosas que Dios hizo para liberarles de la esclavitud del Faraón (Éx. 12:1-28, 42-51). Desde entonces Israel debería celebrar la Pascua anualmente, en la fecha fijada, que se tenía que hacer coincidir con el aniversario de su salida de Egipto, y siguiendo rigurosamente todas las instrucciones que Dios les dio. Él estableció que el mes –“Abib”, que más tarde se llamó también Nisán, y que, más o menos, corresponde con nuestro mes de abril–, en el que salieron de Egipto, “os será principio de los meses; para vosotros será éste el primero en los meses del año” (Éx. 12:2). Todas las instrucciones que Dios estableció por medio de Moisés para la celebración de este rito de la Pascua se detallan en el capítulo doce del libro de Éxodo, aunque luego se repiten en algunos otros libros de la ley como recordatorio, por ejemplo: Números 9:1-5; 28:16-31; Deuteronomio 16:1-17. La Pascua consistía en sacrificar un cordero por familia, que como nos confirma el apóstol Juan simboliza a Cristo, “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn. 1:29,36). Veamos algunos detalles.

Éxodo 12:5-15: El animal será sin defecto, macho de un año; lo tomaréis de las ovejas o de las cabras. (6) Y lo guardaréis hasta el día catorce de este mes, y lo inmolará toda la congregación del pueblo de Israel entre las dos tardes. (7) Y tomarán de la sangre, y la pondrán en los dos postes y en el dintel de las casas en que lo han de comer. (8) Y aquella noche comerán la carne asada al fuego, y panes sin levadura; con hierbas amargas lo comerán. (9) Ninguna cosa comeréis de él cruda, ni cocida en agua, sino asada al fuego; su cabeza con sus pies y sus entrañas. (10) Ninguna cosa dejaréis de él hasta la mañana; y lo que quedare hasta la mañana, lo quemaréis en el fuego. (11) Y lo comeréis así: ceñidos vuestros lomos, vuestro calzado en vuestros pies, y vuestro bordón en vuestra mano; y lo comeréis apresuradamente; es la Pascua de Jehová. (12) Pues yo pasaré aquella noche por la tierra de Egipto, y heriré a todo primogénito en la tierra de Egipto, así de los hombres como de las bestias; y ejecutaré mis juicios en todos los dioses de Egipto. Yo Jehová. (13) Y la sangre os será por señal en las casas donde vosotros estéis; y veré la sangre y pasaré de vosotros, y no habrá en vosotros plaga de mortandad cuando hiera la tierra de Egipto. (14) Y este día os será en memoria, y lo celebraréis como fiesta solemne para Jehová durante vuestras generaciones; por estatuto perpetuo lo celebraréis. (15) Siete días comeréis panes sin levadura…

Esta Pascua es la que celebró Cristo con sus discípulos en un aposento alto de Jerusalén (Mt. 26:17-29; Mr. 14:12-25; Lc. 22:7-23). Y allí Él instituyó la Eucaristía o Cena del Señor, porque al día siguiente –viernes, día 14 de Nisán– sería sacrificado en la cruz, y su muerte expiatoria sería el sello del Nuevo Pacto cristiano: “Y mientras comían, tomó Jesús el pan, y bendijo, y lo partió, y dio a sus discípulos, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo. (27) Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio, diciendo: Bebed de ella todos; (28) porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados” (.Mt. 26:26-28). Por eso nos dice el apóstol Pablo: “…nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros” (1 Co. 5:7).

Dios se manifiesta en el monte Sinaí a Moisés y a todo su pueblo, de forma espectacular mediante “truenos y relámpagos, y espesa nube sobre el monte, y sonido de bocina muy fuerte” (Éx. 19:16), y revela a Moisés los Diez Mandamientos y demás leyes para el gobierno de Israel.

Un momento importante e impresionante para el pueblo de Israel fue cuando, “en el mes tercero de la salida de los hijos de Israel de la tierra de Egipto… llegaron al desierto del Sinaí” (Éx. 19:1-25); porque entonces Dios se manifestó a Moisés y al pueblo: “Aconteció que al tercer día, cuando vino la mañana, vinieron truenos y relámpagos, y espesa nube sobre el monte, y sonido de bocina muy fuerte; y se estremeció todo el pueblo que estaba en el campamento. (17) Y Moisés sacó del campamento al pueblo para recibir a Dios; y se detuvieron al pie del monte. (18) Todo el monte Sinaí humeaba, porque Jehová había descendido sobre él en fuego; y el humo subía como el humo de un horno, y todo el monte se estremecía en gran manera. (19) El sonido de la bocina iba aumentando en extremo; Moisés hablaba, y Dios le respondía con voz tronante. (20) Y descendió Jehová sobre el monte Sinaí, sobre la cumbre del monte; y llamó Jehová a Moisés a la cumbre del monte, y Moisés subió” (Éx. 19:16-20).

En lo que sigue a esta introducción, trataré los siguientes puntos:

2.0. Historia, vida y obra de Moisés.

En la vida de Moisés se distinguen nítidamente tres periodos:

El primer periodo abarca sus primeros cuarenta años que vivió en Egipto: desde su nacimiento hasta su huida de Egipto, por causa del Faraón que quería matarle, cuando tenía unos cuarenta años de edad.

El segundo periodo, que es también de cuarenta años, se extiende desde su huida de Egipto y su llegada a la tierra de Madián, hasta que Dios le llama para que vuelva a Egipto a liberar a su pueblo de la opresión que estaba sufriendo por causa del Faraón: “Era Moisés de edad de ochenta años, y Aarón de edad de ochenta y tres, cuando hablaron a Faraón” (Éxodo 7:7).

El tercer periodo de la vida de Moisés es también de cuarenta años; comprende desde su vuelta a Egipto a negociar con el Faraón para que dejara salir a su pueblo de Egipto, la dirección del éxodo, pasando por la recepción de la Ley, en el Sinaí, y todo su peregrinaje por el desierto con “el Tabernáculo del testimonio”, hasta su muerte: “Era Moisés de edad de ciento veinte años cuando murió; sus ojos nunca se oscurecieron, ni perdió su vigor” (Dt. 34:7). Dios le había dicho que vería la Tierra Prometida de lejos y que ese sería el final de su vida: “…Te he permitido verla con tus ojos, mas no pasarás allá. (5) Y murió allí Moisés siervo de Jehová, en la tierra de Moab, conforme al dicho de Jehová. (6) Y lo enterró en el valle, en la tierra de Moab…” (Dt. 34:4-6).

Genealogía de Moisés, principales antepasados.

“Abraham engendró a Isaac, y era Isaac de cuarenta años cuando tomó por mujer a Rebeca” (Gn. 25:19-20). “[…] Y era Isaac de edad de sesenta años cuando ella los dio a luz [a los mellizosEsaú y Jacob] (Gn. 25:26). El tercero de los doce hijos que engendró Jacob –al que Dios le puso por nombre Israel (Gn. 35:10)–, se llamaba Leví. Fueron “Los hijos de Leví: Gersón, Coat y Merari” (Gn. 46:11). “Y Coat engendró a Amram. (59) La mujer de Amram se llamó Jocabed, hija de Leví, que le nació a Leví en Egipto; ésta dio a luz de Amram a Aarón y a Moisés, y a María su hermana” (Nm. 26:58-59).

También encontramos en el libro del Éxodo el registro de que Moisés pertenecía a la familia de Leví –hijo de Jacob–, así como los nombres de los padres de Moisés. Comprobémoslo:

Nacimiento de Moisés

Éxodo 2:1-2: Un varón de la familia de Leví fue y tomó por mujer a una hija de Leví, la que concibió, y dio a luz un hijo; y viéndole que era hermoso, le tuvo escondido tres meses.

Éxodo 6:20: Y Amram tomó por mujer a Jocabed su tía, la cual dio a luz a Aarón y a Moisés. Y los años de la vida de Amram fueron ciento treinta y siete años.

A Amram y Jocabed, ambos de la familia de Leví, les nació un hijo en ese tiempo peligroso, que le llamarían Moisés; y Jocabed su madre “le tuvo escondido tres meses” (Éx. 2:2); porque el Faraón había decretado matar a todos los recién nacidos del pueblo de Israel, que fueran varones (Éx. 1:16,22). “Pero [Jocabed] no pudiendo ocultarle más tiempo, tomó una arquilla de juncos y la calafateó con asfalto y brea, y colocó en ella al niño y lo puso en un carrizal a la orilla del río. (4) Y una hermana suya se puso a lo lejos, para ver lo que le acontecería” (Éx. 2:3,4).

Primer periodo de la vida de Moisés, desde su nacimiento hasta sus cuarenta años de edad.

Así empieza la bella historia de Moisés, dirigente de Israel, gran profeta y autor del libro de la Ley, el Pentateuco. Veamos a continuación, cómo lo relata su libro del Éxodo: “Y la hija de Faraón descendió a lavarse al río, y paseándose sus doncellas por la ribera del río, vio ella la arquilla en el carrizal, y envió una criada suya a que la tomase. (6) Y cuando la abrió, vio al niño; y he aquí que el niño lloraba. Y teniendo compasión de él, dijo: De los niños de los hebreos es éste. (7) Entonces su hermana dijo a la hija de Faraón: ¿Iré a llamarte una nodriza de las hebreas, para que te críe este niño? (8) Y la hija de Faraón respondió: Vé. Entonces fue la doncella, y llamó a la madre del niño, (9) a la cual dijo la hija de Faraón: Lleva a este niño y críamelo, y yo te lo pagaré. Y la mujer tomó al niño y lo crió. (10) Y cuando el niño creció, ella lo trajo a la hija de Faraón, la cual lo prohijó, y le puso por nombre Moisés, diciendo: Porque de las aguas lo saqué” (Éx. 2:5-10).

Gracias a la providencia de Dios, Moisés pudo ser criado y educado por sus padres junto a su pueblo Israel, hasta “cuando el niño creció” (Éx. 2:10); y, a partir de ese momento, se hizo cargo del niño la hija de Faraón, que “le crió como a hijo suyo” (Hch. 7:21). De la educación que él recibió de su nueva madre adoptiva, y del papel que jugó en el gobierno y administración de Egipto, nada más se nos dice en el Pentateuco, los cinco libros que componen la Ley.  Sin embargo, en el libro de los Hechos de los Apóstoles, el protomártir Esteban, “lleno de gracia y de poder” (Hch. 6:8) y “lleno del Espíritu Santo” (Hch. 7:55), nos da unos detalles importantes de la vida de Moisés:

Hechos 7:22-23: Y fue enseñado Moisés en toda la sabiduría de los egipcios; y era poderoso en sus palabras y obras. (23) Cuando hubo cumplido la edad de cuarenta años, le vino al corazón el visitar a sus hermanos, los hijos de Israel.

Este brillante relato de Esteban nos desvela detalles que no aparecen en la narración que se registra en el libro del Éxodo (2:11-15): en primer lugar, que “Moisés fue enseñado en toda la sabiduría de los egipcios; y era poderoso en sus palabras y obras” (Hch. 7:22). Y, en segundo lugar, que él, “cuando hubo cumplido la edad de cuarenta años, le vino al corazón el visitar a sus hermanos, los hijos de Israel” (Hch. 7:23). Pero mejor leámoslo  en su contexto:

Hechos 7:23-28: Cuando hubo cumplido la edad de cuarenta años, le vino al corazón el visitar a sus hermanos, los hijos de Israel. (24) Y al ver a uno que era maltratado, lo defendió, e hiriendo al egipcio, vengó al oprimido. (25) Pero él pensaba que sus hermanos comprendían que Dios les daría libertad por mano suya; mas ellos no lo habían entendido así. (26) Y al día siguiente, se presentó a unos de ellos que reñían, y los ponía en paz, diciendo: Varones, hermanos sois, ¿por qué os maltratáis el uno al otro? (27) Entonces el que maltrataba a su prójimo le rechazó, diciendo: ¿Quién te ha puesto por gobernante y juez sobre nosotros? (28) ¿Quieres tú matarme, como mataste ayer al egipcio? (29) Al oír esta palabra, Moisés huyó, y vivió como extranjero en tierra de Madián, donde engendró dos hijos.

Ahora comparemos el relato anterior, que nos dio San Esteban, con la narración original registrada en Éxodo 2:11-22, a fin de obtener una perspectiva lo más completa posible de lo que se nos ha revelado:

Éxodo 2:11-22: En aquellos días sucedió que crecido ya Moisés, salió a sus hermanos, y los vio en sus duras tareas, y observó a un egipcio que golpeaba a uno de los hebreos, sus hermanos. (12) Entonces miró a todas partes, y viendo que no parecía nadie, mató al egipcio y lo escondió en la arena. (13) Al día siguiente salió y vio a dos hebreos que reñían; entonces dijo al que maltrataba al otro: ¿Por qué golpeas a tu prójimo? (14) Y él respondió: ¿Quién te ha puesto a ti por príncipe y juez sobre nosotros? ¿Piensas matarme como mataste al egipcio? Entonces Moisés tuvo miedo, y dijo: Ciertamente esto ha sido descubierto. (15) Oyendo Faraón acerca de este hecho, procuró matar a Moisés; pero Moisés huyó de delante de Faraón, y habitó en la tierra de Madián. (16) Y estando sentado junto al pozo, siete hijas que tenía el sacerdote de Madián vinieron a sacar agua para llenar las pilas y dar de beber a las ovejas de su padre. (17) Mas los pastores vinieron y las echaron de allí; entonces Moisés se levantó y las defendió, y dio de beber a sus ovejas. (18) Y volviendo ellas a Reuel su padre, él les dijo: ¿Por qué habéis venido hoy tan pronto? (19) Ellas respondieron: Un varón egipcio nos defendió de mano de los pastores, y también nos sacó el agua, y dio de beber a las ovejas. (20) Y dijo a sus hijas: ¿Dónde está? ¿Por qué habéis dejado a ese hombre? Llamadle para que coma. (21) Y Moisés convino en morar con aquel varón; y él dio su hija Séfora por mujer a Moisés. (22) Y ella le dio a luz un hijo; y él le puso por nombre Gersón, porque dijo: Forastero soy en tierra ajena.

En resumen, sabemos que en los primeros cuarenta años de la vida de Moisés, de niño recibió la educación de su madre Jacobed que le hablaría, sin duda, del Dios de Abraham, Isaac y Jacob, y de Sus promesas a Israel de hacer de este pueblo “una nación grande”, etc. (Gn. 12:2-4). Pero luego, con la hija de Faraón, “Moisés fue enseñado en toda la sabiduría de los egipcios; y era poderoso en sus palabras y obras” (Hch. 7:22). Se comprende, entonces, que él se identificara con sus hermanos los hebreos y no con los egipcios, y también que tratara de defenderlos y de liberarlos de la tiranía y maltrato de éstos, hasta el extremo que llegó a matar a un egipcio para defender a un hebreo. Se evidencia también en Moisés la efectividad de la norma que nos da Dios de educar o enseñar a los niños desde su más corta edad: “Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él” (Proverbios 22:6).

No obstante, la educación pagana que recibió Moisés con la hija del Faraón, aprendiendo las costumbres, sabiduría y artes de la guerra de los egipcios, tuvo también sus consecuencias, que le indujeron a usar como método para defender a sus hermanos hebreos y liberarlos de la esclavitud de los egipcios, el camino de la violencia; lo que Dios no aprueba. La primera consecuencia, que le ocasionó a Moisés su acto de matar a un egipcio, fue que, inmediatamente, el Faraón desconfió de su fidelidad a Egipto, e intentó matarle, lo que provocó que Moisés huyera de Egipto, para refugiarse en la tierra de Madián, donde habitaría durante los cuarenta años siguientes de su vida, en los cuales tendría tiempo para conocer más a Dios y Sus planes, al tiempo que desaprendería “la sabiduría” que le habían enseñado los egipcios. Allí seguramente aprendió lo que el salmista ya sabía que se debe hacer si se quiere que todo salga bien: “Encomienda a Jehová tu camino, Y confía en él; y él hará” (Sal. 37:5; cf. Is. 55:1-13).

Isaías 55:1-13: A todos los sedientos: Venid a las aguas (véase Ap. 21:6; 22:17); y los que no tienen dinero, venid, comprad y comed. Venid, comprad sin dinero y sin precio, vino y leche. (2) ¿Por qué gastáis el dinero en lo que no es pan, y vuestro trabajo en lo que no sacia? Oídme atentamente, y comed del bien, y se deleitará vuestra alma con grosura. (3) Inclinad vuestro oído, y venid a mí; oíd, y vivirá vuestra alma; y haré con vosotros pacto eterno, las misericordias firmes a David (ver Hch. 13:14). (4) He aquí que yo lo di por testigo a los pueblos, por jefe y por maestro a las naciones. (5) He aquí, llamarás a gente que no conociste, y gentes que no te conocieron correrán a ti, por causa de Jehová tu Dios, y del Santo de Israel que te ha honrado. (6) Buscad a Jehová mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cercano. (7) Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar. (8) Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová. (9) Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos. (10) Porque como desciende de los cielos la lluvia y la nieve, y no vuelve allá, sino que riega la tierra, y la hace germinar y producir, y da semilla al que siembra, y pan al que come,(ver 2 Co. 9:10) (11) así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié. (12) Porque con alegría saldréis, y con paz seréis vueltos; los montes y los collados levantarán canción delante de vosotros, y todos los árboles del campo darán palmadas de aplauso. (13) En lugar de la zarza crecerá ciprés, y en lugar de la ortiga crecerá arrayán; y será a Jehová por nombre, por señal eterna que nunca será raída.

Los textos citados arriba son, en primer lugar, una invitación a buscar a Dios y a seguir su Camino; nos invitan a que bebamos de “la fuente del agua de la vida”, que solo procede de Dios: “Al que tuviere sed, yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida” (Ap. 21:6; cf. 22:16-17); y, en segundo lugar, nos hablan de que la Palabra de Dios, cuando es escuchada y obedecida, proporciona vida a nuestro ser y nos transforma de cizaña a trigo, “de la ortiga crecerá arrayán” (Is. 55:13). Además estos textos se refieren a los beneficios y a la paz que se obtienen cuando nos acogemos al Pacto eterno que Dios nos ofrece (Heb. 13:20-21). Busquemos siempre a Dios y el hacer Su voluntad, antes que seguir nuestros propios caminos sin contar con Él.

Segundo periodo de la vida de Moisés, desde sus cuarenta años hasta sus ochenta años de edad, que abarcan toda su permanencia en Madián.

Los siguientes cuarenta años de la vida de Moisés transcurrieron en la tierra de Madián, abarcando desde que llegó a la misma, con cuarenta años de edad hasta los ochenta años, cuando recibió el llamamiento de Dios.

En Madián, Moisés formó una familia al casarse con Séfora, la hija de Jetro, y tuvo dos hijos (Éx. 2:21-22;  cf. Hch. 7:29); y pasaron cuarenta años más, en los que él, quizá tuvo que desaprender mucho de los métodos y enseñanzas que había recibido de los egipcios, mientras pastoreaba las ovejas de su suegro; desde luego, parece que tuvo mucho tiempo para meditar en su destino, y posiblemente fue aquí cuando empezó a escribir, el primer libro de la Ley, el Génesis, y también probablemente el libro de Job, del que, también, se le atribuye su autoría. Y eso es todo lo poco que nos dice la Biblia de sus cuarenta años de estancia en Madián.

Éxodo 7:7: Era Moisés de edad de ochenta años, y Aarón de edad de ochenta y tres, cuando hablaron a Faraón.

Tercer periodo de la vida de Moisés, desde sus ochenta años de edad hasta su muerte a los ciento veinte años, que abarca todo su peregrinaje por el desierto.

Los últimos cuarenta años de la vida de Moisés se inician cuando Dios le llama para encargarle la misión de liberar a su pueblo de la esclavitud de Egipto (Éx. 3:1-22; 4:1-31; cf. Hch. 7:30-45); comprende su regreso a Egipto, y la manifestación del poder de Dios con señales y prodigios y el envío de las  plagas al citado país, a fin de convencer a su Faraón para que dejase salir a Israel; a lo que siguió el éxodo por el desierto, atravesando prodigiosamente el Mar Rojo, cuando Dios separó sus aguas para que su pueblo pudiera atravesarlo en seco. Luego, cuando llegan al Sinaí, Él  revela a Moisés la Ley, que fija las bases del Primer Pacto o Antigua Alianza de Dios con Israel. Esto es el comienzo de todo su peregrinaje por el desierto con “el Tabernáculo del testimonio”, que duró cuarenta años, terminando el mismo con su muerte: “Era Moisés de edad de ciento veinte años cuando murió; sus ojos nunca se oscurecieron, ni perdió su vigor” (Dt. 34:7). Dios le había dicho que vería la Tierra Prometida de lejos y que ese sería el final de su vida: “…Te he permitido verla con tus ojos, mas no pasarás allá. (5) Y murió allí Moisés siervo de Jehová, en la tierra de Moab, conforme al dicho de Jehová. (6) Y lo enterró en el valle, en la tierra de Moab…” (Dt. 34:4-6).

Dios llamó a Moisés cuando él tenía ochenta años de edad

Algunos detalles de la vida, obra de Moisés y de la conducción de su pueblo durante los cuarenta años de su peregrinaje por el desierto, narrados resumidamente por el protomártir San Esteban, iluminado por el Espíritu Santo, poco antes de ser apedreado, registrado en el capítulo siete del libro de Hechos de los Apóstoles:

Hechos 7::30-45: Pasados cuarenta años, un ángel se le apareció en el desierto del monte Sinaí, en la llama de fuego de una zarza. (31) Entonces Moisés, mirando, se maravilló de la visión; y acercándose para observar, vino a él la voz del Señor: (32) Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob. Y Moisés, temblando, no se atrevía a mirar. (33) Y le dijo el Señor: Quita el calzado de tus pies, porque el lugar en que estás es tierra santa. (34) Ciertamente he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído su gemido, y he descendido para librarlos. Ahora, pues, ven, te enviaré a Egipto. (35) A este Moisés, a quien habían rechazado, diciendo: ¿Quién te ha puesto por gobernante y juez?, a éste lo envió Dios como gobernante y libertador por mano del ángel que se le apareció en la zarza. (36) Este los sacó, habiendo hecho prodigios y señales en tierra de Egipto, y en el Mar Rojo, y en el desierto por cuarenta años. (37) Este Moisés es el que dijo a los hijos de Israel: Profeta os levantará el Señor vuestro Dios de entre vuestros hermanos, como a mí; a él oiréis. (38) Este es aquel Moisés que estuvo en la congregación en el desierto con el ángel que le hablaba en el monte Sinaí, y con nuestros padres, y que recibió palabras de vida que darnos; (39) al cual nuestros padres no quisieron obedecer, sino que le desecharon, y en sus corazones se volvieron a Egipto, (40) cuando dijeron a Aarón: Haznos dioses que vayan delante de nosotros; porque a este Moisés, que nos sacó de la tierra de Egipto, no sabemos qué le haya acontecido. (41) Entonces hicieron un becerro, y ofrecieron sacrificio al ídolo, y en las obras de sus manos se regocijaron. (42) Y Dios se apartó, y los entregó a que rindiesen culto al ejército del cielo; como está escrito en el libro de los profetas: ¿Acaso me ofrecisteis víctimas y sacrificios En el desierto por cuarenta años, casa de Israel? (43) Antes bien llevasteis el tabernáculo de Moloc, Y la estrella de vuestro dios Renfán, Figuras que os hicisteis para adorarlas. Os transportaré, pues, más allá de Babilonia. (44) Tuvieron nuestros padres el tabernáculo del testimonio en el desierto, como había ordenado Dios cuando dijo a Moisés que lo hiciese conforme al modelo que había visto. (45) El cual, recibido a su vez por nuestros padres, lo introdujeron con Josué al tomar posesión de la tierra de los gentiles, a los cuales Dios arrojó de la presencia de nuestros padres, hasta los días de David.

3.0. Circunstancias únicas que concurrieron en la muerte de Moisés.

Véase Deuteronomio 3:23-29; 32:48-52; 34:1-12; cf. Números 27:12-14.

Primera, Dios le anunció a Moisés el día en que moriría: “Y habló Jehová a Moisés aquel mismo día, diciendo: (49) Sube a este monte de Abarim, al monte Nebo, situado en la tierra de Moab que está frente a Jericó, y mira la tierra de Canaán, que yo doy por heredad a los hijos de Israel; (50) y muere en el monte al cual subes, y sé unido a tu pueblo, así como murió Aarón tu hermano en el monte Hor, y fue unido a su pueblo” (Dt. 32:48-50).

Segunda, Moisés cumplió con el último mandato de Dios: subió al monte Nebo, para poder ver de lejos la Tierra Prometida, y luego morir: “Subió Moisés de los campos de Moab al monte Nebo, a la cumbre del Pisga, que está enfrente de Jericó; y le mostró Jehová toda la tierra de Galaad hasta Dan, (2) todo Neftalí, y la tierra de Efraín y de Manasés, toda la tierra de Judá hasta el mar occidental; (3) el Neguev, y la llanura, la vega de Jericó, ciudad de las palmeras, hasta Zoar. (4) Y le dijo Jehová: Esta es la tierra de que juré a Abraham, a Isaac y a Jacob, diciendo: A tu descendencia la daré. Te he permitido verla con tus ojos, mas no pasarás allá” (Dt. 34:1-4).

Tercero, Moisés gozaba de una “salud de hierro”, como se suele decir; aunque “Era Moisés de edad de ciento veinte años cuando murió”; sin embargo, “sus ojos nunca se oscurecieron, ni perdió su vigor”. (Dt. 34:7). Es decir, no murió por ninguna enfermedad ni decrepitud que hubiera podido tener a causa de su edad avanzada. Estaba completamente sano y no había perdido “su vigor”. No existió ninguna causa natural que explicase su muerte.

Cuarta, Moisés murió en el día determinado, estando a solas con Dios, “Y lo enterró en el valle” (Dt. 34:6). Obedeciendo a Dios, Moisés, cuando llegó su hora, subió solo al monte Nebo, para ver la Tierra Prometida y, a continuación, morir, como así Dios lo había establecido, “y ninguno conoce el lugar de su sepultura hasta hoy” (Dt. 34:6), porque Dios mismo “lo enterró en el valle, en la tierra de Moab, enfrente de Bet-peor” (Dt. 34:6). Pero mejor es que leamos todo su contexto:

Deuteronomio 34:1-12: Subió Moisés de los campos de Moab al monte Nebo, a la cumbre del Pisga, que está enfrente de Jericó; y le mostró Jehová toda la tierra de Galaad hasta Dan, (2) todo Neftalí, y la tierra de Efraín y de Manasés, toda la tierra de Judá hasta el mar occidental; (3) el Neguev, y la llanura, la vega de Jericó, ciudad de las palmeras, hasta Zoar. (4) Y le dijo Jehová: Esta es la tierra de que juré a Abraham,(A) a Isaac(B) y a Jacob,(C) diciendo: A tu descendencia la daré. Te he permitido verla con tus ojos, mas no pasarás allá. (5) Y murió allí Moisés siervo de Jehová, en la tierra de Moab, conforme al dicho de Jehová. (6) Y lo enterró en el valle, en la tierra de Moab, enfrente de Bet-peor; y ninguno conoce el lugar de su sepultura hasta hoy. (7) Era Moisés de edad de ciento veinte años cuando murió; sus ojos nunca se oscurecieron, ni perdió su vigor. (8) Y lloraron los hijos de Israel a Moisés en los campos de Moab treinta días; y así se cumplieron los días del lloro y del luto de Moisés. (9) Y Josué hijo de Nun fue lleno del espíritu de sabiduría, porque Moisés había puesto sus manos sobre él; y los hijos de Israel le obedecieron, e hicieron como Jehová mandó a Moisés. (10) Y nunca más se levantó profeta en Israel como Moisés, a quien haya conocido Jehová cara a cara;(D) (11) nadie como él en todas las señales y prodigios que Jehová le envió a hacer en tierra de Egipto, a Faraón y a todos sus siervos y a toda su tierra, (12) y en el gran poder y en los hechos grandiosos y terribles que Moisés hizo a la vista de todo Israel.

Nos puede parecer extraño –porque realmente es un caso único en la Biblia–, que fuera Dios mismo el que se encargó de enterrar a Moisés. Pero es lógico que así haya sucedido, puesto que él subió solo al Monte Nebo. Por otro lado, la mayoría de las versiones de la Biblia que he consultado, coinciden, en la traducción de este pasaje, con la Biblia Reina-Valera de 1960. Ver, por ejemplo, las siguientes versiones de

Deuteronomio 34:6

(Jer 2001*) Lo enterró en el Valle, en el País de Moab, frente a Bet Peor. Nadie hasta hoy ha conocido su tumba.

(LBLA)  Y Él lo enterró en el valle, en la tierra de Moab, frente a Bet-peor; pero nadie sabe hasta hoy el lugar de su sepultura.

(BTX)  Y lo sepultó en el valle, en la tierra de Moab, frente a Bet-peor. Y no ha sabido hombre alguno el lugar de su sepulcro hasta el día de hoy.

(LPD)  El mismo lo enterró en el Valle, en el país de Moab, frente a Bet Peor, y nadie, hasta el día de hoy, conoce el lugar donde fue enterrado.

(NBJ) Lo enterró en el Valle, en el País de Moab, frente a Bet Peor. Nadie hasta hoy ha conocido su tumba.

(N-C) Él le enterró en el valle, en la tierra de Moab, frente a Bet-Fogor, y nadie hasta hoy conoce su sepulcro.

(SB-MN) El Señor lo enterró en el valle, en la tierra de Moab, enfrente de Bet Fegor, y nadie hasta hoy conoce su tumba.

(SRV2004) Y lo enterró en el valle, en tierra de Moab, enfrente de Betpeor; y ninguno sabe su sepulcro hasta hoy.

¿Por qué quiso Dios que muriera Moisés en las circunstancias citadas arriba?

Dios programó el momento en el que la vida de Moisés debía finalizar. Ahora bien, podríamos seguir preguntándonos, ¿por qué fue voluntad de Dios que muriera Moisés, en ese momento, sin que hubiera habido causas naturales que habrían podido provocar o favorecer su muerte? Porque Moisés, llegado ese momento de su vida, había cumplido todo lo que Dios esperaba de él; había mantenido con Dios una perfecta comunión y compañerismo durante sus ochenta últimos años de vida; especialmente sus últimos cuarenta años de travesía por el desierto; los cuales se iniciaron con su llamamiento, cuando se le apareció el Ángel de Jehová –el Hijo de Dios–, en la zarza ardiente, y le encargó la misión de liberar a su pueblo Israel de la esclavitud de Egipto (Éx. 3:2-17).

Durante todo ese tiempo, Moisés fue perfeccionado por Dios, hasta asemejarse a Jesucristo; porque “aquel varón Moisés era muy manso, más que todos los hombres que había sobre la tierra” (Nm. 12:3; cf. Mt. 5:5; 11:29; 21:5). Comprobemos con las siguientes palabras de Jesucristo, y su propio ejemplo, que la mansedumbre es una característica importante de todo cristiano y una condición para heredar la vida eterna.

Mateo 5:5: Bienaventurados los mansos, (cf. Sal. 37:11) porque ellos recibirán la tierra por heredad.

Mateo 11:27-30: Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar. (28) Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. (29) Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas;(L) (30) porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga.

Mateo 21:5: Decid a la hija de Sion: He aquí, tu Rey viene a ti, Manso, y sentado sobre una asna, Sobre un pollino, hijo de animal de carga. (Mateo 21:5 es el cumplimiento de la profecía de Zacarías 9:9)

Zacarías 9:9: Alégrate mucho, hija de Sion; da voces de júbilo, hija de Jerusalén; he aquí tu rey vendrá a ti, justo y salvador, humilde, y cabalgando sobre un asno, sobre un pollino hijo de asna.

De tal manera Moisés alcanzó ser imagen de Jesucristo, y profeta de Dios, que pudo predecir: Profeta de en medio de ti, de tus hermanos, como yo, te levantará Jehová tu Dios; a él oiréis(Dt. 18:15). Este profeta, que sería semejante a Moisés es Cristo mismo, como testifica el apóstol Pedro en el libro de los Hechos de los Apóstoles: “Porque Moisés dijo a los padres: El Señor vuestro Dios os levantará profeta de entre vuestros hermanos, como a mí; a él oiréis en todas las cosas que os hable; (23) y toda alma que no oiga a aquel profeta, será desarraigada del pueblo. (24) Y todos los profetas desde Samuel en adelante, cuantos han hablado, también han anunciado estos días. (25) Vosotros sois los hijos de los profetas, y del pacto que Dios hizo con nuestros padres, diciendo a Abraham: En tu simiente serán benditas todas las familias de la tierra. (26) A vosotros primeramente, Dios, habiendo levantado a su Hijo, lo envió para que os bendijese, a fin de que cada uno se convierta de su maldad.” (Hechos 3:22-26; cf. 7::37).

No obstante, Moisés, como cualquier humano, tuvo un momento de debilidad de la “carne”, durante su larga travesía de cuarenta años por el desierto, contendiendo con el pueblo duro de cerviz que era Israel (Dt. 9:6; 31:27,29). Esto le costó que Dios no le permitiese entrar en la Tierra Prometida, sino solo contemplarla de lejos: “Te he permitido verla con tus ojos, mas no pasarás allá” (Dt. 34:4); “Y murió allí Moisés siervo de Jehová, en la tierra de Moab, conforme al dicho de Jehová (Dt. 34:5); y Dios mismo nos da su razón o motivo de Su decisión: por cuanto pecasteis contra mí en medio de los hijos de Israel en las aguas de Meriba de Cades, en el desierto de Zin; porque no me santificasteis en medio de los hijos de Israel. (52) Verás, por tanto, delante de ti la tierra; mas no entrarás allá, a la tierra que doy a los hijos de Israel” (Dt. 32:51-52).

4.0. ¿Cuál fue el pecado que cometió Moisés que tuvo tan grave consecuencia?

En los textos que estudiaremos a continuación, comprobaremos de forma más específica, que el pecado de Moisés fue: “Por cuanto no creísteis en mí, para santificarme delante de los hijos de Israel, por tanto, no meteréis esta congregación en la tierra que les he dado” (Nm. 20:12). Desobedecer a Dios es tanto como ignorarle, y no creer por tanto en Él. No considerar Su Santidad, no santificarle con nuestra conducta.

El episodio donde se registra el pecado que cometió Moisés, se encuentra en Números 20:2-13; pero si lo leemos de forma superficial no entenderemos la severa decisión de Dios. Transcribo a continuación dichos textos, para analizarlos y tratar de averiguar en qué consistió su pecado.

Números 20:1-13: Llegaron los hijos de Israel, toda la congregación, al desierto de Zin, en el mes primero, y acampó el pueblo en Cades; y allí murió María, y allí fue sepultada. (2) Y porque no había agua para la congregación, se juntaron contra Moisés y Aarón. (3) Y habló el pueblo contra Moisés, diciendo: ¡Ojalá hubiéramos muerto cuando perecieron nuestros hermanos delante de Jehová! (4) ¿Por qué hiciste venir la congregación de Jehová a este desierto, para que muramos aquí nosotros y nuestras bestias? (5) ¿Y por qué nos has hecho subir de Egipto, para traernos a este mal lugar? No es lugar de sementera, de higueras, de viñas ni de granadas; ni aun de agua para beber. (6) Y se fueron Moisés y Aarón de delante de la congregación a la puerta del tabernáculo de reunión, y se postraron sobre sus rostros; y la gloria de Jehová apareció sobre ellos. (7) Y habló Jehová a Moisés, diciendo: (8) Toma la vara, y reúne la congregación, tú y Aarón tu hermano, y hablad a la peña a vista de ellos; y ella dará su agua, y les sacarás aguas de la peña, y darás de beber a la congregación y a sus bestias. (9) Entonces Moisés tomó la vara de delante de Jehová, como él le mandó. (10) Y reunieron Moisés y Aarón a la congregación delante de la peña, y les dijo: ¡Oíd ahora, rebeldes! ¿Os hemos de hacer salir aguas de esta peña? (11) Entonces alzó Moisés su mano y golpeó la peña con su vara dos veces; y salieron muchas aguas, y bebió la congregación, y sus bestias. (12) Y Jehová dijo a Moisés y a Aarón: Por cuanto no creísteis en mí, para santificarme delante de los hijos de Israel, por tanto, no meteréis esta congregación en la tierra que les he dado. (13) Estas son las aguas de la rencilla, por las cuales contendieron los hijos de Israel con Jehová, y él se santificó en ellos. tentaron a Jehová, diciendo: ¿Está, pues, Jehová entre nosotros, o no?

Antes de empezar a analizar estos textos, es necesario recordar que Israel, poco tiempo después de que iniciara su peregrinaje por el desierto, había pasado por una situación similar, porque igualmente carecía del agua imprescindible en el desierto, y Dios se la suministra milagrosamente ordenando a Moisés que la extraiga de una roca. Este acontecimiento se relata en Éxodo 17:1-7. Leámoslo:

Éxodo 17:1-7: Toda la congregación de los hijos de Israel partió del desierto de Sin por sus jornadas, conforme al mandamiento de Jehová, y acamparon en Refidim; y no había agua para que el pueblo bebiese. (2) Y altercó el pueblo con Moisés, y dijeron: Danos agua para que bebamos. Y Moisés les dijo: ¿Por qué altercáis conmigo? ¿Por qué tentáis a Jehová? (3) Así que el pueblo tuvo allí sed, y murmuró contra Moisés, y dijo: ¿Por qué nos hiciste subir de Egipto para matarnos de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados? (4) Entonces clamó Moisés a Jehová, diciendo: ¿Qué haré con este pueblo? De aquí a un poco me apedrearán. (5) Y Jehová dijo a Moisés: Pasa delante del pueblo, y toma contigo de los ancianos de Israel; y toma también en tu mano tu vara con que golpeaste el río, y vé. (6) He aquí que yo estaré delante de ti allí sobre la peña en Horeb; y golpearás la peña, y saldrán de ella aguas, y beberá el pueblo. Y Moisés lo hizo así en presencia de los ancianos de Israel. (7) Y llamó el nombre de aquel lugar Masah] y Meriba, por la rencilla de los hijos de Israel, y porque tentaron a Jehová, diciendo: ¿Está, pues, Jehová entre nosotros, o no?

En primer lugar, observemos que ambas narraciones se refieren a dos historias distintas que ocurren, durante los cuarenta años de prolongada peregrinación de Israel en el desierto, en momentos históricos y en lugares de su travesía diferentes, pero que tienen en común la misma circunstancia: “toda la congregación” (Éx. 17:1; cf. Nm. 20:1) de Israel protesta porque teme morir por no tener agua, y la reclama con enfurecimiento a Moisés, que incluso llega a tener miedo de ser apedreado por sus hermanos (Éx. 17:4). Y Dios, igualmente, les proporciona milagrosamente toda el agua que necesitan, mandando a Moisés que extraiga dicha agua de una peña. Sorprendentemente el pueblo ya se había olvidado de todos los prodigios anteriores recientes que Dios hizo para liberarles del poder del Faraón de Egipto, y de su paso milagroso del Mar Rojo, y volvieron a dudar y desconfiar de la fidelidad de Dios.

¿En qué se diferencia el relato más antiguo registrado en Éxodo 17:1-7 del de Números 20:1-13, que sucedió históricamente más tarde?


Órdenes de Dios en Éxodo 17:1-7 (más antiguo)

Órdenes de Dios en Números 20:1-13 (posteriormente)

En Refidim-Horeb: “Y Jehová dijo a Moisés: Pasa delante del pueblo, y toma contigo de los ancianos de Israel; y toma también en tu mano tu vara con que golpeaste el río” (Éx. 17:5)

Desierto de Zim-Cades: “Y habló Jehová a Moisés, diciendo: (8) Toma la vara, y reúne la congregación, tú y Aarón tu hermano” (Nm. 20:7-8),

Golpearás la peña,y saldrán de ella aguas,y beberá el pueblo. Y Moisés lo hizo así en presencia de los ancianos de Israel” (Éx. 17:6).

“y hablad a la peña a vista de ellos; y ella dará su agua, y les sacarás aguas de la peña” (Nm. 20:7-8).

En el primer caso, en Refidim (Éx. 17:1-7), Dios ordenó a Moisés que golpeara la peña con su vara para que brotara de ella agua; él así lo hizo, y la roca –símbolo de Cristo (1 Co. 10:4)– se convirtió milagrosamente en una fuente natural de agua viva, que es figura del Espíritu de Cristo (Jn. 4:13-14; cf. 7:37-39; Ap. 22:17) .

Juan 7:37-39: En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. (38) El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. (39) Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado.

Sin embargo, en la segunda ocasión, en el desierto de Zim (Nm. 20:7-8), el mandamiento que Dios dio a Moisés, para que obtuviese agua de la peña, fue totalmente distinto, porque esta vez, en lugar de golpear la roca, simplemente, él debía hablar a la peña. Pero Moisés, no solo no le habló a la roca, sino que notablemente airado con sus hermanos, les llamó, con razón, “rebeldes”, y  creyéndose que ya tenía el poder o la capacidad de sacar agua de la roca a voluntad propia, les dijo: “¿Os hemos de hacer salir aguas de esta peña?” (Nm. 20:10); y acto seguido “alzó Moisés su mano y golpeó la peña con su vara dos veces; y salieron muchas aguas, y bebió la congregación, y sus bestias” (Nm. 20:11).

Si finalmente salió agua de la peña y el pueblo quedó satisfecho, ¿por qué lo que hizo Moisés desagradó tanto a Dios, hasta el extremo de castigarle con no entrar en la Jerusalén terrenal?

¿Acaso no daba igual golpear dos veces la roca, que hablar a la peña, con tal de obtener que de la misma brotara agua?

En ambos casos se habría obtenido el agua imprescindible para la vida. Porque Dios, pasando por alto la evidente desobediencia de Moisés, hizo surgir el agua, cuando éste dio con su vara dos golpes a la peña. Pero la ira, que en ese momento no pudo controlar Moisés, le llevó a no obedecer la clara orden de Dios, que consistía en hablar a la Roca, sino que levantó la mano y descargó dos golpes con su vara sobre la peña, como si ella fuera la culpable de la rebeldía de su pueblo, y además, olvidó que él no tenía el poder de hacer que brotara agua de la roca. Esto quizá fue lo más grave, porque en ese momento actuó por su cuenta, olvidando que dependía de Dios, y que era Su representante y mediador en la tierra entre Él y su pueblo. Moisés falló en esta ocasión porque no dio toda la gloria a Dios, delante del pueblo, sino que se atribuyó a sí mismo el poder de Dios, del que era solo canal o instrumento.

¿Cómo reprendió Dios a Moisés y Aarón, que le representaban ante Israel, por no obedecerle?

“Y Jehová dijo a Moisés y a Aarón: Por cuanto no creísteis en mí, para santificarme delante de los hijos de Israel, por tanto, no meteréis esta congregación en la tierra que les he dado. (13) Estas son las aguas de la rencilla, por las cuales contendieron los hijos de Israel con Jehová, y él se santificó en ellos” (Nm. 20:12-13).

¿Por qué la primera vez, Dios mandó a Moisés que golpeara la peña para obtener el agua que necesitaban, y sin embargo, en la segunda ocasión, no quiso que se golpeara la roca con la vara, sino simplemente Él ordenó que se hablase a la roca?

Nuestro Dios no es arbitrario ni caprichoso; tuvo, por tanto, que haber una razón. La clave para responder a la cuestión anterior nos la da el apóstol Pablo: “todos bebieron la misma bebida espiritual; porque bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo (1 Co. 10:4). Y estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos(1 Co. 10:11).

Todas las señales y milagros que Dios hizo para liberar a Israel tuvieron por objeto, por una parte, proporcionarles los medios materiales de subsistencia y por otra, enseñarles las verdades espirituales a fin de que fueran “un reino de sacerdotes, y gente santa” (Éx. 19:6), “un pueblo santo” (Dt. 26:19), que pudiera acoger al Mesías, y ser luz al mundo. Y estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros(1 Co. 10:11). Es decir, las señales milagrosas encierran verdades espirituales para nuestra edificación espiritual.

La piedra o roca física representa a Cristo la Roca de la eternidad (Dt. 32:4; Hch. 4:11-12; 1 P. 2:4-8), sobre la que se fundamenta nuestra fe (Mt. 16:16-18), y que nos da la vida espiritual y eterna. Cristo es, pues, la fuente de agua viva que nos proporciona la vida eterna (Jn. 4:14; 7:37-39; Ap. 22:16-17).

Juan 4:14 mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna.
Apocalipsis 22:16-17: Yo Jesús he enviado mi ángel para daros testimonio de estas cosas en las iglesias. Yo soy la raíz y el linaje de David, la estrella resplandeciente de la mañana. (17) Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven. Y el que oye, diga: Ven. Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente.

En Refidim, Dios ordenó que se golpeara a la peña de Horeb (Éxodo 17:6), y que del agua que surgiría se diese de beber al pueblo, para que pudiera seguir viviendo. La citada roca, que simboliza a Cristo, solo necesitaba ser golpeada, en una sola ocasión, para que brotara un manantial de agua suficiente para proporcionar la vida. Asimismo Cristo fue golpeado (Mt. 26.68; 27:30; Mr. 15:19; Jn. 18:23) para que nosotros tuviéramos el agua viva. Él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados” (Is. 53:5). Mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros. (7) Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al mataderoY se dispuso con los impíos su sepultura, mas con los ricos fue en su muerte; aunque nunca hizo maldad, ni hubo engaño en su boca”.(Is. 53: 6,7,9; cf. 1 P. 2:21-24).

1 Pedro 2:21-24: Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas; (22) el cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca; (23) quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente; (24) quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados.(El apóstol Pedro interpreta Isaías 53 identificando en el Siervo sufriente a Cristo)

En el segundo episodio similar, que se produjo más tarde en el desierto de Zim, en Cades, el mandato de Dios fue: hablad a la peña a vista de ellos; y ella dará su agua, y les sacarás aguas de la peña” (Nm. 20:7-8). Porque Cristo, “la  Roca espiritual que los seguía” (1 Co. 10:4), “fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan” (Heb. 9:28).

Golpear de nuevo la peña significaba que el sacrificio de Cristo habría sido necesario que se repitiera: “De otra manera le hubiera sido necesario padecer muchas veces desde el principio del mundo; pero ahora, en la consumación de los siglos, se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado” (Heb. 9:26). Veamos estos pasajes tan importantes de forma más completa:

Hebreos 9:24-28 Porque no entró Cristo en el santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios; (25) y no para ofrecerse muchas veces, como entra el sumo sacerdote en el Lugar Santísimo cada año con sangre ajena. (26) De otra manera le hubiera sido necesario padecer muchas veces desde el principio del mundo; pero ahora, en la consumación de los siglos, se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado. (27) Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio, (28) así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan.

Hebreos 10:10-14 En esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre. (11) Y ciertamente todo sacerdote está día tras día ministrando y ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados;(B) (12) pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios, (13) de ahí en adelante esperando hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies;(C) (14) porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados.

A la muerte de Moisés le sucedió Josué. Después fueron jueces los que dirigieron al pueblo de Dios. Finalmente, el pueblo quiso tener un rey, como las naciones paganas que les rodeaban, Samuel, con permiso de Dios, eligió a Saúl, que apostató. Le sucedió David, el hijo de Isaí, elegido por Dios mediante el profeta y juez Samuel; con aquél empieza la dinastía davídica, que con Salomón y sus descendientes, culminarían con el nacimiento del Mesías Jesús, de José y de María. 

5. ¿Fue Moisés resucitado el que se apareció a Jesús, en “el monte alto” de Jerusalén, o fue solo su espíritu materializado?

No termina aquí la vida de Moisés, porque, sorprendentemente, los Evangelios de Mateo, Marcos y Lucas nos revelan que “Jesús tomó a Pedro, a Jacobo y a Juan su hermano, y los llevó aparte solos a un monte alto” a orar (Mt. 17:1). “Y entre tanto que oraba” (Lc. 9:29), “se transfiguró delante de ellos” (Mr. 9:2), de forma que “la apariencia de su rostro se hizo otra” (Lc. 9:29), “y resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz” (Mt. 17:2). “Y he aquí les aparecieron Moisés y Elías hablando con Él” (Mt. 17:3); “quienes aparecieron rodeados de gloria, y hablaban de su partida, que iba Jesús a cumplir en Jerusalén”. (Mt. 17:1-7; cf. Mr. 9:1-8; Lc. 9:28-36). Es decir, hablaron de la próxima muerte de Jesús en la cruz, su resurrección y ascensión al Cielo de Dios.

Moisés y Elías, “rodeados de gloria”, se aparecieron a Jesús, en “el monte alto”, estando Él acompañado de tres de sus apóstoles (Lucas 9:28-36). Veamos primero los textos citados, y luego daré mi interpretación de este hecho maravilloso y prodigioso.

Mateo 17:1-3: Seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Jacobo y a Juan su hermano, y los llevó aparte a un monte alto;  (2)  y se transfiguró delante de ellos, y resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz. (3) Y he aquí les aparecieron Moisés y Elías, hablando con él. (4) Entonces Pedro dijo a Jesús: Señor, bueno es para nosotros que estemos aquí; si quieres, hagamos aquí tres enramadas: una para ti, otra para Moisés, y otra para Elías. (5) Mientras él aún hablaba, una nube de luz los cubrió; y he aquí una voz desde la nube, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd. (6) Al oír esto los discípulos, se postraron sobre sus rostros, y tuvieron gran temor. (7) Entonces Jesús se acercó y los tocó, y dijo: Levantaos, y no temáis. (8) Y alzando ellos los ojos, a nadie vieron sino a Jesús solo.

Marcos 9:1-8: También les dijo: De cierto os digo que hay algunos de los que están aquí, que no gustarán la muerte hasta que hayan visto el reino de Dios venido con poder. (2) Seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Jacobo y a Juan, y los llevó aparte solos a un monte alto; y se transfiguró delante de ellos. (3) Y sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, como la nieve, tanto que ningún lavador en la tierra los puede hacer tan blancos. (4) Y les apareció Elías con Moisés, que hablaban con Jesús. (5) Entonces Pedro dijo a Jesús: Maestro, bueno es para nosotros que estemos aquí; y hagamos tres enramadas, una para ti, otra para Moisés, y otra para Elías. (6) Porque no sabía lo que hablaba, pues estaban espantados. (7) Entonces vino una nube que les hizo sombra, y desde la nube una voz que decía: Este es mi Hijo amado; a él oíd. (8) Y luego, cuando miraron, no vieron más a nadie consigo, sino a Jesús solo.

Lucas 9:28-36: Aconteció como ocho días después de estas palabras, que tomó a Pedro, a Juan y a Jacobo, y subió al monte a orar.  (29)  Y entre tanto que oraba, la apariencia de su rostro se hizo otra, y su vestido blanco y resplandeciente.  (30)  Y he aquí dos varones que hablaban con él, los cuales eran Moisés y Elías;  (31)  quienes aparecieron rodeados de gloria, y hablaban de su partida, que iba Jesús a cumplir en Jerusalén. (32) Y Pedro y los que estaban con él estaban rendidos de sueño; mas permaneciendo despiertos, vieron la gloria de Jesús, y a los dos varones que estaban con él.  (33)  Y sucedió que apartándose ellos de él, Pedro dijo a Jesús: Maestro, bueno es para nosotros que estemos aquí; y hagamos tres enramadas, una para ti, una para Moisés, y una para Elías; no sabiendo lo que decía.  (34)  Mientras él decía esto, vino una nube que los cubrió; y tuvieron temor al entrar en la nube. (35) Y vino una voz desde la nube, que decía: Este es mi Hijo amado; a él oíd. (36) Y cuando cesó la voz, Jesús fue hallado solo; y ellos callaron, y por aquellos días no dijeron nada a nadie de lo que habían visto.

5.1. Mi interpretación de los textos de la Transfiguración de Jesús y la aparición de Moisés y Elías

Primero, notemos que la Palabra de Dios no habla de que aparecieron las almas o espíritus de Moisés y Elías, sino que los que se presentaron en ese monte, en el momento de la transfiguración de Jesús, fueron ellos mismos, es decir, sus personas o sus seres humanos enteros, “rodeados de gloria” (Lc. 9:31). Si no eran espíritus, solo cabe la posibilidad de que ellos, para poder ser traspuestos al Cielo, Dios tendría que haberlos transformado previamente en cuerpos glorificados a la semejanza del cuerpo que Cristo tomaría al resucitar; como las primicias de los salvos que serán arrebatados por Dios para ser llevados al encuentro del Señor en el cielo, en Su segunda venida (véase: 1 Co. 15:50-54; cf. 1 Ts. 4:13-18).

1 Corintios 15:50-52: Pero esto digo, hermanos: que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción. (51) He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, (52) en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados.

1 Tesalonicenses 4:13-18: Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza. (14) Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él. (15) Por lo cual os decimos esto en palabra del Señor: que nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor, no precederemos a los que durmieron. (16) Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. (17) Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor. (18) Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras.

Pedro, Juan y Jacobo, además de ver  “la gloria de Jesús”, “vieron… a los dos varones que estaban con él” (Lc. 9:32; cf. 2 P. 1:16-18), quienes aparecieron rodeados de gloria” (Lc. 9:31). Esto solo fue posible porque eran cuerpos gloriosos, y no espíritus. Necesitamos tomar consciencia de que si hubieran sido los espíritus de Moisés y Elías, no hubieran podido ser vistos por nadie. Por otro lado, Elías no podía aparecer como espíritu porque nunca murió, porque fue trasladado vivo al Cielo. El caso de Moisés es distinto, en cuanto que él sí había muerto, y tuvo que ser resucitado y transformado su cuerpo en incorruptible, para que, de la misma manera que Elías, pudiera ser arrebatado al Cielo de Dios, como trataré de probar más adelante.

Segundo, ¿qué sentido o significado puede tener para nosotros este episodio de la transfiguración de Jesús, con la aparición de Moisés y Elías?

Para los creyentes, este episodio de la transfiguración de Jesús tiene una gran importancia y mucho significado, porque es un testimonio directo de Dios. En primer lugar, Jesús –la Palabra de Dios encarnada–, al transfigurarse deja ver un vislumbre de su majestad y de Su Divinidad. En segundo lugar, tres representantes del Nuevo Pacto –Pedro, Juan y Jacobo–, son reunidos, por primera y única vez, con dos personajes glorificados del Antiguo Pacto, venidos de las moradas celestiales, Moisés, el autor de la Ley, que junto, a Elías, el representante de los profetas, forman el cuadro completo de la Revelación Divina a la humanidad: El Nuevo Testamento completa, cumple y confirma las profecías reveladas en el Antiguo Testamento, y todo ello habiendo sido inspirado por el Espíritu Santo (2 P. 1:16-21), y ratificado por Dios Padre, de quien, “vino una voz desde la nube, que decía: Este es mi Hijo amado; a él oíd” (Mt. 17:5; Mr. 9:7; Lc. 9:35); este es el testimonio de la Divinidad: Jesucristo es identificado como el Hijo de Dios, el Antiguo Pacto se ha cumplido en Él, y, ahora, desde ese momento, se nos ordena que debemos oírle y obedecerle, porque “Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, (2) en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo (Hebreos 1:1,2). Veamos también el testimonio del apóstol Pedro, que fue testigo presencial de la transfiguración de Jesús.

2 Pedro 1:16-21: Porque no os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo fábulas artificiosas, sino como habiendo visto con nuestros propios ojos su majestad. (17) Pues cuando él recibió de Dios Padre honra y gloria, le fue enviada desde la magnífica gloria una voz que decía: Este es mi Hijo amado, en el cual tengo complacencia. (18) Y nosotros oímos esta voz enviada del cielo, cuando estábamos con él en el monte santo. (19) Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día esclarezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones; (20) entendiendo primero esto, que ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada, (21) porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo.

Tercero, ¿por qué sostengo que no fueron los espíritus de Moisés y Elías los que se aparecieron a Jesús en ese monte alto, sino sus personas completas con cuerpos glorificados?

Con respecto a Elías, las Sagradas Escrituras registran que nunca murió, sino que “subió al cielo en un torbellino” (2 R. 2:11), es decir, fue transformado en un instante en cuerpo incorruptible e inmortal, y arrebatado por Dios al Cielo, sin gustar la muerte; porque de no ser así, no hubiera podido ser trasladado al Cielo. Veamos el versículo completo donde se registra.

2 Reyes 2:11: Y aconteció que yendo ellos y hablando, he aquí un carro de fuego con caballos de fuego apartó a los dos; y Elías subió al cielo en un torbellino.

El caso de Elías no es una excepción, porque el primer personaje que registra la Biblia, que fue “traspuesto para no ver muerte”, fue Enoc (Heb. 11:5; cf. Gn. 5:21-24).

Génesis 5:21-24: Vivió Enoc sesenta y cinco años, y engendró a Matusalén.  (22)  Y caminó Enoc con Dios, después que engendró a Matusalén, trescientos años, y engendró hijos e hijas. (23) Y fueron todos los días de Enoc trescientos sesenta y cinco años. (24) Caminó, pues, Enoc con Dios, y desapareció, porque le llevó Dios.

Este suceso extraordinario ha sido corroborado por el autor del libro de Hebreos: “Por la fe Enoc fue traspuesto para no ver muerte, y no fue hallado, porque lo traspuso Dios; y antes que fuese traspuesto, tuvo testimonio de haber agradado a Dios” (Hebreos 11:5).

Solo pueden ir al Cielo los cuerpos gloriosos, ya sea porque son resucitados incorruptibles o porque sin pasar por la muerte son transformados en semejanza al cuerpo glorificado de Jesús resucitado.

Como hemos comprobado arriba, Elías “subió al Cielo” (2 R. 2:11), sin pasar por la muerte. La Palabra de Dios nos revela que hay una forma de viajar por el espacio que no necesita de medios tecnológicos. Esta traslación al Cielo es la que experimentó Elías, y, también, Enoc, y ambos representan las primicias de los salvos que vivan cuando aparezca nuestro Señor Jesucristo en gloria, que, así como aquellos fueron trasladados al Cielo, así también éstos serán arrebatados por Dios para ser llevados al encuentro del Señor en el cielo, en Su segunda venida, como ya comprobamos arriba (1 Co. 15:50-54; cf. 1 Ts. 4:13-18). Elías representa, pues, a todos los que serán arrebatados al Cielo, que vivan cuando nuestro Señor Jesús venga en gloria, para ser llevados a reinar con Él en el nuevo cielo y la nueva tierra (2 P. 3:13; Ap. 20:4; 21:1-8).

Por tanto, si podemos asegurar con rotundidad que Elías realmente se apareció a Jesucristo, no como un espíritu, puesto que él nunca murió, sino con el cuerpo glorificado con el que había sido transformado para que pudiera entrar en el Cielo de Dios, entonces ¿por qué iba a ser diferente el caso de Moisés? Creer que fue el espíritu de Moisés el que acompañaba a Elías cuando ambos se aparecieron a Jesús sería ilógico, y, además, estaría en contradicción con el sentido antropológico bíblico del ser humano, como veremos a continuación.

5.2. Antropología del ser humano según la Biblia.

La concepción platónica o helenista, que ha impregnado nuestra sociedad,  hasta llegar incluso a pervertir el concepto cristiano del ser humano, considera al hombre un compuesto de cuerpo –la parte material– y alma/espíritu –la parte espiritual, de manera que el cuerpo es algo así como la cárcel del alma, que desea liberarse del cuerpo para ser libre y perfecta, puesto que es inmortal, según esta concepción.

Sin embargo, la concepción bíblica del ser humano es muy diferente porque no se afirma que tenemos un alma, sino que somos un alma: “Fue hecho el primer hombre Adán alma viviente; el postrer Adán, espíritu vivificante” (1 Corintios 15:45). Ahora bien, nuestra creencia, basada en la Biblia dice: “creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Gn. 1:27). Sin embargo también dice que “Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente” (Génesis 2:7). Es decir, somos un cuerpo, que es una materia organizada a la que Dios le ha dado vida, con Su “aliento de vida”. Pero este “aliento o hálito de vida” no es el espíritu o el alma de la creencia platónica o helenista citada anteriormente.

Lo que debemos saber, es que no tenemos dentro de nuestro cuerpo un espíritu o alma inmortal, que cuando se muere se libera, como una entidad que tiene vida consciente en sí misma, con independencia del cuerpo. Esto es imposible, porque los humanos somos “carne y sangre” y no hay unión posible entre “la carne y el espíritu”. Este tema no puede ser abarcado con detalle en este artículo, porque lo he tratado extensamente en otros estudios (1). Cito ahora un breve párrafo de mi más reciente estudio sobre ¿Cuál es la naturaleza del ser humano?

El ser humano es, pues, un cuerpo vivo o alma viviente, es una unidad psicosomática, llamada “carne” en la Biblia (Gn. 6:3; Jn. 3:6; Ro: 8:5; etc.), y que designa al “hombre natural” (1 Co. 2:14; etc.), también llamado psíquico o anímico; y él es así desde que nace hasta que se convierte a Dios, mediante la regeneración producida por el Espíritu Santo; lo que le transforma en el hombre o ser humano espiritual (Jn. 3:3; Tito 3:4-5), u hombre nuevo de la nueva creación (Ef. 4:22-30; cf. Col. 3:1-14), siendo su cuerpo templo del Espíritu Santo (1 Co. 3:16; 6:19; 2 Co. 6:16 ) en el que mora Dios, y vive Cristo en él (Gá. 2:20). (2)

La naturaleza humana es material o corporal en contraste con la naturaleza espiritual de Dios y de los ángeles

Por la Biblia sabemos que “Dios es Espíritu” (Jn. 4:24), y que existen unos seres espirituales llamados ángeles, que son espíritus puros y bondadosos; éstos son todos espíritus ministradores, enviados para servicio a favor de los que serán herederos de la salvación” (Hebreos 1:14). Sin embargo, la Sagrada Escritura también nos habla de otros seres semejantes en cuanto a su naturaleza espiritual, llamados demonios, que son espíritus inmundos o malvados, y del “príncipe de los demonios”, o “el príncipe de este mundo” (Lc. 11:15; Jn. 12:31; etc.) que es el diablo (Jn. 8:44; etc.); las referencias a ellos en la Biblia son numerosas. Todos ellos son invisibles a nuestros ojos, y solo los veríamos si adoptan una forma material, pudiendo tomar la apariencia de cualquier ser vivo. Los demonios pueden, además, tomar posesión de una persona, y utilizarla como un canal mediante el cual ellos pueden hacer señales prodigiosas, como por ejemplo, las que hicieron los hechiceros de Egipto, cuando trataron de imitar los prodigios que Dios hizo a través de Moisés, cuando envió las diez plagas a Egipto (véase Éx. 7:11-25; caps.:8-13).

El ser humano es un poco menor que los ángeles

Realmente no comprendemos cómo es la naturaleza espiritual de los ángeles y demonios, porque los humanos no podemos concebir la vida sin algún tipo de materia; pero sabemos que esos seres espirituales tienen inteligencia y poder superiores a los humanos; y la Biblia nos dice que Jesús –el hombre perfecto– “fue hecho un poco menor que los ángeles” (Heb. 2:9-10).

Hebreos:2:9-10: Pero vemos a aquel [Jesús] que fue hecho un poco menor que los ángeles, a Jesús, coronado de gloria y de honra, a causa del padecimiento de la muerte, para que por la gracia de Dios gustase la muerte por todos. (10) Porque convenía a aquel por cuya causa son todas las cosas, y por quien todas las cosas subsisten, que habiendo de llevar muchos hijos a la gloria, perfeccionase por aflicciones al autor de la salvación de ellos.

¿Por qué fue necesario que Dios Hijo “gustase la muerte por todos” los humanos?

Estos textos del libro de Hebreos nos muestran la humanidad y la divinidad de Jesucristo, porque Él tuvo que ser hecho hombre –“Aquel Verbo fue hecho carne y habitó entre nosotros” (Jn. 1:14), mediante una mujer virgen– para que por la gracia de Dios gustase la muerte por todos (Heb.2:9). Por tanto, para que nosotros, los seres humanos, pudiéramos tener vida eterna, fue necesario que Dios mismo, en la Persona de Su Hijo, se despojara “a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; (8) y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz (Fil. 2:7-8).

1 Timoteo 3:16 E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne, Justificado en el Espíritu, Visto de los ángeles, Predicado a los gentiles, Creído en el mundo, Recibido arriba en gloria.

Si la muerte fuera un acontecimiento trivial, que simplemente significara pasar de un estado de vida a otro, si así fuera ¿por qué “el Rey de reyes, y Señor de señores, el único que tiene inmortalidad” (1 Ti. 6:15-16) tuvo que participar “de carne y sangre”, es decir, hacerse hombre para sufrir la muerte, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, (15) y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre” (Heb. 2:14-15)?

Mientras no reconozcamos que la muerte es la consecuencia del pecado (Ro. 5:12; 1 Co. 15:21; cf. Ro. 6:23), –es decir, “la paga del pecado es muerte, mas la dadiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestros” (Ro. 6:23)–, seremos incapaces de entender que la solución a la muerte no es la inmortalidad del alma, sino solo la resurrección que experimentó Cristo, por la cual obtuvo la victoria sobre el pecado, la muerte y el diablo, porque con su muerte en la cruz y posterior resurrección, “quitó la muerte y sacó a luz la vida y la inmortalidad por el evangelio” (2 Ti. 1:10). Notemos que la inmortalidad no es algo inherente a la humanidad, sino algo que solo se puede conseguir “por el Evangelio”, o sea, por creer que Jesús “es la propiciación por nuestros pecados” (1 Jn. 2:2; 4:10), lo que es lo mismo, que murió por nosotros, porque Él es “quien llevó Él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia…(1 P. 2:24).

Es decir, para que Dios pudiera darnos la vida eterna, y perdonarnos nuestros pecados era necesario que alguien sin pecado pagara el precio de nuestros pecados, de manera que se cumpliera Su justicia, que exige la muerte del pecador. Ese “Alguien”, “que no conoció pecado, por nosotros Dios lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él (2 Co. 5:21). La excelente Epístola a los romanos nos confirma lo mismo:

Romanos 3:21-26: Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas; (22) la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él. Porque no hay diferencia, (23) por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, (24) siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, (25) a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, (26) con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús.

Por tanto, nuestra justicia es Cristo porque Él es la propiciación por nuestros pecados; Él pagó nuestra deuda, por eso creemos: que “En esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre” (Heb. 10:10), es decir, “un solo sacrificio por los pecados” (v.12); esto es lo único que nos puede salvar de la muerte eterna, porque nos “hizo perfectos para siempre a los santificados” (véase Heb. 10:10-14).

La verdad de que la única solución a la muerte es la resurrección de los muertos, aparece reiteradamente en la Palabra de Dios: “Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos (1 Co. 15:21). Veamos su contexto, porque veremos más claramente que no existe vida después de la muerte si antes no ha habido una resurrección:

1 Corintios 15:13-26: Porque si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó. (14) Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe. (15) Y somos hallados falsos testigos de Dios; porque hemos testificado de Dios que él resucitó a Cristo, al cual no resucitó, si en verdad los muertos no resucitan. (16) Porque si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó; (17) y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados. (18) Entonces también los que durmieron en Cristo perecieron. (19) Si en esta vida solamente esperamos en Cristo, somos los más dignos de conmiseración de todos los hombres. (20) Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho. (21) Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos. (22) Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados. (23) Pero cada uno en su debido orden: Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo, en su venida. (24) Luego el fin, cuando entregue el reino al Dios y Padre, cuando haya suprimido todo dominio, toda autoridad y potencia. (25) Porque preciso es que él reine hasta que haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies. (26) Y el postrer enemigo que será destruido es la muerte.

Si Cristo murió por todos (2 Co. 5:15), gustó la muerte por todos (Heb. 2:9), si “Él quitó la muerte y sacó a luz la vida y la inmortalidad por el evangelio” (2 Ti. 1:10), ¿por qué todavía la gente se muere cuando le llega su hora?

Porque Cristo nos libró de la muerte segunda (Ap. 2:11; 20:14; 21:8), que es eterna, y que corresponde al castigo de nuestros pecados; porque “cargó en Él el pecado de todos nosotros” (Is. 53:6); así también lo confirma el apóstol Pedro: “llevó Él mismos nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero” (1 P. 2:24). Por tanto, Jesús en la cruz gustó la muerte segunda, el castigo por nuestros pecados; por eso, un instante antes de morir dijo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mt. 27:46). Aunque Jesús sabía con toda certeza que sería resucitado por Dios, –como así lo había anunciado Él mismo en numerosas ocasiones (Mt. 16:21; 17:23; 20:19: etc.)–, un momento antes de morir, se sintió abandonado por Dios, y por eso clamó ese grito angustioso; ¿qué le pudo ocurrir si Él en toda Su vida había sido uno con el Padre (Jn. 10:30)? Simplemente, Jesús experimentó la muerte eterna, el castigo por nuestros pecados, porque Dios le abandonó en ese momento, porque así debía suceder; pero una vez pagada nuestra culpa, Dios le resucitó porque Cristo fue sin pecado y nunca pecó.

Juan 10:17-18: Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar. (18) Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar. Este mandamiento recibí de mi Padre.

Este tema lo he tratado con más extensión en otros artículos (3)

5.3. Moisés murió y fue resucitado antes de ir al Cielo

Sabemos que Moisés murió porque así está registrado en la Biblia, pero, aunque la misma no diga expresamente en ningún sitio que haya sido resucitado con un cuerpo glorioso, sí lo sugiere o lo da a entender. La principal prueba es que apareció vivo a Jesús y sus discípulos, y todos, los que estaban allí, lo pudieron ver, lo que no sería posible si hubiera aparecido como un espíritu. No hay necesidad de pensar que su espíritu se materializó de alguna manera para evidenciar su presencia. Es más simple y ajustado a la Palabra de Dios aceptar que fue resucitado, como así lo sugiere la epístola universal de San Judas Apóstol, en su versículo 9. Comprobémoslo:

Judas 1:9: Pero cuando el arcángel Miguel contendía con el diablo, disputando con él por el cuerpo de Moisés, no se atrevió a proferir juicio de maldición contra él, sino que dijo: El Señor te reprenda.  

¿Qué sentido podía tener que el arcángel Miguel le disputara al diablo el cuerpo de Moisés?

¿Nos podemos imaginar al diablo sujetando el cuerpo de Moisés, intentando impedir que el arcángel Miguel se lo arrebate y se lo lleve al Cielo?

Notemos que la Biblia no dice que “el arcángel Miguel contendía con el diablo, disputando con él por el alma de Moisés, como sería lógico desde la concepción cristiana helenista o platónica, sino que disputaba por su cuerpo; porque, en la antropología bíblica, tanto el cuerpo humano como el alma humana son equivalentes y representan al ser humano entero.

Si un cuerpo humano no tiene vida ya no se le puede llamar estrictamente “cuerpo”, sino que sería un cadáver, que es pura materia, ¿para qué querría Dios luchar con el diablo para rescatar el polvo en que se convierte todo cuerpo muerto? ¿No es el Hijo de Dios la resurrección y la vida (Jn. 11:25) o el Autor de la Vida (Hch. 3:15)?

Moisés murió en la tierra de Moab, y Dios mismo “lo enterró en el valle, en la tierra de Moab, enfrente de Bet-peor; y ninguno conoce el lugar de su sepultura hasta hoy” (Dt. 34:6). Veamos algo de su contexto en los pasajes siguientes:

Deuteronomio 34:4-6 Y le dijo Jehová: Esta es la tierra de que juré a Abraham, a Isaac y a Jacob, diciendo: A tu descendencia la daré. Te he permitido verla con tus ojos, mas no pasarás allá. (5) Y murió allí Moisés siervo de Jehová, en la tierra de Moab, conforme al dicho de Jehová. (6) Y lo enterró en el valle, en la tierra de Moab, enfrente de Bet-peor; y ninguno conoce el lugar de su sepultura hasta hoy.

¿No sería más bien que el diablo quería impedir que Moisés fuera resucitado, porque aquél sostenía que, como Moisés había cometido pecado, Dios no obraría con justicia si lo resucitara, porque Su misma Palabra declara que “la paga del pecado es muerte” (Ro. 6:23)?

Recordemos que Cristo venció con su muerte vicaria al diablo, al pecado y a la muerte, “con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación, (20) ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros” (1 P. 1:19-20; véase Heb. 2:9-18)

Hebreos 2:9-18: Pero vemos a aquel que fue hecho un poco menor que los ángeles, a Jesús, coronado de gloria y de honra, a causa del padecimiento de la muerte, para que por la gracia de Dios gustase la muerte por todos. (10) Porque convenía a aquel por cuya causa son todas las cosas, y por quien todas las cosas subsisten, que habiendo de llevar muchos hijos a la gloria, perfeccionase por aflicciones al autor de la salvación de ellos. (11) Porque el que santifica y los que son santificados, de uno son todos; por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos, (12) diciendo: Anunciaré a mis hermanos tu nombre, En medio de la congregación te alabaré. (13) Y otra vez: Yo confiaré en él. Y de nuevo: He aquí, yo y los hijos que Dios me dio. (14) Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, (15) y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre. (16) Porque ciertamente no socorrió a los ángeles, sino que socorrió a la descendencia de Abraham. (17) Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo. (18) Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados.

Sin embargo, hasta que Cristo no murió en la cruz, el diablo no fue vencido y sus reclamaciones descalificadas (Ap. 12:7-17); y por eso, éste podía reclamar la vida de todos los pecadores, mientras no se hubiera completado el plan de salvación con la redención que efectuó nuestro Señor en la cruz (30 d.C.); en ese momento se cumplió la justicia de Dios, porque “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Corintios 5:21).

Aunque, después de la victoria de Cristo sobre la muerte, mediante la resurrección, el diablo quedó sin argumentos, siguió resistiéndose, porque Después hubo una gran batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón; y luchaban el dragón y sus ángeles; (8) pero no prevalecieron, ni se halló ya lugar para ellos en el cielo. (9) Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero; fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él. (10) Entonces oí una gran voz en el cielo, que decía: Ahora ha venido la salvación, el poder, y el reino de nuestro Dios, y la autoridad de su Cristo; porque ha sido lanzado fuera el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba delante de nuestro Dios día y noche. (11) Y ellos le han vencido por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos, y menospreciaron sus vidas hasta la muerte. (12) Por lo cual alegraos, cielos, y los que moráis en ellos. ¡Ay de los moradores de la tierra y del mar! porque el diablo ha descendido a vosotros con gran ira, sabiendo que tiene poco tiempo” (Apocalipsis 12:7-12).

De lo que antecede, no es difícil deducir que el arcángel Miguel venció al diablo, rescatando el cuerpo de Moisés. Pero no vayamos a equivocarnos, porque el cuerpo no es su cadáver, que no sirve para nada pues no es otra cosa que polvo, sino que el cuerpo representa la vida, la totalidad del ser humano, un cuerpo es un organismo vivo, porque de lo contrario no es más que materia; y rescatar el cuerpo de Moisés es volverle a la vida, es decir, significa su resurrección corporal gloriosa, porque sabemos “que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción” (1 Corintios 15:50).

Esto es difícil de entender a causa del pensamiento de la filosofía y cultura griegas, que sostiene que el ser humano es un compuesto de cuerpo y alma, y ese concepto ha contaminado la antropología bíblica, que preconiza la unidad del ser humano, como cuerpo o alma viviente, indistintamente, como he defendido en varios estudios bíblicos (4).

No sabemos cuándo Dios resucitó a Moisés, pero es evidente que fue antes de que se le apareciera a Jesús transfigurado en gloria cuando subió a “un monte alto”, acompañado de Pedro, Juan y Jacobo (Mt. 17:1-4; cf. Mr. 9: 1-9; Lc. 9:28-36). Entonces todavía no se había consumado el Plan de Redención, y, por ese motivo, el diablo aún podía reclamar su vida y la de todos los pecadores.

Con Enoc completamos las tres excepciones: los únicos personajes Enoc, Elías y Moisés que, con cuerpos gloriosos a la semejanza del cuerpo de Jesús resucitado, están en el Cielo. Los dos primeros –Enoc y Elías– son prototipos de los santos vivos en la Parusía, que Jesús transformará en cuerpos gloriosos e inmortales; y el tercero –Moisés– prototipo de los santos muertos que serán resucitados en cuerpos incorruptibles e inmortales, en la Parusía del Señor Jesús en gloria.

En relación con la bendita esperanza que todo cristiano tiene en la resurrección de los muertos (véase 1 Corintios 15), no podemos dejar de citar aquí la resurrección de “muchos cuerpos de santos que habían dormido” (Mt. 27:51-53), que se produjo junto con la resurrección de Jesucristo, simultáneamente o poco después; porque Dios quiso darnos más evidencias de este maravilloso evento que sucederá cuando Cristo regrese en gloria, para que nadie desespere.   

Mateo 27:51-53: Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; y la tierra tembló, y las rocas se partieron;  (52)  y se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron;  (53)  y saliendo de los sepulcros, después de la resurrección de él [Cristo], vinieron a la santa ciudad, y aparecieron a muchos.

6. Conclusión

En Moisés recaen circunstancias singulares que le convierten en un gran personaje de la historia de la humanidad, hasta el punto de representar un prototipo de Jesucristo, como se demuestra por su propio testimonio y el de la Sagrada Escritura (véase Hch. 3:22,23; cf. Dt. 18:15-16,19). Murió estando en plena salud, sin causas naturales: “Era Moisés de edad de ciento veinte años cuando murió”; sin embargo, “sus ojos nunca se oscurecieron, ni perdió su vigor”. (Dt. 34:7); y Dios mismo “lo enterró en el valle, en la tierra de Moab, enfrente de Bet-peor” (Dt. 34:6).

La cualidad que caracterizaba a Moisés, que le hacía semejante a Jesús, es la mansedumbre: “Y aquel varón Moisés era muy manso, más que todos los hombres que había sobre la tierra” (Nm. 12:3). Porque fue esto mismo lo que enseñó nuestro Señor: “llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallareis descanso para vuestras almas.” (Mt. 11:29). Esta cualidad es la que debería tener todo aquel que quiera ser digno de llamarse cristiano; y, también, porque “Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad” (Mt. 5:5). Por tanto, reconocemos por las palabras de Jesucristo, y por su propio ejemplo, que la mansedumbre es una característica importante de todo cristiano y una condición para heredar la vida eterna.

A su misión de liberar a su pueblo Israel de la esclavitud de Egipto, que realizó, siendo canal e instrumento del poder de Dios, mediante señales y prodigios maravillosos (Caps. Éx. 7-14), hay que añadir sus gigantescas tareas como legislador, escritor, profeta, gobernante y mediador entre Dios y su pueblo.

En la vida de Moisés se distinguen nítidamente tres periodos de cuarenta años. Nació en Egipto, (c. 1525 a.C.) (6), de la familia de Leví, siendo sus padres Amram  y Jacobed (Éx. 6:17-20; cf. Nm. 26:57-62). Cuando nació corrió el riesgo de ser asesinado por orden del Faraón; pero su madre lo ocultó durante tres meses; “Pero no pudiendo ocultarle más tiempo, tomó una arquilla de juncos y la calafateó con asfalto y brea, y colocó en ella al niño y lo puso en un carrizal a la orilla del río” (Éxodo 2:3). Allí fue visto por la hija del Faraón que le adoptó, permitiendo que una nodriza hebrea –Jacobed, su madre– le criara y educara; “Y cuando el niño creció, ella lo trajo a la hija de faraón, la cual lo prohijó, y le puso por nombre Moisés, diciendo: Porque de las aguas lo saqué”. (Éx. 2:10).

De sus primeros cuarenta años poco más sabemos, excepto lo que nos narró, el protomártir San Esteban en el libro de los Hechos de los apóstoles: Y fue enseñado Moisés en toda la sabiduría de los egipcios; y era poderoso en sus palabras y obras. (23) Cuando hubo cumplido la edad de cuarenta años, le vino al corazón el visitar a sus hermanos, los hijos de Israel. (24) Y al ver a uno que era maltratado, lo defendió, e hiriendo al egipcio, vengó al oprimido. (25) Pero él pensaba que sus hermanos comprendían que Dios les daría libertad por mano suya; mas ellos no lo habían entendido así. (26) Y al día siguiente, se presentó a unos de ellos que reñían, y los ponía en paz, diciendo: Varones, hermanos sois, ¿por qué os maltratáis el uno al otro? (27) Entonces el que maltrataba a su prójimo le rechazó, diciendo: ¿Quién te ha puesto por gobernante y juez sobre nosotros? (28) ¿Quieres tú matarme, como mataste ayer al egipcio? (29) Al oír esta palabra, Moisés huyó, y vivió como extranjero en tierra de Madián, donde engendró dos hijos.

Moisés pasó sus siguientes cuarenta años (40 a 80 años) en la Tierra de Madián; y tampoco sabemos mucho más, excepto que allí contrajo matrimonio con Séfora y tuvo dos hijos, y pastoreaba las ovejas de su suegro Jetro. Pero muy probablemente durante este periodo, él quizá empezó su tarea de escritor  del Pentateuco, y, parece que también se le atribuye el libro de Job y algún salmo. En el mismo capítulo del libro de los Hechos de los Apóstoles, se nos narra que su estancia en Madián culminó con el llamado del Señor para que volviera a Egipto a liberar a Israel: Pasados cuarenta años, un ángel se le apareció en el desierto del monte Sinaí, en la llama de fuego de una zarza. (31) Entonces Moisés, mirando, se maravilló de la visión; y acercándose para observar, vino a él la voz del Señor” (Hechos 7:30-31; cf. Éx. 3:1-22; Cap. 4).

Los cuarenta años finales de la vida de Moisés (80 a 120 años), se corresponden con su conducción y gobierno de Israel en su peregrinaje por el desierto: recibió la Ley de Dios en dos tablas de piedra en el Sinaí, y todo el resto de leyes; en primer lugar, leyes civiles y morales, como por ejemplo: leyes sobre los esclavos, sobre actos de violencia, sobre responsabilidades de amos y dueños, leyes sobre la restitución, humanitarias, etc. Y, en segundo lugar, leyes ceremoniales, que se centraban en las ofrendas y sacrificios de animales, y en la celebración de determinadas fiestas, como, por ejemplo, la Pascua (14 de Abib/Nisán), que era seguida por la fiesta de “los panes sin levadura”, que duraba siete días: “En el mes primero comeréis los panes sin levadura, desde el día catorce del mes por la tarde hasta el veintiuno del mes por la tarde” (Éxodo 12:18).

Sin embargo, dentro de ese periodo de la fiesta de los panes ácimos, también Dios había mandado a Moisés que le fuera ofrecida “una gavilla por primicia de los primeros frutos de vuestra siega” (Levítico 23:9-11). “Y el sacerdote mecerá la gavilla delante de Jehová, para que seáis aceptos; el día siguiente del día de reposo la mecerá (Levítico 23:11); porque “la primicia de los primeros frutos de vuestra siega” (Levítico 23:10) simboliza a “Cristo, las primicias” (1ª Corintios 15:23); y también “Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho” (1ª Corintios 15:20). Cristoresucitó un domingo –primer día de la semana (Mt. 28:1; Mc. 16:9; Lc. 24:1; Jn. 20:1,19)– como “las primicias” de todos los que resucitarán “en Su venida” (1ª Corintios 15:23). Cristo representa, pues, los primeros frutos de la siega, que  “con una sola ofrenda –la de sí mismo al Padre– hizo perfectos para siempre a los santificados” (Hebreos 9:26-28; 10:10-14), garantizando con Su resurrección, la victoria –sobre el pecado, la muerte y el diablo– de todos los que depositen su confianza en Él. De ahí que la ofrenda de “la gavilla mecida”  debía siempre ser presentada a Dios en un primer día de la semana (domingo), porque Cristo, la verdadera ofrenda, estaba predestinado por Dios para que resucitara un domingo.

1 Corintios 15:20-23: Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho.  (21)  Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos.  (22)  Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados.  (23)  Pero cada uno en su debido orden: Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo, en su venida.

La fiesta anterior del ofrecimiento de “los primeros frutos de vuestra siega”, debía culminar, con lo que más tarde se llamó la fiesta de Pentecostés, que se debía celebrar cincuenta días después de la anterior ofrenda: “También celebrarás la fiesta de las semanas, la de las primicias de la siega del trigo, y la fiesta de la cosecha a la salida del año” (Éx. 34:22). El término griego “Pentecostés” significa “quincuagésimo” o cincuenta. La razón para ello es porque esta fiesta tan importante va perfectamente enlazada o encadenada con la ofrenda de las gavillas de cebada, puesto que se debía celebrar al cabo de “siete semanas cumplidas”, y contando cincuenta días desde el día (domingo) en que se ofreció la gavilla mecida de cebada (Levítico 23:15-17).

Levítico 23:15-17: Y contaréis desde el día que sigue al día de reposo, desde el día en que ofrecisteis la gavilla de la ofrenda mecida; siete semanas cumplidas serán. (16) Hasta el día siguiente del séptimo día de reposo contaréis cincuenta días; entonces ofreceréis el nuevo grano a Jehová. (17) De vuestras habitaciones traeréis dos panes para ofrenda mecida, que serán de dos décimas de efa de flor de harina, cocidos con levadura, como primicias para Jehová.

Si el día en que se ofrecía a Dios la gavilla de cebada era el primer día de la semana o domingo del mes de Nisán, cincuenta días más tarde –cómputo inclusivo– la fiesta de Pentecostés tenía que caer también necesariamente en un primer día de la semana o domingo; como así ocurrió en el año de la crucifixión y resurrección de Jesucristo, ya que sabemos a ciencia cierta que Él resucitó un domingo, día de la ofrenda de la gavilla de cebada.

Sin embargo, en el día de Pentecostés, los israelitas debían ofrecer “el nuevo grano a Jehová” (Levítico 23:16) “las primicias de la siega del trigo” (Núm. 34:22) en forma de “dos panes…cocidos con levadura, como primicias a Jehová” (Levítico 23:17); lo que representaba las primicias de los salvos de los dos pueblos, judíos y gentiles, –los cuales aunque santos aún tienen la levadura, símbolo de pecado– que por medio de la Obra de Cristo –Su vida, muerte y Resurrección–  “de ambos pueblos hizo uno” (Efesios 2:14), por medio del derramamiento del Espíritu Santo.

Por lo tanto, el día de Pentecostés del año de la muerte y Resurrección de Jesús se cumplió la realidad a la que el simbolismo de las primicias de la cosecha de trigo apuntaba. Este Día, pues, tiene una gran importancia, pues en él se inicia la Iglesia primitiva, y “los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil personas” (Hechos 2:41). Además, en el día de Pentecostés se cumplen la profecía de Joel (Hechos 2:16-21) y la del mismo Jesús, quien había prometido a sus discípulos: “He aquí, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto” (Lucas 24:49; Cf. Hechos 1:4,5,8).

Hechos 1:4-5: Y estando juntos, les mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre, la cual, les dijo, oísteis de mí. (5)  Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días.

La fiesta del día de Pentecostés representa, pues, el derramamiento del Espíritu Santo con poder, lo que garantizó el rápido crecimiento y expansión de la Iglesia cristiana primitiva, acreditando los prodigios y milagros que se hicieron la procedencia divina de los mismos, y que la Iglesia era también obra de Dios.

Hechos 1:8: pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.

No obstante, respecto al resto de fiestas anuales que el pueblo de Israel estaba obligado a guardar por la Ley, en la segunda mitad del año (Véase Levítico 23:23-44) –mes séptimo– me limitaré a enumerarlas sin entrar en más detalles, pues no son objeto de este estudio bíblico. (5)

La fiesta de las trompetas: “En el mes séptimo, al primero del mes tendréis día de reposo, una conmemoración al son de trompetas, y una santa convocación” (Levítico 23:24).

Fiesta del Perdón o día de expiación: “A los diez días de este mes séptimo será el día de expiación; tendréis santa convocación, y afligiréis vuestras almas, y ofreceréis ofrenda encendida a Jehová.  (28)  Ningún trabajo haréis en este día; porque es día de expiación, para reconciliaros delante de Jehová vuestro Dios” (Levítico 23:27-28).

La fiesta solemne de los tabernáculos: “A los quince días de este mes séptimo será la fiesta solemne de los tabernáculos a Jehová por siete días.  (35) El primer día habrá santa convocación; ningún trabajo de siervos haréis.  (36) Siete días ofreceréis ofrenda encendida a Jehová; el octavo día tendréis santa convocación, y ofreceréis ofrenda encendida a Jehová; es fiesta, ningún trabajo de siervos haréis”  (Levítico 23:34-36).

El año religioso empezaba en el mes primero (Abil/Nisán); pero el año civil se iniciaba el día primero del mes séptimo, llamado Tishrei (finales de septiembre o primeros de octubre, de nuestro calendario); y a los diez días se celebraba el “Día de la Expiación” o “Día del perdón”, conocido también como Yom Kipur, era día de “reposo ceremonial”– establecido por Dios para “el día diez del mes séptimo” (Levítico 23:27),  debía celebrarse desde “los nueve días del mes en la tarde” (Levítico 23:32). En Israel –como también registra Génesis capítulo uno– el día empieza siempre desde la tarde-noche anterior, desde puesta de sol hasta puesta de sol.

Levítico 23:27,32: A los diez días de este mes séptimo será el día de expiación; tendréis santa convocación, y afligiréis vuestras almas, y ofreceréis ofrenda encendida a Jehová. […] (32) Día de reposo será a vosotros, y afligiréis vuestras almas, comenzando a los nueve días del mes en la tarde; de tarde a tarde guardaréis vuestro reposo .

Moisés recibió orden expresa de Dios de construir un Tabernáculo para el Santuario terrenal, símbolo y figura del Celestial, con unas determinadas medidas y materiales, con dos departamentos, que se separaban por un velo o cortina, formando el Lugar santo y el Lugar santísimo (‘Ex. 26:1-37), y un atrio (¨Ex. 27:9-19). En el primer departamento –el Lugar Santo– oficiaban los sacerdotes de la tribu de Leví, diariamente, y hacían ofrendas diarias: “Esto es lo que ofrecerás sobre el altar: dos corderos de un año cada día, continuamente. (39) Ofrecerás uno de los corderos por la mañana, y el otro cordero ofrecerás a la caída de la tarde” (Éxodo 29:38-39).

En el segundo departamento –el Lugar Santísimo– solo podría entrar el sumo sacerdote una vez al año: “Y Jehová dijo a Moisés: Di a Aarón tu hermano, que no en todo tiempo entre en el santuario detrás del velo, delante del propiciatorio que está sobre el arca, para que no muera; porque yo apareceré en la nube sobre el propiciatorio. (3) Con esto entrará Aarón en el santuario: con un becerro para expiación, y un carnero para holocausto. (Levítico 16:2-3). Ese era el Día de la Expiación o Yom Kipur.

Tendríamos que hablar también de los muebles que Dios ordenó que se construyeran y se ubicaran en el Tabernáculo terrenal, y, no solo de ello, sino también explicar su significado, y el significado de cada ofrenda o sacrificio de animales, etc., pero no es este el espacio adecuado; recomiendo leer los libros de Éxodo a Deuteronomio, pero especialmente el libro de Levítico. Pero, como, dice el autor del libro de Hebreos en el capítulo 9: “de las cuales cosas no se puede ahora hablar en detalle” (Heb. 9:5), porque supondría hacer un artículo demasiado extenso, y mi propósito, se limitaba a lo que enunciaba el título del presente artículo: El pecado de Moisés, su vida, muerte y resurrección.

No obstante, deberíamos recordar que todo el Antiguo Testamento, con todas sus leyes morales, ceremoniales, civiles, ofrendas, fiestas, sacrificios de animales, etc., tienen su significado y simbolismo que se focalizan en Jesucristo y en el Plan de Dios de Salvación de la humanidad, y se registraron para nuestra edificación, enseñanza y fe en Cristo y en su Iglesia. Veamos a continuación una breve descripción de los elementos del Antiguo Pacto –llamado también Primer Pacto–, que Dios ordenó a Moisés, a fin de educar y enseñar a un pueblo que debería recibir al Salvador del mundo, y para eso necesitaba reconocer sus pecados, y de Alguien que los haría desaparecer, por medio de Su muerte expiatoria: el Mesías Jesús, “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn. 1:29,36).

Hebreos 9:1-10: Ahora bien, aun el primer pacto [o Antiguo Pacto] tenía ordenanzas de culto y un santuario terrenal. (2) Porque el tabernáculo (Éx. 26:1-30) estaba dispuesto así: en la primera parte, llamada el Lugar Santo, estaban el candelabro, (Éx. 25:31-40) la mesa y los panes de la proposición. (Éx. 25:23-30) (3) Tras el segundo velo estaba la parte del tabernáculo llamada el Lugar Santísimo, (Éx. 26:31-33) (4) el cual tenía un incensario de oro (Éx. 30:1-6) y el arca del pacto cubierta de oro por todas partes, (Éx. 25:10-16) en la que estaba una urna de oro que contenía el maná, (Éx. 16:33) la vara de Aarón que reverdeció, (Nm. 17:8-10) y las tablas del pacto; (Éx. 25:16; Dt. 10:3-5) (5) y sobre ella los querubines de gloria que cubrían el propiciatorio; (Éx. 25:18-22) de las cuales cosas no se puede ahora hablar en detalle. (6) Y así dispuestas estas cosas, en la primera parte del tabernáculo entran los sacerdotes continuamente para cumplir los oficios del culto; (Nm, 18:2-6) (7) pero en la segunda parte, sólo el sumo sacerdote una vez al año, no sin sangre, la cual ofrece por sí mismo y por los pecados de ignorancia del pueblo; (Lv. 16:2-34) (8) dando el Espíritu Santo a entender con esto que aún no se había manifestado el camino al Lugar Santísimo, entre tanto que la primera parte del tabernáculo estuviese en pie. (9) Lo cual es símbolo para el tiempo presente, según el cual se presentan ofrendas y sacrificios que no pueden hacer perfecto, en cuanto a la conciencia, al que practica ese culto, (10) ya que consiste sólo de comidas y bebidas, de diversas abluciones, y ordenanzas acerca de la carne, impuestas hasta el tiempo de reformar las cosas.

Cristo, nuestro abogado

1 Juan 1:5-10: Este es el mensaje que hemos oído de él, y os anunciamos: Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él. (6) Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad; (7) pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado. (8) Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. (9) Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. (10) Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros.

1 Juan 2:1-3: Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. (2) Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo. (3) Y en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos.

El Santuario o Tabernáculo terrenal, con sus dos departamentos, el Lugar Santo y el Lugar Santísimo, son figura del Santuario Celestial, donde Cristo oficia como Sumo Sacerdote en el Lugar Santísimo Celestial, en su obra intercesora y mediadora en favor de todos los creyentes y de los que serán salvados. El velo o cortina, que separaba ambos departamentos, primeramente, en el Tabernáculo, y posteriormente, en el Templo, simbolizaba que el camino de acceso a la presencia de Dios en el Lugar Santísimo, aún no se había abierto, no estaba disponible para el pueblo ni para los sacerdotes comunes, y solo podía acceder al mismo, el sumo sacerdote, una vez al año, pero debía antes sacrificar un cordero/macho cabrío/becerro sin defecto –símbolos de Cristo y de su misión como Sumo Sacerdote celestial–, y, mediante su sangre accedía al Lugar Santísimo, donde procedía al rito de la expiación, primero de sus pecados, y luego, de los pecados de todo Israel.

Sin embargo, en el mismo instante que Jesús “entregó el espíritu,… el velo (Éx. 26:31-33) del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; y la tierra tembló, y las rocas se partieron; (52) y se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron; (53) y saliendo de los sepulcros, después de la resurrección de él, vinieron a la santa ciudad, y aparecieron a muchos” (Mt. 27:50-53). Esto significó el fin del Antiguo Pacto, pues dejaron de ser necesarios los sacrificios de animales, pues, Cristo, “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn. 1:29,36), se ofreció a sí mismo al Padre, la ofrenda de Su cuerpo, un solo sacrifico por los pecados, y “se ha sentado a la diestra de Dios” (véase Heb. 10:8-14), “y no por sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención (Hebreos 9:12).

Leamos el versículo anterior en su contexto:

Hebreos 9:11-15:“Pero estando ya presente Cristo, sumo sacerdote de los bienes venideros, por el más amplio y más perfecto tabernáculo, no hecho de manos, es decir, no de esta creación, (12) y no por sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención. (13) Porque si la sangre de los toros y de los machos cabríos,(Lv. 16:15-16) y las cenizas de la becerra (Nm.19:9-17-19) rociadas a los inmundos, santifican para la purificación de la carne, (14) ¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo? (15) Así que, por eso es mediador de un nuevo pacto, para que interviniendo muerte para la remisión de las transgresiones que había bajo el primer pacto, los llamados reciban la promesa de la herencia eterna”.

“Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, (20) por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne, (21) y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, (22) acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones (Lv. 8:30) de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura.(Lv. 8:6) (23) Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió. (24) Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; (25) no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca” (Hebreos 10:19-25).

¿Cuál fue el pecado que cometió Moisés que tuvo tan grave consecuencia?

Para satisfacer la necesidad de agua que demandaba el pueblo, en sus cuarenta años de peregrinaje por el desierto, Dios, en una segunda ocasión,  en el desierto de Zim, ordenó a Moisés  que hablara a la peña (que simbolizaba a Cristo), a fin de que brotara agua de la misma (Nm. 20:7-8). Sin embargo, Moisés desobedeció a Dios, y golpeó dos veces la roca desahogando su ira que había sido provocada por la rebeldía de Israel; y además, olvidó que él no tenía el poder de hacer que brotara agua de la roca. Esto quizá fue lo más grave, porque en ese momento actuó por su cuenta, olvidando que dependía de Dios, y que era Su representante y mediador en la tierra entre Él y su pueblo. Moisés falló en esta ocasión porque no dio toda la gloria a Dios, delante del pueblo, sino que se atribuyó a sí mismo el poder de Dios, del que era solo canal o instrumento.

Moisés murió y fue resucitado antes de ir al Cielo

Sabemos que Moisés murió porque así está registrado en la Biblia, pero, aunque la misma no diga expresamente en ningún sitio que haya sido resucitado con un cuerpo glorioso, sí lo sugiere o lo da a entender. La principal prueba es que apareció vivo a Jesús y sus discípulos, en el monte de la Transfiguración (Mt. 17:1-9: cf. Mr. 9:2-13; Lc. 9:28-36), y todos, los que estaban allí, lo pudieron ver, lo que no sería posible si hubiera aparecido como un espíritu. No hay necesidad de pensar que su espíritu se materializó de alguna manera para evidenciar su presencia. Es más simple y ajustado a la Palabra de Dios aceptar que fue resucitado, como así lo sugiere la epístola universal de San Judas Apóstol, en su versículo 9. Comprobémoslo:

Judas 1:9: Pero cuando el arcángel Miguel contendía con el diablo, disputando con él por el cuerpo de Moisés, no se atrevió a proferir juicio de maldición contra él, sino que dijo: El Señor te reprenda.

¿Qué sentido podía tener que el arcángel Miguel le disputara al diablo el cuerpo de Moisés?

¿Nos podemos imaginar al diablo sujetando el cuerpo de Moisés, intentando impedir que el arcángel Miguel se lo arrebate y se lo lleve al Cielo?

Notemos que la Biblia no dice que “el arcángel Miguel contendía con el diablo, disputando con él por el alma de Moisés, como sería lógico desde la concepción cristiana helenista o platónica, sino que disputaba por su cuerpo; porque, en la antropología bíblica, tanto el cuerpo humano como el alma humana son equivalentes y representan al ser humano entero.

¿No sería más bien que el diablo quería impedir que Moisés fuera resucitado, porque aquél sostenía que, como Moisés había cometido pecado, Dios no obraría con justicia si lo resucitara, porque Su misma Palabra declara que “la paga del pecado es muerte” (Ro. 6:23)?

Recordemos que Cristo venció con su muerte vicaria al diablo, al pecado y a la muerte, “con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación, (20) ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros” (1 P. 1:19-20; véase Heb. 2:9-18)

Sin embargo, hasta que Cristo no murió en la cruz, el diablo no fue vencido y sus reclamaciones descalificadas (Ap. 12:7-17); y por eso, éste podía reclamar la vida de todos los pecadores, mientras no se hubiera completado el plan de salvación con la redención que efectuó nuestro Señor en la cruz (30 d.C.); en ese momento se cumplió la justicia de Dios, porque “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Corintios 5:21).

Aunque, después de la victoria de Cristo sobre la muerte, mediante la resurrección, el diablo quedó sin argumentos, siguió resistiéndose, porque Después hubo una gran batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón; y luchaban el dragón y sus ángeles; (8) pero no prevalecieron, ni se halló ya lugar para ellos en el cielo. (9) Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero; fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él. (10) Entonces oí una gran voz en el cielo, que decía: Ahora ha venido la salvación, el poder, y el reino de nuestro Dios, y la autoridad de su Cristo; porque ha sido lanzado fuera el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba delante de nuestro Dios día y noche. (11) Y ellos le han vencido por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos, y menospreciaron sus vidas hasta la muerte. (12) Por lo cual alegraos, cielos, y los que moráis en ellos. ¡Ay de los moradores de la tierra y del mar! porque el diablo ha descendido a vosotros con gran ira, sabiendo que tiene poco tiempo” (Apocalipsis 12:7-12).

De lo que antecede, no es difícil deducir que el arcángel Miguel venció al diablo, rescatando el cuerpo de Moisés. Pero no vayamos a equivocarnos, porque el cuerpo no es su cadáver, que no sirve para nada pues no es otra cosa que polvo, sino que el cuerpo representa la vida, la totalidad del ser humano, un cuerpo es un organismo vivo, porque de lo contrario no es más que materia; y rescatar el cuerpo de Moisés es volverle a la vida, es decir, significa su resurrección corporal gloriosa, porque sabemos “que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción” (1 Corintios 15:50).

Esto es difícil de entender a causa del pensamiento de la filosofía y cultura griegas, que sostiene que el ser humano es un compuesto de cuerpo y alma, y ese concepto ha contaminado la antropología bíblica, que preconiza la unidad del ser humano, como cuerpo o alma viviente, indistintamente, como he defendido en varios estudios bíblicos, que enumero en la sección de la referencias bibliográficas. .

No sabemos cuándo Dios resucitó a Moisés, pero es evidente que fue antes de que se le apareciera a Jesús transfigurado en gloria cuando subió a “un monte alto”, acompañado de Pedro, Juan y Jacobo (Mt. 17:1-4; cf. Mr. 9: 1-9; Lc. 9:28-36). Entonces todavía no se había consumado el Plan de Redención, y, por ese motivo, el diablo aún podía reclamar su vida y la de todos los pecadores.

La Biblia apoya la creencia en la resurrección como la bendita esperanza que todo cristiano tiene en la vida eterna que Cristo nos ha prometido, como solución a la muerte mediante la resurrección de los muertos “en el día postrero” de Su segunda venida (véase Jn. 5:28-29; 6:39-58; 1 Corintios 15; 1 Ts. 4:13-18; etc.). A propósito, acontecimiento impresionante es el que registra San Mateo: “y se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron;  (53)  y saliendo de los sepulcros, después de la resurrección de él [Cristo], vinieron a la santa ciudad, y aparecieron a muchos” (Mt. 27:51-53). Esta resurrección es las primicias de la victoria que Cristo obtuvo sobre la muerte, y se produjo, junto con Su resurrección, simultáneamente o poco después de la misma. Para que nadie desespere, Dios quiso darnos más evidencias de este maravilloso acontecimiento que sucederá cuando Él regrese en gloria.   

Juan 6:39-40,47,54,58: Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero. (40) Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero [...] (47)  De cierto, de cierto os digo: El que cree en mí, tiene vida eterna.  […]  (54)  El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero. […] (58)  Este es el pan que descendió del cielo; no como vuestros padres comieron el maná, y murieron; el que come de este pan, vivirá eternamente.

Observemos que la Biblia presenta la resurrección de los muertos como la única solución a la muerte. Sin embargo, el mundo cristiano en general, incluyendo los católicos y la mayoría de los evangélicos, tiene su esperanza puesta no tanto en la resurrección como en la inmortalidad del alma, concebida ésta como una entidad espiritual que se desprende del cuerpo al morir, y que es conducida por Dios al Cielo o al infierno. Esta fe no es cristiana sino que es fruto de la influencia de la cultura y filosofía helenistas de nuestro mundo occidental, fuertemente influido por ellas. Esta creencia en poco o en nada se diferencia de las creencias paganas, que tienen multitudes de personas de los países orientales, con sus religiones hinduistas, budistas, o simplemente animistas, etc. Todas ellas están convencidas de que sus almas o espíritus seguirán viviendo por la eternidad en otro mundo; y algunas personas incluso entierran a sus muertos junto con ciertas pertenencias o riquezas pensando que les pueden ayudar a vivir mejor en la otra vida. Igualmente, también muchos de los incrédulos, ateos, agnósticos, etc., creen que tienen un alma inmortal, y que después de morir seguirán viviendo eternamente en otra dimensión. Para todas estas personas la resurrección de los muertos no tiene significado alguno, y es un absurdo increíble e innecesario, pues piensan que se es más libre sin el cuerpo.

¿Les importa algo a todas esas multitudes –paganos, incrédulos y cristianos–, que creen en la inmortalidad del alma, la resurrección del propio Jesucristo, y la promesa de resurrección de los muertos que ofrece la Palabra de Dios?

Juan 11:17-27: Vino, pues, Jesús, y halló que hacía ya cuatro días que Lázaro estaba en el sepulcro. (18) Betania estaba cerca de Jerusalén, como a quince estadios; (19) y muchos de los judíos habían venido a Marta y a María, para consolarlas por su hermano. […]21) Y Marta dijo a Jesús: Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto. (22) Mas también sé ahora que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo dará. (23) Jesús le dijo: Tu hermano resucitará. (24) Marta le dijo: Yo sé que resucitará en la resurrección, en el día postrero. (25) Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. (26) Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto? (27) Le dijo: Sí, Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo.

Jesús llora ante la tumba de Lázaro

Juan 11: 33-44: (33) Jesús entonces, al verla llorando, y a los judíos que la acompañaban, también llorando, se estremeció en espíritu y se conmovió, (34) y dijo: ¿Dónde le pusisteis? Le dijeron: Señor, ven y ve. (35) Jesús lloró. (36) Dijeron entonces los judíos: Mirad cómo le amaba. (37) Y algunos de ellos dijeron: ¿No podía éste, que abrió los ojos al ciego, haber hecho también que Lázaro no muriera?

¿Por qué lloró Jesús?, si la muerte fuera simplemente el paso a la vida eterna, entonces, cabría consuelo inmediato, pensando que se va a vivir en otra dimensión donde ya no hay sufrimiento. Si así fuera, Jesús le hizo un flaco favor a Lázaro al resucitarle.

Resurrección de Lázaro

Juan 11: 38-44: Jesús, profundamente conmovido otra vez, vino al sepulcro. Era una cueva, y tenía una piedra puesta encima. (39) Dijo Jesús: Quitad la piedra. Marta, la hermana del que había muerto, le dijo: Señor, hiede ya, porque es de cuatro días. (40) Jesús le dijo: ¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios? (41) Entonces quitaron la piedra de donde había sido puesto el muerto. Y Jesús, alzando los ojos a lo alto, dijo: Padre, gracias te doy por haberme oído. (42) Yo sabía que siempre me oyes; pero lo dije por causa de la multitud que está alrededor, para que crean que tú me has enviado. (43) Y habiendo dicho esto, clamó a gran voz: ¡Lázaro, ven fuera! (44) Y el que había muerto salió, atadas las manos y los pies con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: Desatadle, y dejadle ir.

Si el espíritu/alma de Lázaro, cuando murió, hubiera ido al Cielo, seguro que después de ser resucitado por Jesús, habría podido contarnos algo sobre cómo es la vida después de la muerte; pero no lo hizo, porque durante esos cuatro días, en que el cadáver había empezado a descomponerse –“hedía le dijeron a Jesús” (Jn. 11:39)– estuvo totalmente inconsciente, es decir, en el estado de muerte total, sin consciencia y sin un ápice de vida.   

Daniel 12:1-4 En aquel tiempo se levantará Miguel, el gran príncipe que está de parte de los hijos de tu pueblo; y será tiempo de angustia, cual nunca fue desde que hubo gente hasta entonces; pero en aquel tiempo será libertado tu pueblo, todos los que se hallen escritos en el libro. (2) Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua. (3) Los entendidos resplandecerán como el resplandor del firmamento; y los que enseñan la justicia a la multitud, como las estrellas a perpetua eternidad. (4) Pero tú, Daniel, cierra las palabras y sella el libro(D) hasta el tiempo del fin. Muchos correrán de aquí para allá, y la ciencia se aumentará.

Juan 5:28-29: No os maravilléis de esto; porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz;  (29)  y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación.

Tanto el profeta Daniel, como el propio Jesucristo coinciden al afirmar, en primer lugar, que los muertos no están en el cielo ni en el infierno, sino en los sepulcros como dijo Jesús (Jn. 5:28-29), o “durmiendo en el polvo de la tierra hasta que sean despertados”; y, en segundo lugar, que la única solución a la muerte es la resurrección de vida: serán despertados, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua (Daniel 12:2) o  bien lo que dijo el propio Jesús, que coincide con la revelación de Daniel, hecha en el siglo VI a. C.: los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación” (Jn. 5:29). Además, recordemos que el apóstol Pedro declaró que “David no subió a los cielos” (Hechos 2:34).

 

Quedo a disposición del lector para lo que pueda servirle.

 

Afectuosamente en Cristo

 

Carlos Aracil Orts
www.amistadencristo.com

 

Si deseas hacer algún comentario a este estudio, puedes dirigirlo a la siguiente dirección de correo electrónico: carlosortsgmail.com

 

 

 

 

 


Referencias bibliográficas

*Las referencias bíblicas están tomadas de la versión Reina Valera de 1960 de la Biblia, salvo cuando se indique expresamente otra versión. Las negrillas y los subrayados realizados al texto bíblico son nuestros.

Abreviaturas frecuentemente empleadas:

AT = Antiguo Testamento

NT = Nuevo Testamento

AP = Antiguo Pacto

NP = Nuevo Pacto

Las abreviaturas de los libros de la Biblia corresponden con las empleadas en la versión de la Biblia de Reina-Valera, 1960 (RV, 1960)

pp, pc, pú referidas a un versículo bíblico representan "parte primera, central o última del mismo ".

Abreviaturas empleadas para diversas traducciones de la Biblia:

NBJ: Nueva Biblia de Jerusalén, 1998.
BTX: Biblia Textual
Jünemann: Sagrada Biblia-Versión de la LXX al español por Guillermo Jüneman
N-C: Sagrada Biblia- Nacar  Colunga-1994
JER 2001: *Biblia de Jerusalén, 3ª Edición 2001
BLA95, BL95: Biblia Latinoamericana, 1995
LBLA: La Biblia de las Américas
BNP: La Biblia de Nuestro Pueblo
NVI 1999: Nueva Versión Internacional 1999
(LPD: El Libro del Pueblo de Dios, Levoratti y Trusso
SB-MN: . La Santa Biblia-Martín Nieto
SRV2004: Spanish Reina Valera 2004

Bibliografía citada

1) Aracil Orts, Carlos. https://amistadencristo.com:
<Estudio 1. Sobre el estado de los muertos>
<1. Objeciones sobre el estado inconsciente de los muertos>
<2. Objeciones sobre el estado inconsciente de los muertos: El Rico y Lázaro.>
<3. Objeciones sobre el estado inconsciente de los muertos: el rey Saúl y la pitonisa de Endor>
<Cuando Jesucristo murió, ¿fue su espíritu al Hades a predicar a los espíritus encarcelados de los días de Noé?>
<¿Fue Jesús al paraíso el mismo día que murió en la cruz o fue al Hades?>
<¿Existe vida humana consciente fuera del cuerpo después de la muerte>
<¿Qué es el Infierno, el Seol o Hades y la segunda Muerte?>
<¿Los que mueren pasan a mejor vida?>
<¿Fue el espíritu de Jesús al Paraíso el día que murió en la cruz?>
<¿Quiénes son los “espíritus encarcelados”?>
<¿Es una parábola el relato de Jesús sobre el Rico y Lázaro?>
<¿Jesús mintió al buen ladrón en la cruz?>
<¿Es el alma humana inmortal?>
<Las tres dimensiones del ser humano: espíritu, alma y cuerpo>
<La verdad sobre las apariciones marianas y de espíritus de difuntos>
<¿Apoya la Biblia que hay vida consciente después de la muerte?>
<¿Viven los espíritus de los muertos en el Seol?>
<¿Existe un lugar en el fondo de la tierra de tormentos?>
<¿Están siendo torturados los malvados en el Hades?>
<¿Están los fieles muertos viviendo en el cielo?>
<¿Bajó Jesús al Hades cuando murió?>
<¿Dónde está el infierno?>
<¿Por qué se abrieron los sepulcros cuando Jesús murió?>
<¿Reinarán Cristo y sus santos un Milenio en la Tierra restaurada?>

 (2) Aracil Orts, Carlos. https://amistadencristo.com ¿Cuál es la naturaleza del ser humano?, pág. 104 del libro en PDF.
(3) Aracil Orts, Carlos. https://amistadencristo.com
¿Por qué solo Jesucristo, Dios-Hombre puede salvar?
Por qué Jesucristo puede salvarnos de la muerte
¿Sufrió Jesucristo la muerte segunda?

(4) Aracil Orts, Carlos. https://amistadencristo.com¿Cuál es la naturaleza del ser humano?

(5) Aracil Orts, Carlos. https://amistadencristo.com:
¿Qué día murió Jesucristo?
¿Hubo dos celebraciones de Pascua en el año de la muerte de Jesús?

¿Por qué Dios no permitió a Moisés entrar en la tierra prometida?
Nacimiento-muerte de Jesús y la profecía de las setenta semanas de Daniel

(6) La fecha del 1525 a.C. dada para el nacimiento de Moisés se ha obtenido a partir de los datos históricos que se conocen sobre el reinado de Salomón; éste, según varias webs consultadas, reinó del 970 a.C. al 931 a.C. A este dato hay que añadir los que nos dice la Biblia al respecto, en 1 Reyes 6:1: “En el año cuatrocientos ochenta después que los hijos de Israel salieron de Egipto, el cuarto año del principio del reino de Salomón sobre Israel, en el mes de Zif, que es el mes segundo, comenzó él a edificar la casa de Jehová”. “El cuarto año del principio del reino de Salomón sobre Israel” (1 R. 6:1) se calcula fácilmente restando cuatro años al año 970 (al ser fechas antes de nuestra era van disminuyendo de mayor a menor); luego si al año 970 le restamos 4 años, obtenemos el año 966 a.C. Si a esta fecha le añadimos los 480 años que pasaron desde el éxodo de Israel, nos da, como fecha muy aproximada de este importantísimo acontecimiento, el año 1446/1445 a.C., con una diferencia de un año, dependiendo de la forma de computar los años. En esta fecha, Moisés tenía ochenta años; nació, pues, hacia el 1525 a.C., y murió en el 1405 a.C., cuando terminaron los cuarenta años de peregrinaje por el desierto, “Era Moisés de edad de ciento veinte años cuando murió..." (Dt. 34:7).

 

 

 

 

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