Amistad en Cristo - Carlos Aracil Orts

Un ejemplo práctico de salvación o perdición

 

Aplicación de la doctrina de la salvación a un caso práctico

 

Versión 21-01-2010

 

 

Carlos Aracil Orts

 

1. Introducción.*

Estimado Alfonso, en tu último correo, después de que leíste mi artículo “Debate teológico: ¿Es fácil salvarse?,** me pedías que pasemos de la teoría a la práctica, y para ello me narras un conmovedor relato, real o ficticio no lo sé. Aunque eso es lo de menos, pues lo que importa son las dos interesantes preguntas que me formulas referidas a esa historia y que pretendes que mi humilde persona te responda aplicando la teoría doctrinal de la que hice gala en el estudio bíblico citado antes, a fin de que dicha doctrina sobre la salvación pueda ser totalmente clarificada a la luz de un ejemplo práctico obtenido quizá de la vida real.

A fin de que otras personas puedan comprender mejor este intento de aplicación de la doctrina bíblica de la salvación a un caso práctico concreto, voy a relatar tu historia tratando de sintetizarla por motivos obvios. Tu narración se refiere a un joven Pastor cristiano que vive desarrollando su función pastoral al frente de su iglesia con evidente entrega hacia los demás, y con brillantez y entusiasmo en la evangelización. Vive con su esposa pero no tienen hijos. En el transcurso del tiempo, alcanza cargos que implican más responsabilidades, por lo que la Organización a la que pertenece le asigna una secretaria con la que compartirá la mayor parte de los días laborables. La sintonía y comprensión mutua entre el Pastor y la secretaria llega a ser tal que desemboca en enamoramiento. El Pastor se da cuenta de la situación pecaminosa en la que están cayendo, pero no es capaz de encontrar una solución digna que le permita separarse de su secretaria, porque ello implicaría conseguir un traslado a otra ciudad, lo cual no sería entendido ni por su esposa ni por la Organización.

Se encontraba debatiéndose aun en esa terrible lucha moral cuando su secretaria le comunicó que estaba embarazada. Esta noticia fue demoledora para ambos. No podían plantearse el aborto, por sus firmes convicciones morales en ese campo. Al fin, él no tuvo más remedio que sincerarse con su esposa. Lo que supuso la ruptura del matrimonio, pues, como era lógico, su mujer no le perdonó, o, al menos, no hasta el extremo de seguir conviviendo, sabiendo que tendría un hijo de otra mujer.

Después de divorciarse se casa con su secretaria, pero ya no puede seguir desempeñando como Pastor por el mal ejemplo que supondría para los fieles de esa iglesia. Su segundo matrimonio termina también en fracaso, por las tensiones internas de todo orden que estaban soportando. Incluso llegó a recurrir al alcohol con el vano intento de aliviarlas. Al final se unió sentimentalmente con una compañera de trabajo que no era creyente, y él terminó siendo agnóstico. Un día le sorprendió un infarto cuando caminaba por la calle. Cuando llegó al hospital ya estaba muerto.

Presentado el caso práctico sobre el que tenemos que aplicar la doctrina bíblica ahora sólo queda conocer tus preguntas al respecto, las cuales transcribo literalmente a continuación:

“Puesto que no es posible perder la salvación, porque está garantizada, y nuestro pastor había pasado por la experiencia de la conversión, ¿podemos afirmar que será SALVO? ¿A pesar de que murió como agnóstico y haciendo el mismo tipo de vida que sus vecinos que nunca habían creído en nada?
 
¿O debemos entender que la caída en el adulterio y los desafortunados acontecimientos que se encadenaron después constituyen una PRUEBA de que, contrariamente a lo que todos habían sentido, ESTE PASTOR NUNCA PASÓ POR LA EXPERIENCIA DE LA CONVERSIÓN?
Quizás si me respondes este caso más concreto pueda comprender mejor tu punto de vista.”

2. Qué enseñanzas morales podemos extraer de este relato.

Evaluación y juicio moral de la narración

La historia que me cuentas en tu correo, que tiene todos los visos de ser real, es muy dramática y escalofriante. A medida que iba leyendo, nacía en mí un sentimiento empático, de simpatía y comprensión hacia esa persona y a la falta que cometió. No en vano el pecado de “amores”, incluido el adulterio y la fornicación, es aquel, por lo general, con el que somos más condescendientes. Sin embargo, la Palabra de Dios, y, en particular, Jesucristo, no lo consideran un pecado leve o venial, sino que es una transgresión grave de la ley moral de Dios del Nuevo Testamento. Jesucristo cita el mandamiento de “no adulterarás” en varias ocasiones, y lo “espiritualiza” refiriéndolo no sólo a la acción propiamente de adulterar sino ampliándolo incluso al mismo pensamiento impuro de codiciar a una mujer (véase Mateo 5:27,28, 31,32; 19:3-12). No obstante, tu narración, que es muy emotiva y elegante, me hace solidarizarme con la debilidad que tuvo ese creyente. Creo que a cualquier hombre en esas circunstancias podía pasarle.

Sin embargo, en esos momentos de prueba es cuando tenemos la ocasión de demostrar la solidez y madurez de nuestras creencias. Si nuestra fe sólo es teoría, no sirve de nada. El cristianismo no es una teoría, sino un estilo de vida que engloba todos los aspectos y dimensiones del ser humano. No resisto preguntarme, si, en similares circunstancias, con la fe que tengo hoy, no con la que tenía cuando era joven, y tuviese que enfrentarme a una tentación de parecidas características, sería capaz de vencer esa tentación. Lo cual  es totalmente inútil, pues nunca lo sabré hasta que no experimente por mí mismo esa prueba. Entonces, sólo a “toro pasado” podría saberlo. No obstante, aunque la prueba a  experimentar fuera idéntica a la de la otra persona, nunca me atrevería a afirmar que, en el lugar del otro, yo habría pasado con éxito aquella tentación, pues cada persona es distinta en sus puntos fuertes y débiles. Hay personas que tienen mucho más control de sí mismas y de sus emociones y sentimientos que otras. Los valores morales y su capacidad de asumirlos en la práctica suelen variar de una persona a otra.

No juzguemos, para que no seamos juzgados

Primero de todo, debemos dejar claro que no vamos a juzgar a esta persona. Nunca deberíamos emitir o proclamar juicios morales de las personas que conocemos y mucho menos, de las que poco o nada sabemos de su vida y sus circunstancias particulares. Sólo Dios que posee la omnisciencia está capacitado para juzgarnos, “...porque Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón.” (1ª Samuel 16:7 úp). “...mas Dios conoce vuestros corazones; porque lo que los hombres tienen por sublime, delante de Dios es abominación (Lucas 16:15 úp). La palabra de Dios ...discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.” (Hebreos 4:12 úp).

Primera enseñanza, pues, “No juzguéis, para que no seáis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados.” (Lucas 6:37). “Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido. (Mateo 7:2).

Romanos 2:1-3: “1 Por lo cual eres inexcusable, oh hombre, quienquiera que seas tú que juzgas; pues en lo que juzgas a otro, te condenas a ti mismo; porque tú que juzgas haces lo mismo. 2 Mas sabemos que el juicio de Dios contra los que practican tales cosas es según verdad. 3 ¿Y piensas esto, oh hombre, tú que juzgas a los que tal hacen, y haces lo mismo, que tú escaparás del juicio de Dios?”

No puedo juzgar al personaje de esta historia, pero me atrevo afirmar que si fuéramos más misericordiosos, piadosos y compasivos con todos y especialmente con los que se profesan cristianos como nosotros aunque supiéramos que viven en pecado o que han cometido graves pecados, quizá, si en esas circunstancias les demostramos amor, ayudaría a nuestro hermano o amigo a arrepentirse y a volver al redil. Al parecer, el Pastor de nuestra narración, se encontró con una iglesia muy legalista, que le acusaba con el dedo por el clamoroso pecado cometido, en lugar de arroparle y demostrarle cariño y comprensión. No obstante, y en cualquier caso nuestro sentir y conducta debería ser la que nos aconseja San Pablo:

Gálatas 6:1-4: “Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado. 2 Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo. 3 Porque el que se cree ser algo, no siendo nada, a sí mismo se engaña. 4 Así que, cada uno someta a prueba su propia obra, y entonces tendrá motivo de gloriarse sólo respecto de sí mismo, y no en otro;”

Romanos 14:10-13: “(10) Pero tú, ¿por qué juzgas a tu hermano? O tú también, ¿por qué menosprecias a tu hermano? Porque todos compareceremos ante el tribunal de Cristo. 11 Porque escrito está: Vivo yo, dice el Señor, que ante mí se doblará toda rodilla, Y toda lengua confesará a Dios. 12 De manera que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí. 13 Así que, ya no nos juzguemos más los unos a los otros, sino más bien decidid no poner tropiezo u ocasión de caer al hermano.”

¿No pueden, pues, los cristianos emitir ningún tipo de juicio?

En realidad siempre estamos haciendo juicios. Cuando conocemos a una persona por primera vez, de esa primera impresión ya obtenemos una información por su expresión verbal o corporal, que nos permite realizar unas evaluaciones internas de esa persona. Sin embargo, esos prejuicios siempre deben tener la condición de precariedad, porque están no sólo sujetos a error sino que, aunque hayan podido estar acertados en algún momento, las personas están en evolución constante, y experimentan muchos cambios a lo largo de su vida, unas veces para mejorar, y otras para empeorar. Nuestra visión de los otros casi siempre está mediatizada por nosotros mismos, por nuestra cultura e idiosincrasia. Por otro lado, puesto que no conocemos el corazón, las circunstancias y las verdaderas intenciones de los demás, nuestro juicio debe ser siempre prudente, y no ir más allá de enjuiciar las obras o frutos de las vidas de esas personas, pero siempre con cautela, y misericordia, pues nosotros también podemos caer y hacer lo mismo. Por todo ello nuestro Señor Jesús nos aconseja: “No juzguéis según las apariencias, sino juzgad con justo juicio.” (Juan 7:24). Ello implica, ser totalmente objetivo en nuestro juicio y también, justo, equilibrado, sensato, prudente y misericordioso como decíamos antes.

Partiendo de estas bases trataremos de juzgar la conducta del Pastor de nuestra historia, sabiendo nuestras limitaciones, pues nuestro conocimiento es parcial, incompleto, no conocemos las circunstancias, ni el corazón de esa persona. El hecho es que él cometió un error o varios según se mire, al iniciar una relación adúltera con su secretaria, que él tendría que haber evitado no ya con sus propias fuerzas, pues la carne es débil, sino con la ferviente oración, pidiendo a Dios, con toda su voluntad de nueva criatura en Cristo, que le diera el poder de vencer esa tentación de su carne.

La segunda enseñanza es que siempre debemos estar vigilantes, somos débiles en la carne (Romanos 8:3-13), por tanto, no podemos confiar en nosotros mismos, en nuestras propias fuerzas para vencer cualesquiera tentación: “13 porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis. 14 Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios.” (Romanos 8:13,14). “Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga.” (1ª Corintios 10:13).

¿Cómo se consuma la tentación?

¿Cómo pudo una relación normal de jefe a secretaria, ambos cristianos convencidos y practicantes, llegar a convertirse en una relación sentimental y pasional?

Cuando se trata de personas que todavía no han experimentado su conversión, no nos extraña gran cosa que el jefe se “líe” sentimentalmente con su secretaria. Ejemplos existen en cantidad. Cualquiera de ambos ha podido tratar de seducir al otro, o bien unilateralmente o también mutuamente hasta conseguir la ansiada unión sexual. Sin embargo, en el caso que nos ocupa, se trata de dos personas aparentemente convertidas, bautizadas en Cristo, y con quizá muchos años de vida cristiana. ¿Eran acaso tan inmaduros que no supieron controlar a tiempo sus sentimientos de simpatía hasta dejar que les venciera la atracción sexual, pasando por alto todos los principios morales asumidos en su conciencia cristiana? No lo sabemos.

Sin embargo, uno, en este tipo de situaciones, no es vencido normalmente por la tentación por un desliz esporádico y espontáneo, sino por algo que en nuestro fuero interno hemos ido acariciando, que hemos ido fraguando lentamente en nuestra mente dejando que los pensamientos impropios reinen (Romanos 6:12), y se establezcan en ella sin que les hagamos frente, luchando con toda nuestra voluntad renovada de hijos de Dios, y pidiendo su ayuda.

La tentación no podemos vencerla si no mantenemos en todo momento la mirada fija en  nuestro blanco, que es la santidad y la vida eterna: “22 Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna. (Romanos 6:22).

El apóstol Santiago, en los siguientes versículos nos explica muy claramente como la  tentación proviene de nuestra propia concupiscencia, por tanto, nunca digamos que es Dios quien nos tienta, y que cuando ella concibe, da a luz el pecado. Veamos:

Santiago 1:12: “12 Bienaventurado el varón que soporta la tentación; porque cuando haya resistido la prueba, recibirá la corona de vida, que Dios ha prometido a los que le aman. 13 Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie; 14 sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. 15 Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte.

Por otra parte, como muy bien dice Pablo: “No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar. (1ª Corintios 10:13).

La tercera enseñanza es que los cristianos, que somos igualmente débiles en la carne que los demás mortales, para vencer la tentación, debemos, en primer lugar, descubrirla, y acto seguido decidir, con nuestra voluntad vivificada, liberada del pecado, luchar contra ella y pedir la ayuda divina. Por tanto, no nos extasiemos en la misma sino que recordemos que somos templo del Dios viviente (2ª Corintios 6:17; 1ª Corintios 3.16; 6:19). No perdamos de vista jamás el objetivo que tenemos, como cristianos somos llamados a alcanzar la santidad, y recibir la vida eterna. Para eso nos escogió Dios en Cristo “antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de Él” (Efesios 1:4; leer, por favor, todo este capitulo primero de Efesios, especialmente del v.1 al v.14). Digamos siempre, como San Pablo, “prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.” (Filipenses 3:14; ver también 1ª Timoteo 6:12; 2ª Timoteo 4:7,8)

3. ¿Cuál habrá sido el destino del protagonista de nuestro relato?

Según la Palabra de Dios sólo puede haber un destino de los dos posibles: o salvo para vida eterna, (“(7)vida eterna a los que, perseverando en bien hacer, buscan gloria y honra e inmortalidad,” Romanos 2:7), o perdido para muerte eterna (Romanos 6:23: “La paga del pecado es muerte..”; “...El que venciere, no sufrirá daño de la segunda muerte.” Apocalipsis 2:11 úp; véase también: Apocalipsis 2:17; 20:14; 21:8; Hebreos 9:27; 10:26; 6:4-8).

¿Cómo podemos saber si nuestro protagonista experimentó una verdadera conversión o sólo fue un cambio superficial?

¿Cómo podemos estar seguros de que murió como agnóstico? ¿Pueden salvarse los agnósticos si han sido fieles a su conciencia y se han arrepentido del mal que han hecho antes de morir?

Sólo Dios sabe si nuestro hombre ha sido salvo o por el contrario se ha perdido para siempre. “Así que, no juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor, el cual aclarará también lo oculto de las tinieblas, y manifestará las intenciones de los corazones; y entonces cada uno recibirá su alabanza de Dios.” (1ª Corintios 4:5).

Querido Alfonso ¿quién sabe si Dios ha querido darle a esta persona el arrepentimiento poco antes de morir? Yo solo puedo afirmar lo que Jesús y la Palabra de Dios dicen:

Lucas 13:3,5: “2 Respondiendo Jesús, les dijo: ...[...] 3 Os digo: No; antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente.

Hebreos 10:26-31: “26 Porque si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados, 27 sino una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios. 28 El que viola la ley de Moisés, por el testimonio de dos o de tres testigos muere irremisiblemente. 29 ¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado, e hiciere afrenta al Espíritu de gracia? 30 Pues conocemos al que dijo: Mía es la venganza, yo daré el pago, dice el Señor. Y otra vez: El Señor juzgará a su pueblo. 31 ¡Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo!”

En mi opinión, el autor del libro de Hebreos se está refiriendo al único pecado que, según dijo Jesús en Mateo 12:31-32, no será perdonado. Es decir, el que comete aquella persona que resiste al Espíritu Santo (Hechos 7:51), negándose, repetidas veces a obedecer lo que Él le dice a través de su Palabra, hasta llegar a una cauterización de la conciencia tal que ya no le permite reconocer su pecado, ni a distinguir entre la Verdad y el error, el bien del mal. Es, pues, cometer el mal de forma voluntaria, consciente y deliberada, no importándole nada que sus actos estén en rebelión total a Dios y su Palabra, como consecuencia de que su conciencia moral se ha endurecido, incapacitándole para hacer el bien que podía hacer.

Mateo 12:31-32: “31 Por tanto os digo: Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; mas la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada. 32 A cualquiera que dijere alguna palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonado; pero al que hable contra el Espíritu Santo, no le será perdonado, ni en este siglo ni en el venidero. 33 O haced el árbol bueno, y su fruto bueno, o haced el árbol malo, y su fruto malo; porque por el fruto se conoce el árbol.”

Por tanto, no se trata que los cristianos no puedan cometer pecado en un momento de ofuscación, de exaltación, de enojo, de ira, o por falta de madurez cristiana, puesto que el grado de espiritualidad no es el mismo para todos los cristianos. Cuando se inicia alguien en este camino no puede tener la misma estatura espiritual que otro que lleva muchos más años sin parar de crecer y de santificarse diariamente. Por otro lado, no todos progresan en el camino de santidad con la misma rapidez. Unos avanzan lentamente, se diría que están anclados en la rutina y anquilosados. Otros, sin embargo,  con un fervor y entusiasmo inicial muy fuerte llegan pronto a una cima que les permite entregarse a los demás y hacer obras altruistas en la sociedad donde están inmersos.

Sin embargo, si representáramos gráficamente con una línea el progreso del cristiano, veríamos que, normalmente, no es una línea recta ascendente, sino que tiene caídas y subidas, o sea los conocidos “dientes de sierra” de cualquier gráfico de estadística. También existen mesetas, es decir, zonas de línea recta horizontal en las que no se detecta ninguna avance en el terreno espiritual hacia la santidad. Aunque nuestro crecimiento se represente con una línea quebrada llena de profundas bajadas, debemos procurar que, después de una crisis en la que descendemos unos peldaños, al salir de la misma subamos más escalones de los que hemos bajado, de manera que nuestro camino sea siempre ascendente hacia la cumbre que es donde nos espera la santidad “sin la cual nadie verá al Señor.” (Hebreos 12:14 úp.).

Si sinceramente queremos avanzar diariamente por ese camino de santidad, no perdamos nuestra comunión “con el Padre, y con su Hijo Jesucristo” (1ª Juan 1:3 úp). “Si decimos que tenemos comunión con Él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad; 7 pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado. 8 Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. 9 Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. 10 Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros. (1ª Juan 1:6-10.

Por tanto, “1 Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. 2 Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo." (1ª Juan 2:1,2).

¿Qué hay que hacer para estar en comunión “con el Padre, y con su Hijo Jesucristo”

Muy sencillo, obedecer su Palabra, orando diariamente para que nos llene de su Espíritu y con su ayuda conseguir fuerzas y sabiduría para vencer cada día las debilidades de nuestra naturaleza que podrían impedir nuestra victoria, aceptando por fe que ha sido escuchada y atendida nuestra oración de forma real y efectiva. Entonces se cumple en nosotros lo que afirma el apóstol Juan: “3 Y en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos. 4 El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él; 5 pero el que guarda su palabra, en éste verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado; por esto sabemos que estamos en él. 6 El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo.  (1ª Juan 2:3-6).

¿Fue auténtica la conversión del joven Pastor de nuestra historia?  

Si suponemos que dicho Pastor al final de su vida le dio tiempo a arrepentirse sinceramente, confesando su pecado a Dios, y Dios le salva para vida eterna, sin duda, concluiríamos que su nuevo nacimiento en Cristo fue sincero y verdadero. En caso contrario, si no se ha salvado, es porque no se arrepintió de sus pecados, y por tanto, deducimos que nunca existió una verdadera conversión sino un deslumbramiento superficial, que le hizo gustar del don celestial e incluso ser participe del Espíritu Santo, pero nunca hubo un verdadero nacimiento espiritual. Quizá podríamos encuadrarle dentro del grupo a los que se refiere el autor de Hebreos:

Hebreos 6:4-12: “4 Porque es imposible que los que una vez fueron iluminados y gustaron del don celestial, y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, 5 y asimismo gustaron de la buena palabra de Dios y los poderes del siglo venidero, 6 y recayeron, sean otra vez renovados para arrepentimiento, crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y exponiéndole a vituperio. 7 Porque la tierra que bebe la lluvia que muchas veces cae sobre ella, y produce hierba provechosa a aquellos por los cuales es labrada, recibe bendición de Dios; 8 pero la que produce espinos y abrojos es reprobada, está próxima a ser maldecida, y su fin es el ser quemada.

¿Cómo podemos, entonces, tener la seguridad de la salvación? ¿Fuimos salvos cuando creímos?

¿Ha habido cambios en nuestra vida propios del nuevo nacimiento en Cristo?

¿Nuestro camino en Cristo progresa en perfección y santidad o por el contrario practicamos el pecado?

1ª Juan 2:5,6:  “pero el que guarda su palabra, en éste verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado; por esto sabemos que estamos en él. 6 El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo.”

Es importante que nos examinemos a nosotros mismos a la luz de la Palabra de Dios.  “Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. 13 Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta.” (Hebreos 4:12,13).

¿Cómo sabemos que somos hijos de Dios y no del diablo?

A) Leyendo y aplicando la Palabra de Dios a nuestra vida

La Palabra de Dios nos desnuda y es más penetrante que esos escáneres modernos que ya existen en algunos aeropuertos y que son capaces de mostrar nuestra imagen limpia y exenta de toda las vestiduras que llevemos puestas. Cuando leemos imparcialmente, todo lo que dice la Palabra y nos lo aplicamos a nosotros mismos, comprobamos que todo lo que recomienda es bueno para mejorar la vida espiritual y alcanzar el más alto grado de santidad que nos corresponda conseguir. Veamos que fácilmente nos descubre el apóstol Juan cómo sabemos que hemos nacido de nuevo en Cristo.

B) Todo aquel que es nacido de Dios no practica el pecado
 
1ª Juan 3:6-11: “6 Todo aquel que permanece en él, no peca; todo aquel que peca, no le ha visto, ni le ha conocido. 7 Hijitos, nadie os engañe; el que hace justicia es justo, como él es justo. 8 El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio. Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo. 9 Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios. 10 En esto se manifiestan los hijos de Dios, y los hijos del diablo: todo aquel que no hace justicia, y que no ama a su hermano, no es de Dios. 11 Porque este es el mensaje que habéis oído desde el principio: Que nos amemos unos a otros.”

C) Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios.

Romanos 8:14-17: “14 Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. 15 Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre! 16 El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. 17 Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados.”

D) Todos los que producen los frutos del Espíritu en sus vidas son hijos de Dios

Al fin y al cabo lo único que demuestra que somos hijos de Dios es que hacemos su voluntad y que demostramos amor unos a otros, por sus frutos los conoceréis (Mateo 7:16,17; Lucas 6:44; Juan 15:5,8; Romanos 6:22, 7:4; Gálatas 5:22).

Juan 15: 5-11: “5 Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer. 6 El que en mí no permanece, será echado fuera como pámpano, y se secará; y los recogen, y los echan en el fuego, y arden. 7 Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho. 8 En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos. 9 Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado; permaneced en mi amor. 10 Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor. 11 Estas cosas os he hablado, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea cumplido. 12 Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros, como yo os he amado.”

Gálatas 5:22,23: “22 Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, 23 mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley. 24 Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos.”

4. Conclusión.

Nuestro propósito no estriba en saber quién se salvará o se perderá sino en tratar de conocer y hacer la voluntad de Dios que se ha revelado para toda la humanidad en la Santa Biblia y en especial en el Nuevo Testamento. “...para que en nosotros aprendáis a no pensar más de lo que está escrito, no sea que por causa de uno, os envanezcáis unos contra otros.”  (1ª Corintios 4:6 úp).

Efesios 5:1-13: “Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados. 2 Y andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante. 3 Pero fornicación y toda inmundicia, o avaricia, ni aun se nombre entre vosotros, como conviene a santos; 4 ni palabras deshonestas, ni necedades, ni truhanerías, que no convienen, sino antes bien acciones de gracias. 5 Porque sabéis esto, que ningún fornicario, o inmundo, o avaro, que es idólatra, tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios. 6 Nadie os engañe con palabras vanas, porque por estas cosas viene la ira de Dios sobre los hijos de desobediencia. 7 No seáis, pues, partícipes con ellos. 8 Porque en otro tiempo erais tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor; andad como hijos de luz 9 (porque el fruto del Espíritu es en toda bondad, justicia y verdad), 10 comprobando lo que es agradable al Señor. 11 Y no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, sino más bien reprendedlas; 12 porque vergonzoso es aun hablar de lo que ellos hacen en secreto. 13 Mas todas las cosas, cuando son puestas en evidencia por la luz, son hechas manifiestas; porque la luz es lo que manifiesta todo.”

Hebreos 12:28, 29: “Así que, recibiendo nosotros un reino inconmovible, tengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia;(29) porque nuestro Dios es fuego consumidor.”

1ª Pedro 1: 17: “Y si invocáis por Padre a aquel que sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno, conducios en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación;”

Santiago 1:16-18: “16 Amados hermanos míos, no erréis. 17 Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación. 18 Él, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas.

Hacedores de la palabra

 Santiago 1:19-25: “19 Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse; 20 porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios. 21 Por lo cual, desechando toda inmundicia y abundancia de malicia, recibid con mansedumbre la palabra implantada, la cual puede salvar vuestras almas.

22 Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos. 23 Porque si alguno es oidor de la palabra pero no hacedor de ella, éste es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural. 24 Porque él se considera a sí mismo, y se va, y luego olvida cómo era. 25 Mas el que mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, éste será bienaventurado en lo que hace.

¿Nos corresponde a nosotros saber quienes son los escogidos por Dios y predestinados a la salvación?

Sólo podemos afirmar que Dios ha predestinado a los que conoció de antemano, “para que fuesen hechos a la imagen de su Hijo.” (Romanos 8:29; véase también Efesios 1:3-14), y para ellos está garantizada la salvación. Uno de los malhechores citados en  Lucas 23:40 (conocido como el buen ladrón) sin duda fue convertido por Dios en los últimos instantes de su vida a imagen de su Hijo, porque de no ser así no sería salvo. Nada pecaminoso puede entrar en el reino de los cielos. Por otro lado, no se perderá ni uno de los que Dios ha decidido salvar.

2ª Pedro 2:20-22: “Ciertamente, si habiéndose ellos escapado de las contaminaciones del mundo, por el conocimiento del Señor y Salvador Jesucristo, enredándose otra vez en ellas son vencidos, su postrer estado viene a ser peor que el primero. 21 Porque mejor les hubiera sido no haber conocido el camino de la justicia, que después de haberlo conocido, volverse atrás del santo mandamiento que les fue dado. 22 Pero les ha acontecido lo del verdadero proverbio: El perro vuelve a su vómito, y la puerca lavada a revolcarse en el cieno.”

No nos corresponde a nosotros elucubrar quien se habrá perdido o habrá sido salvo. Sólo debemos estar preocupados o más bien ocupados en perfeccionar “la santidad en el temor de Dios” (2ª Corintios 7:1 úp.). No obstante, recordemos que el perfecto amor echa fuera el temor (1ª Juan 4:17-19): “En esto se ha perfeccionado el amor en nosotros, para que tengamos confianza en el día del juicio; pues como él es, así somos nosotros en este mundo. 18 En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor; porque el temor lleva en sí castigo. De donde el que teme, no ha sido perfeccionado en el amor. 19 Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero.”

¿Me preocupa pensar que quizá no esté entre los elegidos por Dios para salvación?

En ninguna manera, si confío plenamente en Dios. Dios no puede equivocarse, si Él ha decidido que yo no sea salvo es porque es lo mejor para mí y para el resto de los que habitarán la Tierra Nueva (Apocalipsis 21:1-8). Todas las pruebas y dificultades que suframos debemos soportarlas con paciencia y confianza en Dios, teniendo fe en la promesa que Dios hace al creyente: “porque cuando haya resistido la prueba, recibirá la corona de vida, que Dios ha prometido a los que le aman.” (Santiago 1:12).

Romanos 5:3-11: “Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; 4 y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza; 5 y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado. 6 Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos. 7 Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo; con todo, pudiera ser que alguno osara morir por el bueno. 8 Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. 9 Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira. 10 Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida. 11 Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en Dios por el Señor nuestro Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación.”

 Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe

Hebreos 12:1-11: “Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, 2 puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios.

3 Considerad a aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar. 4 Porque aún no habéis resistido hasta la sangre, combatiendo contra el pecado; 5 y habéis ya olvidado la exhortación que como a hijos se os dirige, diciendo:

 

Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor,
Ni desmayes cuando eres reprendido por él;
6 Porque el Señor al que ama, disciplina,
Y azota a todo el que recibe por hijo.

7 Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina? 8 Pero si se os deja sin disciplina, de la cual todos han sido participantes, entonces sois bastardos, y no hijos. 9 Por otra parte, tuvimos a nuestros padres terrenales que nos disciplinaban, y los venerábamos. ¿Por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos? 10 Y aquéllos, ciertamente por pocos días nos disciplinaban como a ellos les parecía, pero éste para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad. 11 Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados.”

 

Un abrazo

Carlos Aracil Orts
www.amistadencristo.com

 

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*Las referencias bíblicas están tomadas de la versión Reina Valera de 1960 de la Biblia. Las negrillas y los subrayados realizados al texto bíblico son nuestros.

**En el menú Soteriología de esta Web, se encuentra también el estudio citado que se relaciona con el tema tratado en el presente artículo.

 

 

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