Amistad en Cristo - Carlos Aracil Orts

 

¿Por qué solo Jesucristo, Dios-Hombre, puede salvarnos?

 
Versión 10-09- 2013

 

Carlos Aracil Orts

 

1. Introducción*

Aunque este tema lo abordé a finales del año 2011, bajo el título ¿Podía Jesucristo haber pecado?, no he podido resistirme a tratarlo nuevamente. Pero en esta ocasión motivado por el libro –“Estudios en la Persona y la Obra de Jesucristo” (1), que muy amablemente me prestó mi querido amigo José Luis Mira, sin que se lo hubiera pedido de antemano, pues hasta entonces ignoraba su existencia.

He leído la citada obra de ciento ochenta y seis páginas efectivas, cuyo contenido comparto esencialmente, en líneas generales, porque considero se ajusta a la Sagrada Escritura, y muestra fehacientemente la doctrina fundamental del cristianismo: Cristo es el Dios-Hombre (Juan 1:1; Colosenses 2:9; Hebreos 1:8; 1ª Juan 5:20; etc.). Aunque es una lástima que su traducción del inglés al español sea tan defectuosa.

Realmente, mis únicas discrepancias con el autor se encuentran en las primeras líneas de su introducción. Se trata de las afirmaciones que transcribo a continuación que, en mi opinión, no son totalmente ciertas:

“Los Cristianos aceptan la verdad que Jesucristo no pudo pecar. La enseñanza común entre los religiosos es que Cristo asumió la naturaleza imperfecta del hombre que sostiene las consecuencias del pecado y las tendencias para la tentación. Este concepto está expresado en las palabras siguientes: ‘Jesús tuvo la capacidad para pecar, pero no lo hizo. Si le hubiera sido imposible para Cristo el haberlo hecho, Sus tentaciones no fueran reales. El actuó como un engañador’. Esta es una vista clara de la herejía que está siendo enseñada”. (W.E.Best, “Estudios en la Persona y la Obra de Jesucristo” Pág.3). 

Aunque como ya dije, la traducción del inglés al español, realizada en esta edición, deja mucho que desear, creo que se entiende bien lo que afirma el autor. Tal y como están expresadas estas tesis o postulados llevan a mucha confusión porque parten de premisas erróneas o equivocadas.

En primer lugar, no es cierta la declaración: “Los Cristianos aceptan la verdad que Jesucristo no pudo pecar”. Para que esta aseveración tan general o universal fuera cierta sería necesario matizarla, haciéndola menos genérica: ¿a qué cristianos se refiere el autor? ¿Todos en general? ¿Solo los que pertenecen a su denominación religiosa? O ¿solo los que él considera auténticos?

En segundo lugar, también es falsa la afirmación que sigue a la anterior citada, y que, a fin de hacerla más inteligible, podríamos parafrasear de la siguiente manera:

“La enseñanza común entre los religiosos es que Cristo asumió la naturaleza imperfecta del hombre derivada de las consecuencias del pecado, que implica poseer naturales tendencias para la tentación”. (W.E.Best, “Estudios en la Persona y la Obra de Jesucristo” Pág.3). 

No niego que esta creencia existe y ha sido enseñada en algunas organizaciones cristianas,  pero no hasta el extremo que se pueda calificar de “enseñanza común entre los religiosos”. En mi opinión, solo es una hipótesis minoritaria dentro de la cristiandad, que no tiene ningún apoyo en la Sagrada Escritura, porque se basa en interpretaciones y deducciones erróneas de la misma. Los que admiten esta tesis están en abierta y clara contradicción con la Biblia, puesto que consideran que la naturaleza humana de Cristo no difiere en nada con la de cualquier ser humano, que ha heredado las consecuencias de la caída en el pecado de Adán y Eva.

Esto es muy grave porque significa adjudicarle al Salvador del mundo una naturaleza caída, que como tal está contaminada por el pecado, es decir, es egoísta en sí misma e imperfecta. Los seres humanos nacemos pecadores y en rebeldía contra Dios, y todos necesitamos acogernos a la Gracia de Dios para ser convertidos en seres espirituales. Si Cristo hubiera nacido con una naturaleza igual a la nuestra, Él no podría ejercer de Salvador, puesto que él mismo necesitaría ser salvado. Veamos lo que afirma el apóstol Pablo:  

Romanos 3:9-12: ¿Qué, pues? ¿Somos nosotros mejores que ellos? En ninguna manera; pues ya hemos acusado a judíos y a gentiles, que todos están bajo pecado.  (10)  Como está escrito: No hay justo, ni aun uno;  (11)  No hay quien entienda,  No hay quien busque a Dios. (12)  Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles;  No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno.

Romanos 3:23: por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios,

1 Corintios 2:14: Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente.

Efesios 2:1-7: Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, (2) en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, (3)  entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás.  (4)  Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó,  (5)  aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos),  (6)  y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús,  (7)  para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús.

Los seres humanos somos “santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro” (1 Corintios 1:2). Es decir, la santidad del creyente es todo un proceso que se extiende durante toda su vida, y aunque en el mismo no se pueda llegar a conseguirla plena y completamente –pues, de hecho, pocos son los que llegan a obtenerla al final de sus vidas, si es que alguien llega–, Dios suple lo que le falta “(10)…mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre”, “(14) porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados” (Hebreos 10:10,14). Si Jesucristo no hubiera nacido como un ser humano perfecto necesitaría igualmente de un salvador para ser liberado del pecado.

Sin embargo, la Escritura no deja lugar a dudas en cuanto a que Jesús nació en santidad, porque así lo declaró el ángel Gabriel (Lucas 1:26) a la Virgen María, cuando le dijo que “el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios” (Lucas 1:35).

Lucas 1:35: Respondiendo el ángel, le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios.

En los dos primeros epígrafes de este estudio abordaré este tema tan complejo, para tratar de dilucidar cuál de las dos siguientes posturas opuestas es la verdadera, o sea, la revelada en la Palabra de Dios:

Primera. Jesucristo no pudo pecar, que es la tesis del autor del libro que nos ocupa; el cual asevera que “sugerir la capacidad o la posibilidad de pecar descalificaría a Cristo como el Salvador, porque un cristo pecable significaría un dios pecable”.

Segunda. Jesucristo –aunque hombre perfecto, semejante a Adán antes de su caída en el pecado, como “postrer Adán” (1 Corintios 15:45), “el cual es figura del que había de venir” (Romanos 5:14)– pudo pecar, puesto que “debía ser en todo semejante a sus hermanos” (Hebreos 2:17), “uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (Hebreos 4:15).

Luego, trataré los siguientes puntos:

2. Argumentación en contra de la tesis de que Jesucristo no pudo pecar

Como vimos antes, el autor del libro que nos ocupa afirma que “sugerir la capacidad o la posibilidad de pecar descalificaría a Cristo como el Salvador, porque un Cristo pecable significaría un dios pecable”.

En mi opinión, este argumento no es consistente, pues la mera posibilidad o capacidad para decidir pecar o no pecar es sinónimo, simplemente, de poseer una voluntad con libre albedrío, como el que tenían Adán y Eva antes de su caída en el pecado. Por tanto, la cualidad o capacidad de la persona que le permite elegir libremente una acción conforme o contraria a la voluntad de Dios, no puede ser pecado en sí misma en absoluto. Pues, si así fuera, la propiedad o cualidad más importante y noble de la naturaleza humana como es la libertad, tendría que ser también considerada como algo pecaminoso, y no conveniente para ninguna criatura racional.

Si Jesús es una sola Persona que es a la vez humana y divina, ha de tener también dos voluntades: una, humana, limitada, como hombre, la que corresponde a su naturaleza humana, y otra, divina, por tanto, superior, totalmente independiente de la primera, todopoderosa, eterna, infinita e infalible. Pero, jamás la voluntad de Jesús-Hombre estaría coaccionada por la todopoderosa voluntad del Jesús-Dios, puesto que si así fuera se habría suprimido el libre albedrío del Hijo del Hombre, y éste no sería otra cosa que una marioneta, o autómata, en manos de la voluntad de Dios.

Si los seres humanos, imperfectos, falibles, con natural inclinación al pecado, somos capaces de tomar decisiones, que consideramos libres –aunque de hecho estén mediatizadas por muchos factores– en tanto en cuanto no haya habido nada ni nadie que nos coaccione externamente, ni siquiera nuestro Creador ¿por qué Jesús-Hombre con la voluntad propia de una criatura humana perfecta no iba a tener libertad para elegir entre el bien y el mal?

Estoy de acuerdo con el autor en que “la santidad es mucho más que la ausencia del pecado; es la virtud positiva”. Pero no puedo compartir su declaración siguiente: “Decir que Él [Jesús] pudo pecar es negar la santidad positiva”. La mera capacidad o poder de elegir entre el bien y el mal no elimina la santidad, pues ¿acaso no es compatible la libertad con la santidad? ¿Hubiera sido Jesús-Hombre menos santo porque tuviese en su naturaleza humana la perfecta libertad de obrar y de decidir –al igual que la poseyeron Adán y Eva– de obedecer o desobedecer a Dios, su Padre? ¿Qué significa que Jesús “debía ser en todo semejante a sus hermanos” (Hebreos 2:17)?

“Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo. (18) Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados” (Hebreos 2:17-18). 

Además, ¿qué nos sugiere la Sagrada Escritura cuando nos dice que Cristo aprendió la obediencia sino que era libre también para desobedecer, y que al resistir la tentación y no hacer mal uso de ese libre albedrío fue “perfeccionado, [y] vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen”? (Hebreos 5:8). Pero leamos los siguientes pasajes que nos muestran su contexto más amplio, y por tanto, más clarificador.

Hebreos 5:7-10: Y Cristo, en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente. (8) Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia; (9) y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen; (10) y fue declarado por Dios sumo sacerdote según el orden de Melquisedec.

Hebreos 2:14-18: Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo,  (15)  y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre. (16) Porque ciertamente no socorrió a los ángeles, sino que socorrió a la descendencia de Abraham. (17) Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo. (18) Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados.

No dudo en absoluto que Jesús, aunque “en todo semejante a sus hermanos”, era también distinto a todos los seres humanos, pues Él tenía una naturaleza humana perfecta, sin ninguna tendencia al pecado, pues fue santo desde su nacimiento, como ya he dicho en la introducción de este artículo. Esto quiere decir que, al igual que Adán antes de su Caída, su voluntad estaba inclinada al bien. Cristo era “sin mancha y sin contaminación” (1ª Pedro 1:19), “no conoció pecado” (2ª Corintios 5:21), “uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (Hebreos 4:15; 7:26); Y sabéis que él [Cristo] apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en él [Cristo]” (1 Juan 3:5).

Su vida entera fue impecable. Él necesariamente tenía que ser impecable para ejercer de Salvador de la Humanidad, para lo que fue destinado por Dios (Hechos 2:22,23; 1ª Pedro 1:19-20), y para lo que Él mismo se ofreció (Marcos 10:45; Juan 10:18). Es totalmente inimaginable que el Hijo del Hombre pecara. Sería tan disparatado pensar que Cristo podía haber fracasado, como pensar que Dios no puede conseguir todo aquello que se proponga, pues Su voluntad es todopoderosa, infalible e infinita, como Él mismo es.

Sin embargo, y a pesar de todo, Cristo para ser impecable necesitó decidir, sometiendo voluntariamente, en todo momento, Su voluntad a la del Padre, para así poder obtener la victoria sobre el pecado, la muerte y el diablo. Puesto que “debía ser en todo semejante a sus hermanos” (Hebreos 2:17-18), Cristo como “postrer Adán” (1 Corintios 15:45), debía vencer donde Adán fracasó; si hubiera tenido alguna ventaja respecto a Adán, si en Cristo no cabía la mera posibilidad, es decir, la misma libertad o libre albedrío que disfrutaron Adán y Eva ¿qué mérito tendría? ¿Cómo probaría Dios que la desobediencia de Adán hubiera sido evitable si ellos solo hubieran querido obedecer?

Romanos 5:18-19: Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida. (19) Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos.

Obedecer y desobedecer son opciones que se consideran libres cuando no existe coacción externa o interna de la voluntad humana. Así fue con Adán antes de su caída en el pecado; e igualmente debería ocurrir con Cristo, puesto que es el postrer Adán. Si en Cristo hubiera habido algún tipo de coacción no habría sido un hombre libre.

El autor del libro que estoy comentando, W. E. Best, en su página 9 escribe lo siguiente:

“Su voluntad humana [la de Cristo]  siempre fue subserviente [subordinada, sumisa, sometida] a la voluntad Divina y no podía actuar independientemente (Juan 8:28-30; 1ª Corintios 11:3)…Puesto que esta calidad fue el factor controlador en la voluntad humana de Cristo, la capacidad de pecar fue eliminada. La subordinación completa de la voluntad de Cristo a la voluntad del Padre quita cualquier conflicto entre la naturaleza humana y Divina de Cristo”. (las palabras entre corchetes no están en el original, y son puestas por el autor de este artículo).

Juan 8:28-30: Les dijo, pues, Jesús: Cuando hayáis levantado al Hijo del Hombre, entonces conoceréis que yo soy, y que nada hago por mí mismo, sino que según me enseñó el Padre, así hablo.  (29)  Porque el que me envió, conmigo está; no me ha dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada.  (30)  Hablando él estas cosas, muchos creyeron en él.

1 Corintios 11:3: Pero quiero que sepáis que Cristo es la cabeza de todo varón, y el varón es la cabeza de la mujer, y Dios la cabeza de Cristo.

Quizá me pueda reconocer el citado autor que hacer “siempre lo que le agrada  [a Dios] (Juan 8:29) precisa de la decisión previa de la voluntad humana de someterse en todo a la voluntad Divina. Y para que esto sea meritorio requiere disponer de libre albedrío, pues si las acciones y decisiones estuvieran determinadas de forma absoluta por coacciones externas o internas, serían propias de autómatas o robots, y no tendrían ningún tipo de validez moral.

3. Argumentos a favor de que Jesucristo tenía una voluntad libre, inclinada al bien, igual que la de Adán antes de su caída.

El texto de 1ª Corintios 15:45 identifica al “primer hombre Adán alma viviente; el postrer Adán, espíritu vivificante”. Y en el versículo 22 nos aclara, explicando que “como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados.”; “Porque por cuanto la muerte entró por un hombre [Adán], también por un hombre [Cristo] la resurrección de los muertos.” (1ª Corintios 15:21). “El primer hombre es de la tierra, terrenal; el segundo hombre, que es el Señor, es del cielo.  (1ª Corintios 15: 47).

1ª Corintios 15: 47: “El primer hombre es de la tierra, terrenal; el segundo hombre, que es el Señor, es del cielo. [...] 49 Y así como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial.”

¿Qué características o atributos debía poseer el segundo Adán para poder reparar la ofensa del primer Adán y las de toda la humanidad?

A) Dios-Hombre: Debería tener el rango o dignidad divina. Un ser creado, por más alta dignidad que tuviese nunca podría ofrecerse para reparar la ofensa a Dios, pues la criatura finita no se puede jamás equiparar al Ser infinito (Juan 1:1-4,14; Filipenses 2:5-10; Colosenses 2:9; Hebreos 1:8; 1ª Juan 5:20; etc.). La justicia de Dios requiere que los millones de seres humanos que conforman la  humanidad desde el inicio hasta el fin del mundo paguen con la muerte por sus pecados (Romanos 6:23). Ninguna criatura humana puede asumir en sí misma la penalidad de todos ellos, pues una vida humana tiene el mismo valor absoluto que otra. Por tanto, solo el Dios-Hombre podía, entregando Su vida infinita, pagar la exigencia de la justicia de Dios. De ahí que se diga que Cristo nos ha redimido, rescatado, adquirido con el precio de Su “sangre preciosa, como de un cordero sin mancha y sin contaminación” (1ª Pedro 1:18,19).

B) Solo el Hombre-Dios podía salvar a la humanidad: Si por la desobediencia de un hombre, Adán, representante de la Humanidad vino el pecado y la muerte, se hizo necesario la obediencia y la justicia de otro hombre, Cristo, el segundo Adán para que viniese “a todos los hombres la justificación de vida” (Romanos 5:18; Hechos 4:12). Pero, mejor es leer todo el argumento del apóstol Pablo. Sería bueno leer Romanos 5:12-21.

Romanos 5:18-21: Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida. 19 Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos. 20 Pero la ley se introdujo para que el pecado abundase; mas cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia; 21 para que así como el pecado reinó para muerte, así también la gracia reine por la justicia para vida eterna mediante Jesucristo, Señor nuestro.

Hechos 4:11,12: Este Jesús es la piedra reprobada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo. 12 Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos.

C) El Cristo-hombre debía triunfar en el mismo escenario (el planeta Tierra) donde Adán fracasó; con la gran desventaja que Jesús, a diferencia de Adán, no vino al Paraíso sino a un mundo degradado por miles de años de pecado, donde la maldad y las tentaciones abundan por doquier. Se requería que el segundo Adán, al igual que el primero antes de la caída, fuera sin pecado, santo y perfecto (Lucas 1:35; Mateo 1:20-23; Hebreos 7:26). Si hubiera pecado, Él mismo habría necesitado un salvador, y no podría ofrecerse en expiación por los pecados de la humanidad. No sería ya la “Justicia de Dios” ni nuestra “Justicia” (Jeremías 23:6; 1ª Corintios 1:30).

Jeremías 23:6: En sus días será salvo Judá, e Israel habitará confiado; y este será su nombre con el cual le llamarán: Jehová, justicia nuestra.

Lucas 1:35: Respondiendo el ángel, le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios.

1 Corintios 1:30: Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención;

D) Debía ser en todo semejante a sus hermanos pero sin pecado (Hebreos 2:17,18; 4:15; 7:26; Juan 8:46; 2ª Corintios 5:21; 1ª Pedro 2:22; 1ª Juan 3:5).

Hebreos 2:17,18: Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo. 18 Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados.

Hebreos 4:15: Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado.

Primero, debemos tener en cuenta que la naturaleza humana de Jesús no podía ser totalmente semejante a la de cualquier ser humano, que nace con inclinaciones y tendencias hacia el mal, las cuales le conducen a un estado de esclavitud moral. Porque eso mismo es el pecado original que todos poseemos al nacer, y que proviene de la Caída de Adán y Eva. A esta esclavitud del pecado estamos sometidos hasta nuestra conversión a Cristo (Juan 8:34,36; Romanos 6:17). Por tanto, el Jesús-Hombre, para que pudiera ser el Salvador de la humanidad, además de todo lo que hemos dicho hasta el momento, debería tener una naturaleza humana sin vestigios del pecado original y sin contaminar, igual a la que tuvo Adán antes de la Caída.

Segundo, exceptuando lo anterior, notemos que la naturaleza humana de Jesucristo, el postrer Adán (1ª Corintios 15:45) fue totalmente semejante a la de cualquier ser humano. Era de carne y sangre (Hebreos 2:14), nacido de mujer (Mateo 1:20-25; Lucas 1:31-35; 2:11,12; Gálatas 4:4), como nacen todos los seres humanos, si exceptuamos la primera Pareja humana que fue creada directamente por Dios.

Por eso, el NT insiste y reitera que el Verbo fue hecho carne (Juan 1:14; 1ª Juan 4:1-3), que El Hijo de Dios participó de carne y sangre (Hebreos 2:14), para que nos demos cuenta, que no es la divinidad de Jesús, sino su perfecta y verdadera humanidad, que al someter su voluntad humana a la de Dios, es la que obtiene la victoria sobre el pecado, la muerte y el diablo.

Por tanto, entendemos que, puesto que en Cristo subsisten la naturaleza humana y la divina, así también, en Él hay dos voluntades. De manera que la voluntad del Cristo-hombre se somete libremente a la voluntad de Dios Padre y a la de su propio ser en su condición divina. De aquí, deducimos que, teóricamente, Cristo-hombre, tenía completa libertad o libre albedrío, para elegir también hacer su propia voluntad y no la de Dios. Exactamente como la libertad que disfrutaba la primera Pareja humana antes de la Caída. En el caso de nuestros primeros padres, Adán y Eva, sucedió que, siendo perfectos y santos, ante la primera tentación que sufrieron (“y seréis como Dios”; Génesis 3:5,22), eligieron libremente rebelarse contra Dios, y hacer su propia voluntad con tal de alcanzar la gloria que solo pertenece a Dios. 

Sin embargo, Cristo, el segundo Adán, perfecto y santo como el primer Adán, en las condiciones de un mundo más inhóspito y depravado, y siendo “que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (Hebreos 4:15), no ambicionó la gloria de Dios, “y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filipenses 2:8); “Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia; (9) y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen;” (Hebreos 5:8,9). Veamos también unos pocos textos del contexto, para tener una visión más completa del hombre Jesús:

Hebreos 2:18: Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados.

Hebreos 4:14,15: Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión. 15 Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado.

Hebreos 5:7-9: Y Cristo, en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente. 8 Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia; 9 y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen;

Como vimos, Hebreos 4:15 afirma que Cristo “fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado”. Los Evangelios de San Mateo y San Lucas nos relatan que, al principio de su ministerio “Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo,” (Mateo 4:1); y San Lucas nos dice: “Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán, y fue llevado por el Espíritu al desierto (2) por cuarenta días, y era tentado por el diablo”. (Lucas 4:1,2). A semejanza de Adán y Eva, que fueron tentados por el diablo, Jesús también lo fue. Aquellos fracasaron porque rehusaron confiar en Dios y obedecer su claro y sencillo mandamiento. Sin embargo, Jesús, sometido a tres típicas tentaciones (Mateo 4:1-11; Lucas 4:1-13), salió victorioso de todas ellas respondiendo con la Palabra de Dios, demostrando de esta manera que nadie puede ser engañado ni vencido por Satanás, cuando uno decide libremente estar en comunión con Dios y con su Palabra.

Observemos que, en las tres tentaciones, el diablo intenta hacer dudar a Cristo de que sea el Hijo de Dios, con el fin de que Él trate de probar que verdaderamente es una Persona divina, haciendo un milagro en beneficio propio. Por tanto, las tentaciones que sufrió Cristo son adecuadas o apropiadas para el Jesús-Hombre, “Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad” (Colosenses 2:9). Él pudo pecar si hubiera hecho un milagro que facilitase o allanase Su misión como Mesías y Salvador. Ningún ser humano recibe este tipo de tentaciones, pues no serían reales ni efectivas para nadie que no fuera a la vez Dios y Hombre. Solo Cristo podía ser tentado de esta manera, y por eso le dijo a San Pedro, cuando sacó la espada para impedir Su arresto: “¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que él no me daría más de doce legiones de ángeles?” (Mateo 26:53). Jesucristo, como Hijo de Dios, pudo hacer uso de Su divinidad, “porque en Él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad” (Colosenses 2:9).

Si Jesucristo no podía caer en tentación ¿Por qué tuvo tanta necesidad de orar, incluso noches enteras (Marcos 1:35; Lucas 6:12)? ¿No fue para poder hacer la voluntad de Dios y no la suya propia?

Ahora quizá podíamos preguntarnos ¿Fue Jesucristo un hombre excepcional? ¿Un superhombre? ¿Por qué Adán cedió a la tentación, y Jesús, el postrer Adán, no lo hizo, si ambos partían de la misma condición de santidad y comunión con Dios? Notemos que tanto el primer Adán, como Jesucristo, el segundo o último Adán, conocían personalmente a Dios, por lo que su relación con Él no estaba basada en la fe. Ellos le habían visto, o por lo menos oído, pues Dios mismo hablaba con ellos. Por tanto, ni Adán y Eva, ni Jesús podían poner en duda la existencia de Dios. No era, pues, una cuestión de fe. Sin embargo, sí era factible que dejasen de confiar en Él y que pusieran en duda su infinita justicia, misericordia y bondad. Esto fue lo que les ocurrió a Adán y Eva, que desconfiaron de la bondad de Dios, y pensaron que Él les estaba impidiendo ser como Dios, conociendo el bien y el mal (Génesis 3:5,6).

En mi opinión, Jesucristo no necesitaba ser un hombre con unas características físicas y psíquicas excepcionales, superiores a la media, para obtener la victoria sobre el pecado. Ninguna criatura humana puede vencer al pecado de forma autónoma sin la ayuda divina. Adán y Cristo no son excepciones. Cristo venció porque confió en el Padre y siempre optó por cumplir su voluntad, aun “sabiendo todas las cosas que le habían de sobrevenir” (Juan 18:4). Las cuales, como sabemos fueron: ser torturado mediante multitud de crueles latigazos, injuriado, humillado, y muerto con el peor sufrimiento que se conocía: crucificado, soportando durante horas el tormento lacerante de las heridas por todo su cuerpo y la sensación angustiante de la asfixia progresiva al no poder casi respirar por la posición que le imponía la crucifixión (Mateo 26:67,68; 27:26-31; Marcos 15:17-20; Lucas 22:63-65). En ningún caso, Cristo venció la tentación de desobedecer a Dios amparándose en Su Deidad. Si así hubiese sido no hubiera sido meritorio, “porque nada hay imposible para Dios” (Lucas 1:37). La humanidad verdadera de Jesús nunca cayó en la tentación del diablo, de que usara su poder divino sobrenatural, inherente a su Ser divino, para ponerlo a su servicio y obtener una fácil victoria, sino que por el contrario, “estando en la condición de hombre, se humilló así mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filipenses 2:8).

Lucas 22:40-44: Cuando llegó a aquel lugar, les dijo: Orad que no entréis en tentación. 41 Y él se apartó de ellos a distancia como de un tiro de piedra; y puesto de rodillas oró, 42 diciendo: Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. 43 Y se le apareció un ángel del cielo para fortalecerle. 44 Y estando en agonía, oraba más intensamente; y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra.

Hebreos 5:7-9: Y Cristo, en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente. 8 Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia; 9 y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen;

Aunque Cristo es un Ser divino o una Persona divina, observemos, que Él es tentado en su condición de hombre y no como Dios. Pues, como declara el apóstol Santiago “Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie” (Santiago 1:13).

Santiago 1:13-15: Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie; 14 sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. 15 Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte.

4. Lo que caracteriza la verdadera fe cristiana

El libro de W. E. Best expone en veintidós capítulos algunas doctrinas, fundamentales  del cristianismo, que se basan, como es lógico, en la Persona de Jesucristo, el Dios-Hombre, y en Su Obra. Con las cuales estoy prácticamente de acuerdo con el autor. Como no sería posible en el breve espacio de este artículo comentar todo su libro, he pensado ofrecer a mis lectores varios puntos doctrinales que considero fundamentales para entender el cristianismo, de los cuales existe amplia evidencia en la Palabra de Dios. Ellos representan los fundamentos esenciales de la fe cristiana verdadera. Por tanto, conocerlos, creerlos, aceptarlos y vivirlos por fe, son imprescindibles para nuestro progreso espiritual en santidad, y para que obtengamos la seguridad de nuestra salvación. Nadie que reconozca y asuma en su vida las grandes verdades que Cristo y sus apóstoles enseñaron puede poner en duda su salvación.

Juan 8:31-36: Dijo entonces Jesús a los judíos que habían creído en él: Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos;  (32)  y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.  (33)  Le respondieron: Linaje de Abraham somos, y jamás hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: Seréis libres?  (34)  Jesús les respondió: De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado.  (35)  Y el esclavo no queda en la casa para siempre; el hijo sí queda para siempre.  (36)  Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres.

Sin ninguna pretensión de ser exhaustivo, voy a enumerar a continuación lo que, en mi opinión, es esencial e imprescindible conocer y creer para ser verdaderamente libre y conseguir la seguridad de la salvación en Cristo.

Primero. “Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas,  (2)  en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo” (Hebreos 1:1-2). Creerlo es básico y esencial para la salvación:

Hebreos 1:1-3: Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas,  (2)  en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo;  (3)  el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas,

Notemos que Dios ya ha hablado, y ahora, además, lo ha hecho con la palabra más excelsa, Su propio Hijo, que envía a nuestro planeta, tomando cuerpo de una mujer, para vencer al pecado en su propio terreno; Y aquel Verbo [que era Dios (Juan 1:1)] fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad” (Juan 1:14).

Estos textos del libro de Hebreos son muy importantes, porque, junto con otros muchos del NT, prueban que el Hijo de Dios es consustancial al Padre, es decir, de la misma esencia y naturaleza; por tanto, en igualdad de rango, y también Creador con el Padre, puesto que “hizo el universo”, y, además, “sustenta todas las cosas con la palabra de su poder”. Por otro lado, con la declaración –“habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas”– también presenta la misión mediadora y expiatoria de Jesucristo, que “se presentó una vez para siempre [en el Lugar Santísimo del Trono celestial] por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado” (Hebreos 9:25,26).  Pero sobre este tema abundaré más adelante.

Dios se ha revelado a sí mismo mediante Jesucristo. Todo lo necesario para la salvación de la humanidad ya ha sido revelado. La Revelación ha sido completada y no habrá nada más de parte de Dios. Desde entonces en adelante, las supuestas nuevas revelaciones de los “profetas”, videntes, iluminados, extraterrestres, espíritus de los muertos, supuestas apariciones de la Virgen María, etc., que hasta ahora han sucedido y seguirán ocurriendo hasta el fin del mundo, solo pretenderán introducir confusión y tratar de apartar de la Verdad a aquellos seres humanos que no han tenido amor a ella (Juan 3:19; Tesalonicenses 2:10-12; 2 Corintios 11:14). Todo ello es la obra del diablo, que “engaña al mundo entero” (Apocalipsis 12:9). Que nadie piense, que por ser manifestaciones novedosas e incluso atractivas, y por el mero hecho de ser más modernas, y producirse después de Jesucristo y sus apóstoles, puedan añadir algo verdadero o necesario para la salvación de los seres humanos. Por el contrario, su única finalidad es engañar a aquellos que “amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas” (Juan 3:19); “que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador, el cual es bendito por los siglos” (Romanos 1:25).

Juan 3:18-19: El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.  (19)  Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.

Romanos 1:25-26: ya que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador, el cual es bendito por los siglos. Amén.  (26)  Por esto Dios los entregó a pasiones vergonzosas; pues aun sus mujeres cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza,

Nadie que estudie la Palabra de Dios, la crea y la obedezca con fe, podrá ser engañado, pues ella nos advierte “…que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios;” (1 Timoteo 4:1).

1 Timoteo 4:1-3: Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios;  (2)  por la hipocresía de mentirosos que, teniendo cauterizada la conciencia,  (3)  prohibirán casarse, y mandarán abstenerse de alimentos que Dios creó para que con acción de gracias participasen de ellos los creyentes y los que han conocido la verdad.

Las advertencias de parte de Dios para que no caigamos en el engaño, dejándonos seducir por novedosas y atractivas “revelaciones” son insistentes y reiterativas, porque Dios “quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1 Timoteo 2:4). Ninguno podrá alegar que fue engañado porque nadie le puso en guardia sobre las falsas doctrinas. Por desgracia, ya existen millones de personas que rechazan la verdad de Dios y se vuelven a las fábulas (2 Timoteo 4:4).

2 Timoteo 4:1-4: Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino,  (2)  que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina.  (3)  Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias,  (4)  y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas.

Segundo. Todos los seres humanos sufrimos por el mismo problema: “…el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron”. (Romanos 5:12)

Por lo general, los seres humanos, somos más o menos conscientes de que tenemos, al menos, un problema importante, y que es común a toda la humanidad, aunque siempre hay personas que no quieren reconocerlo. Dios ha hablado, y declara que este grave problema es el pecado, que como una terrible epidemia ha contagiado a todo el mundo en todas las épocas, y nos conduce irremediablemente a la muerte. Y no existe solución humana para él mismo, sino solo la Divina, que es Cristo.

Este gran conflicto se inició con la rebelión de Adán y Eva incitada por el diablo. Como consecuencia de aquel pecado original, una gran mayoría de los habitantes de este planeta Tierra viven ajenos a Dios y a Su Palabra, y son rebeldes a todo lo que se refiere a Dios. Unos ni siquiera creen en Su existencia. Otros son indiferentes a las cosas espirituales. Todos son pecadores en mayor o menor grado, pero algunos son conscientes de ello y de su impotencia para vencer sus naturales tendencias y concupiscencias del corazón.

Tercero. El maravilloso e inimaginable Plan de Dios para rescatar a la rebelde humanidad: “Dios fue manifestado en carne” (1ª Timoteo 3:16), y “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados…” (2ª Corintios 5:19).

Dios, desde la eternidad por su infinito amor y bondad, decidió crear hijos para que compartieran Su gloria, conociendo de antemano que algunas criaturas celestiales cercanas a Su trono se rebelarían contra Él, y, además, arrastrarían a esa rebelión a los seres humanos. A las criaturas celestiales, que se rebelaron, las arrojó de los lugares celestiales a la Tierra (Apocalipsis 12:9); y “…Dios no perdonó a los ángeles que pecaron, sino que arrojándolos al infierno los entregó a prisiones de oscuridad, para ser reservados al juicio;” (2ª Pedro 2:4).

Sin embargo, con los seres humanos –criaturas un poco menores que los ángeles (Hebreos 2:7)– Dios quiso manifestar su infinita misericordia. El libro del Génesis relata cómo Adán y Eva incurrieron en el pecado de desobediencia y rebeldía, perdiendo su inocencia y santidad original, y con ello la vida eterna. Pero las consecuencias de este pecado original se transmitieron a todos sus descendientes, de tal manera que “todos pecaron” (Romanos 5:12), “y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23).

La justicia requiere que quien es culpable de un delito pague por su transgresión de la ley, y, además, compense a aquel o aquellos que han sido perjudicados, a la sociedad y al Estado, por los daños o perjuicios que hayan podido ocasionarse. Igualmente, la justicia de Dios demanda la muerte del pecador o transgresor de Su Ley moral: “Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 6:23).

Si Cristo fuera solo una criatura de Dios, la ofrenda de Sí mismo, no podría sustituir el pago de las transgresiones de todos los seres humanos. En términos humanos, se podría entender que una persona se ofreciese para pagar con su vida los delitos de otra, a fin de que ésta última pudiera vivir como consecuencia de que de la primera persona ha cancelado su deuda. Aun siendo esto muy injusto, mucho más lo sería si esa criatura humana o celestial se entrega como pago de miles de millones de seres humanos. ¿Puede una criatura por muy celestial que sea, que por su misma definición es finita, pagar el precio infinito de otra vida o de miles de millones de vidas humanas? Además ¿sería justo que una criatura inocente pagase por el pecador?

Puesto que Dios no podía pasar por alto los pecados de los hombres porque eso no sería justo, Él diseñó desde la eternidad el Plan de Salvación de la humanidad que le permitiría demostrar al Universo entero, no solo su perfecta justicia sino su infinito amor y misericordia. Su Plan consistió en entregarse Él mismo en la Persona de Su Hijo, “ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos” (1 Pedro 1:20), pagando con Su vida la penalidad de los pecados de la humanidad (Romanos 6:23).

Nótese que si Cristo no fuese Dios, sino solo un ser creado, por muy alto rango que tuviera, sería igualmente injusto que Él pagara por todos; por otro lado su sacrificio no hubiera sido capaz de satisfacer la justicia que Dios demanda para borrar los pecados de la humanidad entera.

Hechos 2:22-24,32,33 (Cf. Hechos 4:27,28) :Varones israelitas, oíd estas palabras: Jesús nazareno, varón aprobado por Dios entre vosotros con las maravillas, prodigios y señales que Dios hizo entre vosotros por medio de él, como vosotros mismos sabéis;  (23)  a éste, entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios, prendisteis y matasteis por manos de inicuos, crucificándole;  (24)  al cual Dios levantó, sueltos los dolores de la muerte, por cuanto era imposible que fuese retenido por ella […] (32)  A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos.  (33)  Así que, exaltado por la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís.

Por lo tanto, inmediatamente a la caída en el pecado de Adán y Eva, la Primera Pareja humana, Dios les prometió una solución al pecado mediante la descendencia de la mujer (Génesis 3:15), y la confirmación subsiguiente fue a Abraham; esta descendencia de la mujer, que solucionaría el citado conflicto es Cristo (Gálatas 3:16).

Cuarto. “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.  (9)  Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira.  (10)  Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida”. (Romanos 5:8-10)

Notemos que la condición del hombre es angustiante cuando se vive “sin esperanza y sin Dios en el mundo” (Efesios 2:12). Su vida es breve y efímera; en el caso más optimista puede llegar a vivir cien años, que nunca estarían exentos de sufrimientos. Sin embargo, no basta con reconocer lo que es evidente a todos, para acercarse a Dios. Pues para ello, también es necesario que reconozcamos humildemente nuestra impotencia para vencer al pecado con nuestras propias fuerzas.

Este es el primer paso, y el siguiente es creer que Cristo es “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29); Su “nombre es Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1:21). Y esto lo hace mediante su sacrifico expiatorio; es decir, Él sufre en sí mismo la penalidad que corresponde a nuestros pecados: la muerte (Romanos 6:23).

Solo, pues, el sacrificio de la vida impecable de Cristo es lo que hace posible la salvación, y da derecho a ella a todos los que ejercen fe en Él y en su Obra; e inmediatamente a ese acto puntual, que se suele llamar justificación ante Dios y reconciliación con Él (Romanos 5:1; 2 Corintios 5:17-21), que implica el perdón de todos los pecados pasados y futuros, se inicia el largo proceso de santificación del cristiano. Pero este proceso se inicia cuando el Espíritu Santo, por medio de Su Palabra, nos regenera y nos libera de la esclavitud de nuestras tendencias pecaminosas y de la potestad de las tinieblas (Juan 3:5; 8:31-36; Romanos 6:1-14; Col. 1:12; Tito 3:5-7; etc.).

Colosenses 1:10-14: para que andéis como es digno del Señor, agradándole en todo, llevando fruto en toda buena obra, y creciendo en el conocimiento de Dios;  (11)  fortalecidos con todo poder, conforme a la potencia de su gloria, para toda paciencia y longanimidad;  (12)  con gozo dando gracias al Padre que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz;  (13)  el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo,  (14)  en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados.

Tito 3:3-7: Porque nosotros también éramos en otro tiempo insensatos, rebeldes, extraviados, esclavos de concupiscencias y deleites diversos, viviendo en malicia y envidia, aborrecibles, y aborreciéndonos unos a otros.  (4)  Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres,  (5)  nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo,  (6)  el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador,  (7)  para que justificados por su gracia, viniésemos a ser herederos conforme a la esperanza de la vida eterna.

Quinto. La Obra de Jesucristo en la Cruz.

Era necesario un Mediador entre Dios y los hombres, que es “Jesucristo hombre” (1ª Timoteo 2:5). Pero nótese que “…hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre,  (6)  el cual se dio a sí mismo en rescate por todos, de lo cual se dio testimonio a su debido tiempo” (1 Timoteo 2:5-6).

Para que la función del Mediador fuera válida y eficaz, tenía que representar perfectamente a Dios y al hombre; Cristo, pues, debía tener parte en la Divinidad y en la Humanidad, pues si Él no hubiese sido al mismo tiempo Dios y Hombre, habría sido imposible la reconciliación y salvación de los seres humanos. La Redención de la Humanidad hubiera sido totalmente inútil y sin efecto.

A esto se debe la eficacia y validez de Su Obra en la Cruz, que necesariamente tuvo que constar de los siguientes aspectos o fases:

Toda la obra de salvación fue posible porque Cristo es el Dios-Hombre, que al ofrecer su vida sin pecado, como la de “un cordero sin mancha y sin contaminación” (Juan 1:29; 1ª Pedro 1:18-19; Hebreos 4:15; 7:25-26), expió el pecado de la humanidad de consecuencias infinitas, y por su obra vicaria (sustitutoria) proporciona el perdón de pecados y la justificación de vida –ante Dios– a todos los que le aceptan.

Por eso fue necesario que la segunda Persona de la Divinidad, el Hijo de Dios se encarnase en una mujer (Gálatas 4:4) –María– mediante la obra del Espíritu Santo (Mateo 1:20-21; Lucas 1:30-37). Puesto que como Dios no podía morir, tampoco hubiera podido pagar el precio de nuestra Redención con Su sangre. Por eso, Dios el Hijo tuvo que tomar cuerpo humano (Hebreos 10:5);  “Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo” (Hebreos 2:17), y también tenía que ser “tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (Hebreos 4:15). Cristo fue el postrer Adán (1ª Corintios 15:45) que debería obtener la completa victoria contra el pecado, la muerte y el diablo (Hebreos 2:14,15,18); donde Adán fracasó, Cristo venció; “Porque así como por la desobediencia de un hombre [Adán] los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno [Cristo, el postrer Adán], los muchos serán constituidos justos” (Romanos 5:19).

Hebreos 2:17-18: Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo.  (18)  Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados.

Hebreos 4:15: Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado.

Los que creen que Cristo es solo una criatura de Dios, están en contradicción con la Sagrada Escritura; y, además, no pueden probar cómo pueden ser realmente válidas las operaciones del Plan de Salvación citadas antes: expiación, propiciación, compra-rescate-redención, justificación y santificación. Pero antes de continuar se hace necesario aclarar qué entendemos por cada uno de los citados términos en relación con la obra salvadora de Dios para la humanidad.

Expiación (Isaías 53:5-12; Mateo 26:28; Hebreos 2:17)

En el Antiguo Testamento (AT), y especialmente en el capítulo dieciséis del Libro de Levítico, se registra que Dios dio instrucciones precisas a Moisés para hacer la expiación de los pecados del pueblo; había varios tipos de sacrificio mediante distintos animales –becerros, corderos, etc.–, y para el Día de la Expiación, “dos machos cabríos para expiación, y un carnero para holocausto” (Levítico 16:5), y como dice el autor del libro de Hebreos “de las cuales cosas no se puede ahora hablar en detalle” (Hebreos 9:5), porque requeriría otro estudio. Ahora, nos basta saber que todos esos sacrificios de animales eran sombra y figura de la Expiación de Cristo, el Único que realmente puede hacer expiación de nuestros pecados, “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29); “porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados” (Hebreos 10:4).

En el lenguaje ordinario se oye algunas veces decir que tal persona es “un chivo expiatorio”, para significar que ella ha cargado con las culpas que no le corresponden, y de las que es totalmente inocente. De semejante manera,  Jesús, el Hijo de Dios, Segunda Persona de la Divinidad, por su gran amor a sus criaturas, se ofreció a sí mismo para ser ese “chivo expiatorio”, y “Jehová cargó en Él el pecado de todos nosotros” (Isaías 53:6).  Ello significa que la pena, sanción o castigo, que corresponde por los pecados de los seres humanos –la muerte– es asumida por una Persona que, al ser ofrecida en sacrificio por todos ellos, satisface las exigencias de la justicia de Dios con el valor infinito de Su vida (Hebreos 9:28). Como consecuencia los seres humanos que acepten a su Sustituto quedan libres de la penalidad –la muerte eterna– que corresponde a sus transgresiones, pecados y delitos.

Expiar, según el diccionario (RAE), significaBorrar las culpas, purificarse de ellas por medio de algún sacrificio”.

Así pues, Jesús, con “el sacrificio de sí mismo” –su muerte en la cruz–, borra, purifica nuestras culpas y perdona nuestros pecados (Mateo 26:28: Colosenses 2:13-14; Cf. Hebreos 1:3; 2:17; 9:26).

Mateo 26:28: porque esto es mi sangre [la de Cristo-Su vida] del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados.

Colosenses 2:13-14: Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados,  (14)  anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz,

Hebreos 1:3: el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas,

Hebreos 2:17: Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo.

Aunque la frase final de Hebreos 2:17, la mayoría de las traducciones de la Biblia vierten, “para expiar los pecados del pueblo”, la traducción de la llamada “la Biblia de las Américas” (LBLA) traduce “para hacer propiciación por los pecados del pueblo”; y “la Biblia Dios Habla Hoy”, edición Latinoamericana de 1996 (DHH L 1996*): “para obtener el perdón de los pecados de los hombres por medio del sacrificio”.

Hebreos 2:17 (LBLA): Por tanto, tenía que ser hecho semejante a sus hermanos en todo, a fin de que llegara a ser un misericordioso y fiel sumo sacerdote en las cosas que a Dios atañen, para hacer propiciación por los pecados del pueblo.

Hebreos 2:17 (DHH L 1996*): y para eso tenía que hacerse igual en todo a sus hermanos, para llegar a ser un Sumo Sacerdote fiel y compasivo en su servicio a Dios, y para obtener el perdón de los pecados de los hombres por medio del sacrificio.

Cristo hace, pues, la expiación de los pecados de los creyentes por medio “del sacrificio de sí mismo”.Y eso significa que “somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre. […]  pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios,  (13)  de ahí en adelante esperando hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies;  (14)  porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados” (Hebreos 10:12-14).

Pero no termina ahí Su obra, sino que la Palabra de Dios afirma que “tenemos tal sumo sacerdote [Cristo], el cual se sentó a la diestra del trono de la Majestad en los cielos” (Hebreos 8:1), que “es mediador de un mejor pacto” (Hebreos 8:1); “por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos. (26)  Porque tal sumo sacerdote nos convenía: santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos; (Hebreos 7:25,26). Por ese motivo cualquier persona que lo desee puede acogerse a la expiación de sus pecados, porque Cristo desde el Santuario Celestial realiza una función de continua intercesión.

Hebreos 10:17-24: añade: Y nunca más me acordaré de sus pecados y transgresiones.  (18)  Pues donde hay remisión de éstos, no hay más ofrenda por el pecado.  (19)  Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo,  (20)  por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne,  (21)  y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios,  (22)  acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura  (23)  Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió.  (24)  Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras;

Todo lo citado y mucho más –que iremos viendo a continuación, son los resultados del sacrificio expiatorio y sustitutorio de Cristo. En los siguientes textos aparece un nuevo concepto –propicio, propiciar, propiciación–, que trataré de explicar en el siguiente punto.

Hebreos 8:10-11: Y seré a ellos por Dios,  Y ellos me serán a mí por pueblo;   (11)  Y ninguno enseñará a su prójimo,  Ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce al Señor;  Porque todos me conocerán,  Desde el menor hasta el mayor de ellos.   (12)  Porque seré propicio a sus injusticias,  Y nunca más me acordaré de sus pecados y de sus iniquidades.

Propiciación (Romanos 3:25; Hebreos 2:17; 1ª Juan 2:2; 4:10).

Desde mi entendimiento, el término “propiciación” no resulta tan claro como “expiación”, pues es más difícil averiguar el sentido que le dan los apóstoles san Pablo y san Juan, cuando lo emplean en los siguientes textos:

Romanos 3:24-26: siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús,  (25)  a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados,  (26)  con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús.

1 Juan 2:2: Y él [Cristo] es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo.

1 Juan 4:10: En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados.

Veamos lo que explica el diccionario (RAE), para ver como se ha usado o se emplean, normalmente, los términos de “propiciación” y “propiciar”:

Propiciación.

Propiciar.;

Sin descartar estas definiciones del diccionario que sin duda muestran significados usuales de estos vocablos, en mi opinión, nos interesa concentrarnos en el sentido que los apóstoles, tanto Pablo como Juan, le están dando en los mencionados textos. Pablo nos dice que somos justificados –declarados justos o inocentes ante Dios– “mediante la redención que es en Cristo Jesús”; es decir, el sacrificio de la vida de Cristo es el precio que paga Dios para nuestro rescate: estábamos condenados a muerte, pero Él asume nuestra condena y castigo, y como consecuencia se nos declara inocentes o justos ante Dios. Pero esa “Redención” ha sido posible porque ha habido previamente “propiciación”; o sea, el sacrificio de una vida de valor infinito –la de Cristo– que, por esa razón, ha sido capaz de satisfacer la justicia que Dios reclama por los pecados de la humanidad.

Por lo tanto, me atrevo a deducir que expiación y propiciación son dos caras o aspectos del sacrificio de la vida de Cristo en la cruz. Es decir, Cristo puede hacer la expiación de nuestros pecados por medio del sacrificio de sí mismo, porque ese es el único sacrificio que puede hacer a Dios propicio al pecador. La justicia que Dios demanda es satisfecha totalmente por el sacrificio de la vida de valor infinito de Cristo, que se convierte, a la vez, en justicia de Dios y en nuestra justicia (Jeremías 23:5-6; 1ª Corintios 1:30).

Jeremías 23:5-6: He aquí que vienen días, dice Jehová, en que levantaré a David renuevo justo, y reinará como Rey, el cual será dichoso, y hará juicio y justicia en la tierra.  (6)  En sus días será salvo Judá, e Israel habitará confiado; y este será su nombre con el cual le llamarán: Jehová, justicia nuestra.

1 Corintios 1:30: Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención;

Compra-Rescate-Redención

Primero de todo, quizá sería bueno que nos preguntásemos ¿por qué quiso Dios “Comprar-Rescatar-Redimir” a los seres humanos? ¿Acaso no le pertenecían porque Él mismo los creó? Ciertamente así es; porque Dios es el Creador, –y “el Soberano, Rey de reyes, y Señor de señores” (1ª Timoteo 6:15; Apoc. 19:15)– todo lo creado es de Su propiedad.

Entonces ¿qué problema existe? Nuestros Primeros Padres, y, con ellos, todos sus descendientes –la humanidad entera de todas las épocas– decidieron, libremente, desobedecer a Dios, y creer las mentiras de “la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero” (Apocalipsis 12:9); como consecuencia toda la humanidad quedó en posesión del diablo –“¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia?” (Romano 6:16). Desde entonces, todos los seres humanos nacen separados de Dios, en rebeldía contra Él, esclavos del pecado y de aquel a quien han decidido servir (Salmo 51:5; Romanos 6:17-23), “vuestro padre el diablo… “y padre de mentira” (Juan 8:44-45), como afirmó Jesús en los siguientes textos:

Juan 8:44-45: Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer. Él ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira.  (45)  Y a mí, porque digo la verdad, no me creéis.

Notemos, pues, la condición totalmente perdida del hombre, “vendido al pecado” (Romanos 7:14) “enemigos de Dios” (Romanos 5:10), “Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la le de Dios, ni tampoco pueden “ (Romanos 8:7) “muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia” (Efesios 2:1pú,2); “Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido.  (22)  Profesando ser sabios, se hicieron necios” (Romanos 1:21-22).

Al ser humano no convertido Jesús le dice: “Y a mí, porque digo la verdad, no me creéis” (Juan 8:45). Y, también, “esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.  (20)  Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas.  (21)  Mas el que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios” (Juan 3:19-21).

Por eso, Jesús, “el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:10).  ¿Cómo recuperó Jesús lo que se había perdido? Él mismo nos responde: entregando “su vida en rescate por muchos” (Mateo 20:28; Marcos 10:45).

Mateo 20:28: como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.

Marcos 10:45: Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.

1 Timoteo 2:4-6: el cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad.  (5)  Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre,  (6)  el cual se dio a sí mismo en rescate por todos, de lo cual se dio testimonio a su debido tiempo.

Nuestra salvación ha requerido pagar un alto precio de rescate, porque fuimos “rescatados…no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación, (20) ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros” (1ª Pedro 1:19,20). La sangre representa la vida (Levítico 17:11), y la vida de Jesús tiene un valor infinito porque, además de hombre es también Dios; y como Él mismo dijo: “es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados” (Mateo 26:28). Jesús no fue un mártir, pues Su vida no le fue arrebatada a la fuerza, sino que Él se ofreció así mismo desde la eternidad para entregar Su vida en rescate por muchos:

Juan 10:17-18: Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar.  (18)  Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar. Este mandamiento recibí de mi Padre.

Por tanto, necesitamos reconocer que hemos sido comprados por precio (1ª Corintios 6:20; 7:23); Y el precio no pudo ser más alto: el de la vida perfecta de Jesucristo, que como Dios-Hombre tiene un valor infinito, y potencialmente cubre a toda la humanidad de todas las épocas, pero que solo es eficaz para los que aceptan esa sustitución: Su vida –la de Cristo– por la de cada uno que muere y resucita con Él.

1 Corintios 6:20: Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios.

1 Corintios 7:23: Por precio fuisteis comprados; no os hagáis esclavos de los hombres.

Pero Jesús no solo nos ha comprado y rescatado sino que también nos ha redimido, es decir, nos ha rescatado de la esclavitud del pecado, la muerte y el diablo en la que estábamos cautivos, pagando con Su vida el precio del rescate: “Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él [Cristo] también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo,  (15)  y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre” (Hebreos 2:14-15).

Gálatas 3:13: Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero,

Gálatas 4:5: para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos.

Efesios 1:7: en quien [Cristo] tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia,

Tito 2:11-14: Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres,  (12)  enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente,  (13)  aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo,  (14)  quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio,(B) celoso de buenas obras.

Hebreos 9:12: y no por sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención.

1 Pedro 1:18-20: sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata,  (19)  sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación,  (20)  ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros,

2 Pedro 2:1: Pero hubo también falsos profetas entre el pueblo, como habrá entre vosotros falsos maestros, que introducirán encubiertamente herejías destructoras, y aun negarán al Señor que los rescató, atrayendo sobre sí mismos destrucción repentina.

Apocalipsis 5:9-10: y cantaban un nuevo cántico, diciendo: Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos; porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación;  (10)  y nos has hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes, y reinaremos sobre la tierra.

Apocalipsis 14:3-4: Y cantaban un cántico nuevo delante del trono, y delante de los cuatro seres vivientes, y de los ancianos; y nadie podía aprender el cántico sino aquellos ciento cuarenta y cuatro mil que fueron redimidos de entre los de la tierra.  (4)  Estos son los que no se contaminaron con mujeres, pues son vírgenes. Estos son los que siguen al Cordero por dondequiera que va. Estos fueron redimidos de entre los hombres como primicias para Dios y para el Cordero;

Nuestra Redención ha sido posible porque ha habido una Expiación y una Propiciación que han satisfecho las demandas de la justicia de Dios. Y la obra de la Redención no hubiera sido posible realizarla mediante el sacrificio de un ser creado. Pues ello además de totalmente injusto no hubiera podido pagar el precio de nuestro rescate. La única solución al problema del pecado y de la rebelión de la humanidad era que Dios, el Hijo, se encarnase, tomando cuerpo humano, siendo “en todo semejante a sus hermanos” (Hebreos 2:17), y “tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (Hebreos 4:15).

Hebreos 2:17: Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo.

Hebreos 4:15: Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado.

La justificación

La justificación es el resultado de la Redención (Romanos 5:9). Si Cristo, con Su vida muerte y resurrección ha pagado el precio de mi rescate y me ha redimido, es decir, me ha liberado de la esclavitud del pecado, la muerte y el diablo, y yo acepto que el cargue o lleve sobre sí mi culpa (2ª Corintios 5:21), entonces Dios me declara justo, inocente y purificado de todos los pecados. “En él [Cristo] es justificado todo aquel que cree” (Hechos 13:37).

Por lo tanto, en el instante en que el creyente acepta a Cristo, y a Su obra en la cruz, recibe los dos componentes de la justificación, que son, por un lado, la imputación de la justicia de Cristo, es decir, “su fe le es contada por justicia” (Romanos 4:5); y, por otro, el perdón de todos los pecados pasados y futuros (Romanos 4:7-8; Lucas 24:47; Hechos 10:43; 13:38,39; 26:18; Col. 1:14; 2:13; 1 Juan 2:12).

Hechos 13:38-39: Sabed, pues, esto, varones hermanos: que por medio de él [Cristo] se os anuncia perdón de pecados,  (39)  y que de todo aquello de que por la ley de Moisés no pudisteis ser justificados, en él es justificado todo aquel que cree.

Colosenses 1:14: en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados.

La justificación es un don de la Gracia de Dios –“siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús” (Romanos 3:24; 5:1; 8:33)–, y que se obtiene, mediante la fe, “sin las obras de la ley” (Romanos 3:28), cuando el pecador reconoce su naturaleza pecaminosa,  se arrepiente de sus pecados (Lucas 18:9-14; 23:39-43) y cree en Cristo.

El hecho de que la salvación no esté en las débiles manos humanas sino en las de Dios, es lo que hace que entreguemos nuestra vida, con entera confianza a Él, pues sabemos que Él no miente, y todas Sus promesas se cumplen. (Hebreos 6:17-20).

Hebreos 10:35-39: No perdáis, pues, vuestra confianza, que tiene grande galardón;  (36)  porque os es necesaria la paciencia, para que habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengáis la promesa.  (37)  Porque aún un poquito,  Y el que ha de venir vendrá, y no tardará.   (38)  Mas el justo vivirá por fe; Y si retrocediere, no agradará a mi alma. (39) Pero nosotros no somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para preservación del alma.

En esa fe se sustenta el que todo creyente auténtico tenga completa seguridad de que ya es salvo, y salvo para la eternidad. Dios no fluctúa ni hace las cosas a medias, ni puede errar. Él no te va a declarar ahora justo, y más adelante injusto; Su juicio y justicia son inmutables y eternos. Si has sido justificado por Dios –como lo fue Abraham cuando “creyó a Dios, y le fue contado por justicia” (Romanos 4:3)– no tienes que preocuparte, ya eres salvo para siempre (Filipenses 1:6). Ahora bien tampoco tienes que gloriarte de ello, pues es un don de la Gracia de Dios.

Filipenses 1:6: estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo;

Sin embargo, que ya seas salvo para siempre no quiere decir que te puedes retirar a descansar, a olvidarte de los demás, volverte egoísta y carnal; si eso haces es porque el Espíritu Santo todavía no mora en ti, y no eres salvo. Por eso el apóstol Pablo nos aconseja “ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor,  (13)  porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Filipenses 2:12-13). Ocuparse en nuestra salvación no es preocuparse sino alimentarse, a ser posible, diariamente de la Palabra de Dios, el “Pan de vida” (Juan 5:39; 6:27,35,40).

Juan 5:39: Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí;

Juan 6:27: Trabajad, no por la comida que perece, sino por la comida que a vida eterna permanece, la cual el Hijo del Hombre os dará; porque a éste señaló Dios el Padre.

Juan 6:35,40: Jesús les dijo: Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás. […] (40)  Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero.

Sin embargo, nadie que no haya sido regenerado puede tener esa fe para aceptar a Cristo como su Redentor y Salvador. Es decir, previamente se ha tenido que producir en el creyente un nuevo nacimiento o regeneración de la vieja naturaleza, que es esclava del pecado (Juan 1:12-13; Tito 3:5-8), que es solo fruto de la Gracia de Dios; el mismo consiste en recibir vida espiritual, “ser engendrado por Dios” (Juan 1:12-13;3:3-5), lo que produce en el creyente el arrepentimiento y la fe –la conversión.

Juan 1:11-13: A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron.  (12)  Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios;  (13)  los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.

Tito 3:5-8: nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo, (6) el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador,  (7)  para que justificados por su gracia, viniésemos a ser herederos conforme a la esperanza de la vida eterna. (8) Palabra fiel es esta, y en estas cosas quiero que insistas con firmeza, para que los que creen en Dios procuren ocuparse en buenas obras. Estas cosas son buenas y útiles a los hombres.

¿Cómo podemos saber que hemos sido justificados?

Cuando Dios nos ha justificado experimentamos en nuestro corazón que estamos reconciliados con Él (Romanos 5:1; 2ª Corintios 5:18), andamos como hijos de luz (Efesios 5:5-8), obedeciendo en todo la Palabra del Señor, y dando los frutos del Espíritu Santo: “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, (23)  mansedumbre, templanza” (Gálatas 5:22-26).

Romanos 5:1-2: Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo;  (2)  por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios.

Gálatas 5:22-26: Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe,  (23)  mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley.  (24)  Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos.  (25)  Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu.  (26)  No nos hagamos vanagloriosos, irritándonos unos a otros, envidiándonos unos a otros.

Desde ese momento el creyente goza al sentir o experimentar: “paz para con Dios” (Romanos 5:1), libertad de la esclavitud del pecado –lo que le hace capaz de obedecer a Dios y a Su Palabra (Romanos 6:14,18) y de su condenación: “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” (Romanos 8:1)–, y seguridad en la salvación y herencia eterna y glorificación (Romanos 5:9; Tito 3:7; Romanos 8:30).

Romanos 8:1-4: Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.  (2)  Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte.  (3)  Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne;  (4)  para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.

La santificación

Dejemos que sea la Palabra de Dios la que hable: “Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna.  (23)  Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 6:22-23).

La santificación es el fruto de nuestra redención y justificación. No puedo explicarlo mejor que el apóstol Pablo: “Pero gracias a Dios, que aunque erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados; (18) y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia” (Romanos 6:17-18).

¿Qué es, pues, lo que nos hace santos?

En primer lugar, “somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre […] (14)  porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados” (Hebreos 10:10).

Hebreos 10:10-14: En esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre.  (11)  Y ciertamente todo sacerdote está día tras día ministrando y ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados;  (12)  pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios,  (13)  de ahí en adelante esperando hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies; (14)  porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados.

En el momento que aceptamos a Cristo como nuestro Redentor y Salvador, ya somos santos, puesto que santo significa ser apartado para Dios y consagrado a Él. Pero eso es simplemente el comienzo de nuestra vida en Cristo. La santificación es, pues, un proceso que tiene varios aspectos y grados, pero también es cierto que los recién nacidos de nuevo son “santificados en Cristo Jesús” (1ª Corintios 1:2). Se inicia, pues, nuestra vida nueva en Cristo siendo santos, consagrados a Dios, y el progreso en santidad se debe extender durante toda la vida de los creyentes.

1 Corintios 1:2: a la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro:

En segundo lugar, permanecer en Su Palabra: “Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; (32) y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:31-32). Permanecer unidos a Él como pámpanos a la Vid (Juan 15:1-12), por medio de su Palabra. Somos santificados, por tanto, por la Palabra de Dios (Juan 17:17).

Juan 17:17: Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad.

En tercer lugar, al aceptar a Cristo y Su Palabra, y ser justificados, recibimos el Espíritu Santo (Efesios 1:13-14), el cual a partir de ese momento mora en nosotros, nuestro cuerpo es Su templo (1ª Corintios 3:16; 6:19), y somos guiados  a toda la verdad (Juan 16:13; Romanos 8:14); y “El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios.  (17)  Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados” (Romanos 8:16-17).

Efesios 1:13-14: En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa,  (14)  que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria.

En cuarto lugar, nuestro avance en la santificación depende de la obediencia a la Palabra de Dios, el Evangelio,  “que aunque erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados;  (18)  y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia” (Romanos 6:17-18); “aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados” es el Evangelio de la Gracia de Dios (Hechos 20:24). Un buen grado de santificación es poder decir como San Pablo: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.  (21)  No desecho la gracia de Dios; pues si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo” (Gálatas 2:20-21).

El proceso de nuestra santificación debe progresar durante toda la vida del creyente; la total perfección no se obtiene hasta que todos seamos “transformados” en “cuerpos espirituales” (1 Corintios 15:44)  (52) “en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados. (53) Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad” (1 Corintios 15:51-53).

Siempre que llegamos a este punto, me acuerdo de la doctrina católica del Purgatorio, que requiere que los fallecidos –que no han logrado “purificarse” suficientemente de sus pecados– pasen a vivir a un lugar o estado que se llama “Purgatorio”, donde les es necesario seguir sufriendo hasta que alcancen determinada perfección o santidad. Esta doctrina no es bíblica porque, en primer lugar y principalmente, no tiene ningún apoyo en los libros canónicos de la Biblia. En segundo lugar, porque menosprecia y considera insuficiente la obra de Cristo en la cruz, el poder del Evangelio, y el del Espíritu Santo. Además, es terrorífica, y coincide con las doctrinas espiritistas, que mucha gente no duda en considerar demoniacas.

5. Consideraciones acerca de la salvación

5.1. La salvación es un regalo de Dios, que solo a Él pertenece y al “Cordero” que nos ha redimido.

Apocalipsis 7:9-10: Después de esto miré, y he aquí una gran multitud, la cual nadie podía contar, de todas naciones y tribus y pueblos y lenguas, que estaban delante del trono y en la presencia del Cordero, vestidos de ropas blancas, y con palmas en las manos;  (10)  y clamaban a gran voz, diciendo: La salvación pertenece a nuestro Dios que está sentado en el trono, y al Cordero.

Las Sagradas Escrituras no dejan lugar a dudas de que la salvación eterna, que todo creyente anhela, es un regalo de Dios que Jesucristo ha obtenido mediante la Obra de la Cruz –Su vida, muerte y resurrección. Por tanto, no existe precio que alguien pueda pagar ni obra alguna que nadie sea capaz de realizar que sirva para alcanzar la salvación. Como hemos comprobado el precio de nuestra salvación fue ya pagado con la vida, muerte y resurrección de Cristo, el Dios-Hombre. La salvación, pues, es totalmente por la Gracia de Dios (Efesios 2:8,9). Entendemos por la Gracia de Dios, el don inmerecido de la vida eterna que reciben los salvados. “siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús” (Romanos 3:24; ver además Apocalipsis 7:9-10):

Romanos 11:6: Y si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia. Y si por obras, ya no es gracia; de otra manera la obra ya no es obra.

Efesios 2:8-9: Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios;  (9)  no por obras, para que nadie se gloríe.

5.2. Los creyentes son elegidos para la salvación eterna y predestinados para ser “hechos conformes a la imagen de su Hijo” (Romanos 8:29).

De igual manera que Jesús fue destinado desde antes de la fundación del mundo (1ª Pedro 1:19-20) –para ser “entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios”, para ser prendido y matado “por manos de inicuos, crucificándole” (Hechos 2:23)– así sucede con todos los eventos y circunstancias de la vida de todos los seres humanos.  Dios es capaz de hacer que ocurra, en el tiempo, “cuanto [Su] mano y [Su] consejo habían antes determinado que sucediera” (Hechos 4:28). Pero todo ello sin forzar la voluntad libre de sus criaturas. Veamos también el contexto:

Hechos 4:26-28: Se reunieron los reyes de la tierra, Y los príncipes se juntaron en uno Contra el Señor, y contra su Cristo. (27) Porque verdaderamente se unieron en esta ciudad contra tu santo Hijo Jesús, a quien ungiste, Herodes y Poncio Pilato, con los gentiles y el pueblo de Israel,  (28)  para hacer cuanto tu mano y tu consejo habían antes determinado que sucediera”.

Dios no ha dejado nada al azar para la salvación de cada creyente, sino que desde la eternidad, mucho antes de que la humanidad hubiera llegado a existir, “a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo” (Romanos 8:29). Notemos que la predestinación es para conseguir un fin específico – ser hecho conformes a la imagen de su Hijo”, porque sin la santidad “nadie verá al Señor” (Hebreos 12:14). Este objetivo se cumplirá indefectiblemente en la vida de cada persona a la que Dios haya elegido desde el principio para este fin, mediante el llamamiento irresistible de Su Gracia, el cual se realizará durante la vida terrenal en el tiempo que Él haya dispuesto para ello.  Nadie pues se pierde de los elegidos de Dios, porque  “a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó” (Romanos 8:30). Comprobemos que todos los que Dios llamó por Su Gracia son justificados y glorificados. Leamos ahora Romanos 8:28-30:

Romanos 8:28-30: Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados.  (29)  Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos.  (30)  Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó.

En este mismo sentido, el apóstol Pedro ratifica que los que han de ser salvos son  “elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu”; pero obsérvese que son elegidos “para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo” (1 Pedro 1:2). Luego no puede haber salvación sin obedecer a Dios y a Su Palabra, y sin “ser rociados con la sangre de Jesucristo”, que simplemente significa ser justificados por la sangre de Jesucristo, es decir, declarados justos por Dios mediante el sacrificio de la vida, muerte y resurrección de Cristo Jesús. Leamos también algunos textos que siguen al citado, y que son muy alentadores.

1 Pedro 1:2-5: elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo: Gracia y paz os sean multiplicadas. (3)  Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos,  (4)  para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros,  (5)  que sois guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero.

El apóstol Pablo, en el primer capítulo de la epístola que dirige a los Efesios, insiste sobre la doctrina de la predestinación citada antes, pero en esta ocasión, dándonos una visión más amplia y profunda del Plan de Dios de Salvación, que consiste en que Dios “nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, (4)  según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, (5)  en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad,  (6)  para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado,  (7)  en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia, (8) que hizo sobreabundar para con nosotros en toda sabiduría e inteligencia, (9)  dándonos a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito, el cual se había propuesto en sí mismo,  (10)  de reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos, como las que están en la tierra” (Efesios 1:3-10).

Efesios 1:11-14: En él asimismo tuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad, (12) a fin de que seamos para alabanza de su gloria, nosotros los que primeramente esperábamos en Cristo.  (13) En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa,  (14)  que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria.

No he podido resistirme en transcribir también los cuatro versículos que siguen – Efesios 1: 11-14–, de ese mismo capítulo que acabamos de leer, por la gran importancia doctrinal que tienen para el creyente; pues nos confirman que no solo el Evangelio es el medio que Dios usa para llamarnos y salvarnos, sino también que todos los que creen en él, al ser redimidos por su sangre son “sellados con el Espíritu Santo de la promesa,  (14)  que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria” (Efesios 1:11-14). Este “es las arras de nuestra herencia”, es decir, es el anticipo o garantía de que le pertenecemos por su Compra y Redención, y nos hace experimentar que ya somos hijos de Dios –“El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios”–, “(17) Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados.” (Romanos 8:16-17)

La doctrina de que Dios, desde la eternidad, ha elegido a todas la personas que han de ser salvas –“pues no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama” (Romanos 9:11)–  está plenamente sustentada en Su Palabra. Ello confirma que Dios no basa Su elección en lo bueno o malo que las futuras personas hagan en sus vidas sino que “aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos)” (Efesios 2:5).

Veamos los argumentos del gran apóstol Pablo, a continuación:

Romanos 9:11-23: (pues no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama), (12) se le dijo: El mayor servirá al menor.  (13)  Como está escrito: A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí.  (14)  ¿Qué, pues, diremos? ¿Que hay injusticia en Dios? En ninguna manera. (15) Pues a Moisés dice: Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca.  (16)  Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia.  (17)  Porque la Escritura dice a Faraón: Para esto mismo te he levantado, para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado por toda la tierra.  (18) De manera que de quien quiere, tiene misericordia, y al que quiere endurecer, endurece.  (19)  Pero me dirás: ¿Por qué, pues, inculpa? porque ¿quién ha resistido a su voluntad?  (20)  Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así?  (21)  ¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra?  (22)  ¿Y qué, si Dios, queriendo mostrar su ira y hacer notorio su poder, soportó con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción,  (23)  y para hacer notorias las riquezas de su gloria, las mostró para con los vasos de misericordia que él preparó de antemano para gloria, (24) a los cuales también ha llamado, esto es, a nosotros, no sólo de los judíos, sino también de los gentiles?

Romanos 11:7  ¿Qué pues? Lo que buscaba Israel, no lo ha alcanzado; pero los escogidos sí lo han alcanzado, y los demás fueron endurecidos;

Aunque sin querer ser exhaustivo, pues son muchísimos los textos bíblicos que respaldan la doctrina de la Elección y Predestinación –– Mt. 24:22,24,31, Lc. 18:7, Ro. 8:33; 2 Ts. 2:13; etc.–, mostraremos solo algunos más, principalmente los que contienen declaraciones de Jesús.

En la gloriosa y próxima segunda venida de Cristo, Él recogerá a Sus escogidos de todas partes de la Tierra:

Mateo 24:31: Y enviará sus ángeles con gran voz de trompeta, y juntarán a sus escogidos, de los cuatro vientos, desde un extremo del cielo hasta el otro.

Las palabras de Jesús son muy claras, pues afirma que nadie puede ir a Él “si no le fuere dado del Padre”, y lo atrajere a Jesús (Juan 6:37; 6:44, 65; 10:26-30)

Juan 6:37: Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera.

Juan 6:44: Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero.

Juan 6:65: Y dijo: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre.

Juan 10:26-30: pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas, como os he dicho.  (27)  Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen,  (28)  y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano.  (29)  Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre.  (30)  Yo y el Padre uno somos.

Es también Dios, el Señor, el que “añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos” (Hechos 2:47); “….y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna” (Hechos 13:48).

Hechos 2:47: alabando a Dios, y teniendo favor con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos.

Hechos 13:48: Los gentiles, oyendo esto, se regocijaban y glorificaban la palabra del Señor, y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna.

5.3. “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos,sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.” (Mateo 7:21-23; Lucas 6:46).

Sin embargo, solo conoceremos a los verdaderos cristianos por sus obras de fe que hagan, por el amor, mansedumbre y humildad que demuestren (Gálatas 5:22-25; Santiago 2:18), y en general por su completa obediencia la Palabra de Dios (Lucas 6:46; 1 Juan 2:18-20): “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.  (22)  Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?  (23)  Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad”. (Mateo 7:21-23).

Estos textos nos muestran que no todo es lo que aparenta, pues incluso los que hacen milagros y profetizan pueden ser falsos apóstoles, obreros fraudulentos, que se disfrazan como apóstoles de Cristo. (14) Y no es maravilla, porque el mismo Satanás se disfraza como ángel de luz.  (15)  Así que, no es extraño si también sus ministros se disfrazan como ministros de justicia; cuyo fin será conforme a sus obras” (2 Corintios 11:13-15).

Hoy día proliferan las iglesias que se ufanan de hacer “señales milagrosas y sanidades” y hablar en lenguas extrañas, inexistentes, y que son ininteligibles, hasta para los mismos que las expresan. Todo ello debe ser analizado con mucho cuidado a la luz de la Palabra de Dios. El hablar en lenguas extrañas y realizar curaciones más o menos espectaculares no son señales fiables de auténtico cristianismo, puesto que estas cosas son fáciles de inducir por el maligno. Lo de hablar en esas lenguas que nada expresan y que no son más que sonidos incoherentes, no es difícil de discernir que se trata de una injerencia demoniaca, que pretende imitar el verdadero don de lenguas concedido a la iglesia primitiva por el Espíritu Santo. El cual fue dado a los primeros apóstoles y discípulos de Jesús con motivos muy prácticos, a fin de que la predicación y difusión del Evangelio alcanzase también a personas de otros pueblos que hablaban distintas lenguas.

En cuanto a las milagrosas curaciones de enfermedades, si damos por cierto todo lo que la Iglesia católica acepta como tal, como base de sus múltiples beatificaciones y canonizaciones de santos, los hechos sobrenaturales considerados como milagros son millones. Por ejemplo, todos los realizados por medio de los también múltiples ídolos o imágenes de la Virgen María. Por nombrar solo dos, aunque hay muchísimas más, que son famosas: los supuestos milagros realizados por las vírgenes de Fátima y Lourdes. Dejamos aparte todos los milagros que también supuestamente han realizado sus miles de santos desde los primeros siglos de nuestra era. Ahora que parecen escasear “los santos” católicos que hacen “milagros” han aparecido los carismáticos o pentecostales que se ufanan de ser ellos solos los que cumplen lo que dijo Jesús “hablarán nuevas lenguas; tomaran en las manos serpientes, y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos podrán sus manos, y sanarán” (Marcos 16:17-18). Todos ellos ignoran que esas promesas y dones sobrenaturales fueron dados especialmente a la Iglesia de los apóstoles. En adelante, aunque Dios siempre ha hecho y hará milagros estos no se prodigan, ni serán dados precisamente por imposición de manos, sino solo mediante la oración de fe del propio enfermo o de la oración de los ancianos de la iglesia, pero, siempre, el milagro deberá ser supeditado a voluntad de Dios, y no se producirá, necesariamente de una manera instantánea y espectacular o pública.

1 Juan 2:18-20: Hijitos, ya es el último tiempo; y según vosotros oísteis que el anticristo viene, así ahora han surgido muchos anticristos; por esto conocemos que es el último tiempo.  (19)  Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubiesen sido de nosotros, habrían permanecido con nosotros; pero salieron para que se manifestase que no todos son de nosotros. (20) Pero vosotros tenéis la unción del Santo, y conocéis todas las cosas.

5.4 ¿Qué relación hay entre la fe y las obras?

Se ha dicho que algunos versículos del capítulo dos de la epístola de Santiago contradicen las afirmaciones del apóstol Pablo citadas antes: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios;  (9)  no por obras, para que nadie se gloríe”. (Efesios 2:8-9). Esto no es cierto, puesto Santiago afirma que la fe verdadera se muestra y se perfecciona por las obras:

Santiago 2:17-22: Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma.  (18)  Pero alguno dirá: Tú tienes fe, y yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin tus obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras.  […] (21)  ¿No fue justificado por las obras Abraham nuestro padre, cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar?  (22) ¿No ves que la fe actuó juntamente con sus obras, y que la fe se perfeccionó por las obras?

Nuestra salvación se realiza independientemente de las obras que hagamos, para que nadie pueda gloriarse o envanecerse por ello (Efesios 2:8,9); si fuera por obras, los mejores dotados, ya sea por talentos físicos o espirituales o por dinero, tendrían ventaja respecto a los pobres espirituales y físicos, lo que sería muy injusto. Porque es por Gracia, es, por tanto, un don o regalo de Dios que Dios concede con independencia de lo inteligentes y buenos que seamos o de las obras que realicemos. Pero si no olvidamos el siguiente versículo diez de este mismo capítulo de Efesios, comprobaremos que no hay contradicción entre los dos apóstoles citados: “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Efesios 2:10). Las buenas obras son los frutos de nuestra fe, y haremos todas las que Dios ha preparado “de antemano para que anduviésemos en ellas” (Efesios 2:10). No hacemos obras para ganar la salvación sino porque ya somos salvos, y el Espíritu Santo nos lleva a hacer todo lo que Dios ha preparado para nosotros. Lo que el apóstol Santiago declara, pues, es que la fe verdadera solo se prueba o demuestra por medio de las buenas obras. Lo que en absoluto contradice lo que afirma Pablo de que la salvación es solo por la fe.

5.5. ¿Hay algo imprescindible que el ser humano tiene que hacer o aportar para ser salvo?

Puesto que por las obras de la ley nadie será justificado” (Gálatas 2:16; véase, también, Romanos 3:28; 4:4-5) –por “Gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; (9) no por obras, para que nadie se gloríe(Efesios 2:8,9)– llegamos a un punto, que no tenemos más remedio que preguntarnos qué quiere Dios que hagamos para ser salvos. Pero antes de entrar en esa cuestión, transcribo los textos citados, para que se puedan leer sin tener que buscarlos en su Biblia:

Romanos 3:28: Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley.

Romanos 4:4-5: Pero al que obra, no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda;  (5)  mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia.

Gálatas 2:16: sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley, por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado.

A un importante número de personas no les gusta que la salvación no dependa de las obras que uno pueda hacer; quizá razonan que si lo bueno que hacen no sirve, o no acumula méritos para ser salvo, ¿para qué van a molestarse en hacerlo? Además, es posible que se despierte en ellas un fuerte sentimiento de  impotencia y desesperación; aún más, si piensan que, porque Dios ya ha elegido a todos los que van a ser salvos de todas las épocas, ya todo está determinado de antemano, y es imposible luchar contra ese “destino”, y lo que tenga que suceder ocurrirá con independencia de las decisiones que uno tome.

Obviamente, esta forma de pensar es un grave error, pues se hace eco de la mentalidad de ciertos personajes mitológicos que aparecen en las obras trágicas de la literatura clásica griega. La visión cristiana es totalmente diferente a la creencia en un destino ciego y trágico que se ha de producir ineludiblemente con independencia de nuestras decisiones y acciones que llevemos acabo. Por el contrario los cristianos nos consideramos responsables de nuestras decisiones y acciones, y, cuando son realizadas teniendo presente la voluntad de Dios, “sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados” (Romanos 8:28). Es decir, caminamos y vivimos por fe (Romanos 1:17), creyendo que todo lo que nos ocurre ya sea malo o bueno nos conducirá a la vida eterna, porque creemos que la Providencia siempre actúa para que se cumpla Su Plan concebido en la eternidad. Tenemos que tener en cuenta que Dios ha puesto unos medios de salvación –Cristo, el Espíritu Santo y Su Palabra– los cuales, llegado el momento adecuado actuarán para salvación en todos los llamados, los que sí “recibieron el amor de la verdad para ser salvos” (1ª Tesalonicenses 2:10).

Los siguientes textos son un ejemplo importante de cómo se conjuga maravillosa y misteriosamente la responsabilidad humana con la soberanía Divina:

Juan 1:11-14: A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron.  (12)  Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; (13) los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.  (14)  Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad.

Nótese que “todos los que le recibieron [a Jesús]”, “los que creen en su nombre” son engendrados por Dios, es decir, Él les ha dado el nuevo nacimiento o regeneración, para que puedan creer; esto es “potestad de ser hechos hijos de Dios”. Pero, para que no quede ninguna duda, el apóstol Juan aclara, que los que reciben, creen y aceptan a Jesús, no son todos los que nacen físicamente, de toda raza y pueblo, por la voluntad de los hombres, como consecuencia de la unión sexual entre un hombre y una mujer, sino solo aquellos a los que Dios les hace nacer de nuevo espiritualmente. Todos nacemos físicamente separados de Dios, con naturaleza injusta e incapaces de buscar a Dios (Romanos 3:9-18); pero, a muchos, “Él de Su voluntad, nos hizo nacer por la Palabra de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas” (Santiago 1:18), “siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre” (1 Pedro 1:23).

Dios en Cristo, “el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:10), pero es rechazado, debido a que los seres humanos, en su estado natural (1 Corintios 2:14), no pueden reconocer a Dios y a lo que viene de Él; pues son “esclavos del pecado” (Romanos 6:17) “enemigos de Dios” (Romanos 5:10), “Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden” (Romanos 8:7) “muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia” (Efesios 2:1pú,2); “Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido.  (22)  Profesando ser sabios, se hicieron necios” (Romanos 1:21-22).

Al ser humano no convertido Jesús le dice: “Y a mí, porque digo la verdad, no me creéis” (Juan 8:45). Y, también, “esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.  (20)  Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas.  (21)  Mas el que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios” (Juan 3:19-21).

Por eso, Jesús, “el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:10). ¿Cómo recuperó Jesús lo que se había perdido? Él mismo nos responde: entregando “su vida en rescate por muchos” (Mateo 20:28; Marcos 10:45).

La única condición que Dios requiere para salvarnos es que le creamos, que confiemos en Él, en una palabra: fe. Primero de todo, creer que Dios existe, pues negar Su existencia es una gran necedad y pecado, pues las pruebas de Su existencia son evidentes, empezando, por nosotros mismos: si yo, que soy pecador e imperfecto, existo, ¿por qué niego la existencia de un Ser Supremo, infinitamente perfecto y creador de todo cuanto existe? Y en segundo lugar, creer en Su Palabra, porque de lo contrario le hacemos mentiroso, y negamos que “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados…” (2ª Corintios 5:19).

Nuestra actitud ante el misterio de Dios debería ser de absoluta humildad, y decir como el padre del muchacho que acudió a Jesús para pedirle, que, si Él podía, librara a su hijo del demonio que le poseía. Y “Jesús le dijo: Si puedes creer, al que cree todo le es posible.  (24)  E inmediatamente el padre del muchacho clamó y dijo: Creo; ayuda mi incredulidad (Marcos 9:23-24; ver también 5:34,36).

Marcos 5:34-36: Y él le dijo: Hija, tu fe te ha hecho salva; vé en paz, y queda sana de tu azote.  (35)  Mientras él aún hablaba, vinieron de casa del principal de la sinagoga, diciendo: Tu hija ha muerto; ¿para qué molestas más al Maestro?  (36)  Pero Jesús, luego que oyó lo que se decía, dijo al principal de la sinagoga: No temas, cree solamente.

Es decir, “Tenemos entrada por la fe a esta gracia” (Romanos 5:2). Dios nos ofrece Su gracia, y nuestra parte es simplemente acogerla por medio de la fe, o sea, confiando en Dios y en Su Palabra. La fe en Cristo es, pues, el medio de salvación que Dios ha elegido para salvar “a los que antes conoció, [y] también predestinó”, pero notemos que Dios ha predestinado a los que han de ser salvos con el único propósito de que “fuesen hechos conformes a la imagen de Su Hijo” (Romanos 8:29).

Romanos 5:1-2: Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo; (2)  por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios.

Puesto que a todos nos gustaría ser salvos, y ya sabemos lo que requiere Dios para ello, ¿por qué no proceder como el carcelero de Filipos? El cual preguntó a Pablo y Silas: “¿Qué debo hacer para ser salvo?” (Hechos 16:23-30); e igualmente recibiremos la respuesta, que posiblemente, no esperaríamos que fuera tan sencilla y fácil; “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa” (Hechos 16:31). Sin embargo, observemos que el carcelero de Filipos fue renacido solo por medio de la Palabra: “Y le hablaron la palabra del Señor a él y a todos los que estaban en su casa” … y en seguida se bautizó él con todos los suyos”(Hechos 16:32,33). La Palabra de Dios es pues el medio que el Espíritu Santo emplea para regenerar a las personas.

Otro caso semejante lo tenemos en el etíope, que necesitaba para creer que alguien le explicara algo de la Biblia que no entendía; y para ello, el Espíritu Santo le envió expresamente a Felipe, que “abriendo su boca, y comenzando desde esta escritura, le anunció el evangelio de Jesús.  (36)  Y yendo por el camino, llegaron a cierta agua, y dijo el eunuco: Aquí hay agua; ¿qué impide que yo sea bautizado?” (Hechos 8:34-39). Veamos algo de su contexto que se encuentra en Hechos 8:26-39, que transcribo desde el versículo treinta y cuatro, para no extenderme demasiado:

Hechos 8:34-39: Respondiendo el eunuco, dijo a Felipe: Te ruego que me digas: ¿de quién dice el profeta esto; de sí mismo, o de algún otro?  (35)  Entonces Felipe, abriendo su boca, y comenzando desde esta escritura, le anunció el evangelio de Jesús.  (36)  Y yendo por el camino, llegaron a cierta agua, y dijo el eunuco: Aquí hay agua; ¿qué impide que yo sea bautizado?  (37)  Felipe dijo: Si crees de todo corazón, bien puedes. Y respondiendo, dijo: Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios.  (38)  Y mandó parar el carro; y descendieron ambos al agua, Felipe y el eunuco, y le bautizó.  (39)  Cuando subieron del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe; y el eunuco no le vio más, y siguió gozoso su camino.

Por tanto, la condición esencial que nos pide Dios es que tengamos fe en Su Hijo Jesucristo, porque el que cree en Él, cree también en el Padre que le envió (Juan 12:44).

Juan 13:20: De cierto, de cierto os digo: El que recibe al que yo enviare, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió.

Jesús confirmó en multitud de ocasiones que la salvación consistía en algo tan sencillo como creer en Él, ejercer fe en Su Persona y Obra: “De cierto, de cierto os digo: El que cree en mí, tiene vida eterna” (Juan 6:47; ver también 3:17-18; 5:24; 11:25-26; etc.).

Juan 3:17-18: Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. (18) El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.

Juan 5:24:  De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida.

Juan 11:25-26: Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.  (26)  Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?

5.6. ¿Cómo puede cualquier persona conseguir la fe que salva?

Como hemos podido comprobar, las Sagradas Escrituras dejan bien claro que por “Gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios;” (Efesios 2:8). Debemos, pues, admitir que la fe no es la aportación u “obra” humana para la salvación sino que es también un don de Dios. La fe es el medio que Él usa para salvarnos mediante el Evangelio, y es “Jesús, el autor y consumador de la fe” (Hebreos 12:2).

Hebreos 12:2: puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios.

La fe en sí misma no salva; solo Dios en Cristo es el que salva por medio “del Evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree” (Romanos 1:16). Nótese que el Evangelio es “poder de Dios” solo para los que tienen fe en él. Eso quiere decir que no podemos obtener los beneficios que provienen del Evangelio si previamente no ejercemos fe en él. Si simplemente oímos y leemos la Palabra de Dios, sin creer que realmente es la Revelación de Dios para la salvación del hombre, tampoco nos servirá de mucho. No obstante, el apóstol Pablo nos dice “que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios” (Romanos 10:17). Ahora, leamos este mismo versículo dentro del amplio contexto en que se registra.

Romanos 10:8-17: Mas ¿qué dice? Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón. Esta es la palabra de fe que predicamos: (9) que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. (10)  Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación. (11) Pues la Escritura dice: Todo aquel que en él creyere, no será avergonzado. (12) Porque no hay diferencia entre judío y griego, pues el mismo que es Señor de todos, es rico para con todos los que le invocan;  (13) porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo. (14)  ¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? (15)  ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados? Como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas!  (16)  Mas no todos obedecieron al evangelio; pues Isaías dice: Señor, ¿quién ha creído a nuestro anuncio?  (17)  Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios.

El apóstol Pablo insiste en que hay que recibir y reconocer que las Sagradas Escrituras son palabra de Dios y no de hombres, para que surta efectos de transformación en la vida de los creyentes (1 Tesalonicenses 2:13).

1 Tesalonicenses 2:13: Por lo cual también nosotros sin cesar damos gracias a Dios, de que cuando recibisteis la palabra de Dios que oísteis de nosotros, la recibisteis no como palabra de hombres, sino según es en verdad, la palabra de Dios, la cual actúa en vosotros los creyentes.

En mi opinión, esto significa que Dios no proporciona al creyente, en un instante, toda la fe que necesita para su salvación y santificación, sino que Él simplemente abre o regenera el entendimiento de los creyentes (Hechos 16:14), para que al “oír” o leer Su Palabra sean “renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre” (1 Pedro 1:23; Cf. Juan 3:5; Santiago 1:18). Dios que “nos hizo nacer por la palabra de verdad” (Santiago 1:18), también nos da el crecimiento mediante la misma. Para lo cual es necesario cultivar la fe y perfeccionarla alimentándose de forma cotidiana y sistemática de la Palabra de Dios, como verdadero “Pan de vida” (Juan 6:35,51,54) que es. Por eso dice Jesús en la oración sacerdotal que dirige al Padre: “Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad” (Juan 17:17).

A continuación veremos el caso de “una mujer llamada Lidia” que aunque creía en Dios, ella aún necesitó que Él abriera su corazón o entendimiento para que creyera en Jesús, y entonces fue cuando fue renacida espiritualmente.

Hechos 16:14: Entonces una mujer llamada Lidia, vendedora de púrpura, de la ciudad de Tiatira, que adoraba a Dios, estaba oyendo; y el Señor abrió el corazón de ella para que estuviese atenta a lo que Pablo decía.

La fe, como vimos antes también se perfecciona mediante las obras de fe (Santiago 2:22). Es decir, a medida que obedecemos todo lo que vamos descubriendo que Dios nos demanda en Su Palabra, nuestra fe aumenta y se perfecciona “para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error, (15) sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, (16)  de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor” (Efesios 4:14-16).

Sin embargo, si la salvación es tan simple y fácil, ¿por qué han existido y siguen habiendo millones de personas que constantemente se pierden, hecho indudable, que ninguna persona cabal puede negar?

La respuesta es, también, muy sencilla y procede de Jesús, que dijo: “y no queréis venir a mí para que tengáis vida” (Juan 5:40). Y ¿por qué hay tantas gentes que no quieren acudir a Él, y, quizá, prefieren confiar en ídolos que no pueden salvar? Responde de nuevo Jesús:

Juan 3:19-21: Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. (20) Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas. (21) Mas el que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios.

5.7. El arrepentimiento y la conversión: pasos esenciales para la salvación eterna

Lo primero es preguntarse ¿por qué tengo que arrepentirme? ¿Qué mal he hecho para que tenga que arrepentirme? ¿Hay algo en mi persona que no está bien? ¿Actúo siempre de acuerdo con mi conciencia? ¿Está mi conciencia lo suficientemente bien para que me acuse siempre que cometa algo malo, ilícito, inmoral, etc.? ¿Soy receptivo y hago caso a los dictámenes de mi conciencia o por el contrario siempre intento justificarme, para no reconocer mis errores y defectos?

Si no tenemos conciencia de haber pecado nunca o de no haber hecho nada inmoral con toda seguridad nuestra conciencia necesita ser restaurada. La conciencia de todo ser humano se forma desde la más tierna edad, incluso desde el mismo momento de la concepción del nuevo ser. Aún más, los recién nacidos heredarán en sus genes muchas características físicas y también morales de sus padres y de sus antepasados, remontándose, posiblemente, como mínimo hasta la tercera o cuarta generación (Éxodo 20:5; 34:7).

Evidentemente, las conciencias –y por tanto, los discernimientos entre el bien y el mal– de los padres y educadores irán forjando y modelando las de sus hijos por imitación de aquellos y por la educación que reciban estos. También influirán, en esas conciencias en formación, las conductas de los parientes, educadores, compañeros y amigos, en general, toda la sociedad más próxima que nos rodea y donde se desarrolla nuestra vida cotidiana.

La Santa Biblia afirma  –y la experiencia diaria lo confirma– que “…todos están bajo pecado. (10) Como está escrito: No hay justo, ni aun uno;  (11) No hay quien entienda,  No hay quien busque a Dios.  (12) Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno” (Romanos 3:9-12). Esta fue también la experiencia del rey David, que bajo la inspiración del Espíritu Santo dijo “en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre” (Salmos 51:5; ver también 58:3; Romanos 5:19). En esa maldad y en ese pecado, todos, en mayor o menor grado, hemos sido formados. Es decir, nacemos separados de Dios e incapaces de buscarle, lo que significa muerte espiritual (Efesios 2:2,5).

Ninguna persona cabal puede negar la tendencia al mal, y la incapacidad de buscar a Dios que todos los seres humanos experimentan desde que nacen.  Esta naturaleza pecaminosa e imperfecta, que se ha venido transmitiendo de generación en generación desde la caída en el pecado de Adán y Eva, es lo que conocemos como “pecado original”, y es la razón por la que “todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23). El apóstol Pablo lo explica sencilla, clara y magistralmente en el siguiente pasaje:

Romanos 5:12: Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.

Y el apóstol Juan también declara lo mismo:

1 Juan 1:8: Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.

Ahora cabe preguntarse, si todos somos pecadores porque hemos heredado esa naturaleza que tiende a pecar ¿por qué aún se nos considera responsables de nuestros actos?

Esta cuestión la plantea, el apóstol Pablo en los siguientes términos: Si Dios es Todopoderoso, de tal manera que “de quien quiere, tiene misericordia, y al que quiere endurecer, endurece”… ¿Por qué, pues, inculpa? porque ¿quién ha resistido a su voluntad?  (20)  Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así?  (21) ¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra? (22) ¿Y qué, si Dios, queriendo mostrar su ira y hacer notorio su poder, soportó con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción, (23)  y para hacer notorias las riquezas de su gloria, las mostró para con los vasos de misericordia que él preparó de antemano para gloria, (24)  a los cuales también ha llamado, esto es, a nosotros, no sólo de los judíos, sino también de los gentiles?” (Romanos 9:18-24).

Aunque es totalmente cierto que los seres humanos nacemos con esa naturaleza pecaminosa, que nos inclina hacia lo malo, también es verdad que, en general, somos responsables de todas nuestras acciones –dejando aparte algunos serios condicionamientos que muchas personas pueden tener en diferentes etapas de sus vidas y por diversas circunstancias–, porque nuestra voluntad no está coaccionada interna o externamente sino que tomamos decisiones, obramos, actuamos, en función de lo que más nos gusta o nos conviene, atendiendo a diversas consideraciones morales o inmorales y de otros órdenes. La mayoría de las veces obramos o nos comportamos mal porque queremos, nadie ni nada nos obliga a ello; son decisiones que nacen de nuestro ser interno, y de ahí que, normalmente, seamos responsables de nuestras acciones (Mateo 7:17; Marcos 7:21-23; Gálatas. 5:19-21).

Marcos 7:21-23: Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, (22) los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez. (23) Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre.

Por eso, Dios puede amonestarnos con toda razón porque “al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado” (Santiago 4:17). Y “Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes” (Santiago 4:6). Por lo cual nos manda que nos apartemos de hacer el mal, es decir, que nos arrepintamos y nos convirtamos: “Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan” (Hechos 17:30).

Por tanto, en primer lugar, el arrepentimiento es un mandamiento de Dios, que es imprescindible su cumplimiento para obtener la salvación eterna. Para que nos demos cuenta de lo importante y fundamental que es el arrepentimiento para la salvación, leamos, además, los siguientes textos:

Ezequiel 18:30-32: Por tanto, yo os juzgaré a cada uno según sus caminos, oh casa de Israel, dice Jehová el Señor. Convertíos, y apartaos de todas vuestras transgresiones, y no os será la iniquidad causa de ruina.  (31)  Echad de vosotros todas vuestras transgresiones con que habéis pecado, y haceos un corazón nuevo y un espíritu nuevo. ¿Por qué moriréis, casa de Israel?  (32)  Porque no quiero la muerte del que muere, dice Jehová el Señor; convertíos, pues, y viviréis.

Cristo predicó la necesidad de arrepentirse desde el principio de Su Ministerio hasta el final del mismo:

Marcos 1:15 (ver también Mateo 3.2; 4:17): diciendo: El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio.

Lucas 13:3: Os digo: No; antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente.

Y fue su principal mandato que encomendó a Sus discípulos después de resucitar:

Lucas 24:47: y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén.

Así mismo lo enfatizó el apóstol Pedro:

Hechos 2:38: Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo.

Hechos 3:19: Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio,

2 Pedro 3:9: El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento.

Lo que Dios quiere es, pues, que reconozcamos nuestra pecaminosidad –es decir, que somos poseedores de un “corazón de piedra”–, que nos hagamos conscientes de nuestra incapacidad de obrar bien, y, acudamos a Él, con espíritu humilde, implorando Su Gracia, para que seamos convertidos y regenerados, y de esa manera libertados de la esclavitud del pecado. Dios, entonces, promete: “Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne.  (27)  Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra” (Ezequiel 36:26-27).

¿En qué consiste el arrepentimiento?

El arrepentimiento consiste, en primer lugar, en reconocer nuestros pecados (1ª Juan 1:8,10; Isaías 64:6), y tener convencimiento de que tenemos una naturaleza pecaminosa inclinada al pecado, que nos hace impotentes o incapaces, por nosotros mismos, de vencer al pecado y a su poder (Romanos 6:17-18; 7:14-25). En segundo lugar, debe haber en nosotros un verdadero pesar o tristeza por los pecados cometidos (2ª Corintios 7:9-11), un aborrecimiento de los mismos (Romanos 12:9), y un deseo vehemente de no volver a pecar, siendo conscientes que esto será imposible lograrlo sin la Gracia de Dios (Romanos 6:14), y sin que Él nos haya convertido, cambiando nuestros corazones (Ezequiel 36:26-27; Romanos 8:10). Si el arrepentimiento es verdadero, todo esto se debe traducir en apartarse del mal y de todo lo que nos pueda arrastrar al pecado (Isaías 1:16-18), restituir el daño causado, a ser posible (Lucas 19:2-10), y confesar nuestros pecados a Dios (1ª Juan 1:9) y a las personas, que hayamos podido herir, las ofensas que les hayamos hecho (Santiago 5:16).

1 Juan 1:8,10: Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. […] (10)  Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él [Dios] mentiroso, y su palabra no está en nosotros.

Romanos 6:17-18: Pero gracias a Dios, que aunque erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados;  (18)  y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia.

2 Corintios 7:9-11: Ahora me gozo, no porque hayáis sido contristados, sino porque fuisteis contristados para arrepentimiento; porque habéis sido contristados según Dios, para que ninguna pérdida padecieseis por nuestra parte.  (10)  Porque la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación, de que no hay que arrepentirse; pero la tristeza del mundo produce muerte. (11) Porque he aquí, esto mismo de que hayáis sido contristados según Dios, ¡qué solicitud produjo en vosotros, qué defensa, qué indignación, qué temor, qué ardiente afecto, qué celo, y qué vindicación! En todo os habéis mostrado limpios en el asunto.

Romanos 6:14: Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia.

1 Juan 1:9-10: Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. 

Isaías 1:16-18: Lavaos y limpiaos; quitad la iniquidad de vuestras obras de delante de mis ojos; dejad de hacer lo malo; (17) aprended a hacer el bien; buscad el juicio, restituid al agraviado, haced justicia al huérfano, amparad a la viuda.  (18)  Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana.

¿Qué es lo que puede movernos al arrepentimiento?

En primer lugar, “la ley escrita en [nuestros] corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos” (Romanos 2:15).

Romanos 2:14-15: Porque cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es de la ley, éstos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos,  (15)  mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos,

En segundo lugar, el Espíritu Santo, porque  “cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio.  (9)  De pecado, por cuanto no creen en mí;  (10)  de justicia, por cuanto voy al Padre, y no me veréis más;  (11)  y de juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado” (Juan 16:8-11).

En tercer lugar, la benignidad o bondad y amor de Dios nos conducen al arrepentimiento (Romanos 2:4-10). 

Romanos 2:4-10: ¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento?  (5)  Pero por tu dureza y por tu corazón no arrepentido, atesoras para ti mismo ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios,  (6)  el cual pagará a cada uno conforme a sus obras:(B)  (7)  vida eterna a los que, perseverando en bien hacer, buscan gloria y honra e inmortalidad,  (8)  pero ira y enojo a los que son contenciosos y no obedecen a la verdad, sino que obedecen a la injusticia;  (9)  tribulación y angustia sobre todo ser humano que hace lo malo, el judío primeramente y también el griego,  (10)  pero gloria y honra y paz a todo el que hace lo bueno, al judío primeramente y también al griego;

En cuarto lugar, la predicación de la Palabra de Dios, o su estudio con oración a Dios. (Romanos 10:17).

Romanos 10:17: Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios.

¿Es el arrepentimiento fruto solo de la voluntad y decisión humanas o es también obra de la Gracia Divina?

Según se desprende de la Palabra de Dios, el arrepentimiento es obra de la Gracia Divina en el corazón humano, y por tanto, es también, al igual que la fe, un don que Dios concede según Su voluntad, presciencia e infinita sabiduría. No obstante, todos los seres humanos son responsables ante Dios de sus decisiones y actos, y su deber es arrepentirse de su maldad, porque es un mandamiento de Dios, y además Él ha creado suficientes medios de gracia para que toda persona humilde sea conducida al arrepentimiento por Su Santo Espíritu, pero “Dios resiste a los soberbios y da gracias a los humildes” (Santiago 4:6).

Hechos 11:18: Entonces, oídas estas cosas, callaron, y glorificaron a Dios, diciendo: ¡De manera que también a los gentiles ha dado Dios arrepentimiento para vida!

2 Timoteo 2:25: que con mansedumbre corrija a los que se oponen, por si quizá Dios les conceda que se arrepientan para conocer la verdad,

El proceso de arrepentimiento que todo salvo experimenta conjuga maravillosamente la Soberanía Divina con la responsabilidad humana. Por lo que dije antes, cuando las personas hacen conscientemente lo malo son responsables de sus malas acciones; y si con soberbia, no rectifican y reconocen que por ellas mismas no pueden mejorar, ni cambiar su vieja naturaleza, ni hacer lo bueno, ni tener comunión con Dios, deberán, si quieren ser salvas, acogerse a la Gracia de Dios, creyendo al Evangelio de la Gracia (Hechos 20:24), que es lo único que le dará la regeneración o nuevo nacimiento. Es éste el medio que el Espíritu Santo emplea para convencer al mundo de pecado, de justicia y de juicio (Juan 16:7-11).

Juan 16:7-11: Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré.  (8)  Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio.  (9)  De pecado, por cuanto no creen en mí;  (10)  de justicia, por cuanto voy al Padre, y no me veréis más; (11) y de juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado.

Por eso, somos responsables de no obedecer Su mandamiento de que nos arrepintamos y convirtamos de toda nuestra maldad y pecaminosidad. Porque sabemos que Dios proporciona los medios de Gracia suficientes por medio de Su Palabra y de Su Espíritu para que le obedezcamos.

¿Qué es la conversión?

La conversión es el cambio o trasformación que experimenta el pecador cuando se arrepiente y ejerce la fe salvadora en Cristo, lo que le capacita para vencer al pecado, y a su esclavitud, y obedecer a Dios y a Su Palabra. Es solo entonces cuando seremos capaces de amar a Dios y a nuestros semejantes.

1 Juan 4:6-11: Nosotros somos de Dios; el que conoce a Dios, nos oye; el que no es de Dios, no nos oye. En esto conocemos el espíritu de verdad y el espíritu de error. (7)  Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios.  (8)  El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor.  (9)  En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él.  (10)  En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados.  (11)  Amados, si Dios nos ha amado así, debemos también nosotros amarnos unos a otros.

6. Conclusión

Hasta aquí he presentado mi opinión con respecto a la doctrina de la impecabilidad de Jesucristo, la cual, con los matices expuestos, comparto esencialmente con la del autor –W. E. Best– del libro que vengo comentando, –“Estudios [sobre] la Persona y la Obra de Jesucristo” – cuyo título me he tomado la licencia de modificar ligeramente, traduciendo libremente la preposición inglesa “in” por la española “sobre”.

Mis únicas discrepancias con el contenido del libro fueron comentadas en la introducción de este artículo, y se refieren a afirmaciones subjetivas o apreciaciones del autor sobre el concepto que tienen de la naturaleza humana de Cristo algunos cristianos. Mi matización al respecto incide, precisamente, en que solo es una minoría los que creen que Jesucristo tomó una naturaleza humana imperfecta semejante a la nuestra, inclinada al pecado, como producto de las consecuencias de la Caída de Adán. La hipótesis de un “Cristo pecaminoso” es abominable, y no se puede conjugar con las claras verdades expresadas en la Sagrada Escritura.

Otra cosa muy distinta es cuando nos postulamos o definimos sobre “las cosas secretas [que] pertenecen a Jehová nuestro Dios” (Deuteronomio 29:29) o pensamos “más de lo que está escrito” (1ª Corintios 4:6) en la Palabra de Dios, como puede ser el caso de la impecabilidad del Jesús-Hombre; entonces, debemos ser prudentes en no afirmar tajantemente como verdad absoluta lo que pueda no serlo tanto, o bien, pueda tener sus matizaciones, como las que humildemente se ha atrevido hacer el que suscribe.

El libro de W. E. Best expone en veintidós capítulos algunas doctrinas, fundamentales  del cristianismo, que se basan, como es lógico, en la Persona de Jesucristo, el Dios-Hombre, y en Su Obra. Con las cuales estoy prácticamente de acuerdo con el autor. Como no hubiera sido posible en este breve espacio comentar todo su libro, me he limitado a ofrecer a mis lectores los puntos doctrinales que considero fundamentales para entender el cristianismo, de los cuales existe amplia evidencia en la Palabra de Dios. Ellos representan los fundamentos esenciales de la fe cristiana verdadera. Por tanto, conocerlos, creerlos, aceptarlos y vivirlos por fe, son imprescindibles para nuestro progreso espiritual en santidad, y para que obtengamos la seguridad de nuestra salvación. Nadie que reconozca y asuma en su vida las grandes verdades que Cristo y sus apóstoles enseñaron puede poner en duda su salvación.

Recordemos, pues, que “por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; (9) no por obras, para que nadie se gloríe” (Efesios 2:8,9). La fe no es una obra para ser salvo sino el medio que Dios usa para nuestra conversión y santificación para llegar “a ser hechos conformes a imagen de Su Hijo” (Romanos 8:29).

El nuevo nacimiento o regeneración del pecador

Sin embargo, nadie que no haya sido regenerado puede tener esa fe para aceptar a Cristo como su Redentor y Salvador. Es decir, previamente se ha tenido que producir en el creyente un nuevo nacimiento o regeneración de la vieja naturaleza, que es esclava del pecado (Juan 1:12-13; 3:3-5; Tito 3:5-8), el cual es solo fruto de la Gracia de Dios; el mismo consiste en recibir vida espiritual, “ser engendrado por Dios” (Juan 1:12-13; 3:3-5), lo que produce en el creyente el arrepentimiento y la fe –la conversión.

Juan 1:11-13: A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron.  (12)  Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios;  (13)  los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.

Tito 3:5-8: nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo, (6) el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador,  (7)  para que justificados por su gracia, viniésemos a ser herederos conforme a la esperanza de la vida eterna. (8) Palabra fiel es esta, y en estas cosas quiero que insistas con firmeza, para que los que creen en Dios procuren ocuparse en buenas obras. Estas cosas son buenas y útiles a los hombres.

Consideraciones sobre la palabra “Regeneración”

Encontramos la palabra “regeneración” solo dos veces en el Nuevo Testamento: Mateo 19:28 y Tito 3:5.

Mateo 19:28: Y Jesús les dijo: De cierto os digo que en la regeneración, cuando el Hijo del Hombre se siente en el trono de su gloria, vosotros que me habéis seguido también os sentaréis sobre doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel.

Tito 3:5: nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo.

Pero solo se refiere a la salvación de los pecadores –con el significado de “renacimiento”, recreación o nuevo nacimiento– en Tito 3:5. En Mateo 19:28, “regeneración” tiene el sentido de “restauración” –al igual que en Hechos  3:21–y no se aplica a la salvación de los pecadores, sino a la restauración del mundo, y de todas las cosas que fueron contaminadas por el pecado. Compárese con Hechos 3:21:

Hechos 3:21: a quien de cierto es necesario que el cielo reciba hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, de que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde tiempo antiguo.

El vocablo “regeneración”, que es sinónimo de “nuevo nacimiento”, no tiene el mismo significado para todos los teólogos. Pero, en cualquier caso, es absolutamente esencial para la salvación, pues Jesús dijo “el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Juan 3:3).

Juan 3:3-7: Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios.  (4)  Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer?  (5)  Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios.  (6)  Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es.  (7)  No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo.

A fin de no alargar más este estudio bíblico no voy a entrar en los distintos conceptos que, sobre la Regeneración del pecador, tenían la Iglesia cristiana de los primeros siglos, san Agustín, Pelagio, Santo Tomás de Aquino, Martín Lutero, Juan Calvino y otros. Todos los cuales, aunque con varios matices, empleaban esta palabra en un sentido más amplio, pues incluía, en casi todos los casos, la justificación y la conversión.

Sin embargo, la mayoría o muchos de los teólogos de hoy día le dan a este término tan importante un sentido más restringido: la regeneración es la obra exclusiva de Dios, el Espíritu Santo, de implantar la semilla de la vida espiritual en el pecador por medio de la Palabra de Dios, el Evangelio (Santiago 1:18,21; 1ª Pedro 1:23-25; 1 Juan 3:9; 5:18) a fin de que pueda creer o tener fe en él mismo.

Santiago 1:18,21-22: El, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas. […] (21)  Por lo cual, desechando toda inmundicia y abundancia de malicia, recibid con mansedumbre la palabra implantada, la cual puede salvar vuestras almas.  (22)  Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos.

1 Pedro 1:23: siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre.

1 Juan 3:9: Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios.

1 Juan 5:18: Sabemos que todo aquel que ha nacido de Dios, no practica el pecado, pues Aquel que fue engendrado por Dios le guarda, y el maligno no le toca.

Por tanto, no olvidemos nunca dar “gracias alPadre que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz” (Colosenses 1:12):

Colosenses 1:10-14: para que andéis como es digno del Señor, agradándole en todo, llevando fruto en toda buena obra, y creciendo en el conocimiento de Dios;  (11)  fortalecidos con todo poder, conforme a la potencia de su gloria, para toda paciencia y longanimidad;  (12)  con gozo dando gracias al Padre que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz;  (13)  el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo,  (14)  en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados.

 

Carlos Aracil Orts
www.amistadencristo.com

 

Si deseas hacer algún comentario a este estudio, puedes dirigirlo a la siguiente dirección de correo electrónico: carlosortsgmail.com

 


 

Referencias bibliográficas

* Las referencias bíblicas están tomadas de la versión Reina Valera de 1960 de la Biblia, salvo cuando se indique expresamente otra versión. Las negrillas y los subrayados realizados al texto bíblico son nuestros.

Abreviaturas frecuentemente empleadas:

AT = Antiguo Testamento

NT = Nuevo Testamento

(1) W. E. Best.  “Estudios en la Persona y la Obra de Jesucristo” –del original en inglés: “Studies in the Person and work of Jesus Christ”– , 1994. Distribuido por W. E. Best Book Missionary Trust; P.O. Box 34904, Houston, Texas 77234-4904 USA.

 

 

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