Amistad en Cristo - Carlos Aracil Orts

Preguntas y Respuestas

Soteriología

¿Pueden perder la salvación los justificados por la fe en Cristo?

 
Versión: 11-04-14

 

 

Carlos Aracil Orts

1. Introducción*

Estimado hermano Peter, le agradezco sus dos interesantes preguntas; especialmente la primera de ellas, en la que usted me plantea el tema siempre controvertido de si los cristianos podemos tener la seguridad de la salvación que una vez obtuvimos por medio de la fe en el sacrificio expiatorio de Cristo. Pero mejor veamos sus preguntas a continuación:

Hola Sr. Carlos Aracil, ¿cómo está usted? Tengo dos preguntas para usted:

A) Habiendo entendido que ser justificado por la fe en Cristo quiere decir que una persona, después de aceptar la justificación, seguirá cometiendo pecados, o sea, infringiendo la ley, aunque las veces que lo haga se arrepienta y le pida perdón a Dios, porque la carne es débil, ya que como usted dice somos impotentes en cumplir la ley, ¿se puede aun así ser salvo para siempre?

B) Y la otra pregunta es: ¿debe un cristiano verdadero votar en las elecciones electorales de su país aun sabiendo que la política está llena de corrupción y de corruptos como hoy día?
(Peter)

Con respecto a su segunda pregunta –“¿debe un cristiano verdadero votar en las elecciones electorales de su país aun sabiendo que la política está llena de corrupción y de corruptos como hoy día?”–, haré solo un simple comentario. En mi opinión, el que votemos en las elecciones o no, tiene poca importancia para la salvación de los creyentes; no obstante, debemos votar, de acuerdo a nuestra conciencia, a aquellas personas o partidos que consideremos se aproximan más a nuestra idea cristiana de la justicia social; en cualquier caso a aquellos que representan un mal menor, y si pensamos que nadie merece nuestro voto, porque respaldan ideas que van en contra de la voluntad de Dios, siempre podemos votar en blanco o simplemente abstenernos.

Con lo expresado arriba, considero ya contestada su segunda pregunta, y en el cuerpo del estudio bíblico que sigue a continuación, me limitaré a responder a su primera pregunta, que es, sin duda, muy interesante y esencial para todo cristiano; pero voy a reformularla para tratar de formar con ella el primer epígrafe de este estudio bíblico, de la siguiente manera, algo más resumida:

2. ¿Podemos ser salvos para siempre una vez que Dios nos ha declarado justos por la fe en Cristo, si seguimos cometiendo pecados –puesto que la carne es débil y somos impotentes para cumplir la Ley de Dios de forma perfecta–, si nos arrepentimos y pedimos perdón a Dios?

Primero de todo, deberíamos tener claro que el hecho de que nuestra “carne” sea débil –pues Jesús dijo: “Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil” (Mateo 26:41; cf. Romanos 8:3)– no es una excusa para que el cristiano pueda pecar libre y conscientemente; porque “Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios.” (1 Juan 3:9; cf. 1 Juan 5:18).  Veamos ahora algo del contexto donde está inserto este importante versículo:

1 Juan 3:4-10: Todo aquel que comete pecado, infringe también la ley; pues el pecado es infracción de la ley. (5) Y sabéis que él [Cristo] apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en él. (6) Todo aquel que permanece en él, no peca; todo aquel que peca, no le ha visto, ni le ha conocido. (7) Hijitos, nadie os engañe; el que hace justicia es justo, como él es justo. (8) El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio. Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo. (9) Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios. (10)  En esto se manifiestan los hijos de Dios, y los hijos del diablo: todo aquel que no hace justicia, y que no ama a su hermano, no es de Dios.

1 Juan 5:18: Sabemos que todo aquel que ha nacido de Dios, no practica el pecado, pues Aquel que fue engendrado por Dios le guarda, y el maligno no le toca.

Los obsesionados con observar el reposo sabático del Antiguo Testamento enseguida asocian la palabra “ley” con la del Sinaí. Pero la ley que Dios exige a los cristianos no es la citada antes, sino la del amor perfecto a Él y al prójimo, que se cumple desde el interior del corazón o conciencia, convertido o transformado por el Espíritu, y no tratando de obedecer externamente la lista de los Diez Mandamientos de las tablas de piedra; porque “nosotros tenemos este mandamiento de Él: El que ama a Dios, ame también a su hermano” (1ª Juan 4:21). Y el amor es un fruto del Espíritu Santo (Gálatas 5:22-25) que mora en cada cristiano (Hechos 2:38,39; 1ª Co. 3:16; 6:19; 2ª Co. 6:16; Efesios 1:13-14), no son actos de obediencia voluntariosa a mandamientos externos, sino verdadero amor que surge del corazón convertido por Dios (Ezequiel 36:26-27).

Ezequiel 36:26-27: Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. (27) Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra.

Pero antes de seguir, es necesario que entendamos los varios significados bíblicos que el término “carne” –traducido de las palabras originales basar y sarx de los idiomas hebreo y griego respectivamente– puede tener según su contexto.

A esta última “carne” me referiré en lo que sigue, pues es la que representa al ser humano no convertido a Cristo, quien será esclavo del pecado hasta que obedezca de corazón “a aquella forma [modelo (NBJ,1998)] de doctrina” (Romanos 6:17; cf. Juan 8:34), o sea, el Evangelio –la Palabra de Dios (2 Tes. 2:13-17).

2 Tesalonicenses 2:13-15: Pero nosotros debemos dar siempre gracias a Dios respecto a vosotros, hermanos amados por el Señor, de que Dios os haya escogido desde el principio para salvación, mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad,  (14)  a lo cual os llamó mediante nuestro evangelio, para alcanzar la gloria de nuestro Señor Jesucristo.  (15)  Así que, hermanos, estad firmes, y retened la doctrina que habéis aprendido, sea por palabra, o por carta nuestra.

La citada “carne” es materialista, egoísta, esclava de sus pasiones pecaminosas, enemiga de Dios y opuesta a Su Santo Espíritu: “Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí […] (20) Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, (20) idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, (21)  envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios” (Gálatas 5:17, 19-21).

Evidentemente, pues, “los que viven según la carne no pueden agradar a Dios” (Romanos 8:8); “porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis” (Romanos 8:13). Por lo tanto, solo pueden salvarse los que –al arrepentirse y convertirse de corazón, aceptando la muerte expiatoria de Cristo en la cruz– han muerto al pecado, “sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado. (7) Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado” (Romanos 6:6-7; cf. Efesios 4:22; Col. 3:5-17).

Colosenses 3:5-17: Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría;  (6)  cosas por las cuales la ira de Dios viene sobre los hijos de desobediencia,  (7)  en las cuales vosotros también anduvisteis en otro tiempo cuando vivíais en ellas.  (8)  Pero ahora dejad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, blasfemia, palabras deshonestas de vuestra boca.  (9)  No mintáis los unos a los otros, habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos,  (10)  y revestido del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno, (11) donde no hay griego ni judío, circuncisión ni incircuncisión, bárbaro ni escita, siervo ni libre, sino que Cristo es el todo, y en todos.  (12)  Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia; (13) soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros. (14) Y sobre todas estas cosas vestíos de amor, que es el vínculo perfecto. (15) Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones, a la que asimismo fuisteis llamados en un solo cuerpo; y sed agradecidos. (16) La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría, cantando con gracia en vuestros corazones al Señor con salmos e himnos y cánticos espirituales. (17) Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él.

Por eso, el apóstol Pablo insiste reiteradamente en que nos despojemos del “viejo hombre” el que vive según la carne y nos vistamos del “nuevo hombre creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad” (Efesios 4:22-24).

Efesios 4:22-24: En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos,  (23)  y renovaos en el espíritu de vuestra mente,  (24)  y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad.

Ahora bien, a los cristianos, Dios “nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo,  (6)  el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador, (7) para que justificados por su gracia, viniésemos a ser herederos conforme a la esperanza de la vida eterna” (Tito 3:5-7).

¿Quiénes son los salvos para siempre?

Dejemos que sea la Palabra de Dios la que responda:

“Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Juan 3:3). Y, en el versículo seis, Él mismo declara: “Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es” (Juan 3:6). Esto quiere decir que nuestro nacimiento natural –el de la “carne”– no nos hace hijos de Dios de forma automática ni inmediata –de carne pecadora solo puede nacer algo semejante– sino que para ser salvos necesitamos ser engendrados de Dios; no basta, pues, nacer “…de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios” (Juan 1:13). Y “a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre [en Cristo], les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Juan 1:12). Es decir, el poder para ser hijos de Dios no es humano, no depende de nuestra voluntad sino de Él mismo. Así como nadie decide nacer en la carne tampoco puede elegir ser engendrado por Dios; “quien nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos” (2 Timoteo 1:9).

Por lo tanto, “lo que es nacido de la carne, carne es…” (Juan 3:6), y todo humano para ser salvo – es decir, para poder “entrar en el reino de Dios” (Juan 3:5)– es necesario que “naciere de agua y del Espíritu” (Juan 3:5). Es decir, que sea engendrado por Dios.

¿Cómo se produce el citado nuevo nacimiento que solo procede de Dios?

Dios nos llama por medio del Evangelio. Pero mejor dejemos que Él mismo nos responda en Su Palabra:

“El [Dios], de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas”. (Santiago 1:18; ver también 1:21-22). Por eso a la pregunta del carcelero de Filipos “¿qué debo hacer para ser salvo?” (Hechos 16:30), Dios responde “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa”, e inmediatamente le hablaron la Palabra del Señor a él y a todos los que estaban en su casa” […], “y se regocijó con toda su casa de haber creído a Dios”. (Hechos 16:33-34). Las Sagradas Escrituras son, pues, el medio que Dios, el Espíritu Santo, usa como medio para hacer nacer de Él, y regenerar a los que viven según la carne, para darles el arrepentimiento, la conversión y la justificación, cuando han creído y obedecido Su llamamiento. Acceder a la salvación es tan sencillo, que solo las personas sencillas y humildes podrán hacerlo, pues está vetada a los orgullosos y soberbios, pues “Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes” (Santiago 4:6).

Sólo se salvarán los que se arrepientan y se conviertan a Dios:

La salvación es concedida por Dios a las personas que reconocen su pobreza espiritual (Mateo 5:3) y tienen la actitud ante Dios como la que mostró el publicano, cuando oraba a Dios en el templo diciendo: “Dios, sé propicio a mí, pecador”, en contraposición con el fariseo que se consideraba justo ante Dios, enorgulleciéndose de sus buenas obras (Lucas 18:10-14). Jesús afirmó que el publicano fue justificado ante Dios y no así el fariseo: “...Porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido.”  (Lucas 18:14 úp).

Todo el mundo, pues, puede acceder a la salvación, si toma consciencia de su estado caído y perdido, y se acerca a Dios con la actitud del publicano: “Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador. (14) Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido.”  (Lucas 18:13, 14).

Bajo mi punto de vista, hay tres premisas claves en el proceso de la salvación de los seres humanos:

Aunque cualquier ser humano haya cometido graves errores, pecados y delitos a lo largo de toda su vida, bajo la influencia de múltiples circunstancias que sólo Dios conoce, puede llegar a tener un momento de luz y arrepentirse, como le ocurrió a uno de los dos malhechores que fueron crucificados con Jesús.

Lucas 23:39-43: Y uno de los malhechores que estaban colgados le injuriaba, diciendo: Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros. (40) Respondiendo el otro, le reprendió, diciendo: ¿Ni aun temes tú a Dios, estando en la misma condenación? (41) Nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos; mas éste ningún mal hizo. (42) Y dijo a Jesús: Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino.  (43)  Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso.

¿Quieres ser salvo? Sé como el publicano, no hagas como el fariseo que se consideraba suficientemente justo ante Dios. No seas como el malhechor, que, padeciendo el martirio de la cruz aun injuriaba a Jesús. Seamos como el buen “ladrón” que reconoció su culpa y se convirtió aun cuando no le dio tiempo de hacer buenas obras para probar su fe, sin embargo, en ese mismo momento, Jesús le aseguró que era salvo y gozaría de la vida eterna en el paraíso.

Las criaturas no podemos juzgarnos unas a otras, y menos a Dios. Sin embargo, Dios, puesto que conoce todos los condicionamientos, pensamientos, intenciones y motivaciones de cada persona, juzgará con justicia a todos, y los salvados serán aquellos cuya conversión sea genuina o auténtica. Él sabe si hemos rechazado a Cristo o dejado voluntariamente de conocer la verdad, o si no somos coherentes con lo que creemos, prefiriendo o amando más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. (Juan 3:18-21; Véase también Juan 5:40; Romanos 1:11-16).

La naturaleza humana ciertamente está totalmente contaminada por el pecado, porque así lo demuestra nuestra experiencia diaria, y lo confirma la Palabra de Verdad, la cual afirma contundentemente, “...que todos están bajo pecado, (10) Como está escrito: No hay justo, ni aun uno;... (Romanos 3:9úp, 10). La ley moral que Dios ha grabado en nuestras conciencias, y que además ha revelado al mundo, nos condena irremisiblemente, y todos estamos bajo el juicio de Dios (Romanos 3:19, 20). Por lo tanto, todos los que quieran salvarse, primeramente deben considerarse perdidos, o sea reconocer que no pueden cumplir la ley moral, no pueden ser justos por mucha voluntad que pongan en hacer obras buenas y piadosas y de justicia. Suponiendo que pudiéramos hacer multitud de obras piadosas, de nada servirían para obtener la salvación. Cuando me considero perdido, y comprendo que la paga del pecado es muerte, sólo, entonces, acepto la vida eterna como un regalo que Dios me da mediante Cristo Jesús. (Romanos 6:23).

Como Jesucristo es el camino, la verdad y vida, lo más importante es reconocer, aceptar y asumir interiormente lo que Jesús le dijo [a Tomás]: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.” (Juan 14:6). En la medida que seamos coherentes con esa Verdad, que representa y es Jesús, seremos salvos.

En tanto en cuanto creamos y obedezcamos a la Verdad que es Jesús seremos más libres. Por eso Jesús nos dijo: “...Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; (32) y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres. (Juan 8:31 úp, 32). Cuando aceptamos esa verdad somos liberados de la esclavitud del pecado y del miedo a la muerte (Romanos 6:17,18,22); Hebreos 2:14,15). Sin embargo, la idea de que hay que pertenecer a una determinada iglesia, que dice ser, o que se cree es la verdadera, para poder salvarse, es totalmente errónea.

¿Podemos ser salvos para siempre si hemos sido declarados justos por la fe en Cristo?

El que nace de la carne puede morir eternamente, pero el que nace de Dios, es decir, es engendrado por Su voluntad, vivirá eternamente. Porque “es imposible que Dios mienta” (Hebreos 6:18) y nuestra esperanza está puesta en Cristo, “la cual tenemos como segura y firme ancla del alma, y que penetra hasta dentro del velo, (20) donde Jesús entró por nosotros como precursor, hecho sumo sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec” (Hebreos 6:17-20). Esto quiere decir, que al igual que Cristo entró como precursor nuestro en el Lugar Santísimo del Santuario Celestial –simbolizado por “hasta dentro del velo” que dividía el lugar santo del santísimo en el tabernáculo terrenal que Dios había dado a Israel  (véase Hebreos 9:11-14)– así mismo entraremos todos los que confiamos en Él. Veamos un poco de contexto:

Hebreos 6:17-20: Por lo cual, queriendo Dios mostrar más abundantemente a los herederos de la promesa la inmutabilidad de su consejo, interpuso juramento;  (18)  para que por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta, tengamos un fortísimo consuelo los que hemos acudido para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros. (19) La cual tenemos como segura y firme ancla del alma, y que penetra hasta dentro del velo,  (20)  donde Jesús entró por nosotros como precursor, hecho sumo sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec.

La salvación, pues, en cuanto es un don de Dios, no se puede perder (Apocalipsis 7:19). Por lo tanto, todos los engendrados por Dios son salvos para siempre “Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos.  (30) Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó” (Romanos 8:29-39). Notemos que los que conoció de antemano desde la eternidad –presciencia– son los mismos que predestinó, llamó, justificó y glorificó” en el tiempo en el cual cada uno vivió; por tanto, ningún escogido por Dios desde la eternidad puede perderse. Su seguridad de salvación es absoluta, porque Dios no cambia de planes; pero debemos fijar nuestra atención a que la predestinación de sus escogidos es para un propósito específico, requisito imprescindible para la salvación: “…también los predestinó –a Sus escogidos– para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo” (Romanos 28:29). Es decir, Dios ha escogido a los que serán salvos para que sean “santos y sin mancha delante de Él” (Efesios 1:4).

Nos puede extrañar que Dios haya predestinado solo “a los que antes conoció”; ¿qué quiere decir esto? ¿Acaso Dios no ha conocido desde la eternidad a toda la humanidad de todos los siglos? La palabra “conocer” en el lenguaje bíblico tiene un significado profundo; por ejemplo, conocer a una persona o a Dios en el sentido bíblico es amarlos (1ª Juan 4:7-10); por tanto, Él predestinó a los que desde la eternidad amó. Además, el contexto se refiere “a los que aman a Dios, […] esto es, a los que conforme a su propósito son llamados” (Romanos 8:28). Es claro que todos en la carne éramos “enemigos de Dios” (Romanos 5:10), pero “Nosotros le amamos a Él, porque Él nos amó primero” (1ª Juan 4:19). Es también muy aleccionador y esclarecedor leer el siguiente contexto de 1ª Juan 4:

1 Juan 4:7-10: Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios.  (8)  El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor.  (9)  En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él. (10) En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados.

“¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?  (32) El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?  (33)  ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica.  (34)  ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros.  (35) ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?  (36)  Como está escrito:  Por causa de ti somos muertos todo el tiempo; Somos contados como ovejas de matadero. (37) Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó.  (38)  Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir,  (39)  ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro”. (Romanos 8:31-39).

Dios en Su soberanía, que se conjuga admirable y armoniosamente con la responsabilidad y libertad humanas, nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él” (Efesios 1:4). Pero notemos que fuimos “elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo” (1 Pedro 1:2). Pero esta elección de los salvos es hecha por Dios desde la eternidad con un propósito bien definido – que seamos “santos y sin mancha”, por medio de “la sangre de Jesucristo”–, porque “sin la santidad nadie verá al Señor” (Hebreos 12:14). Fijémonos, además, que Dios salva a sus escogidos para hacerlos conformes a la imagen de Su Hijo (Romanos 8:29; cf. Efesios 1:4). Por eso “nosotros debemos dar siempre gracias a Dios…de que Dios os haya escogido desde el principio para salvación, mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad, (14) a lo cual os llamó mediante nuestro evangelio, para alcanzar la gloria de nuestro Señor Jesucristo” (2 Tesalonicenses 2:13-14).

La mejor y única garantía de nuestra salvación es que fuimos “sellados con el Espíritu Santo de la promesa” (Efesios 1:11-14):

Efesios 1:11-14: En él asimismo tuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad,  (12)  a fin de que seamos para alabanza de su gloria, nosotros los que primeramente esperábamos en Cristo. (13) En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa,  (14)  que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria.

3. Conclusión

Como hemos comprobado en lo expuesto anteriormente, todo cristiano maduro –puesto que ha sido engendrado por Dios y ha nacido de nuevo– debe tener la seguridad absoluta de que es salvo para siempre, y como declara maravillosamente San Pablo “¿Quién nos separará del amor de Cristo?” (Por favor, leer de nuevo: Romanos 8:28-39). La Palabra de Dios afirma que la garantía absoluta de salvación consiste en que “habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa (Efesios 1:13). Por medio del Evangelio, que “es poder de Dios para salvación a todo aquel cree” (Romanos 1:16), fuimos “sellados con el Espíritu Santo de la promesa” (véase también Hechos 2:38,39), “que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria” (Efesios 1:13-14). Es decir, este sellamiento con el Espíritu Santo que reciben todos los cristianos auténticos que han nacido de nuevo es el fundamento y garantía de la seguridad de nuestra salvación, “Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios” (Romanos 8:14), y además, “El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios” (Romanos 8:16).

Por lo tanto, dudar es un pecado de falta de fe en la Palabra y en el poder de Dios, y en las claras promesas de salvación en Cristo. Pero es importante que leamos todo el contexto, por eso, recomiendo leer todo el capítulo ocho de la epístola de San Pablo  a los Romanos. Aquí damos solo unos pocos versículos para no cansar a los lectores.

Romanos 8:9-17: Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él. (10) Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado, mas el espíritu vive a causa de la justicia.  (11)  Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros.  (12)  Así que, hermanos, deudores somos, no a la carne, para que vivamos conforme a la carne;  (13)  porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis.  (14)  Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. (15)  Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre! (16)  El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. (17) Y si hijos, también herederos;(A) herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados.

Volviendo a la primera pregunta que me hizo usted, estimado hermano, al principio de este escrito:

¿Puede ser salvo para siempre un cristiano que ha aceptado la justificación que viene de la fe en Cristo, pero que sigue cometiendo pecados, aunque luego se arrepienta y pida perdón a Dios, porque la carne es débil?

En primer lugar, creo que sería imprudente por mi parte juzgar quién será salvo y quiénes se perderán pues solo Dios lo sabe. Sin embargo, me siento con el deber de recordar que, aunque nadie está libre de volver a pecar, “Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios” (1 Juan 3:9; cf. 1 Juan 5:17-18).

1 Juan 5:17-18: Toda injusticia es pecado; pero hay pecado no de muerte. (18)  Sabemos que todo aquel que ha nacido de Dios, no practica el pecado, pues Aquel que fue engendrado por Dios le guarda, y el maligno no le toca.

Todos los cristianos, desde el momento de su nuevo nacimiento por el Espíritu Santo, obtienen, además de ser declarados justos ante Dios, la adopción de hijos de Dios, por tanto, también “herederos de Dios y coherederos con Cristo” (Romanos 8:17; Gá. 4:6-2). Esto implica cierto grado importante de santidad; además, San Pablo cuando se dirige “a la Iglesia de Dios que está en Corinto”, se refiere a ellos como “los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos” (1ª Corintios 1:2). Y también es una verdad muy hermosa que “En esa voluntad [la de Dios] somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre…(12) pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios… (14) porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados (Hebreos 10:10,12,14).

De lo anterior, deducimos que, al aceptar el sacrificio expiatorio de Cristo, Él nos imputa Su vida perfecta y santa, de manera que Dios puede pasar por alto las imperfecciones de nuestra “carne”, puesto que nos atribuye la justicia que Su Hijo obtuvo para todo creyente. Aunque entendemos que la perfección en santidad no se alcanza de inmediato –ni siquiera al final de muchos años que pueda vivir el creyente–, sino que es un proceso que se prolonga toda la vida, siempre avanzando en progreso hacia ella, siguiendo el camino y la luz de la Verdad que hemos comprendido, creído y asumido, y que nos obliga a ser coherentes con nuestra fe.

Sin embargo, tenemos que tener claro “que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción” (1ª Corintios 15:50).  Lo que quiere decir es que, independientemente del grado de santidad que cada uno haya alcanzado en el momento de su muerte, solo cuando Dios transforme nuestros cuerpos mortales en inmortales se nos otorgará la máxima perfección en cuerpos gloriosos a la semejanza del de Cristo resucitado (1ª Corintios 15:53,54; cf. 1ª Tes. 4:13-18). Mientras tanto, tengamos “gozo dando gracias al Padre que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz;  (13)  el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo,  (14)  en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados (Colosenses 1:12-14).

Recordemos que “al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado” (Santiago 4:17). Quiero decir, que debemos actuar siempre de acuerdo con nuestra conciencia iluminada por la Palabra de Dios. “Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu” (Romanos 8:5). “Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente. (15) En cambio el espiritual juzga todas las cosas; pero él no es juzgado de nadie. (16) Porque ¿quién conoció la mente del Señor? ¿Quién le instruirá? Mas nosotros tenemos la mente de Cristo (1 Corintios 2:14-16).

Sin duda hay una gran diferencia entre “el hombre natural”, que vive en “la carne”, y es esclavo del pecado, y el “hombre nuevo” en Cristo (Colosenses 3:5-10,12-14), que no se deja llevar por las tendencias e inclinaciones de la “carne” sino que es guiado por el Espíritu Santo que mora en él. “Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos” (Gálatas 5:24). “Pues aunque andamos en la carne, no militamos según la carne;  (4)  porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas” (2 Corintios 10:3-4).

Si los cristianos queremos sinceramente triunfar sobre el pecado, y alcanzar más santidad, debemos imitar al apóstol Pablo: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20). Y si después de haber recibido el conocimiento de la verdad, pecáramos voluntariamente, la Palabra de Dios nos advierte muy seriamente que “ya no queda más sacrificio por los pecados” (Hebreos 10:26). Y esto es para que nadie se ensoberbezca creyendo que puede vivir siguiendo los deseos de la carne si ha conocido la voluntad de Dios. Veamos el citado pasaje anterior completo y tres importantes textos que le siguen:

Hebreos 10:26-29: Porque si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados, (27) sino una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios. (28)  El que viola la ley de Moisés, por el testimonio de dos o de tres testigos muere irremisiblemente. (29) ¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado, e hiciere afrenta al Espíritu de gracia?

Si uno que se considera cristiano peca voluntaria y conscientemente, debe plantearse si de verdad ha cambiado su mente carnal por la de Cristo. Si obedecemos a los deseos pecaminosos de la carne antes que al Espíritu Santo que mora en nosotros es porque aún “nuestro viejo hombre” [no] “fue crucificado juntamente con Cristo, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado” (Romanos 6:6). Por lo tanto, si de verdad somos libres en Cristo, es decir, no esclavos del pecado, demostrémoslo haciendo que “No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que lo obedezcáis en sus concupiscencias; (13) ni tampoco presentéis vuestros miembros al pecado como instrumentos de iniquidad, sino presentaos vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia. (14) Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia. (15) ¿Qué, pues? ¿Pecaremos, porque no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia? En ninguna manera. (16) ¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia? (17) Pero gracias a Dios, que aunque erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados;  (18)  y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia (Romanos 6:12-18).

Resumiendo: Dios es el que salva por medio de nuestra fe (Romanos 5:1,2). El Bautismo es un signo externo que no tiene sentido aparte de nuestra fe. El Bautismo es un mandamiento de Dios. Obedecemos este mandamiento como cualquier otro, no para salvarnos sino porque somos salvos y deseamos complacer a Dios en todo, y porque sabemos que así se perfecciona nuestra fe. Con él, damos honra y gloria a Dios, testificando, al mismo tiempo, a los demás, de las grandes cosas que Dios ha hecho en nosotros. La inmersión en agua simboliza nuestra muerte al pecado, nuestra sepultura juntamente con Cristo y nuestra resurrección a una nueva vida regenerada por el Espíritu santo. En mi opinión, lo que dijo Cristo a Nicodemo, en Juan 3:5, “...el que no naciere del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios.”, significa que el Espíritu nos hace nacer por medio de su Palabra (1ª Pedro 1:23; Santiago 1:18) y nacer del agua simboliza perfectamente la resurrección a la nueva vida.

¿Puede el cristiano pecar gravemente y perder la salvación?

Efectivamente, es un tema del que nadie puede decir la última palabra, porque sólo Dios sabe estas cosas. No obstante, sí que podemos razonar acerca de todo lo que la Sagrada Escritura nos ha revelado al respecto, lo cual no es poco.

En primer lugar, todo cristiano fiel y maduro debe vivir en la seguridad de la salvación, no dudando nada que ya ha sido salvo por la fe en la sangre derramada por Cristo. Aunque la salvación eterna es algo que sucederá cuando Cristo venga en gloria a llevarnos con Él al cielo, desde el mismo momento en que hemos creído firmemente en Jesús por la gracia de Dios, Él, “...nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo, (14) en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados.” (Colosenses 1:13). La salvación, pues, no está en el futuro, sino en el pasado, Cristo murió por mí, yo lo acepto y vivo en consecuencia. Ya soy salvo, porque he sido librado de las tinieblas y  llevado al reino de Cristo (Véase además Hebreos 10:10, 14).

2ª Tesalonicenses 2: 13-15: Pero nosotros debemos dar siempre gracias a Dios respecto a vosotros, hermanos amados por el Señor, de que Dios os haya escogido desde el principio para salvación, mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad, (14) a lo cual os llamó mediante nuestro evangelio, para alcanzar la gloria de nuestro Señor Jesucristo. (15) Así que, hermanos, estad firmes, y retened la doctrina que habéis aprendido, sea por palabra, o por carta nuestra. (16) Y el mismo Jesucristo Señor nuestro, y Dios nuestro Padre, el cual nos amó y nos dio consolación eterna y buena esperanza por gracia, (17) conforte vuestros corazones, y os confirme en toda buena palabra y obra.

Anteriormente comprobamos que todos los que se han sido llamados según Su voluntad [la de Dios], fueron predestinados para que fuesen hechos a la imagen de su Hijo, y que todos estos, que son justificados, son los que finalmente son salvados y glorificados (Romanos 8:28-39).

¿Quién puede perder la salvación de este grupo? Nadie. Luego la salvación está asegurada y garantizada en Cristo. Sin duda, pues, los que pueden perder la salvación después de haber sido libertados de la esclavitud del pecado por la verdad del Evangelio, son aquellos, que confiando en sí mismos, usan el libre albedrío del que gozan para hacer las obras de la carne, a sabiendas que eso significaría escoger no entrar en el Paraíso de Dios. Posiblemente a estos se refiere la siguiente seria admonición:

Hebreos 6:4-10: Porque es imposible que los que una vez fueron iluminados y gustaron del don celestial, y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo,  (5)  y asimismo gustaron de la buena palabra de Dios y los poderes del siglo venidero, (6) y recayeron, sean otra vez renovados para arrepentimiento, crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y exponiéndole a vituperio. (7) Porque la tierra que bebe la lluvia que muchas veces cae sobre ella, y produce hierba provechosa a aquellos por los cuales es labrada, recibe bendición de Dios; (8) pero la que produce espinos y abrojos es reprobada, está próxima a ser maldecida, y su fin es el ser quemada. (9) Pero en cuanto a vosotros, oh amados, estamos persuadidos de cosas mejores, y que pertenecen a la salvación, aunque hablamos así. (10) Porque Dios no es injusto para olvidar vuestra obra y el trabajo de amor que habéis mostrado hacia su nombre, habiendo servido a los santos y sirviéndoles aún.

¿Quiénes son estos “que una vez fueron iluminados y gustaron del don celestial, y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, (5) y asimismo gustaron de la buena palabra de Dios y los poderes del siglo venidero, (6) y recayeron?

No lo sabemos exactamente, pero, una cosa es segura no pertenecen a los escogidos por Dios, “antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, (5) en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad, (6) para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado, (7) en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia” (Efesios 1:4-7). Pues ellos fueron amados desde la eternidad, y llamados en el tiempo, predestinados “para ser adoptados hijos de Dios por medio de Jesucristo, según el puro afecto de Su voluntad”. Además el autor del libro de Hebreos hace una clara distinción entre las personas de ese grupo –que habiendo conocido la verdad y “participado del Espíritu Santo…y recayeron”– y los creyentes que cita a continuación: en cuanto a vosotros, oh amados, estamos persuadidos de cosas mejores, y que pertenecen a la salvación, aunque hablamos así. (10) Porque Dios no es injusto para olvidar vuestra obra y el trabajo de amor que habéis mostrado hacia su nombre, habiendo servido a los santos y sirviéndoles aún” (Hebreos 6:9-10).

Dios, nos ha llamado mediante su Evangelio y hemos sido santificados por su Espíritu y la fe en la verdad. Si permanecemos firmes en esta doctrina, “¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? (Romanos 8: 35). Además, hemos sido escogidos “en él [Cristo] antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él.” (Efesios 1:4; léase además Efesios 1:3-14; Romanos 8:28-30). Fijémonos que Dios nos escoge para que seamos santos y sin mancha delante de Él. Por tanto, juzguémonos u observémonos a nosotros mismos, si vamos por el camino de santidad, o por otro distinto. Nuestra visión siempre debe estar puesta en nuestra meta, que es la santidad en Cristo, para no desviarnos por caminos tortuosos, no que puedan hacer perder la salvación, sino que al apartarnos del verdadero camino (Cristo es el camino, Juan 14:6) sufriremos mucho hasta volver al único camino que conduce a vida eterna.

La Santa Biblia nos da muchas más razones para que no dudemos en ningún momento que la salvación está garantizada por Dios. No hay accidente, ni percance, ni ninguna circunstancia externa a nosotros que pueda oponerse en la voluntad de Dios, para evitar que seamos salvos. En cierto sentido, no depende de nosotros sino que está en manos de Dios (Apocalipsis 7:10). ¿Qué nos corresponde a nosotros? Mantenernos firmes en la fe, mediante la comunión con Dios y su Palabra.

Filipenses 2:12-16: Por tanto, amados míos, como siempre habéis obedecido, no como en mi presencia solamente, sino mucho más ahora en mi ausencia, ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, (13) porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad. (14) Haced todo sin murmuraciones y contiendas, (15) para que seáis irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación maligna y perversa, en medio de la cual resplandecéis como luminares en el mundo; (16) asidos de la palabra de vida, para que en el día de Cristo yo pueda gloriarme de que no he corrido en vano, ni en vano he trabajado.

Ocupémonos, pues, de nuestra salvación, que ya es un hecho pero que no se debe descuidar. Sin embargo, tengamos siempre la total seguridad, “estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo;” (Filipenses 1: 6).

Concluyendo, nuestra salvación es un hecho que se ha producido en el pasado, en el momento que aceptamos a Cristo por la fe, y no en el futuro. No podemos dudar de esto, porque sería hacer a Dios mentiroso (Hebreos 6:17-20). Sin embargo, esa garantía de la salvación nunca debe conducirnos a la jactancia, orgullo espiritual e insensatez, sino que debemos ocuparnos de nuestra salvación con temor y temblor, reconociendo en todo momento que somos pecadores, débiles en nuestra carne, con muchas flaquezas que nos harán pecar muchas veces pero casi, o más bien, nunca voluntariamente, porque “Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios.” (1ª Juan 3:9). Sin embargo, tengamos en cuenta que “si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. (1ª Juan 1:8).

¿Y si pecamos? Perdemos la comunión con Dios hasta que nos arrepentimos, reparamos la falta y pedimos perdón a Dios, y nuestra comunión con Dios es restaurada “Si confesamos nuestros pecados, él [Dios] es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. (1ª Juan 1:9).

Termino este estudio bíblico, citando unos textos bíblicos que me parecen muy estimulantes, porque nos animan a todos a que no dejemos de beber del “agua para vida eterna” que nos ofrece Cristo, nuestro Señor:

Juan 4:14: mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna.

Juan 7:37-39: En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba.  (38)  El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva.  (39)  Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado.

Apocalipsis 22:17: Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven. Y el que oye, diga: Ven. Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente.

 

Quedo a tu entera disposición para lo que pueda servirte.

Afectuosamente en Cristo.

 

Carlos Aracil Orts
www.amistadencristo.com

 

Si deseas hacer algún comentario a este estudio, puedes dirigirlo a la siguiente dirección de correo electrónico: carlosortsgmail.com

 


Comentarios de los lectores


Alfonso Baeza

13-04-14

 

Interesante artículo, Carlos, sin duda.

No obstante, a mi modo de entender, no existe una respuesta rotunda a la pregunta del epígrafe: ¿Pueden perder la salvación los que una vez fueron justificados por la fe en Cristo?

Podemos responder que NO, que todos los que han sido justificados por su fe en la gracia de Jesucristo, tienen garantizada la salvación. Pero el Nuevo Testamento está lleno de pasajes que nos sugieren lo contrario, o sea, que el resultado de la batalla por alcanzar la salvación permanece abierto durante toda la vida del creyente:

De cualquier forma, aunque lleguemos a la convicción de que los que han sido justificados tienen GARANTIZADA la salvación, el creyente puede seguir con sus dudas, preguntándose  si realmente él ha sido justificado.

En otras palabras:

 Jesús se dirigió solemnemente a los doce apóstoles en cierta ocasión y les dijo:

“De cierto os digo que en la regeneración, cuando el Hijo del Hombre se siente en el trono de su gloria, vosotros que me habéis seguido también os sentaréis sobre doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel.”  (Mt 19: 28)

Judas Iscariote era uno de los que escuchó esas solemnes palabras. Sin embargo, en él no se cumplieron.

Puesto que no existe ningún signo objetivo, externo ni interno, de que se haya producido una verdadera conversión, creo que lo único que se nos puede aconsejar a los creyentes es que tengamos confianza en la misericordia de Dios,  reconociendo que la salvación es un misterio insondable.

O quizás sería más apropiado decir que lo que es un misterio insondable es la “perdición".  Me explicaré:

Yo leo la Biblia; procuro vivir de acuerdo a los principios que allí leo, pero mi vida no es tan diferente de la de mi vecino ateo, buen padre de familia y buen ciudadano, pero que no cree en Dios, y no tiene fe en absoluto.

Pues bien, me imagino a mí mismo en el Paraíso, cuando lleve viviendo allí cien mil trillones de años y repentinamente vengan a mis pensamientos las escenas de mi vida terrenal. Recodaré a Antonio, a Juanito, a Vicentín, a Paquito, etc. etc. la mayoría de los cuales probablemente no estarán allí, y entonces me preguntaré: ¿Por qué no están aquí? ¿Qué mal tan profundo cometieron para ser castigados con la privación del eterno paraíso?

¿Puede que considere injusto que esos buenos amigos de la infancia, la juventud o la adultez, se hayan perdido para la eternidad, simplemente porque nunca les interesó la religión ni los valores cristianos?

El tiempo de una vida humana, comparado con la eternidad, no es más que un lapso infinitesimal, prácticamente cero. ¿Cómo puede ser que por la falta de fe manifestada durante un lapso infinitesimal de tiempo hacia Dios, se sea acreedor a semejante pena de cadena perpetua infinita, condenado por la eternidad a vivir separado del paraíso, ya sea con vida consciente, o sin ella?

¿Y no es más misterioso esto todavía, si pensamos que, al fin y al cabo, la fe es un don de Dios (Efesios 2: 8)?

De los cientos de denominaciones distintas en que se ha fragmentado el cristianismo, unas aseguran que la salvación nunca está garantizada, que hay que “pelearla” hasta el final. Otros en cambio, aseguran que una vez que nos entregamos a Cristo, la salvación está asegurada.

¿En qué se basan unos y otros?  En la Biblia, y más concretamente, en el Nuevo Testamento.

¿Cómo es esto posible?  Pues porque, como sucede en multitud de otros temas controvertidos, quienes aseguran que la salvación de los que una vez fueron justificados está garantizada, esgrimen los textos que apuntan en esa dirección, minimizando la importancia de aquellos otros que respaldan  lo contrario. Y lo propio hacen los que piensan que la salvación no la tiene nadie asegurada.

En muchísimos otros temas sucede algo parecido: por ejemplo, muchas denominaciones cristianas  aseguran que tenemos un alma que se separa del cuerpo cuando morimos y va a su destino eterno: cielo, infierno, purgatorio, limbo, etc. Otras, en cambio, aseguran que no hay alma, y que la esperanza del cristiano reside en la resurrección que se efectuará al final de los tiempos. Los primeros basan su argumentación, sobre, todo, en textos del Nuevo Testamento, en donde las ideas de la filosofía helenística ya aparecen reflejadas: “Para mí sería mejor partir [morir] y estar con Cristo” –dice Pablo- (Filipenses 1: 21- 23). Lucas pone en boca de Jesús la parábola del rico y Lázaro, que aunque incluya elementos indudablemente fantásticos, se apoya en la idea de que al morir el alma se separa del cuerpo y va a su destino eterno (en este caso, Lázaro al paraíso y el rico al infierno).

En cambio, los cristianos que no creen en el alma basan su argumentación, principalmente en el Antiguo Testamento, porque, efectivamente, no había noción alguna de “alma” entre los judíos antiguos, anteriores a la cultura helenística.

Del mismo modo podríamos hablar de los cristianos que creen en la Trinidad y los que la niegan, de aquellos que creen que hay que observar un determinado día de reposo, los que creen en otro día y los que no creen en ninguno, etc. etc. Todos ellos defienden sus posturas, esgrimiendo pasajes bíblicos que los apoyan, y minimizando la importancia de los textos que apoyarían la doctrina opuesta.

¿Se siente Vd. mejor creyendo que tiene la salvación asegurada? En la Biblia podrá encontrar pasajes que se lo corroboren. Todo consiste en aferrarse a esos pasajes y minimizar la importancia de los que sugieren justo lo contrario. ¿Su criterio es, en cambio, que la salvación no está garantizada? Pues dispone igualmente de un arsenal de pasajes que así parecen sugerirlo. En ese caso, deberá Vd., minimizar la importancia de los pasajes que parecen sugerir que sí está garantizada.

En mi opinión, lo más sensato es confiar en el amor de Dios y en que nunca privará a ninguno de Sus hijos de los bienes que nosotros, siendo malos, no privaríamos a los nuestros.

He ahí mi reflexión

Saludos

Alfonso Baeza


Ver la respuesta de Carlos Aracil Orts a este comentario en:

¿Debe el cristiano tener la seguridad de su salvación?

 


Referencias bibliográficas

* Las referencias bíblicas están tomadas de la versión Reina Valera de 1960 de la Biblia, salvo cuando se indique expresamente otra versión. Las negrillas y los subrayados realizados al texto bíblico son nuestros.

Abreviaturas frecuentemente empleadas:

AT = Antiguo Testamento

NT = Nuevo Testamento

NBJ,1998 = Nueva Biblia de Jerusalén, 1998.

 

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