Amistad en Cristo - Carlos Aracil Orts

Preguntas y Respuestas

Soteriología

¿Quiénes mataron a Jesucristo?

 

¿Quiénes son responsables de Su muerte?

 
Versión: 07-07- 2020

 

Carlos Aracil Orts

1. Introducción*

Es importante que nos preguntemos: ¿creemos los cristianos sinceramente en la esencia del Evangelio, es decir, el corazón de la Revelación de Dios, cuando Su Palabra declara: “Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras” (1 Corintios 15:3)?

¿Significa esto que fueron nuestros pecados los que mataron a Jesús?

¿Podríamos inferir, pues, que cada ser humano, de alguna manera, ha participado en la crucifixión de Cristo?

Así parece deducirse de los siguientes textos:

Hechos 2:22-24: Varones israelitas, oíd estas palabras: Jesús nazareno, varón aprobado por Dios entre vosotros con las maravillas, prodigios y señales que Dios hizo entre vosotros por medio de él, como vosotros mismos sabéis; (23) a éste, entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios, prendisteis y matasteis por manos de inicuos, crucificándole; (24) al cual Dios levantó, sueltos los dolores de la muerte, por cuanto era imposible que fuese retenido por ella.

El abordar este tema, que es esencial para entender en qué se fundamenta nuestra salvación eterna, se lo debo, como de costumbre, a las consultas que me formulan los lectores de mi web. En esta ocasión se me planteó la cuestión más interesante, misteriosa y profunda de la Sagrada Escritura: “Si Jesús padeció la segunda muerte y siendo que el único que puede dar muerte eterna es el Padre, entonces ¿el que mató a Jesús fue el Padre?”

Notemos que, aunque el Padre no fue autor ni responsable de la muerte de Jesús, éste fue “entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios” (Hch. 2:23). Es decir, antes de “la fundación del mundo”, en un concilio celestial, Dios –Padre, Hijo  y Espíritu Santo– decidió entregarse a sí mismo, en la Persona de Su Hijo, “como un cordero sin mancha y sin contaminación, (20) ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros/nosotros (1 P. 1:19-20), a fin de que fuéramos “rescatados de vuestra/nuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis/recibimos de vuestros/nuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, (19) sino con la sangre preciosa de Cristo” (1 P. 1:18-19).

De aquí se derivan muchas otras preguntas, como por ejemplo, ¿qué cosa tan terrible es el pecado, que provocó que Dios mismo, en la Persona de Su Hijo, “fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad” (Jn. 1:13)?

En un estudio bíblico que publiqué el 15 de mayo de 2019, titulado ¿Por qué tuvo que sufrir Cristo y morir en la cruz para salvarnos? (1), ya traté de responder a las dos siguientes preguntas:

¿Por qué Dios requirió la ofrenda y el sacrificio de Su Hijo, con mucho sufrimiento y muerte en la cruz, como medio para reconciliar y salvar a la humanidad rebelde?
 
¿Somos salvos por la fe en la sangre derramada de Cristo en la cruz?

También la pregunta que sigue a continuación la respondí en el artículo titulado ¿Qué muerte sufrió Jesús en la cruz la primera muerte o la segunda? (2)

¿Realmente Jesucristo sufrió lo que el libro del Apocalipsis de san Juan describe como la segunda muerte (Ap. 2:11, 20:14, 21:8)?

Apocalipsis 2:11: El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. El que venciere, no sufrirá daño de la segunda muerte.

Apocalipsis 20:14-15: Y la muerte y el Hades fueron lanzados al lago de fuego. Esta es la muerte segunda. (15) Y el que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego.

Apocalipsis 21:8: Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda.

Estos textos nos desvelan que, además de la muerte primera, a la que todo el mundo se enfrenta, – y que nadie puede evitar, excepto si “el Hijo del Hombre viniera en su gloria” (Mt. 25:31; cf. 16:27) antes que nos llegue nuestra hora–, existe otra muerte más temible que la muerte primera; porque de la primera muerte, los justificados en Cristo Jesús, resucitaremos para vida eterna, pero la segunda muerte es “pena de eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor…” (2 Ts. 1:9), o sea, destrucción eterna en “el lago de fuego” (Ap. 20:15; cf. 21:8), para todos “los que no conocieron a Dios, ni obedecen al Evangelio de nuestro Señor Jesucristo” (2 Ts. 1:8).

Cabe también preguntarse ¿cuándo se produce o sucede la “segunda muerte”, que se aplica, como juicio de Dios, sobre todos aquellos “que no conocieron a Dios, ni obedecen al Evangelio de nuestro Señor Jesucristo” (2 Ts. 1:8)?

No se puede dar una respuesta amplia a estas preguntas sino comprendemos el drama de la historia de la humanidad  en paralelo con la historia del pecado y su origen. Y todo esto en relación con la acción redentora de Dios (Ro. 4:22-25; 5:6-21), que soluciona el problema del pecado (Ro. 5:12; 1 Co. 15:21-23) –cuya paga o pena es la muerte eterna (Ro. 6:23)–, que consiste en que la Persona de Cristo asuma la muerte segunda o eterna que le corresponde al pecador, a fin de que éste pueda obtener la vida eterna.

El hombre tiene, pues, ante sí dos posibles destinos: vida eterna si acepta que su yo sea crucificado juntamente con Cristo (Ro. 6:6), o muerte eterna si rechaza a Cristo, que significa crucificarle de nuevo con su conducta.

A continuación, primero de todo, trataremos de averiguar qué dice la Biblia sobre cuál es la causa de la muerte primera y la solución provista por Dios: la resurrección.

2. La muerte es la consecuencia del pecado, y la solución provista por Dios es la resurrección.

“El pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte” (Ro. 5:12); “también por un hombre la resurrección de los muertos” (1 Co. 15 :21).

Romanos 5 12: Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.

1 Corintios 15:21-23: Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos. (22) Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados. (23) Pero cada uno en su debido orden: Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo, en su venida.

Estos dos versículos de Romanos 5:12 y 1 Corintios 15:21 son claves para comprender el drama del sufrimiento, enfermedad, dolor, destrucción y muerte que caracterizan la historia de la humanidad, y que forman parte de la misma de una manera constante.

El primer texto presenta el problema del pecado y de la muerte que entraron por un hombre, y el segundo texto la solución a la muerte; pues también por medio de un Hombre –el Hijo de Dios–, que “murió por nuestros pecados” y resucitó, para que los creyentes, por medio de la fe en Él, pudiéramos participar de Su resurrección y de Su justicia adquiridas para nosotros, a fin de que fuera justo otorgarnos la vida eterna.

Romanos 4:22-25: por lo cual también su fe [la de Abraham] le fue contada por justicia. (23) Y no solamente con respecto a él se escribió que le fue contada, (24) sino también con respecto a nosotros a quienes ha de ser contada, esto es, a los que creemos en el que levantó de los muertos a Jesús, Señor nuestro, (25) el cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación.

“Jesús, Señor nuestro entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación (Ro. 4:24,25).

Como consecuencia de la entrada del pecado en este mundo, la humanidad entera peca: “Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Ro. 3:23). Desde ese momento, los seres humanos somos incapaces de no pecar, ni, por tanto, de alcanzar la justicia por nosotros mismos; es decir, de tener una vida justa, o de vivir impecablemente. De ahí que nadie puede obtener su salvación por sus propios méritos, por mucho que se esfuerce en cumplir la ley de Dios o realizar obras piadosas o misericordiosas (Gá. 2:16).

Gálatas 2:16-21: sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley, por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado. (17) Y si buscando ser justificados en Cristo, también nosotros somos hallados pecadores, ¿es por eso Cristo ministro de pecado? En ninguna manera. (18) Porque si las cosas que destruí, las mismas vuelvo a edificar, transgresor me hago. (19) Porque yo por la ley soy muerto para la ley, a fin de vivir para Dios. (20) Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí. (21) No desecho la gracia de Dios; pues si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo.

Observemos que, como nadie puede alcanzar por sí mismo la justicia que Dios exige, necesitamos ser “justificados por la fe en Cristo” (Gá. 2:16; cf. Ro. 3:21-28).

Romanos 3:21-28: Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios testificada por la ley y por los profetas; (22) la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo,, para todos los que creen en él. Porque no hay diferencia, (23) por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, (24) siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, (25) a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, (26) con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús. (27) ¿Dónde, pues, está la jactancia? Queda excluida. ¿Por cuál ley? ¿Por la de las obras? No, sino por la ley de la fe. (28) Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley.

¿Qué significa ser “justificado por la fe en Cristo”?

Significa ser imputado, adjudicado o atribuido de la justicia que obtuvo Cristo por sus méritos propios, Su vida impecable, muerte y resurrección. Esta es la justicia que Dios exige para tener vida eterna. Por eso, Dios “Al que no conoció pecado [Jesucristo], por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él (2 Corintios 5:21).

Por tanto, todo el que acepte por fe el sacrificio expiatorio, que Cristo realizó al morir por nuestros pecados, es justificado, se le perdonan todos sus pecados, y obtiene la garantía y seguridad en su salvación eterna. Este es el único modo de ser salvo para vida eterna.

Este es el maravilloso Plan de Salvación de Dios, que solucionó el problema del pecado y de la muerte con la acción redentora de Cristo (Ro. 5:17-19). Porque “Dios, que es rico en misericordia”, no abandonó a la rebelde humanidad a su destino de muerte eterna, sino que “por Su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos)” (Ef. 2:4,5).

“Por la desobediencia de un hombre –Adán– los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno –Jesucristo–, los muchos serán constituidos justos” (Ro. 5:19).

Romanos 5:17-19: Pues si por la transgresión de uno solo reinó la muerte, mucho más reinarán en vida por uno solo, Jesucristo, los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia. (18) Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida. (19) Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos.

“Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Ro. 5:6-11).

Romanos 5:6-11: Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos. (7) Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo; con todo, pudiera ser que alguno osara morir por el bueno. (8) Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. (9) Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira. (10) Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida. (11) Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en Dios por el Señor nuestro Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación.

Como un Dios justo no puede pasar por alto el pecado, dejarlo impune, sin que reciba su justa retribución que es la pena de la muerte eterna (Ro. 6:23), Él mismo, en la Persona de Cristo, asume en Su carne la penalidad del pecado que le corresponde al pecador, a fin de que éste pueda tener la vida eterna (Ro. 8:3-4; 1 Co. 15:3; 2 Co. 5:21; 1 P. 2:24).

Romanos 6:23: Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.

Romanos 8:3-4 Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne; (4) para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.

2 Corintios 5:14-15, 17-21: Porque el amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron; (15) y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos. […] (17) De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. (18) Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; (19) que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación. (20) Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios. (21) Al que no conoció pecado [Cristo], por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.

1 Pedro 2:21-25: Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas; (22) el cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca; (23) quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente; (24) quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados. (25) Porque vosotros erais como ovejas descarriadas, pero ahora habéis vuelto al Pastor y Obispo de vuestras almas.

La muerte eterna no es provocada o impuesta por Dios sino que es la consecuencia del pecado del hombre. Todos los que mueren sin haberse arrepentido de sus pecados y sin haber aceptado a Cristo como Salvador, están en condición de muerte eterna.

3. La única solución a la muerte es la primera resurrección, que es para vida eterna para los redimidos  (Jn. 5:28,29; 1 Co. 15:51-57; 1 Ts. 4:13-18).

Apocalipsis 20:4-6 (BTX-La Biblia Textual) Y vi tronos, y se sentaron en ellos, y les fue concedido juzgar. Vi también las almas de los decapitados por causa del testimonio de Jesús y por causa de la palabra de Dios, y a los que no habían adorado a la bestia ni a su imagen, ni habían recibido la marca en la frente y en su mano, y volvieron a vivir para reinar con el Mesías mil años: Ésta es la primera resurrección, (5) pero los demás muertos no volvieron a vivir hasta que fueron cumplidos los mil años. (6) Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección; la segunda muerte no tiene potestad sobre éstos, sino que serán sacerdotes de Dios y del Ungido, y reinarán con Él mil años.

Todos los que acepten la redención o rescate ofrecidos por Dios a causa de la sangre derramada de Cristo, participarán en la primera resurrección, la única que es para vida eterna. (Jn. 5:28,29; 1 Co. 15:51-57; 1 Ts. 4:13-18; Ap. 20:4-6).

1 Corintios 15:51-58: He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, (52) en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados. (53) Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad. (54) Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria. (55) ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? (56) ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley. (57) Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo. (58) Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano.

De los textos citados arriba, podemos deducir lo siguiente:

Primero. “Os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados” (1 Co. 15:51).

El apóstol Pablo nos revela que cuando ese misterio profetizado se cumpla “No todos dormiremos”, es decir, “no todos estaremos muertos”; puesto que él, habla en primera persona del plural, se refiere a los santos muertos, pero todos, tanto los muertos resucitados como los santos que hayan llegado vivos a ese día, serán transformados en seres inmortales.

¿Cuándo ocurrirá el misterioso suceso de la resurrección de los santos muertos y la transformación de los santos que estén vivos en ese tiempo?

Segundo. “A la final trompeta…los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados”.

Primero de todo, notemos que Dios no resucita los “cuerpos” de los muertos, sino al ser humano entero, es decir, a la persona.

La última trompeta es la séptima: Y el séptimo ángel tocó la trompeta, y hubo grandes voces en el cielo, que decían: ¡El reino del mundo ha llegado a ser de nuestro Señor y de su Ungido, y reinará por los siglos de los siglos!” (Ap. 11:15).

Ese momento coincide con la venida en gloria de Jesucristo, cuando “el Ungido de Dios reinará por los siglos de los siglos” (Ap. 11:15); es también “el tiempo de ser juzgados los muertos, y de dar el galardón a tus siervos los profetas, y a los santos, y a los que temen tu Nombre, a los pequeños y a los grandes, y de destruir a los que destruyen la tierra (Ap. 11:18).

En ese tiempo ocurren tres acontecimientos: 1) los santos muertos son resucitados incorruptibles; 2) “nosotros”, es decir, los santos vivos, los que vivamos en aquel momento, seremos también transformados en incorruptibles e inmortales, sin haber gustado la muerte; 3) “Los que destruyen la tierra”, que son todos los impíos que vivan en el día de la segunda venida de Cristo, serán destruidos (Ap. 11:18; cf. Ap. 14:18).

Apocalipsis 14:18: Y de junto al Altar salió otro ángel que tiene poder sobre el fuego, y habló con gran voz al que tenía la hoz afilada, diciendo: ¡Mete tu hoz afilada, y vendimia los racimos de la viña de la tierra, porque sus uvas están maduras! (19) Y el ángel metió su hoz en la tierra, y vendimió la viña de la tierra, y echó las uvas en el gran lagar de la ira de Dios.

Las uvas de los racimos de la viña de la tierra (Ap. 14:18) se corresponden con la cizaña descrita en la parábola del trigo y la cizaña (Mt. 13:24-30, 36-43).

Mateo 13:36-43: Entonces, despedida la gente, entró Jesús en la casa; y acercándose a él sus discípulos, le dijeron: Explícanos la parábola de la cizaña del campo. (37) Respondiendo él, les dijo: El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre. (38) El campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del reino, y la cizaña son los hijos del malo. (39) El enemigo que la sembró es el diablo; la siega es el fin del siglo; y los segadores son los ángeles. (40) De manera que como se arranca la cizaña, y se quema en el fuego, así será en el fin de este siglo. (41) Enviará el Hijo del Hombre a sus ángeles, y recogerán de su reino a todos los que sirven de tropiezo, y a los que hacen iniquidad, (42) y los echarán en el horno de fuego; allí será el lloro y el crujir de dientes. (43) Entonces los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre. El que tiene oídos para oír, oiga.

Es el tiempo de la siega: “porque la hora de segar ha llegado, pues la mies de la tierra está madura!” (Ap. 14:16; cf. Mt. 13:30). La mies es el trigo de la parábola citada. Aquellos –la cizaña o las uvas– son objeto de la ira de Dios, y son destruidos; pero los santos vivos son transformados, y, como veremos más abajo, arrebatados al cielo al encuentro con Jesucristo (1 Ts. 4:17).

Mateo 13:30: Dejad crecer juntamente lo uno y lo otro hasta la siega, y en tiempo de la siega diré a los segadores: Recoged primero la cizaña y atadla en manojos para quemarla totalmente, pero el trigo reunidlo en mi granero.

Y todos –los santos muertos resucitados incorruptibles, como los santos vivos transformados en gloria– seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor” (1 Ts. 4:17). Comprobemos como el mismo Apóstol completa su visión profética, del capítulo 15 de la primera epístola a los Corintios, en los siguientes pasajes registrados en el capítulo 4 de la primera carta a los Tesalonicenses:

1 Tesalonicenses 4:13-18: Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza. (14) Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él. (15) Por lo cual os decimos esto en palabra del Señor: que nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor, no precederemos a los que durmieron. (16) Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. (17) Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor. (18) Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras.

Observemos que en esta primera resurrección nada se dice de los impíos muertos de todas las épocas de la historia de la humanidad. Sin embargo,  la Palabra de Dios nos revela que sucederán dos resurrecciones: “los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación” (Jn. 5:28-29). Pero no necesariamente simultáneas.

Juan 5:28-29: No os maravilléis de esto; porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; (29) y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación.

También el apóstol Pablo expresó que vivía en esa esperanza, en su discurso de defensa ante el gobernador Félix: “teniendo esperanza en Dios, la cual ellos mismos también abrigan, que ha de haber resurrección, tanto de justos como de injustos(Hechos 24:15).

¿Cuándo, pues, sucede la segunda resurrección, la que corresponde a los impíos de todas las edades de la historia humana, y que solo tiene por objeto que reciban el juicio de condenación de Dios, mediante la segunda muerte?

El libro de Apocalipsis (20:5) registra: “pero los otros muertos no volvieron a vivir hasta que se cumplieron mil años”. Es decir, la segunda resurrección, cuando serán resucitados todos los impíos, ocurrirá mil años después de la primera resurrección.

¿Quiénes son “los otros muertos” (Ap. 20:5)?

Sin duda, no pueden ser otros que todos aquellos que no fueron resucitados en el día de la venida gloriosa de nuestro Señor Jesucristo, a los que hay que añadir aquellos que vivían en el citado día, y que “decían a los montes y a las peñas: Caed sobre nosotros, y escondednos del rostro de aquel que está sentado sobre el trono, y de la ira del Cordero; (17) porque el gran día de su ira ha llegado; ¿y quién podrá sostenerse en pie?” (Ap. 6:16-17); es decir, “los que destruyen la tierra” (Ap. 11:18), que a su vez fueron destruidos por el resplandor de la venida gloriosa de Cristo (2 Ts. 2:8).

¿Cuándo se produce o sucede la “segunda muerte”, que se aplica, como juicio de Dios, sobre todos aquellos “que no conocieron a Dios, ni obedecen al Evangelio de nuestro Señor Jesucristo” (2 Ts. 1:8)?

Todos estos muertos, que no participaron en la primera resurrección o que fueron destruidos en el día de la segunda venida de Cristo, serán resucitados únicamente para juicio de condenación eterna (Ap. 20:11-15), y recibir la pena de la muerte segunda: “Esta es la muerte segunda. (15) Y el que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego. Leamos el contexto donde se insertan que corresponden al pasaje del juicio ante el gran trono blanco (véase Ap. 20:11-15):

Apocalipsis 20:11-15 Y vi un gran trono blanco y al que estaba sentado en él, de delante del cual huyeron la tierra y el cielo, y ningún lugar se encontró para ellos. (12) Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante Dios; y los libros fueron abiertos, y otro libro fue abierto, el cual es el libro de la vida; y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras. (13) Y el mar entregó los muertos que había en él; y la muerte y el Hades entregaron los muertos que había en ellos; y fueron juzgados cada uno según sus obras. (14) Y la muerte y el Hades fueron lanzados al lago de fuego. Esta es la muerte segunda. (15) Y el que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego.

4. ¿Realmente Jesucristo sufrió lo que el libro del Apocalipsis de san Juan describe como la segunda muerte (Ap. 2:11, 20:14, 21:8)?

Evidentemente, Jesús no nos salva de la primera muerte – que es para la Biblia como un sueño, del que “muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua” (Daniel 12:2)–, sino de la segunda muerte, que es eterna perdición.

Puesto que todos somos pecadores y merecemos la muerte eterna por nuestras trasgresiones, Jesucristo carga sobre sí todos los pecados y paga, con el valor infinito de su vida, nuestro rescate. Y Dios lo resucita porque Jesucristo es inocente, sin atisbo alguno de pecado (2 Co. 5:21, Heb. 4:15; 1 P. 2:22), y por Él, serán resucitados todos aquellos que acepten Su sacrificio expiatorio. Su vida a cambio de la nuestra (Heb. 2:9,14-17; 10:10-14; 1 P. 1:18-22; etc.): “Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria” (Colosenses 3:4).

Lógicamente, lo que antecede nos conduce a deducir que Jesús sufrió la muerte segunda que corresponde a todo pecador:

“Así mostró Dios su infinita misericordia hacia la humanidad caída: el Cordero inmolado (Salmo 85:10, Apocalipsis 5:1-14) y destinado desde antes de la fundación del mundo (1ª Pedro 1:20), toma nuestro lugar y entrega su vida para recibir la muerte segunda que a todos nos corresponde por nuestras  transgresiones (Rom. 6:23; Efesios 2:1), y al resucitar libera a la humanidad de esa muerte (1ª Corintios 15:54-57). “Por qué Jesucristo es el único que puede salvarnos de la muerte” (3)

Si cuando sufrimos la muerte primera estamos unidos a Cristo, ésta no provoca una separación espiritual de Dios sino que se puede recibir con paz en el alma y esperanza en la resurrección gloriosa, porque nuestros pecados han sido perdonados por medio de la sangre de Jesucristo.

Ahora podemos comprender por qué Jesucristo tuvo, cuando casi agonizaba en la cruz, la terrible experiencia que le impulsó a clamar: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mt. 27:46).

La explicación consiste en que "Jesús fue hecho pecado por nosotros" (2ª Corintios 5:21). Cargó con nuestros pecados, y sufrió, no la primera muerte que no le correspondía, sino la segunda muerte, en nuestro lugar, la paga de  nuestro pecado que cayó sobre el inocente, para que nosotros fuésemos declarados justos y salvados por su sangre. Al contrario de la primera muerte que no implica separación de Dios, la segunda muerte es el juicio y condenación eternos y la separación total de Dios.

2 Corintios 5:21: Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.

Jesús no temió la muerte en ningún momento, pues Él confiaba plenamente en  Su Padre. Sin embargo, Jesús, que durante toda su vida estuvo en perfecta comunión con Dios, cuando Él pendía de la cruz, poco antes de exhalar su espíritu, experimentó una terrible separación de Su Padre, al que había estado totalmente unido, porque en ese momento, la carga de nuestros pecados requería  su muerte, para que la justicia de Dios se cumpliera en Él (Romanos 3:25).

Romanos 3:25: a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados,

Lo que Él experimentó, sin duda, fue la  muerte segunda, la cual tuvo que sobrellevar en nuestro lugar por nuestros pecados. Para Él fue terrible no la muerte en sí misma, sino el rompimiento de la unión con el Padre, que nunca había experimentado hasta ese momento, en que Dios Padre le imputa nuestros pecados, separándose de Él, lo que le hizo exclamar: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" (Mateo 27:46 úp.; Marcos 15:34 úp.). (Párrafos extraídos de ¿Qué muerte sufrió Jesús en la cruz la primera muerte o la segunda? ) (4)

5. Conclusión

La muerte eterna no es provocada o impuesta por Dios sino que es la consecuencia del pecado del hombre. Todos los que mueren sin haberse arrepentido de sus pecados y sin haber aceptado a Cristo como Salvador, están en condición de muerte eterna. El libro de Apocalipsis (20:5) dice: “pero los otros muertos no volvieron a vivir hasta que se cumplieron mil años”. Todos estos muertos serán resucitados únicamente para juicio de condenación eterna (Ap. 20:11-15). Comprobémoslo:

Apocalipsis 20:11-15 Y vi un gran trono blanco y al que estaba sentado en él, de delante del cual huyeron la tierra y el cielo, y ningún lugar se encontró para ellos. (12) Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante Dios; y los libros fueron abiertos, y otro libro fue abierto, el cual es el libro de la vida; y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras. (13) Y el mar entregó los muertos que había en él; y la muerte y el Hades entregaron los muertos que había en ellos; y fueron juzgados cada uno según sus obras. (14) Y la muerte y el Hades fueron lanzados al lago de fuego. Esta es la muerte segunda. (15) Y el que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego.

La muerte segunda es, pues, la ejecución de la pena de eterna perdición (2 Ts. 1:9-10), cuando todos los condenados vuelven definitivamente a la condición de muerte eterna que tenían antes de que Dios los resucitara para recibir su juicio, “Porque la paga del pecado es muerte, mas la dadiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Ro. 6:23).

Puesto que Jesucristo sufrió la muerte que corresponde al pecador, para que éste tenga vida eterna, tiene antes que haber aceptado “Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras” (1 Co. 15:3); esto es el corazón de las Buenas Nuevas de Salvación. Cristo al llevar nuestros pecados sufre la muerte del pecador, pero es resucitado, primero, porque nunca tuvo ni cometió pecado, y segundo, porque la muerte no podía retenerlo porque Él es “la Resurrección y la vida” (Jn. 11:25), “el Autor de la vida” (Hch. 3:15). Y fue necesario su sacrificio para que se cumpliera la justicia de Dios; Su ley no podía ser transgredida en vano, sin una justa retribución, y, a la vez, Él es misericordioso, al cargar sobre sí la pena de muerte del pecador, como veremos más abajo, con algo más de detalle.

¿Quiénes mataron a Jesús?

¿Fueron las autoridades romanas, los dirigentes judíos que lo prendieron y lo entregaron a ellas, o también los judíos que gritaban “¡crucifícale!” (Mr. 15:13; cf. Mt. 27:20-22; Lc. 23:21;Jn. 19:15)?

¿Fueron nuestros pecados los que mataron a Jesús?

¿Podríamos inferir, pues, que cada ser humano, de alguna manera, ha participado en la crucifixión de Cristo?

La Palabra de Dios no declara en ningún lugar que Dios Padre matase a Su Hijo, sino que el Hijo se ofreció a venir a este mundo, tomando cuerpo humano para morir en lugar del hombre, para así cumplir la voluntad de Dios (véase Hch. 2:22-24; 3:13-18; 4: 25-28; 10:34-43; 13:26-46; Heb. 2:9-18; 9:24-28; 10: 5-14 1 P. 1:18-21; etc.).

Hechos 2:22-24: Varones israelitas, oíd estas palabras: Jesús nazareno, varón aprobado por Dios entre vosotros con las maravillas, prodigios y señales que Dios hizo entre vosotros por medio de él, como vosotros mismos sabéis; (23) a éste, entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios, prendisteis y matasteis por manos de inicuos, crucificándole; (24) al cual Dios levantó, sueltos los dolores de la muerte, por cuanto era imposible que fuese retenido por ella.

Hechos 3:12-15: Viendo esto Pedro, respondió al pueblo: Varones israelitas, ¿por qué os maravilláis de esto? ¿o por qué ponéis los ojos en nosotros, como si por nuestro poder o piedad hubiésemos hecho andar a éste? (13) El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su Hijo Jesús, a quien vosotros entregasteis y negasteis delante de Pilato, cuando éste había resuelto ponerle en libertad. (14) Mas vosotros negasteis al Santo y al Justo, y pedisteis que se os diese un homicida, (15) y matasteis al Autor de la vida, a quien Dios ha resucitado de los muertos, de lo cual nosotros somos testigos.

Como hemos podido comprobar, el apóstol Pedro acusa a aquellos “varones israelitas” de que: “prendisteis y matasteis por manos de inicuos, crucificándole (Hch. 2:22-23); “[…] y matasteis al Autor de la vida, a quien Dios ha resucitado de los muertos, de lo cual nosotros somos testigos” (Hch. 3:15). Y como también nosotros, al igual que ellos, somos pecadores, cuando pecamos colaboramos en la crucifixión de Cristo; y lo que Dios nos pide es que si tenemos fe en  Cristo, que es el único que nos salva de la muerte eterna, debemos creer también, “que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con Él, a fin de que no sirvamos más al pecado” (Ro. 6:6); para que podamos decir como san Pablo: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí. (21) No desecho la gracia de Dios; pues si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo” (Gálatas 2:20-21).

Por tanto, Dios el Padre no es el autor de la muerte de Su Hijo; pero aun así, Jesucristo fue “entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios” –el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo–, para que fuésemos “rescatados de vuestra [/nuestra] vana manera de vivir, la cual recibisteis [/recibimos] de vuestros [/nuestros] padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, (19) sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación, (20) ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros [/nosotros], (21) y mediante el cual creéis en Dios, quien le resucitó de los muertos y le ha dado gloria, para que vuestra fe y esperanza sean en Dios” (1 P. 18-25).

Por tanto, en el concilio celestial, antes de la fundación del mundo, la Divinidad –Padre, Hijo y Espíritu Santo– decretó el Plan de Salvación de la humanidad mediante el ofrecimiento en sacrificio de Dios el Hijo, quien se ofreció voluntariamente para ello (Fil 2:5-11).

Filipenses 2:5-11: Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, (6) el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, (7) sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; (8) y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. (9) Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, (10) para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; (11) y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.

El siguiente pasaje, que es muy importante por ser la declaración del propio Jesucristo, prueba no solo su divinidad, pues Él afirma tener vida en sí mismo, sino también su total acuerdo con el Padre de entregar su vida por la humanidad pecadora: Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar. (18) Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar. Este mandamiento recibí de mi Padre” (Juan 10:17-18).

¿Cómo ha vencido Dios al pecado, la muerte y al diablo?

“Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Rom. 3:23). Esta es la causa por la que todos merecemos que se nos aplique  la pena o “paga del pecado [que] es la muerte” (Ro. 6:23); es decir, si Dios ha de ser justo, no puede dejar de aplicar la pena que corresponde a los transgresores de Su Ley de amor, porque de lo contrario, cometería injusticia y acepción de personas (Ro. 2:11).

Sin embargo, Dios es, a la vez, justo y misericordioso cuando, en la Persona de Jesucristo, entrega Su vida por nosotros, muere en nuestro lugar, asume la pena de muerte eterna que nos correspondía a los pecadores, cumpliendo en Él mismo la justicia que demanda Su Ley,  para que éstos puedan tener vida eterna. Por eso, Dios se encarnó, tomó carne, en Jesucristo, vino al mundo, para mostrarnos cómo es Dios (Jn. 14:9), “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16), y de esta manera salvarnos, reconciliarnos con Él y darnos la vida eterna; y todo ello ha sido hecho posible mediante la entrega de Su vida, porque al morir por nosotros (Mt. 20:28; Mr. 10:45), sufre la pena de muerte que corresponde a todos los seres humanos a causa de sus pecados; así lo declara Su Palabra:  “[…] Cristo padeció por nosotros, …(24) quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados. (1 P. 2:21-25).

A Cristo, que llevó nuestros pecados sobre el madero, es decir, por su muerte de cruz, Dios Padre “por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Co. 5:21). Gustó la muerte que corresponde a cada pecador, para librarnos de la muerte eterna, y de esta manera darnos “la inmortalidad por el Evangelio” (2 Ti. 1:9-10).

2 Timoteo 1:9-10: quien nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos, (10) pero que ahora ha sido manifestada por la aparición de nuestro Salvador Jesucristo, el cual quitó la muerte y sacó a luz la vida y la inmortalidad por el evangelio,

Romanos 8:1-4: Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. (2) Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte. (3) Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne; (4) para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.

Hebreos 2:9-18: Pero vemos a aquel que fue hecho un poco menor que los ángeles, a Jesús, coronado de gloria y de honra, a causa del padecimiento de la muerte, para que por la gracia de Dios gustase la muerte por todos. (10) Porque convenía a aquel por cuya causa son todas las cosas, y por quien todas las cosas subsisten, que habiendo de llevar muchos hijos a la gloria, perfeccionase por aflicciones al autor de la salvación de ellos.[…] (14) Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, (15) y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre. (16) Porque ciertamente no socorrió a los ángeles, sino que socorrió a la descendencia de Abraham. (17) Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo. (18) Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados.

Es imposible agotar el tema del acontecimiento más maravilloso de la historia: “El Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros..” (Jn. 1:1,14), para sufrir la muerte más ignominiosa y cruel que existe –la muerte de cruz–. Todo ello es inabarcable en esta vida, por lo que seguiremos meditando en la venidera, y será inacabable, porque Dios es infinito, y sus obras también.

Quedo a disposición de todo lector que desee formularme cualquier cuestión, o simplemente escribirme algún comentario o aportación.

Si deseas hacer algún comentario a este estudio, puedes dirigirlo a la siguiente dirección de correo electrónico: carlosortsgmail.com

 

Afectuosamente en Cristo

 

Carlos Aracil Orts
www.amistadencristo.com

 

 

 

 

 

 

 


Referencias bibliográficas

*Las referencias bíblicas están tomadas de la versión Reina - Valera de 1960 de la Biblia, salvo cuando se indique expresamente otra versión. Las negrillas y los subrayados realizados al texto bíblico son nuestros.

Abreviaturas:

AT = Antiguo Testamento
NT = Nuevo Testamento

NBJ: Nueva Biblia de Jerusalén, 1998.

BTX: Biblia Textual

Las abreviaturas de los libros de la Biblia son las consignadas por la versión Reina-Valera, 1960

Bibliografía citada

(1) Aracil Orts, Carlos, <https://amistadencristo.com>. ¿Por qué tuvo que sufrir Cristo y morir en la cruz para salvarnos?

(2) Aracil Orts, Carlos, <https://amistadencristo.com>. ¿Qué muerte sufrió Jesús en la cruz la primera muerte o la segunda?

(3) Aracil Orts, Carlos, <https://amistadencristo.com>. Por qué Jesucristo es el único que puede salvarnos de la muerte

(4) Aracil Orts, Carlos, <https://amistadencristo.com>. ¿Qué muerte sufrió Jesús en la cruz la primera muerte o la segunda?

(5) Aracil Orts, Carlos, <https://amistadencristo.com: artículos estrechamente relacionados:

¿Cuál es la naturaleza del pecado?
¿Murió Jesucristo por mí?
¿Por qué tuvo que sufrir Cristo y morir en la cruz para salvarnos?
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